La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 45. 45
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Agulló bajó al garaje por las escaleras.

Al llegar abajo, vio la Vespa azul turquesa encajada entre dos coches oficiales. Una película fina de polvo apagaba el brillo de la carrocería y el casco seguía guardado bajo el asiento. La había dejado allí días atrás, cuando aún creía que aquel caso podía resolverse yendo más deprisa.

Ahora la moto parecía de otra persona.

Clavó los ojos en el pavimento gris, buscando una respuesta que el asfalto no iba a darle.

«No hay cadáver».

Se lo repitió como un mantra inútil, con el mismo tono monótono y funcionarial con el que un forense lee un protocolo para no venirse abajo.

«No hay confesión».

«No hay una prueba definitiva de muerte».

Pero el instinto le decía que tampoco quedaban señales limpias de vida.

La última certeza que tenía era una imagen grabada a fuego en la retina: un chico herido, bajando de un autobús, entregándose de cabeza a una noche que otros sabían masticar y escupir mucho mejor que ella. Una instantánea maldita que habría dado casi cualquier cosa por borrar.

Después de eso, la nada.

El rastro se disolvía en ese territorio pantanoso donde solo habitan los depredadores.

Y aun así, Agulló había corrido detrás de cada pista como si pudiera compensar todas las veces que llegó tarde a una habitación de hospital, cuando ya no quedaba nadie respirando y una madre seguía esperando milagros del uniforme.

Por eso, cuando el caso tomó el nombre de Álex Roldán, mordió el anzuelo sin advertir que alguien llevaba días aguardándola al otro lado del hilo.

El golpe de una puerta metálica la obligó a regresar al presente.

Costa apareció en el rellano de la escalera y se detuvo al verla junto a la Vespa. Se quedó allí arriba, inmóvil, como si aún estuviera decidiendo si podía hacer aquello.

—Te estaba buscando.

—Aquí me tienes. Ya me has encontrado.

—Molina es un imbécil.

—No del todo.

Costa bajó los últimos peldaños.

—No le concedas eso.

Agulló levantó la vista hacia él.

—Entonces dime qué parte es mentira.

Él tardó demasiado en contestar.

Agulló sonrió sin humor.

—¿Ves? Eso.

—La parte en la que te sacrifica para salvar su culo.

—Eso no significa que la otra no exista.

Costa se acercó, pero se detuvo a una distancia prudente.

—La señal del parque engañó a todos.

—Pero yo seguí esa vía.

—Eso no importa.

Desde arriba bajaba un murmullo de voces y teléfonos, distante y continuo, como si la comisaría siguiera funcionando en otro mundo del que ella acabara de quedar fuera.

Costa habló más bajo.

—Que actuaran sobre tu decisión no significa que fuese culpa tuya.

Agulló lo miró.

—¿Y si Álex seguía vivo mientras estábamos allí?

Costa se quedó inmóvil.

—No sabemos eso.

—Exacto. No lo sabemos.

—No puedes hacerte eso.

—¿Qué?

—Mirar atrás y convertir cada decisión en un error porque ahora sabes cómo termina.

Agulló soltó una risa seca.

—Eso es literalmente mi trabajo.

—No de esa manera.

Él dio otro paso. Esta vez sí quedó demasiado cerca.

—Agulló, mírame.

—No.

—Mírame.

Costa tenía ojeras, barba de dos días y una preocupación que ya no conseguía esconder detrás del trabajo.

Durante años había sido bueno en eso: convertir el cuidado en datos, el miedo en mapas, la ternura en un café dejado sin comentario sobre una mesa.

Ahora estaba demasiado cansado para disimular.

—Todavía podemos encontrarlo —dijo Costa.

La frase cayó entre ellos como una moneda en un pozo. Agulló notó el impacto antes de oír el eco.

—No digas eso para hacerme sentir mejor.

—No es esperanza. Es que no tenemos un cadáver.

—Claro. Y tú necesitas agarrarte a eso igual que yo.

Costa cerró la boca.

Ahí estaba.

La grieta que ninguno nombraba.

Él también había creído. Él también había esperado encontrar a Álex en Rabasa, atado y vivo. Él también necesitaba que el caso no terminara en una nave lavada con lejía y un teléfono quemado en una cuneta.

Agulló bajó la mirada.

—Lo siento.

—No. Tienes razón.

—Me he pasado.

Costa se pasó una mano por la nuca.

—No sé qué hacer contigo cuando te pones así.

—No tienes que hacer nada.

—Ese es el problema.

La frase quedó entre los dos como un cable pelado.

Agulló sintió el impulso absurdo de retroceder un paso.

No podía cargar también con eso. No esa misma noche, confundida y saturada. No mientras el caso se le escurría de las manos y la sangre de Álex Roldán seguía apareciendo en su cabeza mezclada con agua sucia y lejía.

Costa la miraba esperando algo. Una respuesta, una señal. Cualquier cosa que no fuera aquel muro helado.

Ella apartó la vista primero.

—Sube, anda —dijo—. Te necesitan.

—A ti también, aunque Molina diga lo contrario.

Ella se apartó de la columna.

—Costa.

Aquello le bastó.

Costa vio cómo la puerta se cerraba delante de él. No hizo el menor gesto por detenerla. Quizá porque sabía que, si empujaba un poco más, algo terminaría rompiéndose del todo.

Asintió despacio. Como un hombre acostumbrado a obedecer incluso cuando le dolía.

—Te llamaré si hay algo.

—Llama a Gómez. Coordina él.

—Eso no va a pasar.

—Haz tu trabajo. Será mejor que no lo pierdas también.

Costa la miró un segundo más.

Luego subió las escaleras.

Agulló volvió a quedarse sola.

La Vespa seguía allí, apoyada sobre el caballete, muda bajo la luz enferma. No la tocó. Dudaba incluso de tener reflejos suficientes para mantenerse recta en una curva.

Caminó despacio hasta la salida del aparcamiento y se dejó caer en el bordillo junto a la rampa. Desde la calle entraba aire húmedo, mezclado con humo de escape y ese olor salado del puerto que en Alicante siempre parecía anunciar algo podrido.

El teléfono le vibró.

Esta vez era Rojo.

No contestó.

Vibró otra vez.

Bernal.

Tampoco la atendió.

La tercera llamada fue de Nuria Sempere.

Agulló sostuvo el teléfono hasta que la pantalla se apagó sola.

No podía hablar con la madre de Álex.

Por primera vez desde que Nuria Sempere había cruzado el umbral de la comisaría, Agulló sopesó la idea de rendirse.

No era un farol para llamar la atención ni un arrebato dramático.

Era algo mucho más frío y pragmático. El pensamiento exacto del boxeador sonado que, con la boca ensangrentada y las costillas crujiendo, comprende que el rival lleva rompiéndole la cara desde antes de que sonara la campana del primer asalto.

El tipo del otro lado del cuadrilátero conocía todos sus puntos débiles.

Quizá ya no era la solución, sino parte del problema. Quizá cada maldito paso que daba hacia delante no era un avance, sino una trampa; otra puerta abierta para que el hijo de puta que estaba ahí fuera volviera a golpear.

Arriba, en algún despacho, sonó un teléfono.

Luego, otro.

Y otro.

La investigación seguía respirando.

Sin ella .

Agulló apoyó los codos en las rodillas y se tapó la cara con las manos.

No lloró.

El llanto exige una clase de alivio que ella ya no tenía.

Y se quedó quieta, escuchando el zumbido lejano de la comisaría y el tráfico filtrándose desde la calle, mientras el fracaso le iba llenando el pecho despacio, como agua negra entrando en un coche hundido.