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Agulló se quedó junto a la entrada, mirando sin tocar, mientras los de la Científica entraban en la nave con una calma que a ella siempre le ponía nerviosa.
Le dolía más estarse quieta que moverse.
La nave se llenó de cinta policial, bolsas de pruebas y flashes. La mochila negra quedó sobre una mesa. Apartaron las lonas húmedas, desmontaron el desagüe y registraron la Kangoo abierta, que olía a productos de limpieza y humedad vieja.
Costa hablaba con Ruiz por teléfono junto a la furgoneta, en voz baja, con la tensión clavada en los hombros.
Bernal tomaba declaración al hombre rapado, Abel Ríos según su DNI, que repetía que solo había ido allí a cobrar una chapuza de limpieza.
Sergio Moya seguía sentado en el suelo, esposado y custodiado por un agente, con la vista perdida en algún punto de la nave.
Había dejado de decir que no sabía nada.
No significaba que fuera a hablar. Solo había entendido que su silencio, en aquel sitio, le convenía más que sus palabras.
Un técnico de la Científica levantó la vista desde el desagüe.
—Presuntivo positivo .
Agulló no preguntó de qué.
Costa se acercó a ella.
—Sangre diluida en el canal. Poca, pero hay.
—¿De cuándo?
—Eso lo dirá el laboratorio. De momento sabemos que alguien lavó algo que sangraba.
Agulló miró la Kangoo.
—¿Y dentro?
Costa abrió la carpeta con las primeras fotos.
—Zona de carga limpiada a conciencia. Demasiada lejía. Barro incrustado en las guías del suelo. Dos fibras azules atrapadas en una arista. Una brida cortada bajo el asiento del copiloto. Y esto.
Le tendió una fotografía. Se veía un fragmento negro, pequeño, tal vez goma o plástico, encajado entre el suelo de la furgoneta y el panel lateral.
—¿Qué demonios es?
—Puede ser parte de una funda de móvil. O basura. Probablemente algo que nos hará perder seis horas.
Agulló cogió la foto por el borde.
—No tenemos seis horas.
—Ni dos.
Bernal se acercó desde el fondo, libreta en mano.
—Abel Ríos dice que Moya le pagó en efectivo para echar una mano limpiando una furgoneta y moviendo material. Que llegó esta mañana, que no sabe nada del chico, que no conoce a ningún Rubén y que a Moya solo lo tenía visto de hacer portes por la zona.
—¿Te crees algo?
—El miedo, sí. Lo demás ya saldrá.
—¿Y Moya?
Bernal miró al detenido.
—Callado como un perro, esperando a que alguien venga a sacarlo.
Costa siguió su mirada.
—El hermanísimo estará a punto de caer.
—O alguien por encima de Soria —dijo Agulló.
Un técnico abrió una bolsa industrial junto al cubo de agua gris. Dentro había ropa empapada en lejía: una bayeta, unos guantes de trabajo, una camiseta sin marca y un trozo de lona azul. Nada reconocible. Nada que una madre pudiera mirar y decir: eso es de mi hijo.
Agulló agradeció que Nuria no estuviera allí.
El alivio le duró muy poco.
El teléfono de sustitución vibró en su bolsillo.
Molina.
Contestó sin apartar la vista de la cinta policial.
—Dime que Álex Roldán ha aparecido y que esta pesadilla se ha terminado.
Agulló apretó la mandíbula.
—No.
Al otro lado hubo un silencio breve.
—Inspectora.
—Tenemos la furgoneta, una mochila que coincide con la descripción que dio Rafael Roldán, sangre diluida en el desagüe y un detenido que intentó destruir un móvil.
—Se lo repito. ¿Dónde está Álex Roldán?
—Molina, no está aquí.
Decirlo le dolió más de lo que esperaba.
El comisario respiró por la nariz.
—Voy para allá. Esto tiene que acabarse ya. Que no se mueva nada sin autorización de la Científica. Y ni una filtración, ¿queda claro?
—Por una vez estamos de acuerdo.
Molina colgó.
Costa seguía mirando la furgoneta, pero Agulló notó que llevaba varios segundos sin verla de verdad. Tenía las manos en los bolsillos de la chaqueta y la mandíbula tensa.
—Pensabas encontrarlo aquí, ¿verdad?
La voz le salió más baja de lo habitual.
Ella no contestó.
Desde que habían visto la mochila, había imaginado a Álex respirando en algún rincón de aquella nave. Atado, deshidratado, hecho polvo.
Pero vivo.
—Yo también —dijo Costa.
Eso la hizo mirarlo.
Costa tenía los ojos cansados. Demasiado sinceros para alguien que solía esconderse detrás de bromas.
Durante un segundo, el ruido de la nave quedó lejos.
—Cuando vi la mochila pensé que ibas a entrar ahí dentro y salir con él —murmuró—. Y que entonces se te quitaría esa cara.
Ella tragó saliva.
—¿Qué cara?
Costa no contestó enseguida. La miró apenas un poco más de lo prudente.
—La de no poder más y seguir igualmente.
Agulló apartó la mirada primero. Porque, si no lo hacía, iba a olvidar por un instante dónde estaban.
—Hemos hecho nuestro trabajo —dijo, obligándose a sonar fría.
—Sí.
La palabra quedó ahí.
Ninguno se movió, hasta que ella recuperó el aliento.
—Al ver la mochila creí que lo encontraríamos en alguna habitación —dijo al fin—. Amarrado, sin fuerzas, medio muerto… pero respirando. De verdad lo creí.
Volvió la vista a la nave.
—Pero no está. Hay que seguir.
—Y si estuvo…
Costa no terminó la frase.
