32. 32
La puerta lateral de Los Olivos Club parecía mucho menos clandestina a plena tarde.
Estaba abollada en la parte de abajo, con una pegatina de alarma medio despegada y una cámara pequeña apuntando al callejón. A un lado se amontonaban tres contenedores y un palé roto; al otro, una salida estrecha hacia la calle trasera.
No quedaba nada del club que Claudia había descrito. Ni música, ni luces, ni esa sensación de lujo fácil que parecía envolverlo todo desde dentro.
Allí solo había basura recalentada por el sol.
Agulló se quedó frente a la puerta, con la declaración de Claudia doblada en la mano.
Costa permanecía junto a la cámara, estudiando el ángulo con esa expresión suya de quien ya esperaba encontrar exactamente aquello.
—Si funciona, cubre todo el callejón.
—Entonces seguro que falla.
—Qué sorpresa. Tú pensando en positivo.
El encargado del garito aguardaba a unos metros, con los brazos cruzados y el peso del cuerpo muerto sobre una pierna.
Era un tipo escurridizo, escuálido, embutido en una camisa negra rigurosa y con una barba de diseño demasiado perfilada para ser natural.
Se llamaba Iván Otero y, según su primera declaración, no tenía ni idea de nada.
Cada vez que abría la boca para contestar, dejaba flotar una milésima de segundo de silencio antes de soltar el «no», como si revisara mentalmente el guion para comprobar cuál era la versión oficial que le tocaba defender.
—La cámara graba en bucle —dijo Otero—. Los siete días de la semana.
Costa se giró.
—La noche de la desaparición fue hace menos de siete días.
—Sí, pero esa cámara se quedó sin señal justo esa noche.
—Claro.
—No digo que sea una excusa. Digo que está registrado el fallo.
El encargado sacó el móvil y les enseñó el registro de incidencias.
La cámara lateral había estado sin señal entre las 23:48 y las 02:16.
Agulló leyó la hora y soltó aire por la nariz.
Otero agrandó la imagen del registro con dos dedos.
—No fue la única.
Costa le quitó el móvil casi sin pedir permiso.
Había otros dos cortes esa semana: uno de nueve minutos el martes y otro de diecisiete, el jueves. Ninguno durante el cierre. Ninguno en la puerta lateral.
Agulló miró la pantalla.
Lo bastante frecuente para parecer normal.
Lo bastante distinto para no serlo.
El encargado se encogió de hombros ante la mirada de los policías.
—Aquí fallan cosas. Es un local, no la NASA .
Costa bajó de la escalera pequeña que había usado para comprobar el cableado.
—El cable no está cortado. El conector está flojo. O alguien lo dejó flojo a propósito.
—Eso no lo puede saber —dijo Otero.
—Y usted tampoco puede saber que fue un fallo normal.
Otero abrió las manos.
—Las cámaras fallan, ya se lo he dicho. No es la primera vez.
—Claro. Justo esa y justo esa noche.
—Inspectora…
—No estamos aquí para detenerte —dijo Costa—. Si lo estuviéramos, la conversación sería otra.
Agulló se aproximó a los contenedores de basura.
Si el testimonio de Claudia era exacto, Álex había impactado contra uno de esos plásticos o directamente contra el muro de ladrillo.
Al bajar la vista, el suelo le escamó. Estaba demasiado decente para ser un callejón de servicio de la zona de copas.
No es que chorreara agua, pero era evidente que le habían dado un manguerazo no hacía mucho.
La costra de mugre habitual se concentraba en los bordes, mientras que el carril central mostraba un aclarado sospechoso, el rastro típico de quien limpia a escape y solo para quitar lo gordo.
—¿Limpian el callejón todos los días? —preguntó la inspectora sin levantar la vista del firme.
—Por normativa de sanidad —soltó el encargado, imperturbable.
—¿Y la normativa exige manguerazos a las dos de la mañana?
Otero se tomó su medio segundo de rigor antes de activar la mandíbula.
—Se le da un agua en cuanto cierra el local, si el suelo da asco. O si a algún cliente le da por vomitar la cena fuera. Pasa más a menudo de lo que se imagina.
—Qué poético —ironizó Agulló, irguiéndose despacio—. ¿Quién estuvo a los mandos de la manguera esa noche?
—Ni idea. Personal de mantenimiento, supongo.
—Quiero un nombre.
—Tendría que revisarlo en los cuadrantes de la oficina.
—Pues ya está tardando. Mírelo.
El hombre bajó la vista al móvil. Esta vez sí buscó algo.
Agulló vio pasar nombres, horas, una hoja de turnos mal fotografiada.
Otero se detuvo.
