30. 30
A las nueve y veintidós de la mañana siguiente, Claudia Vives regresó a comisaría.
Por su aspecto, había dormido entre poco y nada. Llevaba vaqueros oscuros, un jersey blanco y el pelo recogido. No se quitó las gafas de sol hasta entrar en la sala de interrogatorios.
Su madre se quedó en el vestíbulo, rígida, con el teléfono pegado a la oreja y la voz baja. El padre no había venido. Agulló no lo interpretó como una ausencia. Bastaba con que alguien pronunciara su nombre para que todo cambiara un poco de sitio.
Bernal recibió a Claudia con un vaso de agua y ninguna pregunta. Costa esperaba al otro lado del cristal.
Agulló entró la última. La marca de la ceja empezaba a amoratarse y el costado le pinchaba cada vez que intentaba llenar los pulmones.
Había dormido poco, a ratos, sin llegar a descansar.
Cada vez que cerraba los ojos regresaban las mismas imágenes: el maletero plastificado, la zapatilla blanca, Álex bajando del autobús.
Vivo.
Fuera de alcance.
Claudia miró la herida de la ceja .
—¿Le duele?
—Sí.
La respuesta la descolocó. Quizá esperaba una frase de policía. Un «no es nada». Agulló prefirió no dársela.
—Lo de ayer… —Claudia señaló apenas la ceja—. ¿Fue por lo que dije?
—Fue por seguir una pista.
—De Los Olivos.
—Entre otras.
Claudia bajó la mirada al vaso.
Agulló dejó una hoja en blanco sobre la mesa.
No sacó fotos. No todavía. No quería que Claudia volviera a cerrarse delante de una imagen. Las imágenes ya habían hecho su parte. Ahora necesitaba que hablara.
—Ayer dijiste que Dani no era tan listo.
Claudia cerró los ojos.
—No tendría que haber dicho eso.
—Lo dijiste porque te salió de dentro.
—Me salió porque estaba nerviosa.
—Y porque era verdad.
La chica no contestó.
Bernal se inclinó apenas hacia ella. Su voz bajó medio tono.
—Claudia, no hace falta que entiendas todo ahora mismo. Solo necesitamos que nos cuentes qué pasó. Como lo recuerdas. Paso a paso y sin adornos.
—Si hablo, mi padre…
Se calló.
Agulló esperó un segundo.
—¿Tu padre qué?
—Nada.
—Tu padre no está aquí .
Claudia levantó la mirada. Tenía los ojos secos, pero demasiado abiertos.
—Eso no significa que no esté.
Bernal dejó correr el bolígrafo sobre la libreta.
Agulló permaneció inmóvil al otro lado de la mesa, dándole espacio.
—No voy a prometerte que todo saldrá bien. Te mentiría a la cara. Pero, mientras tú callas, otros deciden qué versión queda de lo que pasó con Álex.
Claudia tragó saliva.
—Álex tampoco era un santo.
—Esto ya lo has dicho. Centrémonos. Estamos hablando de lo que le pasó.
Durante unos segundos no se oyó nada más que el zumbido de la lámpara del techo. Claudia se quedó mirando la hoja en blanco, fija, como si esperara encontrar algo escrito.
—Fue en el reservado dos.
Bernal no se movió.
Agulló tampoco.
—¿En Los Olivos? —preguntó para que quedara constancia, aunque ambas lo sospechaban.
Claudia asintió.
—Había una fiesta. Dani conocía al encargado.
Rubén también. Era… no sé. De esas fiestas donde al principio todo parece normal, pero cuanto más rato estás, más raro se vuelve.
Música baja, puertas cerradas, gente entrando y saliendo sin parar.
Te daban una pulsera negra y ya parecía que formabas parte de algo importante.
Copas carísimas, chavales flipando porque los dejaban sentarse con gente mayor… Ese rollo.
—¿Gente mayor?
—Sí. Treinta, cuarenta. Empresarios. Amigos de mi padre, amigos de esos amigos… Ya sabe.
—¿Estaba Vicente Vives?
—No.
Esta vez no sonó rápida. Eso la hizo más difícil de leer.
—¿Y qué grabó Álex?
Claudia bajó la vista al vaso.
—A una chica.
Bernal levantó la cabeza.
—¿Quién era? ¿La conocías?
—No lo sé. De verdad. Era joven. Veintipocos, quizá menos. Y estaba fatal.
—¿Borracha?
—Borracha, colocada… Yo qué sé. Al principio se reía y todos seguían el juego, porque ella también se reía. Luego dejó de hacerlo. Pero ellos no.
Agulló sintió un pinchazo seco bajo las costillas.
—¿La agredieron?
Claudia apretó el vaso entre las manos.
—No lo sé.
—Claudia, por favor.
—Que no lo sé —dijo, alzando apenas la voz—. No vi todo. Fui al baño y, cuando volví, Álex estaba grabando con el móvil escondido. Dani lo vio enseguida. Se le cambió la cara. Primero le dijo que parara. Después, que borrara el vídeo.
—La frase del audio.
Claudia asintió.
—«Borra eso, Álex».
—Y Álex no lo borró.
—No. Se puso como se ponía cuando tenía miedo.
—¿Cómo?
—Desafiante. Agresivo. Empezó a decir que eran unos cerdos y unos hijos de puta, que iba a enseñar el vídeo, que a ver si tenían huevos de tocarlo. Álex hacía eso. Cuando tenía miedo, amenazaba. Era lo único que tenía.
—¿Quién estaba en el reservado?
—Dani, Iker y yo. Óscar Vidal aparecía de vez en cuando. Rubén no estaba cuando Álex empezó a grabar. Al menos yo no lo vi.
