La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 37. 37
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El almacén de Rabasa se pudría al final de una calle ciega, atrapado en un abrazo de hormigón entre un taller de lunas y una nave eléctrica con un rótulo que colgaba como un diente cariado.

El sol castigaba las chapas onduladas y el aire se tornó un horno; un vaho denso con regusto a metal recalentado y a aceite quemado que rezumaba del suelo.

La Kangoo estaba allí, ocupando el asfalto frente a la entrada.

El morro, encajado contra la puerta metálica, como un depredador acechando a una presa.

Lucía costras de barro seco en los bajos, una pegatina desollada en el lateral y esa abolladura en el portón: la firma técnica que Costa había rastreado en las cámaras.

Agulló observó la furgoneta desde el asiento trasero del coche camuflado. Sintió que el vello se le erizaba, no por el bochorno, sino por la certeza de que el silencio que envolvía el lugar era el preludio de un estallido.

Costa, al volante, no apartaba la mirada del recinto.

—La persiana está a media altura —dijo—. Hay luz dentro.

Bernal iba en el asiento del copiloto, con el chaleco oculto bajo la chaqueta .

—¿Y Moya?

—Su móvil está dentro o muy cerca. Geolocalización de urgencia. Molina ha hecho el mínimo indispensable, que en su caso ya es una gesta.

Agulló siguió mirando la Kangoo.

—¿Indicativos?

—Uno detrás de la manzana. Otro cubriendo la salida principal. Y, según Catastro, la nave tiene acceso a un patio común, por la parte de atrás.

—O sea, tiene por dónde salir.

—Como todas las ratas.

Agulló comprobó el arma. El movimiento le tiró del antebrazo dolorido. Costa lo vio por el retrovisor.

—No entres la primera.

—No empieces.

—Ayer casi te abren la cabeza por entrar la primera.

—Costa.

—Solo digo que no hace falta repetirlo.

Bernal miró a Agulló.

—Esta vez estoy con él, jefa.

—Estupendo —dijo Agulló—. Todos preocupados de repente.

—Alguien tiene que hacerlo —dijo Costa.

Agulló iba a contestar, pero la puerta lateral de la nave se abrió unos centímetros.

Salió un hombre con una bolsa de basura negra y la dejó caer en un contenedor azul. Treinta y tantos, camiseta gris, cabeza rapada, brazos fuertes.

No era Sergio Moya.

El hombre miró la calle de un lado a otro y volvió a meterse dentro.

Costa bajó la voz.

—Genial. Al menos dos.

Agulló cogió la radio.

—Unidad dos, cubrid la parte trasera. Que no salga nadie sin identificar. Entramos por delante en treinta segundos.

—Recibido.

No podían esperar mucho más.

Tenían autorización de entrada por riesgo inminente de destrucción de pruebas y posible relación con un desaparecido. La Kangoo estaba delante y había movimiento dentro.

Agulló salió casi al mismo tiempo que Costa, pero dejó pasar al compañero. Bernal cerró la puerta del copiloto mientras se ajustaba el chaleco bajo la chaqueta.

Dos agentes de apoyo aparecieron desde la esquina. Uno llevaba el ariete. El otro avanzaba con el arma baja, cubriendo la entrada.

Costa golpeó la persiana con el puño.

—¡Policía! ¡Abran!

Dentro hubo un segundo de silencio.

Luego, un golpe seco.

Algo cayó.

Agulló miró al agente del ariete.

—Ahora.

El primer impacto dobló la cerradura lateral. El segundo abrió un hueco. El tercero levantó la persiana lo suficiente para que entraran agachados.

La nave olía a lejía, gasóleo y goma quemada .

Agulló entró justo detrás del primer agente, con el arma en alto y el pulso convertido en un martilleo sordo contra sus sienes. El aire dentro del almacén era un refugio de aire estancado y polvo.

El lugar era un rectángulo de sombras y desorden: un esqueleto de estanterías metálicas, un altillo que amenazaba con desplomarse al fondo y, contra la pared derecha, una zona de lavado improvisada que rezumaba humedad.

Bidones apilados, mangueras enredadas como víboras de goma, lonas mugrientas y, como un cadáver varado en el centro del desorden, un coche viejo sin ruedas, sepultado bajo una capa de polvo gris.

En el centro de aquel escenario, Sergio Moya. Estaba junto a una mesa de trabajo, inmóvil. Sus dedos, tensos, aferraban el asa de una mochila negra.

El tiempo pareció detenerse, comprimiéndose en ese espacio entre el cañón de la pistola de Agulló y la mirada de Moya.

La mochila negra.

El parche rojo.

Durante medio segundo, nadie se movió.

Moya soltó la mochila y echó a correr hacia el fondo.

—¡Quieto! —gritó Costa.

El hombre rapado salió por la derecha con una llave inglesa en la mano. Bernal le apuntó al pecho.

—Ni se te ocurra.

El hombre se quedó clavado, respirando por la boca.

Moya subió la escalera metálica de dos en dos.

El hierro protestó bajo sus botas. Costa fue detrás, tan cerca que casi podía agarrarlo por la espalda.

Agulló avanzó por el centro, apartando bidones y esquivando charcos de agua gris.

Un agente se deslizó por la izquierda, buscando un flanco, cuando el impacto ocurrió.

