La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 40. 40
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Nuria Sempere esperaba en el vestíbulo, sin abrigo, con el bolso colgado de un hombro y la mirada fija en ninguna parte.

Rafael Roldán caminaba a su lado de un extremo a otro, como si el suelo pudiera darle una salida si lo recorría suficientes veces.

Detrás de la cristalera exterior había varios periodistas pegados a la acera, grabando con móviles y cámaras pequeñas.

Un agente intentaba mantenerlos fuera. Otro hablaba por radio.

En el teléfono de una mujer que esperaba para denunciar un robo, Agulló alcanzó a ver la misma noticia de la nave.

Ya no había forma de cerrar la puerta.

El caso había entrado en la ciudad, y la ciudad iba a engullirlo sin pedir permiso.

Nuria vio a Agulló y fue hacia ella.

—¿Es verdad?

No preguntó cuál de todas las cosas.

Eso era lo cruel de una filtración: soltaba tantas medias verdades a la vez que la víctima tenía que escoger qué dolor nombrar primero.

Agulló la llevó a una sala pequeña junto al vestíbulo. Rafael entró después. Bernal apareció unos segundos más tarde y cerró la puerta .

Nuria Sempere no se sentó.

—¿Han encontrado sangre de Álex?

—Hemos encontrado rastros que han dado positivo en un test preliminar. En una nave vinculada a lo que estamos investigando.

Rafa dejó escapar una risa seca, destrozada por dentro.

—Eso es un sí con palabras de policía.

Agulló lo miró.

—Es un todavía no, dicho con sumo cuidado.

—¿Y la mochila? —preguntó Nuria—. ¿La tienen?

—Hay una mochila negra con un parche rojo. Tenemos que confirmarlo formalmente.

Nuria cerró los ojos.

—Es suya.

—No lo sabemos.

—Sí lo sabemos. Lo sabemos todos los que estamos aquí.

Rafael se pasó las manos por la cara.

—Ya dije que faltaba.

La mujer se volvió hacia él.

—No empieces otra vez. No ahora.

—Lo dije, ¡cojones, Nuria!

—¿Quieres una medalla, Rafa? ¡Por Dios!

—Quiero que alguien admita que quizá nuestro hijo es una víctima, no el friki que están intentando fabricar para explicar lo que ha ocurrido.

La frase cortó el aire.

Bernal dio un paso, pero Agulló levantó apenas una mano.

Nuria miró a su marido como si acabara de descubrir a un desconocido viviendo en su casa desde hacía años.

—¿Eso es lo que necesitas ?

—Necesito que esté vivo.

—No. Lo que necesitas es que, si no aparece, no tener que admitir que llevabas tiempo sin mirar el problema de frente.

Rafael abrió la boca, pero no dijo nada.

Agulló no intervino de inmediato. Aquella discusión no era simple ruido, ni desahogo matrimonial; también formaba parte del caso.

Las desapariciones no solo consumían tiempo y pistas.

Erosionaban recuerdos, abrían culpas antiguas, resucitaban conversaciones pendientes y deformaban la manera en que una familia se sostenía y se quería.

—Nuria —dijo la inspectora al fin—. Lo que ha salido en la prensa mezcla datos reales con conclusiones que nadie puede sostener todavía.

El ordenador personal de Álex contiene material que seguimos analizando, pero no demuestra que Álex quisiera huir, ni desaparecer.

En la nave hemos encontrado indicios de limpieza y rastros que estamos estudiando, pero eso tampoco nos permite saber cuándo estuvo allí.

Ni siquiera podemos afirmar aún que llegara a estar.

—¿Si llegó a estar?

A la madre se le quebró la voz.

—Tenemos una mochila que podría ser la suya. Rastros biológicos y un vehículo relacionado con la investigación. Pero todavía hay demasiadas cosas sin confirmar, y no voy a darle certezas que aún no tenemos.

—Sé que tiene algo en la cabeza —dijo Nuria—. De eso estoy convencida.

Agulló sostuvo su mirada.

Nuria no estaba buscando consuelo. Estaba suplicando que no convirtieran a su hijo en una versión conveniente de la historia .

—Pienso que alguien está intentando decidir qué versión de su hijo va a sobrevivir a todo esto —dijo Agulló—.

Quieren convertirlo en una fuga, en un chico raro, en el relato de una noche de fiesta que salió mal o en una suma de errores fáciles de explicar.

Pero también pienso que Álex siguió vivo después de que le hicieran daño. Y eso, de momento, sigue siendo verdad.

Nuria se agarró al respaldo de una silla.

—¿Sigue vivo o no?

La pregunta salió apenas en un hilo de voz.

Ahí estaba el vacío verdadero del caso.

