La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 43. 43
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Molina fijó la vista en la tabla de datos del IMEI.

No necesitaba descifrar cada protocolo de red. El veneno de la verdad estaba sintetizado en las últimas líneas.

Agulló lo observó desde el otro lado de la mesa. El comisario era un analfabeto tecnológico, pero un lince político. Tenía instinto para oler cuándo un dato no encajaba en el relato oficial y cuándo, simplemente, le reventaba la carrera. Y aquel dato tenía la potencia de una granada.

La sala de incidencias quedó atrapada en un silencio espeso.

Costa permanecía inmóvil junto al monitor, con los brazos cruzados, como si intentara camuflarse con la pared.

Ruiz, con el rostro iluminado por el brillo azul de la videollamada desde la sala técnica, compartía los registros abiertos.

En una esquina, Bernal sostenía el móvil contra el muslo, con los nudillos blancos de tanto marcar el número de Claudia sin obtener respuesta.

—Repítalo —ordenó Molina.

Su voz sonó grave, rasposa por la falta de sueño.

Costa obedeció. Lo soltó sin anestesia.

—La señal de Lo Morant no salió del teléfono de Álex. Salió de su SIM metida en otro terminal .

Molina miró a Ruiz en la pantalla. Dejó escapar un suspiro largo.

—¿Es concluyente?

Ruiz se quitó un auricular.

—Es concluyente para afirmar que la señal salió de otro aparato.

Si además quiere que le ponga nombre y apellidos al que cambió la tarjeta, comisario, necesito una de tres cosas: una confesión, una cámara de seguridad que no esté desenfocada o que Dios baje de los cielos y nos haga el trabajo de campo.

Molina ignoró el sarcasmo. Sus ojos ya estaban fijos en la pizarra.

—El mensaje que recuperamos del móvil de Moya...

—empezó, rumiando la lógica del enemigo en voz alta—.

«El teléfono va por otro lado». No era un despiste.

No hablaban de que el chico lo hubiera perdido en una pelea.

Hablaban de separar las piezas. El terminal físico, por un lado, la tarjeta SIM por otro.

La línea viva para mantenernos entretenidos siguiendo un fantasma.

El teléfono real en manos de alguien encargado de limpiar el vídeo, borrar accesos y asegurarse de que nadie pudiera rascar nada.

Bernal añadió:

—Y la zapatilla abandonada en el parque para darle una narrativa a la señal. Para que pisáramos el acelerador en la dirección que ellos querían.

Molina clavó los ojos en el corcho.

Lo que durante días habían considerado un rastro sólido y prometedor se desvelaba ahora como una función de teatro. El decorado era real, pero alguien los había llevado de la mano hasta la primera fila para que miraran exactamente hacia donde convenía.

Gómez midió sus palabras antes de abrir la boca. Sabía que pisaba cristales rotos .

—Esto cambia el escenario, comisario. Refuerza el encubrimiento y la obstrucción a la justicia. Y nos da una vía penal por coacciones si logramos vincular la desaparición de Daniel y de Claudia con los últimos movimientos del entorno de Soria.

—Y tentativa de destrucción de pruebas —añadió Costa, enderezándose—. Como mínimo.

Agulló no apartó la vista de Molina.

—Y permite citar a Rubén Soria como investigado.

Molina expulsó aire por la nariz, un bufido de desprecio.

—Nos permite solicitar diligencias contra Rubén Soria, inspectora. No confunda el derecho procesal con sus deseos personales.

—Gómez acaba de desglosarlo, comisario.

—Gómez no firma los oficios que van al juzgado número tres. Aquí mando yo.

Gómez bajó la cabeza, buscando refugio en sus propios zapatos.

Agulló sintió cómo la bilis le subía por la garganta. Se la tragó por puro orgullo.

—Rubén Soria sabía que Álex había subido a ese autobús antes de que nosotros tuviéramos acceso a las cámaras —dijo Agulló, bajando el tono—.

Iker lo dejó caer en el interrogatorio. El entorno de Soria aparece en Los Olivos, aparece vinculado a la Kangoo, merodeó por Lo Morant, por Rabasa y estuvo presente en la última noche en que se vio a Daniel.