—Aquí está. Samuel. Entró a la una y cuarenta.
Para entonces Álex ya no estaba en Los Olivos, pensó ella. Pero alguien todavía tenía motivos para limpiar.
—La cámara dejó de grabar a las once cuarenta y ocho.
—Pues no sé qué quiere que le diga. Samuel no arregla cámaras. Es el que friega los suelos.
Agulló sacó una fotografía de Óscar Vidal.
—¿Lo conoce?
Otero apenas la miró.
—Ha trabajado alguna vez aquí.
—¿La noche de la fiesta?
—No lo recuerdo.
—Pruebe con otra respuesta.
—Puede ser.
—Eso está mucho mejor.
Costa recibió un mensaje y se acercó a ella.
—Ruiz dice que el sistema de reservas del local tiene una entrada para el reservado dos esa noche. No aparece a nombre de un particular. Figura como «evento corporativo». Y sí, antes de que lo preguntes: pagado por transferencia desde una sociedad de Vives. Vives Mediterráneo Gestión.
Agulló miró al encargado.
Otero se puso rígido.
—Yo no llevo la facturación.
—Pero controla quién entra y quién sale.
—Yo llevo la sala.
—Y sabe quién pasa al reservado dos.
—Pasa quien lo reserva.
—¿Vicente Vives estuvo aquí esa noche?
Otero dudó apenas un instante.
—No lo vi.
—Eso no significa que no estuviera.
Otero se guardó el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón de un manotazo. Fue el primer ademán verdaderamente tenso, descompuesto, desde que habían irrumpido en el callejón.
—Mire, inspectora, si quieren papeles, vuelvan con una orden del juez —soltó, plantando cara por primera vez—. Yo no voy a fabricar recuerdos para sacarle a usted las castañas del fuego.
Agulló recortó la distancia entre ambos con un solo paso, invadiendo su perímetro sin pestañear.
—No necesito que fabrique nada, Otero. Solo que no me mienta.
Costa dio un paso lateral y le plantó la tableta digitalizadora a la altura de los ojos.
Una cámara de tráfico municipal, ubicada en la bocacalle trasera, había arañado una porción del callejón desde un ángulo oblicuo y lejano.
En el extremo superior de la pantalla, bajo el minutero que marcaba las 00:31, se distinguía la silueta de cuatro figuras recortadas contra la penumbra de los focos.
Una de ellas llevaba una gorra calzada hasta las cejas.
Otra se demoraba un segundo de más, venciendo el peso contra el muro de ladrillo, antes de reemprender la marcha a rastras.
La resolución era infame, insuficiente para ponerle nombres y apellidos a las sombras, pero la cronología encajaba al milímetro con la escena que Claudia Vives acababa de describir en el despacho.
—¿Y esto?
—Lo pidió Ruiz al cruzar el plano del callejón con la salida lateral. Nos acaba de entrar.
—¿Es Álex? —preguntó Agulló.
—Puede ser el que se apoya. Difícil de afirmar.
—¿Rubén?
Costa pasó al siguiente fotograma.
A las 00:37, un vehículo oscuro asomaba la parte delantera por la calle trasera, avanzando a paso de entierro. El coche se detenía durante exactamente treinta segundos en la zona ciega, fuera del tiro de cámara, antes de reaparecer y largarse por el extremo opuesto, a toda prisa.
La matrícula era un borrón ilegible, saboteada a partes iguales por el reflejo traicionero de una farola y por la copa densa de un árbol de la acera.
—En realidad, podría ser cualquiera —dijo Costa.
—Pero no es cualquiera, Costa.
—No te precipites, jefa.
Agulló lo sabía.
Y le irritaba que Costa también lo supiera. No por llevarle la contraria, sino porque cada vez que él desmontaba una esperanza con calma, ella sentía que el caso perdía un poco más de oxígeno.
Su móvil seguía en manos de Informática, inutilizado. Costa le había dejado uno de sustitución, demasiado nuevo y limpio. Cada vez que lo sacaba del bolsillo sentía que no era suyo.
El aparato vibró.
Era Bernal.
—Claudia no quiere seguir hablando sin abogado —dijo Bernal—. Y la madre no para de repetir que Vicente está «arreglando esto». Tal y como lo oyes.
—¿Arreglando qué?
—Ni idea. Pero Claudia está muerta de miedo. Me ha preguntado si podría declarar sin que su familia se enterara de cuándo y dónde.
—Dile que sí.
—¿Y eso podemos hacerlo?
—Ya veremos.
Colgó.
Costa seguía mirándola.
