La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 34. 34
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La madre de Iker Soria abrió la puerta, con los ojos hinchados y el teléfono en la mano.

No preguntó quiénes eran. Los reconoció antes de que Agulló le enseñara la placa.

—Mi hijo no está aquí —dijo.

Costa, a la derecha de Agulló, miró hacia dentro. Bernal se quedó un paso atrás, cerca por si hacía falta. Por encima del hombro de la mujer, Agulló vio unas zapatillas junto al recibidor y una bolsa de basura sin bajar. En el salón sonaba un informativo, muy bajo.

—¿Dónde está Iker? —preguntó Agulló—. Es importante.

La mujer apretó el móvil contra el pecho.

—No lo sé.

Agulló le sostuvo la mirada un segundo más.

—¿Cuándo se ha ido?

—Hace un rato.

Tragó saliva y miró hacia el pasillo, como si esperara que alguien contestara por ella.

Entonces apareció el marido.

Era un hombre ancho, de camiseta gris y barba descuidada. Se secó las manos con un paño de cocina antes de hablar. Tenía esa forma de ocupar el espacio de quien quiere mandar, pero llega tarde.

—Iker es mayor de edad. Si ha salido, ha salido. ¿Qué quieren de él? ¿Le ha pasado algo?

Costa se volvió hacia él.

—Qué tranquilidad.

El hombre lo miró sin saber si debía ofenderse.

Agulló siguió mirando a la madre.

—Estamos en medio de una investigación y su hijo podría estar en peligro.

Eso la rompió un poco.

—Debe de haber ido al gimnasio. La bolsa de deporte y la sudadera no están en su habitación.

—¿Lleva dinero encima?

—Probablemente el justo.

Bernal intervino por primera vez.

—Su hijo podría intentar salir de la ciudad. O del país.

—¿Por qué iba a hacer eso? —preguntó el padre.

—Me pidió veinte euros —dijo la madre—. Dijo que era para comer algo. Que luego me los devolvía. Como si eso importara ahora.

El padre chasqueó la lengua.

—No empieces.

La mujer se giró hacia él. No gritó. Fue peor.

—¿Lo sabías?

El hombre apartó la mirada.

—Está nervioso. Ya volverá.

—Joder...

—Últimamente no come —añadió ella, mirando de nuevo a Agulló—. Se encierra en el baño para mirar el móvil y casi no habla con nosotros.

—¿Y con su hermano? —preguntó la inspectora.

—¿Rubén? No me ha dicho nada de él.

Costa levantó la cabeza.

La mujer miró a Agulló, arrepentida de haberlo soltado y aliviada al mismo tiempo.

—Necesitamos la dirección del gimnasio al que va.

—Sí, claro...

Costa ya tenía el teléfono en la mano.

Agulló dio un paso hacia el interior mientras la mujer buscaba la dirección en el móvil. El padre se movió para bloquearle el paso.

—¿A dónde va? No pueden registrar mi casa sin orden.

—No he venido a registrar su casa. Quiero encontrar a su hijo.

El hombre palideció.

—¿Ha estado Rubén por aquí?

—No.

—¿Tiene buena relación con él?

—No tengo por qué responder a eso.

—Ya lo ha hecho.

El hombre apretó la mandíbula.

—Rubén solo ha llamado para preguntar si estábamos bien. Nada más.

Bernal miró a Agulló.

—¿Cuándo?

—Esta mañana.

—¿A quién?

—A su madre.

—Quería saber si estaba bien —dijo ella.

—Claro —dijo Costa—. Lo más normal del mundo.

Agulló mantuvo la voz baja.

—¿Le dijo algo más?

La mujer respondió antes de que el marido pudiera detenerla.

—Le comenté lo de su hermano. Es su hermano. Sabe cómo llevar al pequeño.

El padre bajó la vista.

Costa salió al rellano y llamó a central. Bernal entró dos pasos en el recibidor, sin invadir más, y se colocó frente a la madre.

—Necesito que piensen despacio.

—De verdad, ¿a qué viene todo esto? —preguntó el hombre—. ¿Qué está pasando?

—¿No lo saben?

La mujer levantó los ojos.

—No.

El padre soltó un resoplido.

—Es por lo de ese chico, ¿verdad?

—¿Álex Roldán? —preguntó Agulló.

—Lo sabía... Sabía que ese chaval lo iba a meter en líos algún día.

—¿Les ha contado algo Iker sobre lo que ocurrió esa noche?

—¿De qué diablos estamos hablando, inspectora? —preguntó él, ya a la defensiva—. ¿Debería llamar a un abogado antes de seguir?

—No nos ha dicho nada —intervino la esposa—, pero Iker está muy nervioso desde entonces.

Una madre nota esas cosas. Ese Álex no lo trataba bien.

Lo ponía de los nervios. Ayer me dijo que quería subir a Valencia unos días, a ver a unos amigos.

Que aquí no podía respirar. Yo le dije que llamara a su hermano. Que Rubén siempre sabe qué hacer.

La frase cayó entre todos.

Bernal cerró un instante los ojos.

—¿Y él qué respondió?

La mujer se llevó una mano a la boca.

—Que no.

El padre golpeó la pared con la palma abierta.

—¡Ya está bien! ¡Les pido que nos dejen tranquilos!

Costa volvió del rellano.

—El móvil de Iker está apagado. La última señal lo sitúa en Carolinas Altas, hace veintisiete minutos. Sin orden no podemos afinar más, pero Ruiz ya ha solicitado a la operadora el histórico con carácter urgente.

—No va a ir a la estación de trenes —dijo Agulló.

Los otros la miraron.

—¿Por qué?

Agulló pensó en Iker. En cómo miraba a su hermano.

—La estación es demasiado obvia. Lleva una mochila con lo justo.

—¿Entonces?

La madre habló con un hilo de voz.

—Probablemente vaya al aeropuerto.

Agulló se volvió hacia ella.

—¿Por qué piensa eso?

—Sé que me mintió con lo de Valencia. A Iker no le gusta Valencia. Pero uno de sus mejores amigos del colegio vive en Barcelona.

Costa ya se estaba moviendo.

—Avenida de Jijona, Plaza de España, líneas hacia la estación, tranvía y salidas norte.

—Ya sabéis. Avisad a patrullas — ordenó Agulló—. Sin sirenas. Nada de asustarlo.

El padre intentó recuperar algo de autoridad.

—No pueden tratarlo como un delincuente.

Agulló lo miró.

—No lo estamos tratando como a un delincuente. Le pedimos que no saliera de la ciudad.

La madre empezó a llorar.

Bernal le puso una tarjeta en la mano.

—Si llama, no le diga que venga a casa ni que estamos aquí. Manténgalo hablando y llámenos a este número. ¿Puede hacerlo?

La mujer asintió.

—¿Y si llama Rubén?

Bernal la miró de frente.

—No le conteste.

El padre dio un paso.

—Oiga...

Agulló se interpuso.

—Ustedes conocen a sus hijos. Saben de lo que son capaces. Nosotros solo intentamos que nadie salga perjudicado.

En el rellano, Costa pulsó el botón del ascensor.

—Tenemos que movernos.

Agulló salió la última. Antes de que la puerta se cerrara, la madre la llamó.

—Inspectora.

Agulló se volvió.

—Encuéntrelo antes que él.

No dijo el nombre .

No era necesario.