Fue un golpe seco, pesado, un objeto sólido encontrándose con la madera del altillo justo encima de sus cabezas.

El almacén, que un segundo antes parecía inerte, se cargó de electricidad.

Alguien, o algo, estaba ahí arriba, esperando a que terminaran de subir.

—¡Sergio Moya! —rugió Agulló, pero su voz se perdió en el eco metálico de la nave—. ¡Policía! ¡Al suelo!

Moya no estaba allí para negociar.

Se lanzó al vacío desde el altillo, un salto ciego que terminó con un aterrizaje desastroso.

El tobillo le crujió con un chasquido sordo, una nota discordante en medio del estrépito.

El grito que escapó de su garganta fue más de rabia que de dolor.

Se puso en pie como un animal herido, sujetando el móvil, como única prioridad en su mano derecha.

Sin embargo, al verse atrapado, lanzó el teléfono contra el cemento y lo remató con dos pisotones brutales, hasta que la pantalla se convirtió en una telaraña de cristal inútil.

Costa llegó como una avalancha. Embistió con el hombro, estampando el cuerpo de Moya contra la estantería de metal. El impacto sacudió la estructura hasta los cimientos. Baldes, cajas y una bandeja de metal cayeron en cascada.

Moya soltó un gruñido gutural. Su mano se disparó hacia el bolsillo de la chaqueta, moviéndose con la desesperación de alguien que sabe que es el último segundo de su libertad.

—¡Las manos! —bramó Costa, bloqueándole el brazo contra el metal—. ¡Quiero ver esas manos, hijo de puta!

Agulló dio un paso al frente con el arma firme, el corazón golpeándole las costillas. En ese aire viciado, cargado de polvo y sudor, el destino de la investigación se reducía a lo que fuera que Moya estuviera escondiendo en el forro de su ropa.

Costa le inmovilizó el brazo.

Agulló le apuntó.

—La mano fuera.

Moya se quedó quieto.

Costa le retorció el brazo y lo llevó al suelo.

—Como saques la mano otra vez, te la dejo clavada al cemento.

—No he hecho nada, joder... —jadeó Moya.

—Para ser inocente, corres demasiado.

Bernal esposó al hombre rapado mientras uno de los agentes comprobaba la puerta trasera.

—Cerrada. Unidad dos cubriendo fuera. No ha salido nadie.

Agulló avanzó hasta la mesa de trabajo.

La mochila negra seguía abierta, caída de lado. Dentro había una camiseta sucia hecha un ovillo, un cargador de móvil, una cartera vacía y una bolsa de plástico con barro seco pegado en las arrugas. El parche rojo del frontal estaba gastado, pero aún se distinguía la marca.

La misma descripción que había dado Rafael Roldán.

Agulló se quedó mirándola sin tocarla.

—Que venga la Científica ya.

Costa mantenía a Moya contra el suelo.

—Pregúntale por la mochila.

El detenido alzó la cabeza. La caída le había abierto la ceja y un hilo de sangre le bajaba hacia el ojo.

—No sé de quién es.

—La tenías en la mano —dijo Agulló.

—La iba a tirar.

—Qué considerado .

Agulló recorrió la nave con la mirada.

Lonas húmedas. Un cubo con agua gris. Bolsas industriales. La Kangoo fuera. Una manguera que aún goteaba. En el suelo, junto al desagüe, una línea rosada se perdía bajo la rejilla.

Bernal abrió una puerta interior.

—Baño.

Vacío.

Costa abrió la siguiente de una patada.

—Almacén.

También vacío.

Los agentes revisaron el altillo, apartaron cajas, abrieron armarios metálicos y levantaron la tapa del foso de reparación.

Nada.

Solo polvo, herramientas y el zumbido de los fluorescentes.

Álex Roldán no estaba allí.

Moya seguía boca abajo, esposado, respirando contra el cemento como si acabara de salir del agua. Agulló se agachó junto a él.

—¿Dónde está el chico?

—No lo sé.

—Piénsatelo mejor.

—¡Joder! ¡No sé de quién hablas!

Agulló acercó un poco más la cara. Sabía que, si se dejaba arrastrar por la rabia, Molina y cualquier abogado se lo harían pagar después.

—Del chico de la mochila.

Moya giró la cabeza hacia ella. La sangre de la ceja le llegaba ya a la boca. Intentó sostenerle la mirada, pero no pudo.

—Aquí no hay ningún chico .

Agulló lo miró un segundo más.

Luego miró la nave.

La manguera seguía goteando. Las lonas estaban húmedas. El cubo de agua gris aún tenía espuma en la superficie. Junto al desagüe, la rejilla brillaba demasiado limpia.

—Eso ya lo veo.

El teléfono de Costa vibró. Lo consultó sin soltar a Moya.

—Ruiz está intentando entrar en el móvil que este ha querido reventar. Cree que aún puede sacar algo si nadie vuelve a tocarlo.

Moya cerró los ojos un instante.

Agulló se incorporó despacio.

—Volveré a por ti más tarde. Empezamos por el teléfono.

Sus ojos volvieron a la rejilla.

El agua seguía escurriéndose en un hilo rosado, lento, casi limpio.

Entonces lo vio.

No era el escondite.

Era el sitio donde habían limpiado.

Habían encontrado el lugar.

Solo que demasiado tarde.