La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 35. 35
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Tras un par de horas de búsqueda, una patrulla dio el aviso por radio.

Habían encontrado a Iker Soria en una marquesina estrecha de la avenida de Jijona. El cristal estaba rayado, el banco era de metal y había un anuncio de clínica dental medio despegado por las esquinas.

Iker estaba sentado en un extremo, con la mochila entre los pies y la capucha puesta pese al calor. Tenía el móvil bloqueado en una mano. En la otra, un billete de veinte euros arrugado de tanto manosearlo.

Bernal lo vio primero desde el coche.

—Es él.

Costa iba al volante. Pasó de largo sin frenar de golpe y detuvo el coche unos veinte metros más adelante.

—No me gusta verlo tan expuesto.

—A él tampoco —dijo Bernal.

Iker levantó la cabeza al verla bajar. Se puso en pie de golpe.

—¿A dónde ibas? —preguntó Bernal antes de darle tiempo a nada.

Iker tragó saliva.

—¿Qué hacéis aquí?

—¿Qué planeabas, Iker?

Agulló bajó del asiento trasero y se acercó despacio.

—Iker, tu madre está preocupada.

El chico se pasó una mano por la boca. Estaba pálido. Tenía los labios secos.

—Joder...

—Suele ser una respuesta bastante clara.

Costa se quedó junto al coche, pendiente de la calle. Fingía no escuchar, pero Agulló sabía que no se le escapaba una palabra. Bernal se colocó al lado de Iker, no delante. Cerca, pero sin cerrarle el paso del todo.

—¿Pensabas ir al aeropuerto? —preguntó Agulló.

—No sé de qué habla.

—Entonces ven con nosotros y lo aclaramos en comisaría.

Iker negó con la cabeza antes de que ella terminara.

—No puedo ir allí.

—Tu hermano va a enterarse igual.

Iker miró hacia la avenida. Un autobús pasó de largo y durante unos segundos solo hubo motor, frenos y aire caliente. Nadie habló hasta que el ruido se alejó.

—Me dijo que no hablara con vosotros sin él.

—El hermanito mayor dando consejos... —dijo Bernal.

Iker la miró con rabia.

Le duró poco.

—No lo entendéis.

A Agulló la frase le sonó a otra persona. A Claudia, quizá. El mismo miedo, con otra cara.

—Pues no. Ayúdanos a entenderlo.

Iker apretó el móvil contra la palma de la mano.

—Yo no le hice nada a Álex, ¿vale?

—Eso ya lo dijiste en comisaría.

—Porque es verdad, joder.

—La verdad no mejora por repetirla. Mejora cuando dejas de recortarla.

El chico bajó la cabeza. Tenía veinte años, pero allí, con la mochila entre los pies y el billete arrugado en la mano, parecía bastante más pequeño.

Costa habló sin apartar la vista de la calle.

—Creo que tenemos compañía.

Agulló no dejó de mirar a Iker.

—¿Qué ves?

—Una furgoneta oscura. Ha pasado dos veces por la glorieta.

Iker levantó la cabeza.

—¿Qué furgoneta?

Agulló miró de reojo.

—¿La Kangoo?

No hizo falta que el chico respondiera. Se le notó en la cara.

Bernal se acercó un poco más.

—Iker, escúchame. Si Rubén llega antes que tú a esta historia, ya no vas a poder salir.

El chico soltó aire por la nariz. No era una risa, aunque lo intentó.

—Como si alguna vez hubiera podido.

Agulló lo observó un segundo.

—¿Qué te dijo exactamente?

Iker miró hacia la avenida.

—Que Álex se había ido. Que estaba bien.

—¿Y tú te lo creíste?

No respondió.

—Porque una cosa es que se fuera vivo —dijo Agulló— y otra muy distinta lo que pasó después.

Entonces sí la miró.

Tenía miedo. No miedo de comisaría, ni de una bronca, ni de quedar como un cobarde. Algo más viejo. Algo aprendido.

—Iker —dijo Agulló, más suave—. ¿Qué borraste?

El chico bajó la vista al móvil.

—Unas llamadas.

—¿Cuántas?

—Dos.

—¿De quién?

El silencio se alargó.

—De Rubén.

Costa levantó la cabeza desde el coche.

—¿A qué hora?

