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Ruiz pidió veinte minutos.
Necesitaba cruzar la segunda remesa de datos de la operadora: IMEI, SIM, terminales, antenas. Palabras que, en la cabeza de Agulló, ya sonaban como piezas de otro idioma.
Costa se quedó con él en la sala técnica.
Bernal salió a coordinar la búsqueda de Claudia.
Molina, fiel a su estilo, se encerró en su despacho para orinar sobre el desastre, buscando la forma de redactar una frase que pudiera tragar la Delegación del Gobierno sin que les estallara el estómago.
Agulló bajó al bar de enfrente.
La sala de incidencias se le había quedado pequeña. Cinco minutos más allí dentro, oliendo el sudor del pánico de sus compañeros, y habría reventado a puñetazos la primera pantalla que tuviera delante.
Cruzó la calzada con la carpeta de cuero bajo el brazo y el teléfono de sustitución pesándole en el bolsillo como un trozo de plomo.
La tarde de Alicante era una masa pegajosa, un aire espeso que se te pegaba a los pulmones.
Frente a la jefatura, dos periodistas se consumían junto a una unidad móvil.
Tenían esa paciencia predatoria y desganada de los buitres con acreditación de prensa: animales de rapiña que solo esperan a que la carroña dé la primera señal de putrefacción.
Uno de ellos la reconoció, pero tarde. Para cuando quiso levantar la cámara, Agulló ya empujaba la puerta de cristal esmerilado del bar.
Dentro flotaba el olor rancio de los aceites que habían ardido durante el turno de la comida. Quedaban un par de mesas ocupadas por clientes de mirada turbia, estirando sobremesas que olían a solera y fracaso. Agulló se encajó en una banqueta de la barra, de espaldas a la pared.
El camarero, que la conocía de verla entrar y salir de comisaría a deshoras, se acercó con un trapo en la mano.
—¿Lo de siempre?
—Café solo. Corto. Y un agua con gas.
—¿Algo de comer? Hay tortilla.
Agulló desvió la vista hacia la vitrina grasienta. El estómago se le cerró como un puño.
—No.
El hombre no insistió. Hay camareros que saben leer la ruina en los ojos de un policía mejor que cualquier psiquiatra de la academia.
Sobre la máquina de tabaco, un televisor plano escupía ruido a un volumen obsceno.
Un programa de tarde fagocitaba las horas muertas con rótulos de un rojo sangriento y la misma maldita imagen congelada de siempre: Álex Roldán bajando del autobús nocturno.
Un chaval borroso, inclinado hacia delante, atrapado para siempre en los diez segundos previos a convertirse en un fantasma.
Los tertulianos masticaban el caso con desprecio profesional. En el faldón inferior de la pantalla, las letras parpadeaban:
«¿HUYÓ ÁLEX ROLDÁN TRAS UNA FIESTA SINIESTRA?» .
La presentadora hablaba con una seriedad impostada que repetía como un gesto más frente a la cámara.
—La investigación, según fuentes directas del caso, ha dado un vuelco tras los hallazgos en una nave abandonada de Rabasa: restos biológicos, una mochila y restos de sangre que ya se analizan en el laboratorio.
Comienzan a surgir dudas sobre el entorno del joven.
Fuentes policiales apuntan a una posible doble vida.
—Hijos de puta —murmuró Agulló para sus adentros.
A su lado, un jubilado de dedos amarillos por el tabaco dejó el periódico sobre la barra, buscando conversación.
—Es el niñato este de internet, ¿no? El que buscáis.
El camarero deslizó la taza frente a la inspectora. El café era una balsa de alquitrán humeante.
—Eso parece —respondió el hostelero, sin mojarse.
—Qué mala pinta tiene todo —dijo el hombre—. Estos chavales se meten en cada cosa...
Agulló cerró los dedos alrededor de la taza. El café tenía un sabor horrible, pero no soltó la porcelana.
En la televisión, un tertuliano con barba blanca y el rictus de superioridad moral de un fiscal jubilado gesticulaba hacia la pantalla.
Señalaba la fotografía de Álex como si estuviera diseccionando un espécimen en un laboratorio, convirtiendo la tragedia de alguien en un simple tema de debate para la audiencia de la hora de la siesta.
—Lo que resulta intolerable es la contradicción —dictaminó el barbudo, relamiéndose—.
Primero, una fuga voluntaria. Luego, una zapatilla.
Ahora, sangre en un polígono y un material presuntamente perturbador en su ordenador portátil.
La pregunta que la policía esquiva es obvia: ¿estamos ante una víctima desamparada o ante un depredador que midió mal sus fuerzas?
Al fondo de la barra, la cafetera del bar soltó un latigazo de vapor que sonó como un disparo. Alguien pidió una caña, con un hilo de voz. A la ciudad le importaba un bledo la verdad; solo querían carnaza fresca para alimentar la maquinaria de los rumores.
Agulló bebió un trago corto. De golpe, vio la cara de Nuria Sempere en el vestíbulo de la jefatura, tiritando sin abrigo bajo la luz, preguntando si la sangre que salía en la tele era de su hijo.
Aquellos críos amigos de Álex habían mentido mal, habían llorado tarde y se habían escondido peor. Eran torpes, estúpidos y crueles. Y, sin embargo, se le estaban escapando entre los dedos.
La pantalla cambió de plano: la nave de Rabasa bajo los focos de los forenses, rodeada por la cinta plástica amarilla. Una reportera tiritaba de frío fingido en una acera de Alicante, con la fachada gris de la comisaría a su espalda.
—La jefatura guarda silencio sobre los análisis de ADN, pero fuentes internas confirman que el posicionamiento del teléfono móvil de Álex Roldán ha sido el verdadero hilo de la policía para reconstruir sus últimas horas.
El de la barba blanca volvió a saltar a la yugular, interrumpiéndola.
—Ahí está el detalle. Los teléfonos no mienten, no tienen remordimientos.
Si el terminal se movió después de la supuesta agresión, si dio señal en repetidores de distintos puntos de la costa, es que había alguien al volante.
Quizá el joven Roldán tenía mucho más control sobre su destino del que su familia nos quiere hacer creer.
Una oleada de bilis le subió a Agulló por el esófago .
La geometría del mapa volvió a encajar en sus ojos: el círculo azul de la antena de Lo Morant. El mismo punto ciego.
Miró su teléfono de sustitución, apoyado sobre la barra, que empezó a vibrar. Un zumbido sordo, violento, que hacía que el aparato se desplazara milímetro a milímetro hacia el borde, directo al suelo.
En la televisión, el bloque informativo se cortó en seco.
Entró la publicidad. La cara pálida de Álex Roldán fue sustituida por una familia idílica, rubia y sonriente, desayunando en una cocina iluminada por un sol de anuncio de seguros.
El contraste de la miseria y el plástico le revolvió las tripas.
El camarero regresó con el trapo.
—¿Te pongo otra cosa, inspectora?
Agulló tardó cinco segundos en regresar al mundo real. Negó con la cabeza, la vista fija en la pantalla.
La publicidad terminó con un golpe de música corporativa. El rótulo rojo regresó al televisor como una herida abierta:
«EL MÓVIL DE ÁLEX: LA PISTA QUE PUEDE RESOLVER EL CASO».
Agulló se quedó mirando la pantalla hasta que el teléfono dejó de vibrar.