En el suelo, junto al desagüe, un técnico señalizó una huella parcial. El dibujo de la suela aparecía deformado por el agua y el barro. A pocos metros, otro técnico clasificaba muestras en pequeños tubos numerados.
No habría respuestas rápidas.
En ese momento, Rojo llegó antes que Molina.
No hizo falta preguntarle cómo se había enterado. Era de sospechar que habría llegado siguiendo el rastro de Agulló, no el del operativo. Y aun así verlo allí era un problema.
Antes de tiempo.
A una distancia inquietante.
Costa, inusualmente, no soltó ninguna pulla. No había ironía en su silencio; solo una cautela que le tensaba los tendones del cuello. Se apartó unos metros, dejando espacio suficiente para que la electricidad estática que siempre rodeaba a Rojo no les quemara a ambos.
El exinspector se quedó fuera, más allá de la cinta policial, con las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta de cuero y la mirada clavada en el desagüe.
Agulló se giró hacia él. El aire viciado de la nave pareció espesarse de golpe.
—¿Has pinchado la emisora o qué? —escupió.
Rojo miró las lonas, la manguera, el cubo y la rejilla del desagüe.
—¿Algún rastro del chico?
Costa apretó la mandíbula.
—Estamos esperando los análisis del laboratorio.
Rojo asintió una vez.
Agulló cruzó la nave hasta Moya.
—Mírame.
Él no lo hizo.
—Moya.
El detenido levantó la vista a medias.
—Tu furgoneta está llena de restos. Hay sangre en el desagüe de tu nave. Intentaste destrozar un móvil delante de nosotros y tenemos una mochila que pertenece a un desaparecido. Se te está acabando el tiempo.
Moya tragó saliva.
—Quiero un abogado.
—Perfecto. Entonces vas a esperar sentado hasta que llegue.
—Bien.
Agulló se agachó delante de él.
—Mientras llega, piensa una cosa. ¿Rubén va a pagar uno bueno para ti o solo para él?
Moya levantó la vista .
Antes de que pudiera responder, entró Molina con Gómez y dos mandos uniformados. Se detuvo al cruzar la cinta y miró alrededor con una expresión cerrada. No parecía furioso. Tampoco sorprendido. Parecía estar calculando cuánto de aquello podía caber en un informe sin manchar demasiado.
—¡Resumen! —ordenó.
Agulló se lo dio rápido, sin adornos.
Gómez tomó notas en silencio.
—Con la mochila, el presuntivo de sangre y el mensaje recuperado del móvil, ya tenemos base suficiente para pedir una ampliación del registro en el domicilio de Moya y en las oficinas y equipos de Soria Control.
—Tiene lo que queda de la tarde, inspectora.
—¿Para qué?
—Para atarlo. Se ha acabado el tiempo. El mío y el de arriba —dijo Molina—. Ahora mismo tenemos un posible secuestro, un encubrimiento cada vez más claro y un homicidio que nadie puede nombrar todavía. ¿Es consciente de dónde estamos?
—Le dije desde el principio que no era una simple desaparición.
—Y yo no puedo sostener una historia que aún no puede demostrar.
—Nadie le está pidiendo que sostenga nada.
—Me lo pide todo el mundo, inspectora. Usted también.
Agulló estuvo a punto de responder.
El móvil de Costa vibró en el bolsillo del pantalón. Lo sacó y miró la pantalla.
—Es Ruiz.
Descolgó y activó el altavoz. El audio llegó distorsionado, una masa de ruido blanco que se asentó sobre el silencio del almacén .
—Dime que tienes algo —soltó Costa. Su voz sonaba como si hubiera estado mascando grava.
La voz de Ruiz llegó desde el otro lado, entrecortada por un chisporroteo metálico.
—Ojalá. El hardware es chatarra, Costa. He tenido que escarbar en la basura de la memoria flash para encontrar algo. Está fragmentado, sucio, apenas legible... pero he recuperado dos líneas.
Agulló dio un paso al frente. La humedad del suelo parecía haberse filtrado a través de sus botas hasta calarle los huesos.
—¡Lee! —ordenó.
Ruiz respiró antes de hacerlo.
—Que conste que no es una recuperación completa. Es una previsualización del sistema, restos de notificaciones. Muy sucio, pero legible.
—Por Dios, Ruiz...
—Remitente no identificado. Tarjeta de prepago. Primer fragmento: «Limpia y espera. Si preguntan, no estuvo».
Agulló sintió un vacío en el estómago, como si el suelo del almacén se hubiera vuelto líquido.
—¿Y el segundo? —preguntó Costa, casi en un susurro.
—«El teléfono va por otro lado».
—Mierda —masculló Agulló.
—El móvil de Álex no está aquí —dijo Costa.
Rojo miró el desagüe.
—Y quizá Álex tampoco estuvo mucho tiempo.
Agulló sintió que algo se le rompía por dentro.
Sobre la mesa, la mochila negra con el parche rojo parecía casi una provocación.
Agulló miró al detenido.
—¿Dónde está el teléfono?
—Quiero un abogado.
—¿Dónde está el móvil?
—Quiero un abogado.
Agulló se acercó demasiado.
—¡¿Dónde coño está?!
—Inspectora —dijo Molina.
Moya bajó la cabeza y evitó el contacto visual.
Agulló lo agarró de la camiseta y lo zarandeó una vez, lo suficiente para que el agente que lo custodiaba diera un paso.
—¡Inspectora!
La palabra la frenó en seco.
Soltó a Moya.
Durante un segundo, todos se quedaron mirándola.
Ella no dijo nada.
Se apartó, pateó un cubo metálico y salió de la nave.
Fuera, en el polígono, se oía una sirena lejana cruzando la mañana.