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—Malas noticias —dijo Costa—. No era el móvil de Álex.
Agulló tardó un segundo en entenderlo.
O quizá en querer entenderlo.
Estaba de pie junto a la mesa, con la carpeta de Rabasa abierta, la captura del Seat León en la estación y el informe preliminar de la mochila a medio leer.
Llevaba tantas horas oyendo variaciones de la misma palabra —móvil, línea, terminal, nube, ping, IMEI— que la frase le sonó al principio a otra precisión técnica del subinspector.
Ruiz levantó la vista del portátil.
—La señal de Lo Morant no salió del teléfono de Álex. Salió de su SIM.
Bernal, sentada junto a la pared, dejó de escribir. Todo estaba sucediendo a la vez: Molina, Nuria Sempere, la captura del coche.
—Otra vez, no...
Costa giró la pantalla hacia Agulló. Había tres columnas: hora, SIM, IMEI.
—Una cosa es la línea y otra el aparato —dijo—. Hasta la 01:58, la línea de Álex estaba en su móvil. A las 11:31, esa misma línea estaba dentro de otro teléfono .
Ruiz señaló la fila siguiente.
—A las 06:12 hay un intento de acceso a su nube desde una wifi pública cerca de la avenida de Novelda.
No pasa por red móvil, pero la cuenta identifica el dispositivo como habitual: el mismo modelo, la misma huella del teléfono de Álex.
No sabemos quién lo usaba. Lo que sabemos es que alguien tenía el terminal físico o acceso abierto a él.
Agulló escuchó sin terminar de respirar.
Costa bajó a la tercera línea.
—A las 11:31, parque de Lo Morant. La línea de Álex vuelve a enganchar red durante menos de diez segundos. Pero el IMEI ya no es el suyo.
—Otro móvil.
—Sí. Un Android barato. Sin historial previo con esa línea.
Ruiz abrió otra tabla.
—Y ese terminal sí tiene historial. Está vinculado a un número prepago.
Agulló ya sabía lo que venía.
—El que escribió a Sergio Moya.
Ruiz asintió.
—El mismo prepago desde el que salió el mensaje: «Limpia y espera. Si preguntan, no estuvo. El teléfono va por otro lado».
Bernal se llevó una mano a la boca y la apartó enseguida, como si el gesto pudiera delatarla. Agulló sostuvo la vista en los números.
La pantalla no se movía.
—Entonces alguien sacó la tarjeta SIM del teléfono de Álex.
—Sí. Y la puso en el móvil del prepago para que diera señal en Lo Morant —dijo Ruiz.
Costa remató:
—La señal que nos llevó al parque no demuestra que Álex estuviera allí. Solo demuestra que su tarjeta SIM apareció allí dentro de otro teléfono.
Agulló recordó la mañana en Lo Morant como se recuerdan las cosas que uno preferiría borrar.
El círculo azul latiendo en el mapa como un corazón enfermo.
Los baños públicos, los contenedores, los agentes desplegándose entre los árboles con esa disciplina inútil de la policía cuando persigue un fantasma.
El muchacho borracho que no era Álex. La zapatilla atrapada en la acequia, sucia, convertida durante unos segundos en una promesa.
Y ella, aferrándose a todo, porque dejar de creer significaba mirar de frente algo mucho peor.
—La figura con gorra —dijo.
—Pudo llevar la SIM —respondió Costa—. Pudo dejar la zapatilla. O las dos cosas.
—¿El prepago se activó allí?
Ruiz negó.
—No. En Lo Morant solo usaron la SIM de Álex. Pero el IMEI del terminal los delata. Ese mismo móvil aparece antes cerca de Rabasa y vuelve a salir esta mañana junto a la estación, cuando mueven a Daniel. Es uno de los teléfonos que están usando para taparlo.
Agulló apoyó una mano en la mesa.
—¿Desde cuándo lo sabéis?
Costa no se defendió.
—Desde hace dieciocho minutos, para ser exactos.
—¿Seguro?
—He esperado a que Ruiz lo comprobara con la segunda remesa de la operadora .
Ruiz carraspeó.
—Pedimos los registros dos veces, porque la primera tabla solo mostraba la línea, no el terminal. La operadora hablaba del «móvil de Álex Roldán», pero en realidad era su SIM funcionando dentro de otro aparato. Sé que es un poco complejo de entender.