Ahora resulta que la señal del parque era pirotecnia barata fabricada con la SIM del chaval.

¿Qué más necesita para que nos permita movernos, Molina?

¿Que le traigan el cadáver con una dedicatoria?

Molina dio dos pasos largos hasta quedar a un palmo de ella.

—Se lo advertí el primer día, inspectora. Necesito al chico .

La frase cayó sobre el linóleo de la sala con la contundencia de un golpe seco. No había agresividad en el tono de Molina. Tampoco impostura política. Solo un pragmatismo cínico y descarnado. La certeza absoluta de quien sabe que las medallas y las destituciones dependen del mismo hilo.

Por eso dolió más.

Agulló mantuvo la mandíbula apretada.

Molina siguió, más bajo:

—Necesito a Álex Roldán. Vivo o en una bolsa de lona verde.

Me da igual. Ojalá el mundo fuera un lugar más amable, pero necesito algo que pueda sostener ante un juez de instrucción, ante una madre destrozada y ante veinte cámaras de televisión sin que un abogado nos lo desmonte en el primer turno de réplica.

No tengo la más mínima intención de salir ahí fuera a explicar cómo un puñado de criados nos ha tomado el pelo durante una semana.

Costa hizo amago de avanzar, pero Agulló lo frenó con un leve movimiento de la mano.

—Nos han tomado el pelo a todos, comisario. A usted también.

—No —replicó Molina, mirándola a los ojos—. A mí no, inspectora. A ustedes.

El comisario se dio la vuelta y volvió a mirar la pizarra. No había burla en su gesto. Era algo mucho peor.

Era un veredicto.

Agulló sintió el golpe justo donde ya tenía la carne viva. No era un insulto. Era un diagnóstico clínico de su propia ceguera.

Durante unos segundos, la luz de la sala se tragó todo lo demás. En su cabeza desfiló el parque de Lo Morant.

Buscadlo como si siguiera vivo .

Y detrás de toda esa parafernalia, la imagen mental del verdadero ejecutor, dejando que ella, la brillante inspectora Agulló, hiciera todo el trabajo sucio de distracción.

Bernal habló con una voz inusualmente suave, rompiendo el aire estancado.

—Eso no cambia que Álex necesitara que lo encontraran.

Agulló la miró.

Bernal no bajó la vista.

—Alguien tenía que ir a buscarlo.

Costa asintió una sola vez, con la rigidez de un resorte.

Molina se pasó una mano por la mandíbula.

—Rubén Soria entrará en este edificio con la condición de investigado, en el momento exacto en que la Fiscalía avale la validez de esa tabla de conexiones.

—Eso será hoy mismo —sentenció Agulló.

—Cuando la Fiscalía firme.

—Hoy, Molina.

El comisario se volvió despacio.

—Inspectora, no vuelva a equivocarse de enemigo. El mío no lleva placas.

—Es usted el que parece haberlo olvidado —respondió ella, sin retroceder un milímetro.

Un pitido agudo cortó la tensión. Gómez miró la tableta que tenía entre las manos. Su rostro, habitualmente rojizo por la tensión, se tornó del color de la cera.

—Mensaje de la unidad de apoyo en la finca de los Vives —anunció, con la voz un punto más agudo de lo normal—.

Han localizado el coche de Vicente Vives.

Abandonado en una vía de servicio de la AP-7.

Vacío. Ni rastro de la chica, ni rastro de Vives.

Las puertas estaban cerradas con seguro.

A simple vista no hay restos de sangre ni impactos. Nada.

Bernal se despegó de la pared, como si la hubieran inyectado adrenalina.

—¿Qué coño pinta el padre metido en este fango?

Costa consultó su propio terminal.

—El geolocalizador de Daniel sigue mudo.

Ruiz volvió a agitar la mano desde la pantalla.

—Un momento. Tengo otra alerta del terminal de prepago. Última activación hace exactamente diecinueve minutos. Ha enganchado una célula en el eje San Gabriel-Rabasa. Un destello muy débil, pero suficiente para acotar el radio.

