La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 39. 39
60%

39. 39

Eran las cuatro y nueve de la tarde y la comisaría ya olía a rueda de prensa.

Agulló entró por el garaje con la camisa manchada del polvo de la nave, la ceja tirándole bajo el apósito y el costado convertido en una piedra caliente bajo las costillas.

Costa venía detrás con una caja de actas, fotografías preliminares y el móvil roto de Moya dentro de una bolsa de evidencias.

Bernal apareció desde Homicidios antes de que llegaran al ascensor.

—Tenemos un problema.

Agulló no le dio tiempo a pulsar el botón.

—Lo peor primero.

Bernal levantó el móvil.

—Se ha filtrado lo de Rabasa.

Costa cerró los ojos.

—Mierda…

—¿Qué han sacado? —preguntó Agulló.

Bernal le enseñó la pantalla. Un periódico digital local había publicado una pieza con un titular enorme :

EL CHICO DEL TIKTOK: LA POLICÍA HALLA SANGRE Y UNA MOCHILA EN UNA NAVE RELACIONADA CON LA DESAPARICIÓN DE ÁLEX ROLDÁN

Debajo, una fotografía granulada de la Kangoo aparcada frente a la nave. Otra, tomada desde lejos, mostraba el polígono acordonado con cinta policial. Y más abajo, en un recuadro destacado, aparecía el párrafo que jamás debería haber salido de una investigación abierta:

«Fuentes próximas al caso apuntan a que el joven podría haber estado vinculado a prácticas de carácter perturbador y que su desaparición no se descarta como una posible huida voluntaria, tras una pelea ocurrida días antes».

Agulló leyó la frase dos veces.

Cada palabra le hacía daño por un lado distinto.

—El puto ordenador —dijo.

—Sí —respondió Bernal—. Han mezclado lo del contenido turbio con la nave y lo están vendiendo como si fuera una sola historia.

Costa dejó la caja sobre una mesa con más fuerza de la necesaria.

—Eso no sale de Científica.

—No —dijo Agulló—. Claro que no.

Pensó en Molina. En Gómez. En aquel despacho lleno de fotos con políticos sonriendo demasiado cerca. En cómo la estaban jodiendo otra vez. Y en la velocidad con la que ciertas hipótesis dejaban de ser líneas de investigación, para convertirse en verdades útiles cuando alguien necesitaba protegerse.

La sala de incidencias estaba llena. Ruiz hablaba por teléfono en un rincón, con un portátil abierto y cara de no haber comido en toda la mañana.

Dos agentes repasaban ubicaciones de vehículos de Soria Control.

Una televisión pequeña, que nadie admitía haber encendido, mostraba un programa de tarde con la imagen congelada del autobús nocturno .

El rótulo era peor que el titular:

«ÁLEX ROLDÁN, EL CHICO DESAPARECIDO DEL VÍDEO: ¿HUYÓ TRAS UNA FIESTA MACAbrA?»

Agulló cogió el mando y apagó la pantalla.

—Quiero saber quién nos ha vendido a la prensa.

Costa se acercó.

—Hoy no lo vas a averiguar.

—He dicho que quiero saberlo. No que espere un milagro.

Para variar, Molina apareció en la puerta, con Gómez un paso por detrás. El traje azul seguía impecable, pero la tensión en la mandíbula le endurecía el rostro hasta darle un aspecto casi esculpido en piedra.

—A mi despacho —dijo Molina.

—No.

Molina la miró.

—¿Qué ha dicho?

Agulló señaló la pizarra.

—Si va a gritarme, hágalo aquí. Así ahorraremos tiempo.

Costa bajó la vista a la caja para esconder la media sonrisa. Bernal, en cambio, ni siquiera hizo el intento.

Molina entró un paso más.

—Esto le va a salir caro, Agulló. Su numerito en Rabasa ya nos ha explotado en la cara.

Hay cámaras en la puerta, Delegación llamando cada diez minutos, la familia de Álex Roldán en la recepción y media ciudad tragándose bazofia amarillista sobre rituales, sangre y chavales fugados. ¿Sabe lo que significa eso?

—Que alguien ha filtrado lo que no debía .

—Significa que el caso se le ha ido de las manos, inspectora.

Agulló encajó el golpe sin moverse.

—¿Le parece poco lo que hemos encontrado en esa nave?

—Me importa un cuerno, la verdad. No ha encontrado al chico.

La frase cayó como un saco de cemento y Molina aprovechó el silencio para continuar.

—Y mientras no aparezca el chico, esto es carne para leones. Los abogados van a masticarlo, la prensa va a venderlo por fascículos y la familia va a agarrarse a cualquier versión que no huela a morgue. Pero no se preocupe, yo asumo la responsabilidad. Una vez más.

