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El teléfono apareció dentro de una bolsa de patatas vacía, tirado en una cuneta de servicio junto a la salida hacia San Gabriel.
Solo que nunca había sido el teléfono de Álex.
No hubo sirenas. Ni botas reventando el asfalto, ni tipos duros jugando a ser héroes bajo el destello azul de los rotativos.
Una patrulla camuflada se limitó a cerrar la salida de la calle lateral, transformándola en un callejón sin salida.
Costa avanzaba guiado por Ruiz a través del teléfono, con los ojos fijos en la pantalla y en el último estertor digital del prepago.
A unos metros, un agente de la Local contemplaba una papelera volcada junto al talud de tierra reseca. Tenía el brazo extendido y el dedo rígido, apuntando a la basura derramada con el mismo desapego anestesiado con el que se señala el cadáver de un perro atropellado.
El aparato estaba destrozado. Sin tapa trasera, con la pantalla hecha una telaraña de grietas y la carcasa chamuscada por un lateral. Un Android barato y viejo, de los que pasan desapercibidos entre latas aplastadas, colillas húmedas y envoltorios arrugados.
El teléfono que los había hecho correr .
Agulló lo contempló desde detrás de la cinta policial como si mirara el cadáver de algo que unas horas antes todavía había tenido alma.
La luz de la tarde moría despacio sobre el asfalto agrietado, tiñéndolo todo de un color sucio y cansado.
A lo lejos, la autovía rugía con esa indiferencia brutal de las ciudades grandes, donde incluso la desgracia acaba convertida en ruido de fondo.
El aire olía a goma recalentada, polvo y basura vieja.
Costa se agachó junto al técnico sin tocar nada.
—¿Y la tarjeta SIM?
El técnico extrajo la bandeja con unas pinzas.
—Hay restos. Está cortada. Parece que intentaron partirla después de sacarla, o mientras la sacaban. El laboratorio dirá.
Costa levantó la vista hacia Agulló.
No hizo falta decir nada.
La SIM de Álex había pasado por allí. O lo que quedaba de ella. También el prepago. El muñeco que habían usado para hacerlos bailar.
Ruiz habló por el móvil de Costa, en altavoz.
—Si han cortado la SIM, quizá podamos sacar algún identificador parcial, pero no os montéis películas. El terminal está limpio hasta los huesos. Registro de llamadas borrado, cuentas cerradas, ni una foto decente. Lo han usado como quien usa un mechero de gasolinera. Usar y tirar.
—Dime que hay alguna geolocalización previa —pidió Agulló.
—Lo que ya teníamos. Lo encendían. Lo apagaban. Lo movían de un punto a otro para que corriéramos detrás de una sombra.
Agulló contempló el teléfono dentro de la bolsa de basura.
Durante días, aquel aparato había tenido alma. Había respirado por Álex, había mentido por él, había mantenido viva una esperanza que todos necesitaban creer. Y ahora no era más que plástico chamuscado abandonado junto a una carretera.
Basura entre basura.
Costa se incorporó lentamente.
—Con esto nos han dado un golpe muy bajo.
Agulló no discutió. La discusión exigía energía y la verdad tenía la costumbre de dejarla sin ella.
El móvil de sustitución vibró en su bolsillo como un insecto atrapado.
Molina.
Agulló respondió sin dejar de mirar el teléfono destrozado.
—¿Lo tienen? —preguntó él.
—Tenemos el prepago. Lo han dejado hecho una mierda, con la SIM cortada. De momento no hay nada que nos lleve a quien lo usaba.
—¿Y el teléfono original de Álex Roldán?
—No ha aparecido.
El silencio duró apenas un par de segundos, pero pesó más que toda la conversación.
—Vuelva a comisaría, inspectora.
—Estoy con el levantamiento.
—Agulló, he dicho que vuelva.
—¿Qué pasa?
Molina tardó lo justo para que ella supiera que era malo.
—El laboratorio ha adelantado un perfil genético preliminar de la muestra del desagüe de Rabasa. Es compatible con Álex Roldán. Aún falta la confirmación completa, pero ya sabe cómo funciona esto: cuando el laboratorio adelanta algo así, rara vez es para tranquilizarnos.
El tráfico de la autovía siguió ahí, pero Agulló dejó de oírlo.
Como si alguien hubiera cerrado una puerta entre ella y el mundo.
Costa la miró de reojo. No necesitó preguntar .
—¿Cantidad? —preguntó ella.
—Poca. Muy degradada. Mezclada con lejía o algún limpiador industrial. Demasiado alterada para decir cómo murió.
Agulló apoyó la vista en el parabrisas agrietado de un coche abandonado al otro lado de la cuneta.
—Pero es sangre suya.
Molina tardó medio segundo.
—Compatible con su sangre.
Siempre había una palabra capaz de torcer el destino de un policía.
En este caso, de una inspectora.
Agulló contempló la cuneta, el teléfono chamuscado, la bolsa grasienta de patatas aplastada contra la tierra seca. Objetos sin valor. Basura. Y, sin embargo, allí estaba concentrado todo el peso del caso.
Pensó en Álex escribiendo «tío, ven» con la urgencia de quien todavía cree que alguien acudirá.
Pensó en Iker dejando el mensaje sin abrir, como si la culpa pudiera aplazarse.
