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Costa había vuelto arriba después de soltarle una frase que seguía clavada en ella como una astilla: «Todavía podemos encontrarlo».
No sabía si lo había dicho para convencerla a ella, para convencerse a sí mismo o para tapar con palabras el agujero que el caso estaba abriendo dentro de todos.
La Vespa arrancó al segundo intento, con un rugido asmático.
Vibró bajo sus piernas y subió por la rampa del garaje con esa lentitud humillante de las máquinas viejas.
Arriba, la luz de la tarde tenía el color sucio de los bares después del cierre, y el tráfico avanzaba a trompicones, una procesión de chapa y humo.
La ciudad entera parecía demasiado agotada para fingir esperanza.
No fue a casa.
El apartamento vacío, el silencio y el fantasma de la botella la esperaban allí.
Viró hacia Los Olivos Club.
Avanzó entre los coches con la sensación de estar saliéndose otra vez del procedimiento y entrando en ese territorio donde ninguna decisión podía explicarse después en un informe.
No llevaba orden. No llevaba respaldo. No llevaba una sola excusa que pudiera sostener delante de Molina si alguien preguntaba qué hacía allí.
Estaba fuera de control.
Pero quedaba el impulso terco, casi biológico, de pisar las huellas de Álex.
Necesitaba oler los escenarios reales antes de que los burócratas de despacho redujeran todo a un rastro frío de antenas repetidoras, archivos digitales y verdades convenientemente masticadas por tipos que jamás habían visto al chico respirar.
Pensó que quizá estaba perdiendo algo más importante que una prueba: el instinto que permite a algunos policías percibir las corrientes de favores, silencios y miedos que se esconden bajo los casos importantes.
Sabía que, cuando uno deja de notar esa corriente, acaba caminando ciego, aunque tenga todas las pruebas delante.
También sospechó que el error había empezado mucho antes de aquella noche, cuando gente poderosa decidió moldear la verdad y dejar que otros hicieran el trabajo sucio por ellos.
Y, mientras avanzaba, sintió esa clase de cansancio que nace al comprender demasiado tarde cómo funciona realmente el mundo.
La puerta lateral del club estaba cerrada a cal y canto.
A plena luz de la tarde, el callejón de carga perdía cualquier glamour nocturno. Contenedores rebosantes, cartones empapados, una mancha de grasa negra incrustada en el hormigón y, arriba, la lente ciega de la cámara de seguridad, observándolo todo.
Agulló plantó la Vespa y se quedó quieta frente a la puerta metálica.
Por ahí había salido Álex aquella noche.
Herido.
Furioso .
Con el teléfono clavado en el puño como si ese trozo de plástico fuera un escudo contra el mundo.
En ese instante, el chico aún respiraba.
Agulló se aferró a ese detalle. Era lo único sólido, la única roca limpia en mitad de la marea de mierda que arrastraba el caso.
Pero ya no bastaba.
Las tripas le pedían algo más.
Se preguntó, por milésima vez, por qué la chica del vídeo seguía siendo un fantasma.
Habían quemado pestañas frente a pantallas durante días: perfiles, matrículas, reconocimiento facial.
Nada. No existía. Y el vacío que dejaba solo significaba una cosa en su experiencia: cuando alguien desaparece de forma tan perfecta, no es un milagro; es que alguien con recursos se tomó la molestia de borrarla, antes incluso de que el primer policía empezara a buscar.
La verdad podía reducirse a una sola imagen y, aun así, no servir para salvar a nadie.
Agulló caminó hacia los contenedores. El callejón parecía haber encogido, como si las paredes de hormigón se hubieran ido cerrando con las horas, asfixiando los restos de aquella noche. Sin embargo, en su cabeza, la escena se reprodujo con la nitidez de una película.
Cerró los ojos y casi pudo oírlo.
El impacto de Daniel empujando a Álex contra el metal.
El golpe hueco y sordo del contenedor vibrando en la oscuridad como una campana fúnebre.
A un lado, Iker, paralizado en esa frontera miserable donde el miedo se convierte en cobardía.
Y Claudia, mirando fijamente, con los ojos muy abiertos, sin mover un dedo, con esa indiferencia helada que no te mancha las manos de sangre, pero te pudre el alma igual .
Y entonces, Rubén apareciendo desde la penumbra.
Sereno.
Impecable.
Más preocupado por la pantalla de un teléfono que por el cuerpo que sangraba en el suelo.
Ya me ocupo yo.
La frase flotaba en el aire del callejón, densa, casi visible, como si alguien la hubiera pintado con spray negro sobre la persiana metálica.
Se subió a la Vespa, pateó el arranque y dejó atrás el centro. Cruzó la avenida de Novelda, enfiló Garbinet y no soltó el acelerador hasta que los neumáticos chirriaron junto al parque de Lo Morant.
No esperaba encontrar nada.
Ningún policía cuerdo lo haría.
