La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 36. 36
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Bernal pidió una sala de atención a víctimas. De las pequeñas.

Sin espejos falsos. Solo una mesa redonda, tres sillas y una ventana alta que daba a un patio interior donde la luz moría antes de tocar el suelo. No era acogedora, pero al menos no parecía un matadero.

Agulló ordenó grabarlo todo. Por protocolo y por precaución.

Necesitaba una declaración que sobreviviera al primer asalto de los abogados de Rubén.

Iker se hundió en la silla con la mochila pegada al pecho, como si fuera un blindaje. El vaso de agua le bailaba entre los dedos. Bernal se quedó a su flanco, en silencio, y Agulló tomó asiento enfrente, invadiendo su espacio personal.

Costa entró solo para dejar un informe sobre la mesa. No dijo nada, pero sus ojos sobre el papel lo decían todo.

—La operadora ya está avisada. En cuanto nos autoricen el acceso, tendremos un preliminar de llamadas.

Miró a Iker apenas un instante. Lo justo para ver cuánto miedo traía encima. Después salió. La puerta se cerró con un clic suave y la sala pareció encogerse.

Agulló esperó unos segundos .

—Esto se está grabando —dijo—. Ahora mismo no estás detenido. Puedes pedir un abogado, parar cuando quieras y corregir algo si te equivocas. Pero, si vuelves a mentir, Iker, luego será mucho más difícil ayudarte.

El chico asintió sin levantar la mirada.

—Y si en algún momento crees que necesitas abogado, paramos.

—No quiero un abogado.

—De acuerdo.

Agulló dejó el bolígrafo sobre la libreta.

—Empieza por Los Olivos.

Iker miró a Bernal.

—Álex llevaba unos días raro —dijo al fin—. Decía que Dani y Claudia iban de intocables.

—¿Intocables?

—Sí. Creciditos. Como si nadie pudiera decirles nada.

—¿Por qué decía eso?

—Álex había visto cosas. Yo pensé que estaba exagerando otra vez. Él era así, hablaba mucho. Cuando se calentaba, parecía que estaba dentro de una película.

—¿Qué cosas decía haber visto?

—No lo sé. No me lo contó claro. Iba soltando frases. Que había gente que parecía muy limpia y luego… —Se encogió de hombros—. No sé. Que si alguien supiera quién entraba allí, a más de uno se le caía la vida encima.

—Te refieres al reservado del club.

Iker tragó saliva.

—Dani nos metió. Decía que Rubén conocía al de la puerta, que no habría problema y que solo íbamos a pasar un rato. Yo al principio no quería entrar. Esos sitios no me van. Pero luego vi las luces, la música, a toda esa gente… y sí quise. No sé. Me pareció buena idea.

—¿Quiénes estabais?

—Dani, Claudia, Álex y yo. Los de siempre, vaya. Dentro había más gente. Casi todos mayores. Treinta y pico, cuarenta… gente con pasta, copas caras, botellas. La música estaba altísima y una chica…

Se detuvo.

El vaso volvió a temblar.

—No quiero meterla en esto.

—No necesito su nombre ahora —dijo Agulló—. Necesito saber qué pasó con ella.

Iker asintió varias veces. Demasiadas.

—La estaban vacilando.

—¿Quiénes?

—Todos. Menos yo.

—Ya.

—¡Es verdad, joder! —soltó, con una rabia floja, sin sitio donde ponerla—. Al principio ella seguía el juego. O eso parecía. Luego ya no. Se le notaba. Dani se reía de ella y Álex también, al principio. Después se le cambió la cara y empezó a grabar.

—¿Con su móvil?

—Sí.

—¿Qué grabó?

—De todo un poco. La sala, la chica, Dani haciendo el imbécil. Y gente que no quería salir en ningún vídeo. Algunos se pusieron de mala hostia.

—¿Tú se lo dijiste?

—Le dije que parara. Que nos iba a buscar un problema.

—¿Por la chica?

Iker bajó la mirada.

—No.

La vergüenza le subió al cuello antes de que siguiera hablando.

—Por nosotros. Porque allí no se podía grabar. Fue lo primero que nos dijeron. Si te pillaban, estabas jodido y te ibas a la puta calle.

Bernal no dijo nada.

Iker se pasó una mano por la cara.

—Dani lo vio y le dijo que borrara el vídeo. Ahí empezó todo. Álex se puso chulo. Dijo que ni de coña, que ya estaba bien y que, si la gente supiera quién iba allí… Entonces Dani se levantó y lo agarró de la sudadera.

—¿Rubén estaba en la sala?

—No. Pero Dani salió después. Llamó a alguien. O mandó un audio. No lo vi bien.

—¿A tu hermano?

—Creo que sí.

Agulló lo miró sin pestañear.

—No me vale «creo».

Iker cerró los ojos.

—Dani me miró y dijo: «Este capullo nos va a buscar un lío a todos. Voy a llamar a tu hermano, que él sabrá cómo arreglar esto». Eso sí lo dijo. Y yo le pedí que no lo metiera.

