La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 33. 33
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La cervecería Layton se abría hueco a escasos metros del Hospes Amérigo, en una de esas calles del cogollo central de Alicante donde los turistas de crucero, los vecinos de toda la vida y la gente que prefería no llamar la atención compartían baldosa sin cruzarse las miradas.

Era un garito estrecho, pulcro, con el mobiliario apretado, una barra hasta arriba de raciones y ese aroma inconfundible que resulta de mezclar café recién molido y grasa de plancha.

Un bar de los de siempre, de los que Rojo consideraba su hábitat natural.

Una pizarra de madera desconchada cantaba el menú del día con tiza blanca.

En la barra, justo frente a la vitrina de las tapas, una pareja de guiris señalaba una bandeja, con cara de estar descifrando jeroglíficos.

Rojo se había apalancado al fondo del todo. Viejas manías de perro de calle que se niega a dar la espalda a la puerta.

Las mismas taras que le había contagiado a ella.

El exinspector vestía la cazadora de cuero abierta y había arrojado las gafas de sol sobre la mesa. Custodiaba una caña a medio terminar y un platito de olivas partidas que no se había molestado ni en probar.

Agulló se dejó caer en la silla de enfrente, sin amagar siquiera con quitarse la chaqueta .

—Tengo diez minutos.

Rojo levantó la vista hacia el reloj de pared, uno de esos cacharros promocionales de cerveza que jamás daban la hora exacta.

—Con cinco me basta.

—Pues no me hagas perder el tiempo.

Rojo apoyó los antebrazos en la mesa. No preguntó por la ceja partida ni por el golpe en el costado. Observó cómo se sentaba, cómo colocaba el móvil de sustitución junto a su mano fuerte, cómo evitaba cargar peso en el lado herido.

Ese era su método de interrogación.

—Tienes mala cara.

—Gracias por citarme para eso.

—No te he citado por eso.

Un camarero se acercó con el bloc en la mano.

—¿Qué le pongo?

—Café solo —dijo Agulló.

—¿Corto?

—Sí.

El camarero se fue hacia la barra.

Rojo esperó a que estuviera lejos.

—Has encontrado el club.

—Vaya, ¿cómo lo sabes? No me has traído hasta aquí para felicitarme.

—No.

—Pues habla.

Rojo miró un momento hacia la puerta y chasqueó la lengua.

—Lo que te voy a decir no te va a gustar.

Agulló se quedó quieta.

—Piénsatelo dos veces antes de soltarlo, entonces.

—Sigues buscando a ese chico como si estuviera sentado esperándote.

—¿De qué coño hablas? —preguntó ella, descolocada—. Tengo pruebas de vida.

—Tenías indicios.

—Joder, Rojo. Déjate de juegos semánticos.

—Agulló…

—Álex subió al autobús, bajó por su propio pie. Caminó siete minutos y su amiga Claudia jura que salió vivo del callejón. El repetidor posiciona el móvil moviéndose después.

—Sí.

—¿Entonces?

El camarero dejó el café. Agulló ignoró la taza.

—Estás enfocando el caso como si todo dependiera de encontrarlo con vida.

—Porque depende de eso.

—No necesariamente.

Agulló soltó una risa seca, carente de humor.

—Estás de coña.

—No.

—¿Lo dices en serio?

Rojo miró la caña, pero no llegó a beber.

—Dime una cosa. Si alguien quisiera que siguieras el rastro de un fantasma, ¿qué tendría que darte?

—No empieces.

—Una imagen borrosa, un móvil moviéndose, una zapatilla abandonada, un testimonio con lagunas… Pan rallado para que sigas el camino.

Agulló lo sostuvo la mirada.

—¿Un testimonio con lagunas?

—Las mejores mentiras se construyen con verdades a medias.

—Escucha, Rojo…

Él la cortó en seco.

—Nada de eso contradice que Álex estuviera vivo entonces. Al contrario, por eso muerdes el anzuelo —dijo, clavándole los ojos—. Porque cada puta pieza encaja en la misma historia, mientras el titiritero decide hacia dónde tienes que mirar.

Agulló guardó silencio.

El ruido de la barra llenó un segundo el silencio.

—Pretendes decirme que estoy siguiendo un rastro falso, manipulado por alguien.

—Más o menos.

—En serio, tío. Me descojono.

—La situación no tiene nada de gracia —repuso, al notar el sarcasmo de la inspectora—. Pretendo echarte una mano. He estado ahí, sé lo que es no ser capaz de ver…

—Claro, claro, tú nunca te equivocas. Lo mejor de todo es que no te he pedido ayuda en este caso y ya escuchaste a Molina. ¿Algo que decir al respecto?

Rojo aceptó el golpe sin moverse.

—Yo me equivoco bastante. Pero esta vez no estoy hablando de mí.

Ella apartó la mirada.

No podía aceptarlo todavía. Porque hacerlo significaba admitir que quizá cada búsqueda la había alejado justo del lugar donde Álex ya no podía pedir ayuda.

—La zapatilla puede ser real —dijo.

—Sí.

—El móvil pudo estar con él.

—Sí.

—El vídeo del portal lo muestra caminando.

—Puede.

—Y esa chica no está inventándose lo que dice porque está aterrorizada.

—No.