—Molina va a exigir algo que pueda sostener delante de Asuntos Internos y de un juez. Una testigo aterrada, una cámara «averiada» y una transferencia ligada a Vives no le van a bastar.
—Tenemos un coche entrando a las 00:37.
—Sin matrícula. Genial.
—Y un reservado pagado por una sociedad de Vives.
—Eso coloca a Vives en el local. No a Rubén con Álex.
—También tenemos a Claudia.
Costa negó con la cabeza.
—Y cualquier abogado le va a destrozar la declaración en diez minutos.
El teléfono de sustitución volvió a vibrar en el bolsillo de Agulló.
Esta vez no era Bernal.
«Número desconocido».
Agulló miró la pantalla con fastidio y contestó.
—Agulló.
Durante un segundo solo oyó ruido de calle. Luego una respiración conocida.
—Soy yo.
No necesitó que dijera el nombre.
Costa levantó la vista de la tableta.
—¿Quién es?
Agulló no contestó enseguida.
—¿Qué quieres, Rojo?
Costa congeló el dedo sobre el cristal táctil. No abrió la boca, pero el gesto se le endureció en un segundo.
—Verte —soltó la voz de Rojo al otro lado de la línea, con ese tono arrastrado de siempre.
—Estoy en mitad de una inspección.
—Por eso mismo te llamo.
Agulló se distanció un par de metros de Otero y de la batería de contenedores, buscando algo de intimidad.
—Si tienes algo que soltar, escúpelo ya.
—Por teléfono, ni de coña.
—No estoy para jueguecitos, Rojo.
—Entonces haz el favor de escucharme un minuto. Tengo algo que necesitas ponerte en la oreja.
Agulló barrió con la mirada la salida de emergencias, la óptica ciega de la cámara, el pavimento sospechosamente limpio y la angostura de ese callejón donde Claudia había ubicado la caída de Álex.
Las piezas encajaban sobre el papel, pero en el ambiente flotaba una disonancia, un cabo suelto invisible que no terminaba de cuadrarle.
—¿Tiene que ver con la investigación?
—Tiene que ver contigo metida en este avispero.
La advertencia le revolvió las tripas antes siquiera de procesarla.
—Rojo, no me jodas...
—Te espero en la Layon. La taberna que está justo enfrente del Hospes Amérigo.
Agulló sepultó el teléfono contra la oreja, apretando los dedos.
—No voy a levantar un operativo de campo porque te haya entrado el capricho de almorzar.
—No es una corazonada, Agulló. Esta vez los cafés corren de mi cuenta.
Y la línea se quedó muerta.
Agulló contempló el reflejo negro de la pantalla apagada.
—Será pedazo de imbécil…
Costa no le quitaba la vista de encima.
—¿Rojo?
—El mismo.
—Qué tío más oportuno, joder.
—Si me cita así es porque ha rascado algo que nos sirve. No empieces a torcer el gesto, que ya sabes cómo funciona su cabeza.
—Yo no he abierto la boca.
—No te hace falta, Costa. Lo dices todo con esa cara de vinagre.
El subinspector bajó los ojos hacia la tableta, pero no llegó a pulsar ningún comando.
—Yo me voy a encargar de rebañar las grabaciones de la avenida superior —dijo, cambiando de tercio con frialdad—. Si ese vehículo oscuro enfiló por donde me huelo, lo mismo pescamos un ángulo limpio, sin árboles de por medio.
Agulló se embutió el móvil en el bolsillo de la chaqueta.
—Te veo luego en Jefatura. Dame un toque si salta la liebre con las matrículas.
Costa asintió con un cabeceo seco, demasiado autómata.
—Hecho.
—Costa.
Él levantó las pestañas, sosteniéndole la mirada.
—No me estoy dispersando. Estoy metida en el caso al cien por cien.
—Ya lo sé, jefa.
—Solo voy a comprobar qué diablos dice haber desenterrado este hombre. No perdáis de vista el servidor, ni el maldito registro de reservas, ¿queda claro?
Costa se blindó la tableta contra el esternón. El brillo LED del dispositivo le perfilaba la línea de la mandíbula en mitad de la penumbra del callejón.
—Descuida. Si canta la máquina, te pego el toque.
Agulló captó la barrera invisible que el subinspector acababa de levantar en esas pocas palabras.
No había un reproche explícito, ya que Costa no gastaba esa clase de juego sucio, pero precisamente por eso la distancia escocía el doble.
Era el eco de alguien dando un paso atrás, el sonido sordo de una compuerta que se cierra sin hacer ruido .
—No te entretengas —zanjó ella, dándose la vuelta—. Quiero saber qué pasó dentro de ese club, antes de que se nos eche la noche encima.
—Cuenta con ello.