—Iba… después de que Álex se fuera. Y luego otra más tarde.

—¿Más tarde cuánto?

—Iker —dijo Agulló.

El chico tragó saliva.

Costa ya estaba sacando el móvil.

—El registro de llamadas nos lo va a decir igualmente.

—Sobre la una —soltó Iker—. Y luego… no sé. Después. Casi las dos.

Agulló intercambió una mirada con Costa.

Antes del último registro del móvil.

Cerca de la ventana del autobús.

—¿Qué te dijo tu hermano en la primera llamada?

Iker se llevó una mano al estómago.

—Que me fuera a casa. Que no hablara con nadie. Y que, si preguntaban, dijera que Álex se había largado solo. Cabreado, pero bien.

—¿Y en la segunda?

—Que, si Álex me escribía o me llamaba, no lo cogiera. Que le mandara una captura a él.

Bernal soltó aire por la nariz.

—¿Álex te llamó?

Iker negó demasiado rápido.

—No.

—¿Seguro?

El chico no contestó.

Agulló sintió que algo encajaba, pero no del todo. Una pieza pequeña. Sucia. De las que no quieres tocar y aun así necesitas.

—Iker.

El chico desbloqueó el móvil con dedos torpes. No enseñó nada todavía. Solo miró la pantalla, como si el aparato pudiera juzgarlo.

—Me escribió, pero lo borré.

—¿Qué decía?

—No sé.

—Sí lo sabes.

—No lo abrí.

—Pero viste la notificación.

Iker empezó a llorar sin ruido. Las lágrimas le bajaron por la cara sin gesto, sin aspaviento, como si hasta llorar le diera vergüenza.

—Ponía: «Tío, ven».

Nadie habló.

Agulló repitió las dos palabras por dentro.

«Tío, ven» .

Álex había salido vivo de la pelea. Quizá también del autobús. Estaba vivo antes de que alguien le echara el guante. Antes de lo que fuera que el destino le tuviera reservado después.

Sintió una punzada parecida a la esperanza.

Y le dolió como una herida abierta.

—¿A qué hora te escribió?

—No sé… A la una y media, casi las dos. Yo ya iba para casa. O estaba llegando. No me acuerdo bien. Rubén me dijo que apagara el móvil, pero al final no lo hice. Vi el mensaje y me rayé. Luego volvió a llamarme y le dije que Álex me había escrito.

—¿Y qué te dijo?

Iker se secó la cara con la manga.

—Que lo borrara.

—¿Contestaste a Álex?

—No.

Bernal cerró los ojos un instante.

—¿Por qué? Era tu amigo.

Iker miró al suelo.

—Porque Rubén me dijo que no contestara. Que Álex estaba montando un drama y que, si me metía, iba a acabar bien jodido. Que él hablaría con él. Que lo arreglaría todo.

Costa habló desde la calzada.

—La furgoneta vuelve.

Agulló agarró a Iker del brazo, firme, pero sin hacerle daño, y lo llevó hacia el coche antes de que pudiera echarse atrás.

—Vamos.

—No quiero ir a comisaría.

—No vamos a meterte en una sala de interrogatorios. Necesitamos un sitio donde puedas hablar tranquilo. Sin tu hermano encima.

Iker dudó.

—¿Me vais a detener?

Agulló lo miró de frente.

—Depende de lo que hagas ahora.

La respuesta le cayó encima. Se le vio en la cara.

Iker se encajó en el asiento trasero, entre Bernal y Agulló. Costa metió primera y aceleró casi antes de que la puerta terminara de encajar en el marco. Al fondo de la avenida, una Kangoo oscura recortó su silueta en el espejo retrovisor. Circulaba despacio, midiendo la distancia.

—La matrícula —dijo Agulló.

Costa entrecerró los ojos.

—No la veo entera. Pero sí, podría ser la misma.

Iker se cubrió la cara con las manos.

—Me va a matar.

Bernal le apartó las manos con suavidad.

—Tendrás más opciones, si hablas antes que él.

Costa giró hacia comisaría, aunque enseguida se salió de la ruta habitual.

—¿Qué haces? —preguntó Agulló.

—Entrar por detrás. Y pedir que bloqueen el acceso principal.

Agulló volvió a mirar por el retrovisor.

La Kangoo había desaparecido.