—¿Qué pasó después?
Claudia respiró por la boca, como si le faltara aire.
—Salimos.
—¿Por qué?
—Dani dijo que necesitaba tomar el aire.
—¿Era cierto?
—No. Quería hablar con Álex fuera, pero ya iba pasado de vueltas. Iker intentaba tranquilizarlo. Yo le dije a Álex que borrara el vídeo, que no valía la pena meterse en eso. Y él me llamó cobarde y niñata de mierda.
—¿Por dónde salisteis?
—Por la puerta lateral. Detrás del local hay una zona de carga, unos contenedores y una calle estrecha que da a la avenida.
Agulló colocó mentalmente las piezas. Por fin una secuencia .
—¿Qué hizo Daniel al salir?
Claudia miró la hoja.
—Dani lo empujó. Álex se rio, aunque no le hizo gracia. Le soltó que, si quería pegarle, al menos lo hiciera delante de todos. Pero ya no quedaba nadie allí. Solo nosotros. Entonces Dani se acercó y le dio un puñetazo en la cara.
La chica se señaló la parte inferior de la boca.
—Álex salió despedido contra un contenedor. O quizá contra la pared, no lo sé. El golpe sonó fuerte. Aun así, consiguió incorporarse, tambaleándose. Dani volvió a lanzarse sobre él, antes de que pudiera mantenerse en pie.
Bernal escribía despacio.
—¿Iker intervino?
—Iker gritaba que parasen.
—¿Pero intervino?
Claudia negó.
—No.
—¿Y tú?
La chica levantó los ojos.
—Yo tampoco.
Nadie le quitó de encima esa frase.
—¿Álex estaba consciente durante la pelea? —preguntó Agulló.
—Sí. Aturdido, pero consciente. Tenía el labio partido, respiraba con dificultad y no dejaba de sujetarse el costado. Pero seguía hablando.
—¿Qué decía?
—Que no iba a borrar nada. Que esta vez sí pensaba enseñarlo. Que, cuando saliera, todos se iban a enterar de quiénes eran en realidad.
—¿Tenía el móvil?
—Sí. Dani intentó quitárselo, pero Álex se apartó. Casi se cae al hacerlo.
Agulló imaginó la escena y reconstruyó los hechos mentalmente.
—¿Cuándo aparece Rubén?
Claudia cerró los ojos.
—Después de que Iker lo llamara.
—¿Rubén fue al callejón?
—Sí.
—¿Solo?
—Creo que sí. No estoy segura. Todo pasó muy rápido.
—Haz memoria.
—Lo intento, ¿vale?
Bernal carraspeó para no desviar el asunto.
—¿Qué hizo al llegar? —preguntó Agulló.
—Miró primero a Álex, tirado contra la pared, y después a Dani. No levantó la voz. Solo lo miró y dijo que era un puto gilipollas.
—¿Gritó?
—No, qué va. Precisamente por eso daba más miedo.
—¿Ayudó a Álex en algún momento?
Claudia negó con la cabeza, fija en un punto de la mesa.
—Dijo que, si llamábamos a una ambulancia, se iba a armar un buen cristo.
Que en cuanto asomara la policía empezarían las preguntas: las cámaras, los padres, las denuncias, el garito…
y que al final todos terminaríamos salpicados.
También soltó que Álex seguía en pie y que, si todavía podía tirar millas por su propio pie, podía largarse solo.
Agulló se quedó muy quieta.
—Y entiendo que se fue por su propio pie.
—Sí.
—Necesito que seas más concreta.
—Sí, se fue andando. Tambaleándose, pero andando. Hacia la avenida. Iker quiso acompañarlo, pero Rubén lo frenó en seco y le dijo que no se moviera, que lo dejara en paz. Dani seguía obsesionado con recuperar el vídeo, pero entonces Rubén dijo que él se ocuparía de todo.
Bernal dejó de escribir.
—¿De Álex o del vídeo?
Claudia levantó la mirada.
—No lo sé.
Agulló le sostuvo los ojos un momento.
Pensó que quizá ni siquiera lo supiera.
O peor: que sí lo supiera y hubiera decidido no decirlo.
—Volviendo a Álex. ¿Cuándo lo viste por última vez?
—Esa noche, en el callejón. Seguía vivo, caminaba solo y aún llevaba el móvil encima, si es lo que me van a preguntar.
—¿Rubén lo siguió?
Claudia se quedó en blanco.
—Claudia.
—Rubén se fue después.
—Especifica.
—Unos minutos, quizá. Dani se quedó con nosotros. Iker estaba llorando y no paraba de repetir que aquello se había ido de las manos. Yo solo quería largarme. Entonces Rubén nos dijo exactamente qué teníamos que decir cuando nos preguntaran.
—¿Qué os dijo?
La respuesta salió casi sin voz .
—Que Álex se había ido vivo. Y que nosotros no habíamos visto nada más.
Agulló sintió un frío seco en la nuca.
La frase encajaba en el relato como una pieza metida a martillazos para tapar el hueco exacto donde empezaban las preguntas de verdad. Álex había salido de aquel callejón respirando. Eso era cierto. Por eso funcionaba la mentira.
Claudia no estaba falseando la realidad por completo. Tampoco sus amigos. Todos se habían aferrado al mismo clavo ardiendo, repitiéndolo hasta convertirlo en un refugio legal. Álex Roldán se marchó por su propio pie y todos lo presenciaron.
Lo demás quedaba fuera del perímetro de la frase.
Fuera de la historia.
Fuera de su responsabilidad.
Y precisamente ahí, en todo lo que nadie se atrevía a poner en palabras, era donde empezaba la oscuridad total.