—No, no lo es.
—¿Entonces?
—Simplemente, me abruma tanto tecnicismo.
Agulló sintió cómo esa diferencia abría un agujero debajo de sus pies.
Bernal se levantó.
—Entonces lo del parque fue fabricado.
—Lo de Lo Morant, seguro —dijo Costa—. La zapatilla, casi seguro también. Lo que aún no sabemos es quién tenía el teléfono original.
—¿Álex pudo seguir vivo a las 06:12? —preguntó Bernal.
Ruiz tardó un poco más de la cuenta en responder.
—Técnicamente, pudo.
Costa miró a Agulló antes de añadir nada.
—Pero el patrón no dice eso.
—Enséñame el patrón —dijo la inspectora.
Ruiz amplió la línea temporal en la pantalla.
—A la 01:58, el terminal original sigue cerca de la avenida de Novelda. A las 02:06, la Kangoo se dirige hacia Virgen del Remedio. A las 06:12, alguien intenta acceder a la nube desde una wifi pública de la zona. A las 11:17 aparece la figura con gorra en Lo Morant.
—Hasta ahí lo tengo claro.
—Bien —dijo Costa, tomando aire—. Catorce minutos después de la figura con gorra en el parque, la SIM de Álex sigue dentro del terminal de prepago. Y esta mañana, ese mismo terminal vuelve a aparecer cerca de la estación, justo cuando desaparece Daniel.
El teléfono de sustitución de Agulló vibró sobre la mesa.
La pantalla mostró el nombre de Nuria.
Apenas había salido de allí y ya quería una explicación que sirviera de morfina para pasar la noche.
Agulló no se movió. Se limitó a observar el aparato con una fijeza gélida, dejando que el zumbido le taladrara los tímpanos.
No tenía palabras para ella. Las palabras eran mercancía barata de tertuliano; a ella ya no le servían.
¿Qué se suponía que debía decirle? ¿Que eran unos incompetentes?
¿Que durante días su equipo había estado corriendo como perros de presa ciegos, siguiendo el rastro de una tarjeta SIM metida en el bolsillo del abrigo de otro hombre?
¿Que la frágil, hermosa y desesperada esperanza que había brotado unas horas antes en aquel parque de Lo Morant era mentira?
Una ilusión de diseño. Un engaño fabricado por alguien que conocía los resortes de la culpa y sabía exactamente cómo manipular el dolor ajeno para ganar tiempo. Alguien que se estaba riendo de ellos en su puta cara.
Incluso la zapatilla, aquella prueba miserable a la que todos se habían agarrado, empezaba a parecerle ahora una maniobra sádica.
Bernal miró el teléfono.
—Déjalo.
El teléfono dio tres sacudidas más y luego la pantalla se apagó, devolviéndole el reflejo de sus propios ojos cansados en el cristal negro.
Costa imprimió la tabla.
—Con esto, Molina no puede seguir sosteniendo otras hipótesis.
—Joder...
—No es solo Molina —dijo Costa—. Esto nos da base para ir contra Rubén Soria, si vinculamos el dispositivo con la empresa.
—Rubén Soria no se acercaría a ese teléfono ni borracho —dijo Agulló—. Siempre trabaja a través de otros. La pregunta es otra: ¿qué se nos está escapando?
Ruiz señaló otra pantalla.
—Hay algo más. En el móvil que Moya intentó romper hemos encontrado una foto borrada de una tarjeta SIM sobre una mesa metálica. La imagen es mala y no se ve el número, pero sabemos que se hizo esta mañana, antes de Rabasa.
Agulló lo miró.
—¿Para qué fotografiar una SIM?
—Para demostrar que la había cambiado —dijo Ruiz—. O porque es imbécil.
Costa añadió:
—Moya no parece de los que hacen un trabajo sin mandar justificante.
La puerta se abrió. Gómez asomó la cabeza.
—Siento interrumpir, pero Molina quiere una actualización.
Nadie respondió.
Gómez vio la pantalla.
—¿Qué es eso?
Agulló cogió las impresiones.
—Tendrá su actualización.
Gómez palideció un poco.
—¿Las activaciones no eran del móvil?
—No todas.
Gómez bajó la mirada .
—Eso lo cambia...
—Sí —dijo Costa—. Lo cambia todo.