Cada nueva pieza los acercaba a la verdad y, al mismo tiempo, alejaba la única respuesta que Nuria necesitaba escuchar.

—No lo sé —dijo Agulló.

Dos lágrimas le resbalaron por la cara sin que hiciera ruido.

Rafael terminó dejándose caer en la silla.

—Entonces ya no lo están buscando de manera activa...

Agulló se volvió hacia él.

—Lo buscamos. Y también buscamos a quien está aprovechando la incertidumbre para mover piezas y ganar tiempo.

El hombre negó con la cabeza, obcecado.

—Eso no significa nada.

—No voy a permitir que conviertan a su hijo en una historia fácil, para que otros la consuman y sigan con sus vidas.

La puerta se abrió sin llamar. Un agente asomó la cabeza.

—Inspectora, perdón... Costa dice que suba. Parece urgente.

Agulló miró a Bernal.

—Quédate con ellos.

Bernal asintió .

Nuria la agarró del brazo antes de que saliera.

—No deje que digan que se fue porque quiso.

La presión de sus dedos era mínima, pero estaba cargada de una desesperación que casi dolía. Agulló pensó en todas las veces que el sistema había escogido una frase porque encajaba mejor en un expediente.

Fuga voluntaria.

Conducta errática.

Entorno conflictivo.

Mayor de edad.

Todas ellas sin indicios concluyentes.

—No mientras yo siga en el caso.

Subió a Homicidios y encontró a Costa en la puerta de la sala de incidencias, con el móvil en la mano.

—Daniel ha desaparecido de verdad —dijo.

—Eso ya lo sabíamos.

—No. Ahora sabemos cómo.

Se acercó a ella y le mostró la pantalla.

—Cámara de la estación de autobuses. Catorce cero seis. Daniel compra un billete en efectivo a Murcia. Se queda dentro trece minutos. A las catorce diecinueve sale por la puerta lateral y se mete en un coche. ¿Lo ves?

—¿Qué coche?

Costa le enseñó una captura borrosa sacada de la cámara de seguridad. Un Seat León oscuro acababa de detenerse junto a la salida lateral de la estación. Daniel abría la puerta trasera y entraba sin mirar alrededor. La matrícula apenas se distinguía: 7381 .

Agulló sintió cómo la rabia regresaba, fría y afilada, despejándole el cansancio de golpe.

—Es de Soria Control.

—Sí. Pero el conductor lleva gorra y mascarilla. No puedo identificarlo.

—Rubén Soria está en su oficina con el abogado.

—Eso dice él.

Bernal apareció detrás, pálida.

—Claudia no está con su padre.

Agulló se volvió.

—¿Qué?

—La patrulla ha conseguido hablar con la madre —dijo Bernal, aún sin aliento—.

Al final ha admitido que Vicente Vives se llevó a Claudia a una finca de la familia, «para que descansara».

Hemos enviado una unidad. La finca está cerrada.

No hay nadie. El personal asegura que Vives llamó esta mañana para cancelar el servicio. Claudia no responde.

—Me cago en todo...

—Nos está pasando por delante de las narices —dijo Costa.

Agulló miró la pizarra.

—No. Lo que está pasando es que alguien está retirando piezas en cuanto entiende que pueden hablar.

Ruiz levantó la mano desde su mesa.

—Siento deciros que hay algo más. El prepago desde el que escribieron a Moya solo se activó dos veces. Una antena lo sitúa cerca del polígono de Rabasa. La otra, esta misma mañana, junto a la estación de autobuses.

Los tres se quedaron en silencio, atrapados por la misma idea .

Agulló sostuvo la mirada unos segundos en la captura del Seat León, después en la pizarra llena de conexiones torcidas y, por último, en el pasillo por donde Molina acababa de desaparecer.

El plan no había fallado porque estuviera mal.

Alguien se había movido más rápido en cuanto empezó a funcionar.

Agulló se dirigió a Costa.

—Encuentra ese vehículo.

—A ello voy.

—Bernal, a por Claudia. Ahora es nuestra prioridad absoluta.

—Voy.

—Ruiz, cruza el prepago con el teléfono de Álex. Quiero saber si alguien los está moviendo dentro de la misma red.

—Consígueme una orden judicial… y luego ya veremos si el milagro aparece solo.

—Te conseguiré la orden. El milagro tendrás que ponerlo tú.

Molina entró con la cara encendida.

—¿Qué diablos pasa ahora?

Agulló recogió la captura de Daniel entrando en el Seat León oscuro.

—Que alguien está retirando del tablero a todos los que todavía pueden contar lo que pasó.

Molina observó la imagen.

Por primera vez en todo el día, se quedó sin una sola frase mordaz que escupir.