—Entonces deja de hablar como si todo fuera mentira.

Rojo se inclinó un poco hacia delante, lo justo para que ella tuviera que escucharlo.

—Una mentira buena no se inventa de cero, Agulló. Se monta con cosas reales. Álex salió vivo, caminó y tenía el móvil encima. Puede que incluso grabara algo. Pero eso no significa que las pistas te estén llevando a él. A lo mejor solo quieren que sigas mirando en esa dirección.

Agulló sintió que algo se le cerraba dentro. Era el mecanismo de siempre para no asumir los errores.

Luego apoyó las dos manos sobre la mesa.

—¿Qué quieres que haga? ¿Que lo dé por muerto? ¿Que mire a su madre a la cara y le diga que su hijo es una hipótesis estadística?

—No he dicho eso.

—¿Quieres que le entregue a Molina el caso cerrado porque tú tienes una corazonada que nos lleva a otra parte?

—Quiero que dejes de creer que salvarlo es la única forma de no sentir que has vuelto a llegar tarde.

La frase le quitó la respuesta de la boca.

Rojo no intentó tocarla.

—No tienes derecho a hacer esto —dijo Agulló.

—Ya lo sé.

—No. No lo sabes.

—Sí.

—No me vengas ahora con lo que crees saber de mí.

Rojo le sostuvo la mirada y ella sintió calor en la cara.

—Sé cuándo no estás buscando solo a una persona.

La inspectora golpeó la mesa con la palma abierta.

No fue un golpe fuerte, pero bastó para que la pareja de turistas de la barra se girara y el camarero congelara el trapo sobre un vaso durante medio segundo.

El exinspector ni parpadeó.

—Eres un cabrón —dijo Agulló.

La rabia seguía ahí, pero el cansancio empezaba a ganarle terreno por abajo. Junto a él, una vergüenza sorda que llevaba demasiado tiempo esquivando.

Rojo bajó la vista hacia su caña.

—Mira, no disfruto con esto —dijo, antes de dar un trago corto—. Solo intento evitar que construyas el caso sobre un cimiento podrido.

Algo en la llanura de su tono la descolocó más que cualquier réplica airada.

Agulló se reclinó en la silla, alejándose de la mesa. El caso de Álex se le había metido bajo la piel sin que se diera cuenta; se había aferrado a cada indicio porque necesitaba creer que aún llegaba a tiempo de salvar una vida.

Había querido creerlo.

—Si dejo de buscarlo, Molina gana esta partida.

Rojo negó con la cabeza, impasible.

—Molina gana si sigues persiguiendo el humo que él mismo suelta .

Cogió una oliva y se la echó a la boca. Dejó el hueso en el plato y se limpió los dedos con una servilleta de papel.

—No busques solo a ese chico. Busca la mano que lo está moviendo.

El café seguía intacto delante de ella. La superficie se había oscurecido, quieta.

La búsqueda no había sido absurda.

Ese era el veneno.

—Puede que el hermano de uno de ellos, el de la empresa de seguridad, tenga algo que ver —comentó ella.

—Puede.

—Aparece el último en toda esta historia.

Rojo no la interrumpió.

—Es la autoridad, el mayor, el que pone orden cuando las cosas se tuercen —siguió Agulló—. Además, tiene tablas gestionando grupos de personas.

—Y cree que entiende cómo piensas a la hora de hacer tu trabajo.

Agulló abrió los ojos.

—Tengo que buscar al que está construyendo a Álex… después de Álex.

Rojo la miró.

El teléfono de sustitución vibró junto a su mano.

Era Costa.

La llamada siguió vibrando entre los dos.

Contestó.

—Dime, Costa.

La voz del subinspector sonó tensa.

—Tenemos algo en las cámaras de la calle superior.

Agulló se incorporó .

—Te escucho.

—No tenemos la matrícula completa, pero sí el recorrido. El coche de las 00:37 abandona la zona de Los Olivos y, un cuarto de hora después, vuelve a aparecer cerca de Alfonso el Sabio. A apenas tres calles del punto donde Álex subió al autobús.

Agulló miró a su excompañero.

—¿Crees que Rubén pudo seguirlo?

—No puedo meter a Rubén en el informe todavía —dijo Costa—, pero el coche está a nombre de un empleado de Soria Control. No es el utilitario que viste, ese con el maletero. Es una Kangoo oscura. Y hay más.

Agulló apretó el móvil.

—Dime.

—A las 02:06 salta en el lector de matrículas de una gasolinera, camino de Virgen del Remedio.

Ocho minutos después de la última señal de la antena. El escenario acababa de cambiar por completo.

—Mándamelo.

—Ya lo tienes en bandeja.

El móvil vibró en su mano con la descarga del archivo.

—¡Y llama a Bernal! —ordenó Agulló—. Mañana no vamos a ir a suplicarle a Molina que nos mantenga en el caso.

Costa guardó silencio al otro lado de la línea. Un segundo de analista.

—¿No?

—Vamos a demostrarle que alguien ha montado un teatro.

Rojo la observaba desde el otro lado de la mesa, impasible.

—¿Estás segura? —preguntó.

Agulló abrió el mapa de satélite que Costa acababa de adjuntar .

—No del todo —admitió—. Pero esta vez voy a elegir yo hacia dónde mirar.