Agulló se volvió hacia él.

—¿El mismo IMEI?

—El mismo. El aparato que resucitó la SIM de Álex en Lo Morant.

La sala estalló en actividad como un avispero pateado. Costa empezó a teclear para proyectar el mapa, Bernal empezó a dar órdenes por radio y Gómez se sentó de golpe para transcribir la ampliación de la orden judicial. Molina ya marcaba un número directo con el despacho del jefe superior.

Agulló, sin embargo, permaneció clavada en el centro del caos.

La baliza que se estaba burlando de ellos seguía ahí fuera, moviéndose por las arterias de la ciudad.

Costa amplió el zoom del mapa digital. Un nuevo círculo de dispersión apareció al sur del polígono de Rabasa, una zona de naves industriales abandonadas, canteras de arcilla secas y carreteras secundarias que morían en la autovía .

—Puede ser la misma persona —aventuró Costa, con la mano sobre el ratón—. El que lleva el terminal.

—¿Montamos el equipo de asalto? —preguntó Bernal, con el dedo sobre el botón de envío.

Agulló contempló el punto parpadeante. El pulso le latía con fuerza en las sienes. Todo su cuerpo, cada fibra de su instinto policial, le ordenaba salir corriendo hacia el coche, encender la sirena, quemar rueda y cazar a esa rata antes de que la pista se enfriara.

El viejo y adictivo reflejo de la persecución.

Esta vez, sin embargo, algo se activó en su cabeza.

Una frialdad extraña.

—No.

Costa la miró, con el ceño fruncido y la mano suspendida en el aire.

—¿Cómo que no?

—Primero acordonamos las salidas de la zona.

Perímetro ancho. Discreto. Coches camuflados y nada de sirenas —ordenó Agulló, señalando con el dedo los puntos de fuga en la pantalla—.

No vamos a lanzarnos de cabeza detrás de una señal de telefonía como perros siguiendo el rastro que ellos mismos nos pintan en el suelo.

Agulló señaló el mapa de la ciudad.

—Si quieren que corramos en esa dirección, haremos exactamente lo contrario.

El que mueve los hilos nunca está en el lugar hacia donde te empuja a mirar.

Quiero saber quién se queda respirando aliviado en la ciudad, mientras mandamos una unidad a correr detrás de una bombilla en mitad de un descampado.

Costa lo entendió primero.

—Rubén Soria.

—Soria. Moya. Vives. No lo sé .

Bernal guardó el móvil.

—Claudia puede estar en otro punto.

—Por eso no les vamos a enseñar todas las cartas.

El teléfono de Agulló vibró otra vez.

Nuria Sempere.

Esta vez no se lo pensó. Descolgó y se pegó el auricular al oído.

—Nuria.

—He vuelto a ver el telediario, inspectora —la voz de la madre llegó rota, sostenida únicamente por el pánico—. Un avance informativo.

Otra filtración.

Molina levantó la cabeza al instante.

—Están diciendo en la televisión... —Nuria ahogó un sollozo—. Que el teléfono que encontraron en el contenedor no era el de mi hijo. Dicen que ustedes han estado perdiendo el tiempo buscando en el lugar equivocado. Que Álex nunca estuvo allí…

—Nuria, escúcheme bien —dijo Agulló, endureciendo el tono para transmitir una seguridad que no sentía—. La línea de Álex fue manipulada. Alguien usó su tarjeta SIM en otro teléfono, para empujarnos en una dirección falsa.

—¿Entonces... entonces mi hijo no… está...?

La pregunta se extinguió en un hilo de voz, incapaz de formular la palabra «muerto».

—Ahora sabemos que alguien manipuló el rastro para engañarnos.

Al otro lado, Nuria lloró sin sonido durante un segundo.

—Encuéntrelo, inspectora. Se lo pido por lo que más quiera en este mundo.

—¿Se refiere a su hijo? —preguntó Agulló, con el corazón encogido.

—No —escupió la madre desde el otro lado—. A ese hijo de puta.