Pero los de su especie no regresan a los lugares del crimen buscando pruebas. Regresan al escenario donde les mintieron a la cara, solo para saborear de nuevo el regusto amargo del engaño.
El parque de Lo Morant seguía respirando con normalidad. Familias en los bancos, corredores con auriculares, perros tirando de las correas, chavales inclinados sobre las pantallas. El parque había absorbido el caso y seguía adelante, indiferente.
Agulló caminó despacio entre los senderos, pensando que la ciudad siempre hacía lo mismo.
El fantasma ya no estaba allí. Se había marchado, o tal vez se había disuelto en el aire sucio de la tarde, dejándola a solas con el ruido de su propia respiración.
Arrastró las botas por los senderos de tierra compacta, rumiando la misma vieja lección: la ciudad es una bestia enorme e indiferente. Le da igual quién caiga. Cicatriza rápido, se limpia la sangre con agua a presión y sigue funcionando.
El suelo mutó bajo la goma de sus botas a medida que bajaba hacia la acequia. Tierra cuarteada, luego un fango denso que se agarraba al calzado y, finalmente, el esqueleto crujiente de las cañas aplastadas. El viento peinaba los juncos con un siseo metálico.
Ahí abajo la habían encontrado.
La zapatilla.
Blanca, con una raya azul que ahora le parecía el trazo de un cadáver. El barro seco incrustado en los relieves de la suela no era un desecho; era una firma. El autógrafo del asesino.
Se agachó justo donde los técnicos habían plantado el marcador amarillo días atrás.
Nada.
El vacío absoluto.
Solo lodo pisoteado por curiosos, larvas moviéndose en el agua estancada y una bolsa de plástico descolorida que, enganchada a las ramas, ululaba con el viento, imitando el sonido de una respiración agónica.
Agulló apoyó la palma de la mano en la rodilla. Se quedó así, doblada en dos, con los pulmones negándose a absorber el aire húmedo y podrido de la acequia.
Le costaba respirar.
Había perdido el tiempo.
El pensamiento llegó sin dramatismo.
Había quemado horas como un ludópata quema los últimos billetes en una timba clandestina.
Y peor aún: había quemado los recursos de otros.
Patrullas enteras dando vueltas como tiburones ciegos en un tanque de agua sucia.
Costa con las ojeras rozándole los pómulos por la falta de sueño.
Bernal consumiéndose en el despacho, destruyendo su estómago a base de café recalentado y bollería industrial.
Ruiz enterrado vivo en el búnker de informática, con los ojos inyectados en sangre tras pantallas parpadeantes y litros de bebida energética.
Impostora Agulló.
La palabra no trajo rabia, solo un frío denso.
Había fracasado como inspectora.
Exactamente igual que su padre.
La idea apareció sin violencia, como una verdad vieja que llevaba demasiado tiempo sentada dentro de ella, esperando el momento adecuado para levantar la cabeza.
A esas alturas, se acabó el autoengaño: Álex estaba muerto. Su cuerpo ya pertenecía a la química de la tierra, descompuesto en algún rincón oscuro. Y la probabilidad de que lo encontraran bajaba a cada segundo que el día avanzaba hacia la noche.
Quizá jamás saldría a la superficie.
Agulló estiró las piernas. La espalda le crujió con un chasquido seco.
Miró el parque por última vez, grabándose en la retina la geometría de los árboles y la silueta de los bancos vacíos.
Luego dio media vuelta.
—Lo siento —dijo.
No sabía a quién.
Regresó a casa cuando ya anochecía.
El apartamento seguía igual. Limpio hasta resultar obsceno.
Silencioso como la habitación de una pensión de carretera sin huéspedes.
La cocina brillaba con un orden estéril, la mesa de comedor era un desierto de madera y las llaves descansaban en el cuenco metálico del recibidor, esperando como un perro viejo y ciego que todavía cree en el sonido de la puerta.
La cama estaba intacta.
Ni una miserable arruga en las sábanas.
Ni una sola marca que delatara que allí dentro habitaba un ser vivo.
Agulló se despojó de la chaqueta húmeda y la dejó caer sobre el respaldo de una silla. Abrió la caja fuerte empotrada en el armario y depositó la HK reglamentaria. El arma se asentó en el metal con un chasquido seco, definitivo.
Clic.
Fin de la función.
El turno había terminado, aunque ambos sabían que la placa se pegaba a la piel como una quemadura y que ese turno no acababa nunca.
Abrió una aplicación en el móvil y encargó comida china al primer local que aparecía en la lista. Tallarines nadando en grasa, arroz tres delicias apelmazado y pollo al limón cubierto por esa costra amarillenta que probablemente serviría para desatascar tuberías industriales.
Comida de policía derrotada.
Gasolina para la resaca emocional.
Mientras esperaba al repartidor, se sentó en el borde del sofá y desbloqueó la pantalla. El dedo se quedó congelado sobre un nombre.
No era solo por el caso.
O quizá sí, pero no únicamente.
Vicente Rojo.