31. 31
Molina escuchó la transcripción de Claudia sin romper el silencio. A Agulló le preocupó más esa mudez que cualquier réplica airada.
Estaban encerrados en la sala de juntas.
Sobre la mesa descansaba el volcado parcial de la declaración; en el monitor seguía desplegado el mapa satelital con los accesos al club, y la línea temporal corregida a última hora ocupaba media pizarra.
Gómez permanecía junto a la puerta, con la tableta blindada contra el pecho.
Costa aferraba un bolígrafo con tanta rabia que los nudillos se le habían quedado sin sangre.
Bernal, apoyada contra el marco de la ventana, parecía de piedra.
Molina pasó la página con una lentitud exasperante.
—Esto nos da luz verde para ir a por Daniel Berenguer.
—Nos da luz verde para trincar a Daniel y la palanca idónea para que Rubén Soria cante —corrigió Agulló.
—Con Daniel tenemos una agresión de manual, lesiones, una omisión de socorro de libro y coacciones —replicó Molina, levantando la vista—.
Con Rubén solo tenemos a una cría muerta de miedo que asegura que el tipo apareció después y soltó que «él ya se encargaba».
No me pida que levante una imputación sobre humo, inspectora.
Costa soltó el bolígrafo y se echó hacia atrás en la silla .
—Tenemos uno de sus coches rondando Lo Morant aquella noche. Muy cerca de donde aparecieron la zapatilla y el enganche del móvil.
—Un coche de su empresa.
—Qué casualidad. Los coches de esa empresa siempre acaban orbitando alrededor de nuestro caso.
Molina lo miró sin mover la cabeza.
—Subinspector, guarde el sarcasmo para cuando tenga algo sólido.
Agulló señaló la pizarra.
—Rubén aparece después de la agresión. Es quien corta la llamada a emergencias, quien marca lo que se va a decir.
Luego desaparece después de que Álex se marche.
Uno de sus coches acaba cerca de Lo Morant.
Chispa Vidal trabaja para gente de su entorno.
Y ahora aparece un maletero forrado, con restos que podrían ser sangre y fibras azules.
—Presuntivos —dijo Gómez.
Agulló se giró hacia él.
—Gracias por la aclaración. Menos mal que aún queda alguien pendiente de las etiquetas.
Gómez bajó la mirada.
Molina cerró la carpeta con calma.
—Voy a decirles lo que tenemos sobre la mesa.
Tenemos a un chaval con un historial idóneo para meterse en charcos, un vídeo grabado de tapadillo en un reservado y una bronca que, por muy fea que se pusiera, termina con la víctima saliendo del callejón por su propio pie.
Después, el chico se sube a un autobús por voluntad propia y, para rematar, nos encontramos con un ordenador portátil lleno de mierda, que cualquier abogado de tres al cuarto va a explotar para vender la imagen de un desequilibrado .
—Los abogados van a usar cualquier brecha —respondió Bernal—. Pero si esperamos a tenerlo todo cerrado, ellos tendrán más tiempo para borrar lo que quede.
—Si nos precipitamos contra gente con dinero y buenos abogados, nos van a desmontar el caso antes siquiera de que sepamos dónde está el chico.
—Si no nos movemos ya, puede que no lo encontremos nunca —sentenció Agulló.
Molina clavó sus ojos en los de ella.
—Ese es su error, inspectora. Que usted sigue planteando esto, como si jugáramos a encontrarlo con vida.
Bernal buscó los ojos de Agulló. Costa hizo lo mismo, en silencio.
Ella encajó la frase como si fuera un impacto físico. Nadie lo había verbalizado hasta ese instante, no con esa crudeza, pero la sospecha flotaba en el ambiente desde hacía días.
Cada hora que pasaba hacía más difícil imaginar a Álex vivo en alguna parte, esperando que lo encontraran.
Y lo peor era eso: que las pruebas seguían apareciendo, una detrás de otra, empujándolos hacia la agresión, hacia la violencia, hacia algo mucho más oscuro.
¿Qué demonios les iba a decir a sus padres?, se preguntó la inspectora, sintiendo el peso del fracaso antes de tiempo.
Cada paso al frente, cada maldito éxito en la investigación solo servía para certificar que estaban llegando tarde.
—Mientras no tenga un cuerpo, una prueba de muerte o una confesión, lo buscaré vivo.
Molina sonrió con cansancio.
—Eso queda muy bien delante de una cámara, inspectora. Luego llegan las horas extra, los informes de gasto y las llamadas de arriba preguntando por qué seguimos quemando recursos en un desaparecido sin una sola prueba de que siga vivo. Dejemos los idealismos para otro día.
—No estamos hablando de presupuesto.
—¡Maldita sea, sí! —exclamó, hastiado—. Siempre acabamos hablando de lo mismo en los despachos: presupuesto, recursos, horas.
Qué merece la pena y qué no. Y ahora mismo la decisión es bastante simple.
Se cita formalmente a Berenguer con su abogado, se prepara una imputación por lesiones y omisión si procede, y a Rubén Soria se le toma declaración como testigo asistido.
Lo demás… —Miró la pizarra, con cansancio agrio—.
Lo demás es seguir gastando recursos persiguiendo pings, zapatillas y pistas que no llevan a ninguna parte.
—No.
Molina levantó las cejas.
—¿Perdón?
—No voy a cerrar la búsqueda.
—No se lo estoy preguntando.