Pensó en Rubén, tranquilo, diciendo que él se encargaría de todo.
Y en la Kangoo atravesando la ciudad de un lado a otro, no como un vehículo, sino como un coche fúnebre repartiendo fragmentos de una muerte que nadie quería mirar de frente.
—Voy para allá —dijo.
Colgó.
Costa se acercó.
—¿Y ahora qué?
—La sangre hallada en Rabasa es compatible con el perfil de Álex.
—No alcanza para afirmar que murió allí.
—No.
—No basta .
—Ya lo sé.
Pero había una diferencia entre una prueba insuficiente y un peso imposible de quitarse de encima.
Regresaron a comisaría sin hablar.
Costa conducía con las dos manos firmes sobre el volante, como si sujetar el coche fuera también una manera de mantener el caso unido.
Agulló observaba la ciudad a través de la ventanilla.
Alicante seguía viva: semáforos, terrazas, motos cruzando avenidas, gente cargando bolsas de supermercado.
La vida continuaba con esa crueldad tranquila que tienen las ciudades cuando alguien desaparece.
Los nombres pasaban por su cabeza como estaciones de un viacrucis privado. Cada barrio guardaba ahora una mentira distinta. Primero, una esperanza. Después, una corrección.
Y debajo de todas ellas, una idea que le mordía por dentro.
Quizá llevaban días persiguiendo un reflejo en el cristal mientras el verdadero crimen ya había cruzado la ciudad y desaparecido en la oscuridad.
Cuando entraron en comisaría, Molina los esperaba en la sala de incidencias junto a Gómez y dos mandos de Brigada. Bernal permanecía de pie frente a la pizarra, inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho.
La pizarra seguía llena de flechas, nombres y conexiones. «Vida real». «Puesta en escena». «Gestores». Y alguien había añadido en rojo:
ADN RABASA — PRELIMINAR ÁLEX .
Una frase que ocupaba más que todo lo demás.
Molina fue al grano.
—Desde este momento, queda apartada del mando operativo del caso .
Costa intervino desde el fondo de la sala.
—Comisario.
—Usted seguirá en la unidad técnica, bajo la coordinación de Gómez.
—¿Qué? Alucino...
Gómez levantó la vista, incómodo.
—Comisario, quizá…
—No he pedido su opinión.
Bernal se separó de la pared.
—No puede apartarla ahora.
—Puedo y lo hago. La inspectora Agulló está lesionada, ha sido objetivo directo de una agresión y ha tomado decisiones operativas precipitadas. La línea del teléfono confirma, además, que el encubrimiento se sostuvo sobre una interpretación errónea del caso.
Agulló sintió cada frase como un dedo hundiéndose en una herida ya abierta.
No era del todo justo.
Tampoco del todo mentira.
Y precisamente por eso no encontró una respuesta inmediata.
Costa habló en voz baja.
—Todos seguimos esa lectura. Todos seguimos la misma señal.
Molina lo miró.
—No todos dirigían.
Bernal tardó un instante en hablar.
—Si aparta a la inspectora, Rubén Soria ganará tiempo.
—Soria gana tiempo cada vez que este equipo confunde el deseo con la verdad .
Agulló se quedó mirando la pizarra como si fuera una pared escrita por un loco meticuloso. Las palabras parecían clavadas con chinchetas dentro de su cabeza.
Todo era verdadero.
Todo había estado delante de ellos desde el principio.
Y, aun así, ella había ido empujando cada pieza, despacito, casi sin darse cuenta, hacia el único sitio donde todavía podía respirar: la esperanza de que el chico siguiera con vida.
Molina dejó una carpeta sobre la mesa.
—Ahora atiendan a mis órdenes. La búsqueda de Claudia y Daniel sigue activa. Vamos a apretar a Sergio Moya hasta que hable o hasta que su abogado se quede sin excusas. He pedido autorización para entrar en todo lo relacionado con Soria Control y para rastrear el teléfono original de Álex Roldán.
Giró el rostro hacia Agulló.
—Usted queda fuera de la coordinación. Si necesitamos algo, será por escrito. ¿Queda claro? Y vaya al hospital antes de que ese costado decida abrirse solo.
La humillación llegó fría.
Como llegan las cosas que ya no pueden evitarse.
Agulló miró al subinspector Gómez.
—¿Te quedas con el caso?
Gómez aguantó su mirada apenas un instante antes de asentir.
—De manera provisional.
Agulló soltó una risa seca, sin humor.
—Claro.
Costa se volvió hacia Molina.
—Esto es un error, comisario.
—Probablemente ya hemos cometido demasiados. A estas alturas, uno más apenas se notará.
Ella hizo un gesto para cortarlo.
—Déjalo.
Costa la miró, como si esperara que discutiera.
Pero ella ya estaba cansada de pelear batallas perdidas.
Recogió una sola carpeta de la mesa: la de Iker Soria y la hoja con los IMEI cruzados. Dejó las demás donde estaban. Ni siquiera sabía por qué se llevaba esa. Tal vez porque aún necesitaba creer que quedaba un hilo del que tirar.
Molina la observó.
—La carpeta se queda, inspectora.
Agulló sostuvo la carpeta un segundo más.
Luego la dejó sobre la mesa.
Salió de la sala.
Nadie la detuvo.
Y eso fue lo que más le dolió.