46. 46 #2
Ese hombre era una puerta mal encajada que jamás terminaba de cerrarse, una rendija por la que se colaba un viento viejo que siempre la hacía tiritar.
Podía pulsar el icono verde ahora mismo.
Podía llamarlo y escuchar su voz, esa ironía seca y gastada que solía usar como escudo.
Podía dejar que él fingiera, con esa solvencia tan suya, que todo seguía bajo control en este rincón del mundo.
Podía comprar, aunque fuera por cinco minutos, el recuerdo de los días en que ambos eran lo bastante estúpidos como para creer que el trabajo no terminaría devorándoles la vida privada.
Se quedó mirando la pantalla parpadeante, sintiendo el impulso eléctrico en la yema del dedo, justo en la frontera entre la salvación y el abismo.
No llamó.
Ya era tarde para demasiadas cosas.
Tarde para arreglar el caso.
Y probablemente tarde también para retomar una historia que ya solo existía porque ninguno de los dos había sabido enterrarla bien.
El repartidor llegó a las diez menos veinte.
Agulló tiró los envases de cartón sobre la mesa de la cocina y encendió el televisor sin importarle el canal.
La plataforma de streaming , con esa insistencia algorítmica tan molesta, le ofreció reanudar el episodio de The Sopranos que llevaba tres semanas congelado a mitad de metraje.
Le dio al play .
La pantalla se inundó de la grisura industrial de Nueva Jersey.
Tipos duros de mandíbula cuadrada que llenaban bares de striptease y hablaban de la familia mientras, entre bastidores, desguazaban las familias de los demás.
Violencia corporativa envuelta en camisas horteras y justificaciones domésticas.
Agulló hundió los palillos en el cartón. El pollo al limón estaba pastoso, pero masticó y tragó de forma mecánica. No había hambre en su estómago, solo un vacío físico que necesitaba taponar con algo pesado .
El episodio corría sin llegar a tocarla, como si una lámina de metacrilato separara sus ojos de la pantalla.
Las voces de los actores le llegaban amortiguadas, deformadas por el zumbido sordo que le colapsaba los oídos tras demasiadas horas de tensión.
En la ficción, un tipo mentía con una calma gélida, profesional.
Tony Soprano asentía al otro lado de la barra, entornando esos ojos de tiburón, fingiendo una ignorancia que no engañaba a nadie.
En una cocina de chalet americano, demasiado iluminada para ser real, alguien pronunciaba la palabra lealtad con la misma ligereza con la que se pide un café.
Una palabra muerta.
Disecada.
La violencia no necesitaba estallar. La amenaza de muerte respiraba en cada cambio de plano, en cada gesto contenido, en el tintineo de los hielos dentro del vaso.
El teléfono espantó el silencio con una vibración violenta sobre la madera.
En la pantalla parpadeó el nombre de Bernal. Esta vez no era una llamada; no había espacio para los matices de la voz. Era un mensaje de texto, seco como un disparo de advertencia:
«En The Duke a las 22:40. Ven. Solo nosotras».
Agulló leyó la línea una sola vez y volteó el aparato, dejando el cristal contra la mesa.
No iba a ir.
No tenía derecho a arrastrar a nadie más a su propio sumidero.
Bernal ya cargaba con suficiente peso en las costillas.
Costa seguía tirando de la cuerda con una terquedad suicida, aunque a esas alturas ya no quedara cuerda, solo un nudo marinero apretándosele en la garganta.
Gómez continuaba al frente del caso, con el culo apretado por la falta de colmillo y el pánico a decepcionar al comisario.
Y mientras tanto, Molina aguardaba en la sombra.
Tranquilo.
Paciente.
Como los viejos caimanes de comisaría que han visto pasar demasiados cadáveres políticos por el río y saben que, si te sientas a esperar el tiempo suficiente, el novato siempre acaba rompiéndose por el eslabón más débil.
En cuanto a Rojo, el exinspector seguiría haciendo lo que mejor se le daba: orbitar alrededor del incendio. Merodear por la zona catastrófica con las manos en los bolsillos, calculando fríamente si le convenía apagar las llamas o arrimar los dedos para calentarse con el fuego ajeno.
Era un caso perdido.
El teléfono vibró otra vez.
Agulló tardó unos segundos en cogerlo.
«No es para animarte. Es para enseñarte algo que no quiero pasar por el canal oficial».
Se le quedó clavada la vista en los caracteres pixelados.
Eso cambiaba las reglas.
Eso era dinamita fuera de los registros.
Eso era diferente.
En el televisor, los gánsteres de Nueva Jersey seguían con su letanía de plomo y hormigón.
Una voz rota por el tabaco hablaba de códigos, de respeto y de hombres débiles que confundían el terror con la lealtad.
Sobre la mesa, el pollo al limón empezaba a enfriarse con dignidad, formando una película brillante y gelatinosa dentro del cartón .
Agulló dejó caer la cabeza hacia atrás, hundiéndola en el respaldo del sofá. El apartamento estaba en un silencio sepulcral, pero ella seguía oyendo el crujido del caso dentro de su propio cráneo.
Los casos nunca se callan.
No importa el alcohol, el cansancio o los ansiolíticos; se quedan agazapados al fondo del cerebro como una radio vieja mal sintonizada, emitiendo un zumbido constante de estática, voces distorsionadas, rostros congelados y frases a medio terminar.
La verdad no desaparece por arte de magia.
Solo se cocina a fuego lento en las cocinas de comisaría hasta que se vuelve una masa informe e irreconocible.
Primero llegan los informes preliminares.
Luego, el miedo a que salpique arriba. Después aparecen las versiones oficiales empaquetadas para el consumo doméstico, las llamadas discretas desde teléfonos prepago y las ruedas de prensa con sabor a café torrefacto y rostros de severidad impostada.
Con un poco de suerte, el engranaje te escupe una medalla y un archivo archivado. Al final del día, nadie recuerda qué diablos pasó de verdad en ese callejón. Solo sobrevive la mentira más fácil de tragar para los que necesitan seguir durmiendo por las noches.
Y ese era su problema.
Que ella seguía atrapada, viva y sangrando, dentro de ese engranaje.
Sabía perfectamente qué implicaba el mensaje de Bernal.
Significaba prenderle fuego al reglamento.
Cogió el mando y apagó la televisión.