—Y yo no voy a obedecer una orden que puede poner en riesgo a un desaparecido.
Gómez cambió el peso de una pierna a otra.
Molina apoyó las manos en la mesa.
—Tiene hasta mañana a las ocho para traerme algo sólido que justifique mantener el despliegue. Algo de verdad. No quiero intuiciones, corazonadas, ni a ese —dijo, refiriéndose a Rojo—, paseándose por el pasillo. ¿Queda claro?
—Sí.
—Bien —dijo el comisario, más satisfecho—. Quiero una prueba que conecte a Rubén Soria con Álex Roldán después de que este saliera de allí vivo. Si no, reestructuramos el caso.
—¿Reestructuramos?
—Sí, claro. Daniel Berenguer como agresor principal. Rubén Soria como testigo incómodo. Álex Roldán como desaparecido adulto con posible conducta voluntaria posterior. Y usted, inspectora Agulló, dejará la dirección de la parte operativa.
Costa dio un paso.
—Eso es regalarles tiempo.
—¿A quién, Costa? Eso es impedir que una inspectora golpeada y emocionalmente implicada convierta otra investigación en una cruzada personal.
Agulló ni parpadeó.
No iba a regalarle a Molina el espectáculo de verla saltar. Pero el dardo había dado en el centro de la diana.
Lo supo por el mutismo de Bernal, por cómo desvió la vista hacia el suelo de golpe, incómoda.
Por la mandíbula de Costa, que se tensó hasta parecer granito.
Y, al otro lado de la mampara, en mitad del pasillo, Rojo irguió el cuello de súbito, como si la onda expansiva del desprecio hubiera atravesado el cristal.
Molina sabía cómo joderla.
A un jefe mediocre no le hacía falta comprender el origen de las cicatrices; le bastaba con saber exactamente dónde presionar para hacer daño.
—¡Mañana a las ocho en mi despacho! —remató Molina, recogiendo sus papeles—. Y quiero al exinspector Rojo fuera de esta Jefatura de inmediato. Si necesita un asesor, inspectora, ya me ocuparé yo de buscarle uno.
***
El comisario desfiló hacia la salida con su lacayo pisándole los talones.
Costa fue el primero en romper el hielo.
—Si me lo pides, le pincho las cuatro ruedas. A Molina, digo. A Gómez todavía no le tengo fichado el coche.
Bernal soltó una risa breve, sin ganas.
Agulló fijó los ojos en la pizarra. La nueva línea temporal, al menos, había ganado nitidez.
Reservado dos. Vídeo. Paliza. Aparición de Rubén. Álex saliendo por su propio pie. Autobús. Coche oscuro. Teléfono. Zapatilla. Maletero.
—Necesito saber qué hizo Rubén en cuanto puso un pie fuera de ese callejón —sentenció la inspectora.
El subinspector asintió, ya trabajando.
—Voy a reventar las grabaciones de las cámaras. Desde Los Olivos Club hasta Alfonso X el Sabio, a ver si reconstruimos la ruta previa al autobús. También quiero el listado de matrículas de todos sus vehículos y un volcado de antenas de telefonía en cuanto el juez nos firme la orden.
—Y nos falta la chica del reservado —añadió Bernal—. Si Claudia no nos da el nombre, alguien de la plantilla del club tiene que saberlo.
—Al tajo —ordenó Agulló, sacudiéndose el sopor—. Bernal, entra a Claudia por la vía de la seguridad, no la machaques con la culpa. Si vuelve a cantar, que sea porque ha entendido que el silencio ya no le sirve de escudo.
—Me pongo con ella .
—Costa, localízame cada maldito vehículo de Soria Control que estuviera de servicio la noche de la desaparición.
Que Ruiz no despegue los ojos de la microSD y del procesado de los vídeos.
Y de Los Olivos lo quiero absolutamente todo: contratos, cuadrantes de empleados, libro de reservas, contabilidad, proveedores de las pulseras… todo.
Costa emborronó la libreta con trazos rápidos.
—No nos va a dar la vida.
—Ya sabías dónde te metías cuando aceptaste el traslado.
—¿Y tú qué vas a hacer?
Agulló rescató la copia del testimonio de Claudia de encima de la mesa.
—Voy a echarle un ojo a esa salida de emergencias de la que ha hablado.
—¿Ahora mismo?
—Ahora mismo.
Costa la escaneó de arriba abajo: la brecha de la ceja, la mano apoyada en las costillas, las rozaduras del antebrazo.
—Ni de coña vas sola.
Agulló amagó con saltar. Se vio a sí misma soltando el bufido protector antes incluso de tomar aire. Al final, se tragó el orgullo.
—Vienes conmigo. Moviliza a la patrulla de la zona.
Bernal cerró su cuaderno de un manotazo.
—Le doy un toque a Ruiz para que priorice el desentierro de los fotogramas de anteayer.
La sala recuperó el ritmo de trabajo.
La cuenta atrás acababa de empezar.
Antes de enfilar la puerta, la inspectora repasó el extracto que Claudia había soltado y que Bernal había subrayado con un bolígrafo rojo:
«Rubén dijo que él se encargaría» .
Seis palabras.
Si a las ocho de la mañana no le ponía a Molina sobre la mesa una sola prueba que amarrara a Rubén con Álex después de ese callejón, el comisario le amputaría la investigación.
Y con esa firma, sepultaría la última oportunidad de encontrar al joven.