Agulló no apartó la mirada.

—Me arrepiento de haberla dejado seguir con esa desaparición cuando vino a mi despacho —añadió Molina—. Esto se ha desmadrado.

Agulló miró a Gómez.

—¿Y usted? ¿También ha venido a darme una clase básica sobre indicios y pruebas, o piensa limitarse a escuchar?

Gómez tragó saliva.

—He venido a informar de que el abogado de Sergio Moya ya está aquí.

Moya se acoge a su derecho a no declarar.

Abel Ríos insiste en que solo lo contrataron para limpiar la nave.

Y, por si faltaba algo, la propiedad figura a nombre de una sociedad pantalla vinculada a un administrador fantasma que no aparece por ninguna parte en Soria Control.

—Vaya —dijo Bernal—. Qué conveniente.

El comisario se volvió hacia ella.

—Subinspectora, su trabajo no está siendo muy útil. Ahórrese los comentarios.

Bernal apretó la mandíbula .

Molina respiró por la nariz.

—Daniel Berenguer no está localizado —dijo Gómez.

Agulló giró hacia él.

—¿Desde cuándo?

—Tiene el móvil apagado desde las 13:42 —explicó Gómez, con ese tono de buen estudiante que a Agulló le revolvía el estómago—.

Han mirado en su casa, en el gimnasio y en el local donde a veces se saca algo de dinero haciendo chapuzas, pero no hay rastro de él.

La madre asegura que salió con una mochila pequeña y sin decir adónde iba.

El padre, en cambio, no suelta una palabra.

—Ha apagado el terminal después de lo de Rabasa —comentó Costa.

—Claudia tampoco contesta —añadió Bernal—. La madre dice que está descansando. He mandado una patrulla a casa de los Vives. Al parecer, el portero afirma que salió con su padre antes de la hora de comer. No han vuelto todavía.

Agulló miró la pizarra.

Todo iba a peor.

—¿Rubén Soria? —preguntó.

Costa levantó la vista.

—Está en su oficina, con el abogado al lado. Este ha enviado un correo hace diez minutos: «Mi cliente está plenamente disponible para declarar en cuanto sea requerido formalmente».

—Claro —dijo Agulló—. No esperaba menos de él.

Molina dio un golpe seco en la mesa.

—¡Basta ya! —exclamó, harto—. Esto no lleva a ninguna parte y me he cansado de esperar. Desde este momento se reduce el despliegue de búsqueda .

—¿Qué?

—La prioridad ahora es localizar a Berenguer, tomar declaración formal al detenido en presencia de su abogado y esperar los resultados de los análisis de la nave. La línea de Rubén Soria queda, de momento, supeditada a lo que determinen las pruebas técnicas.

—No puede hacer eso.

—Ya ve que sí.

—Soria está moviendo a los testigos como piezas de ajedrez.

—Estoy cansado de sus hipótesis.

—Comisario…

—No ha demostrado nada.

—Porque cada vez que estoy cerca de hacerlo, usted me frena.

Molina se acercó lo justo para bajar la voz y hacer más daño.

—La freno porque su margen está dejando un reguero de cadáveres administrativos, inspectora.

Ahí fuera hay una madre viendo cómo despedazan la vida de su hijo en televisión, mientras usted tiene a media brigada persiguiendo una teoría que ni siquiera puede sostener todavía.

¿Quiere que la respalde así? Porque empiezo a preguntarme qué va a pensar Asuntos Internos cuando vea en qué se ha convertido esta investigación.

Agulló le sostuvo la mirada.

—Así no, Molina. No vaya contra mí.

—¿No?

Rojo ya se lo había insinuado antes, con más cuidado y menos veneno. Y ella, en el fondo, sabía que había algo de verdad en aquello. Pero Molina no estaba intentando hacerla reaccionar. Estaba aprovechándolo para apartarla del caso.

El teléfono de Bernal sonó. Contestó, escuchó y se quedó quieta .

—Es Nuria —dijo, tapando el micrófono—. Está abajo. Ha visto las noticias.

—Joder… —murmuró Agulló.

Molina se apartó.

—Pues baje, Bernal —dijo, moviendo los dedos de una mano—. ¿A qué espera? Haga algo útil y contenga a la familia.

Agulló se fijó en cómo su compañera mandaba a su superior al infierno sin mover un músculo de la cara.

Molina sonrió sin alegría.

—Baje con la madre, inspectora.

Agulló cogió la carpeta del informe del polígono de Rabasa.

—Eso voy a hacer. Pero no para contenerla.

—Usted sabe cómo arruinar su carrera.

—Voy a decirle la verdad antes de que este circo termine de devorar lo poco que le queda.