—¿Por qué?

—Porque no.

Agulló esperó.

Iker apretó la mandíbula.

—Porque cuando Rubén arregla algo, lo arregla de verdad .

La frase no necesitaba más explicación.

Agulló hizo una anotación breve.

—Después salisteis al callejón.

Iker respiró por la boca.

—Salimos por la puerta lateral, antes de que nos echaran de verdad. Dani decía que tenían que hablar fuera, pero yo sabía que le iba a explicar dos cosas a Álex.

—¿Cómo lo sabías?

—Claudia iba detrás, pidiéndole que lo dejara. Yo solo quería irme a casa y olvidarme de todo. Álex llevaba el móvil en la mano. Dani intentó quitárselo, pero Álex lo apartó y dijo que, como lo tocara, subía el vídeo a redes.

—¿Y Dani le pegó?

—Sí.

—¿Una vez?

—Primero una. Luego otra. Y otra. Y un empujón que lo mandó contra un contenedor. Se pasó. Es una puta bestia.

Iker apretó la mochila contra el pecho.

—Sonó muy mal. No como una caída normal. Fue seco, contra el metal. Álex se levantó, pero los golpes lo habían dejado hecho una mierda. Caminaba encorvado. Y sangraba.

Se tocó la ceja. Luego la boca. No parecía seguro de dónde había visto la sangre.

—Dani se asustó cuando la vio —añadió—. Eso nadie lo está diciendo, pero se asustó. Se le cambió la cara. Sabía que, si Álex lo denunciaba, se podía buscar un lío de verdad.

—¿Dani quería matarlo?

Iker levantó la cabeza.

—¡No !

La respuesta salió sin dudas.

—Dani es un puto animal. Pero no quería matarlo. Quería quitarle el móvil, humillarlo y que se cagase encima. Pero matarlo, no.

—Entonces, ¿quién llamó a Rubén?

Iker tardó un segundo de más.

—Yo.

—¿Por qué?

—Porque se nos había ido de las manos. Es mi hermano. Siempre lo llamo cuando no sé qué hacer.

Bernal bajó la vista un instante.

—¿Qué le dijiste?

—Todo. Se lo solté todo de golpe. Que Dani había reventado a Álex, que había sangre, que el móvil seguía en sus manos y que Dani estaba fuera de sí. Yo estaba temblando. Fatal. No pensaba. Puede que incluso le dijera que Dani quería matarlo. Yo qué sé. En ese momento lo creía.

—¿Cuánto tardó Rubén en llegar?

—Poco. Diez minutos. Menos, quizá.

—¿Cómo llegó?

—En coche.

—¿Recuerdas el coche?

—Oscuro. Lo dejó fuera de la calle.

—¿Iba solo?

—Creo que sí.

—Iker.

El chico soltó aire.

—Sí. Iba solo.

—¿Qué hizo al llegar?

Iker miró la puerta.

Bernal habló por primera vez en varios minutos.

—Tranquilo. No está aquí.

Iker negó con la cabeza, casi sin fuerzas.

—Siempre está.

Nadie contestó.

Al final, el chico siguió.

—Rubén vio a Álex y no dijo nada. Ni le preguntó si estaba bien.

Agulló no se movió.

—¿Te preguntó algo a ti?

Iker tragó saliva.

—Que dónde estaba el móvil.

Bernal se quedó muy quieta.

Agulló mantuvo la voz plana.

—¿Y Álex qué hizo?

—Dijo que lo tenía él. Que nadie iba a tocar ese móvil. Mi hermano le habló tranquilo, pero de esa forma suya que acojona más. Le dijo que se calmara, que si subía algo la iba a liar muy gorda y nos iba a hundir a todos. Y Álex le mandó a la mierda, claro.

—¿Y entonces?

—Rubén me mandó callar. A Claudia le dijo que llamara a su madre y le dijera que estaba bien.

—¿Por qué?

—No lo sé. Supongo que para que pareciera que todo era normal. O para que luego pudiera decir que Claudia estaba en casa. Yo qué sé. Luego le dijo a Dani que se apartara y a Álex que, si quería hacerse el héroe, se fuera andando. Así, sin más.

Agulló sintió que ahí había algo.

Todavía no sabía cuánto .

—¿Lo dejó ir?

—Sí.

—Entonces no había por qué preocuparse.

Iker empezó a llorar otra vez. Esta vez con rabia.

—Sabía que lo iba a seguir después.

Durante un momento solo se oyó el zumbido del fluorescente.

—¿Eso te lo dijo tu hermano?

—No así. Pero se notaba. Cuando Álex se fue, Rubén se quedó mirándolo. Esperó un momento. Luego nos dijo: «A casa. Ahora». Dani quería ir detrás, pero Rubén le gritó que ni se moviera. Yo pregunté si no teníamos que ayudarlo. Llevarlo a Urgencias, algo.

—¿Y qué te contestó?

Iker se limpió la nariz con la manga.

—«Vete a casa y métete en la cama».

Agulló se inclinó apenas hacia delante.

—¿Sabes si Rubén lo siguió en coche?

—No lo vi. Me fui.

—Pero luego te llamó.

—Sí.

—La llamada que borraste.

Iker asintió.

—Me dijo que Álex se había subido a un bus y que lo había perdido.

Bernal levantó la mirada.

Agulló tardó medio segundo en preguntar.

—¿Rubén sabía lo del autobús?

—Sí.

—¿Cómo?

—No lo sé. Supongo que lo vio subir.

—¿Te dijo dónde estaba Álex?

—No. Solo dijo que era mejor así. Que había cámaras y que todo el mundo vería que Álex se había ido solo. Eso fue todo.

Agulló bajó la vista a la libreta, pero no escribió.

Rubén no había reaccionado al autobús como ellos. No era una pista para él. Era una salida.

—¿Qué más te dijo?

—Que, si alguien preguntaba, Álex se había ido por su propio pie. Eso era lo único importante.

Agulló apoyó las manos sobre la mesa.

—Volvamos al mensaje de Álex. «Tío, ven». ¿Qué pasa con eso?

Iker se tapó la boca. Habló detrás de los dedos.

—Lo vi después. No sé si antes o después de esa llamada. De verdad que no lo sé. Yo estaba fatal. Ponía eso. «Tío, ven». Y debajo había otra cosa, pero se cortaba en la notificación.

—¿Qué otra cosa?

—«No puedo…». Algo así. No lo sé. No abrí el chat.

—¿Por qué?

—¡Porque me llamó Rubén!

—¿Y?

—Me dijo que borrara cualquier cosa de Álex. Que, si aparecía el móvil, nos hundiría a todos.

—¿El móvil de Álex?

—No. El mío. Mis chats con Álex.

—¿Por qué os hundía?

Iker la miró como si la respuesta fuera obvia. Como si decirla en voz alta fuera otra forma de traición .

—Porque demostraba que seguía vivo después.

Agulló notó un calor breve en la nuca.

—¿Tu hermano tenía a alguien siguiendo el bus?

—No lo sé.

—¿Te suena el nombre de Sergio Moya?

Iker se quedó demasiado quieto.

—¿Qué?

—Sergio Moya.

—No sé.

—Sí lo conoces.

—Trabaja con mi hermano. A veces.

—¿Estaba esa noche?

Iker miró a Bernal, como si ella pudiera sacarlo de allí.

—Vi una furgoneta después.

—¿Dónde?

—Desde el taxi.

—¿Qué taxi?

—El que cogí para irme a casa. Rubén no quería que nos fuéramos juntos y yo no me iba a ir andando.

—¿Y viste una furgoneta?

—Una oscura. Giró hacia Alfonso el Sabio. Pensé que era la de Sergio porque llevaba una pegatina blanca en la puerta. De una empresa de reformas o mudanzas. No sé. Algo así.

Agulló escribió despacio.

—¿Recuerdas la hora?

—Después de irnos. Cerca de la una. O un poco más tarde.

—¿Rubén iba dentro?

—No lo vi.

—Pero pensaste que era de Sergio Moya.

—Sí.

El móvil de Agulló vibró sobre la mesa.

Costa.

Lo puso en silencio. Iker había empezado a hablar y no quería perderlo.

—Iker, necesito que contestes una cosa.

El chico se tensó.

—¿Crees que Rubén recogió a Álex?

Iker miró la mesa.

—No lo sé.

—¿Sí o no?

La respuesta tardó en salir.

—Creo que lo encontró.

Bernal cerró los ojos.

—¿Vivo?

Ahí se rompió.

No fue de golpe. Fue peor. Iker se dobló hacia delante, abrazado a la mochila, con el vaso olvidado junto a la mano. Cuando habló, cada palabra pareció dejarlo con menos aire.

—Sí. Porque si hubiese estado muerto, Rubén no habría necesitado todo lo demás.

Agulló sintió una náusea seca.

Y lo peor era eso.

Que el relato encajaba con los hechos.

El móvil vibró otra vez.

Costa.

Esta vez Agulló contestó.

—Dime.

—Tenemos a Sergio Moya localizado —dijo Costa—. Está en una nave alquilada en el polígono de Rabasa. La Kangoo está fuera.

Agulló miró a Iker.

—¿Está solo?

—No lo sabemos, pero hay alguien dentro.

Ella se levantó.

—No entréis.

—Eso pensaba decirte yo.

Agulló colgó.

Iker la miró aterrado.

—Por favor, no digáis que he hablado.

—Lo siento —respondió Agulló con una frialdad técnica—. Eso ya no es una opción.

—Rubén lo sabrá.

Agulló se acercó demasiado y le dijo, manteniendo el tono bajo, casi un susurro:

—De eso no te preocupes ahora. Tu hermano ya no va a marcar el paso.