La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 29. 29
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La Cervecería Cantó, inasequible al desaliento, seguía con las puertas de par en par.

La barra era un campo de batalla de vasos huérfanos, servilletas estrujadas, platos a medio retirar y el ruido de conversaciones que se imponían al cansancio de la jornada.

Los azulejos blancos, curtidos por un barniz amarillento de tiempo, tapaban las paredes entre carteles antiguos y fotografías descoloridas de equipos de fútbol, fiestas populares alicantinas y clientes que tal vez ya no entraban por allí.

Tras la barra, el camarero se movía con la eficacia de los profesionales que ya escaseaban en el sector hostelero.

Deslizaba platos de sepia al ajillo, retiraba de un golpe seco los restos de un capellán y dejaba caer un par de montaditos de lomo sobre una mesa cercana, sin interrumpir la charla con dos hombres que, a aquellas horas, ya habían perdido la cuenta de las rondas.

En Alicante, la noche siempre encontraba una excusa para no rendirse del todo.

Agulló se sentó de espaldas a la pared del comedor del fondo.

Costa lo notó.

—¿Siempre tienes que elegir el sitio desde donde se ven las salidas ?

—Defecto profesional.

—Debo de ser el raro de la unidad…

Bernal se rio y pidió tres cañas, una ración de ensaladilla, otra de calamares a la romana y unos montaditos. Cuando volvió, dejó delante de Agulló una cerveza sin alcohol y un plato de ensaladilla.

—Come, jefa. Te lo has ganado.

—No tengo mucho apetito.

—Mi abuela decía que comer y rascar, todo es empezar.

Costa se sentó enfrente, con un montadito de lomo entre las manos.

—Me encanta cuando otra persona hace mi trabajo.

Agulló miró la ensaladilla.

—Os preocupáis demasiado por mí. Si digo que estoy bien y no tengo hambre, es que no la tengo.

—Esta vez no es por amor al prójimo —soltó Bernal—. Es supervivencia básica. Tu hígado y tu estómago te van a dar las gracias después de tres días viviendo a base de café de máquina y paracetamol.

—Podría ser peor.

Costa arqueó una ceja.

—Al menos lo reconoces. ¿Es por él? —preguntó el subinspector, sin rastro de burla, refiriéndose a Rojo—. Lo de cerrar el estómago, digo.

Agulló terminó soltando una risa breve, seca. Costa aprovechó para empujar el plato dos centímetros más hacia ella.

—¿Qué? No, no seas imbécil —respondió, restándole importancia—. Ya se lo he dejado clarito.

—¿El qué? —quiso saber Bernal—. ¿Que es una mosca cojonera?

—Eso para empezar. No va a meter las narices en el caso, os lo garantizo —dijo Agulló antes de tomar aire—.

Ahora bien, no puedo prohibirle que se pasee por Jefatura.

Tiene dos comparecencias judiciales pendientes y un marrón por resistencia a la autoridad, que un juez de instrucción está deseando oler.

—Pobrecito… —ironizó Bernal.

—Sí, un santo varón —remató Costa.

—Supongo que está mareando con el papeleo para preparar su defensa —zanjó Agulló—. En cuanto firme el último documento, le perderemos la pista.

Durante unos minutos no hablaron del caso.

O hicieron el intento.

Bernal desenterró una historia absurda sobre la detención de dos tipos que habían intentado okupar una casa con el dueño todavía dentro.

Costa remató la faena asegurando que había listos capaces de tragarse un móvil con tal de pillar una cama en el hospital.

Agulló probó la ensaladilla, le dio un trago a la cerveza sin alcohol y saboreó una tregua que sabía que tenía fecha de caducidad.

Por desgracia, el caso no se había movido de allí, agazapado en algún rincón de su cabeza.

Costa dejó el montadito a medias sobre el plato y se limpió los dedos con una servilleta de papel.

—Antes de irnos, he visto que mañana hay otra cita con Claudia Vives en comisaría.

Bernal no apartó la vista de su botellín.

—Sí —asintió la inspectora—. Le vamos a exprimir todo lo que podamos. Está a punto de caramelo para romperse.

—No olvidemos que es una cría.

—¿Y? Está encubriendo a alguien. Te recuerdo que es Roldán el que ha desaparecido y sus amigos saben perfectamente por qué.

—Ya, pero solo digo que...

—Ha sido un error dejar que cruzara la puerta —la cortó Agulló—. Su padre va a levantar un muro a su alrededor antes de que vuelva a abrir la boca.

—Un minuto más ahí dentro y le da un síncope —replicó Bernal—. A eso me refiero. Hay que saber cuándo soltar el sedal, jefa.

Agulló observó a la subinspectora. Tenía el mismo cansancio encima que ella, pero mantenía una expresión firme, limpia. Bernal sabía encontrar las costuras donde otros solo sabían meter presión.

—¿Creéis que sabe quién es la chica del reservado? —preguntó Costa—. La del vídeo.

—Sabe algo, seguro —sentenció Agulló—. De eso no tengo la menor duda. Lo suficiente como para estar aterrada.

Bernal bajó el tono.

—Todo sería más sencillo si tuviéramos un nombre.

Agulló no abrió la boca.

Desvió la mirada hacia el exterior.

Y entonces, al otro lado de la cristalera, vio la bronca.

Al principio solo fueron aspavientos. Había una pareja pegada a un coche mal aparcado en una calle estrecha, a escasos metros de la cervecería.

Él invadía su espacio personal como si conociera al milímetro el radio exacto en el que ella dejaba de sentirse segura.

Ella mantenía una mano apoyada en el pecho del tipo, intentando ganar una distancia que él no estaba por la labor de conceder.

A su alrededor, la vida seguía su curso.

Entonces el hombre agarró a la chica por el brazo.

Agulló dejó el vaso sobre la mesa.

Costa siguió la dirección de su mirada.

—Joder.

La chica forcejeó para soltarse. Él le siseó algo al oído, tan cerca que parecía morderle las palabras. Después la empujó contra el lateral del coche. No fue un impacto brutal, pero bastó para que la cabeza de ella rebotara contra la ventanilla.

Bernal ya tenía el móvil en la mano, desbloqueando la pantalla.

—Doy el aviso para que manden una patrulla.

Entonces llegó el bofetón.

Sonó limpio, restallante, como una tabla partiéndose en dos.

Varios clientes de la cervecería, apoltronados junto al ventanal, se quedaron congelados. El camarero levantó la vista. La chica se llevó la mano a la mejilla. Él abrió la puerta del copiloto de un tirón y la metió a empujones.

—Sala, aquí indicativo fuera de servicio —disparó Bernal, ya sobre sus pies—. Violencia de género en curso, un varón metiendo a la fuerza a la víctima en un vehículo. Necesitamos un Zeta en...

—No llegan a tiempo —dijo Agulló.

Costa ya se levantaba.

—Espera, ¿adónde vas?

Ella ni siquiera lo miró y se dirigió a la salida.

—Pillad el coche y taponad el cruce.

—¡Jefa!

El tipo rodeó el capó y se plantó al volante. El motor cobró vida con un rugido torpe, de acelerón a destiempo. La calle era un embudo, con coches a ambos lados y la salida a una vía principal al fondo. Si ganaba esa avenida, lo perderían en el tráfico.

Agulló echó a correr .

El primer paso le clavó un estilete de dolor en el costado; el segundo redobló la apuesta. A partir del tercero, el cerebro desconectó los receptores y el cuerpo se limitó a obedecer.

—¡Policía! —bramó.

El conductor la cazó por el retrovisor y hundió el pedal. El coche salió dando un trallazo, lamiendo el bordillo. Una pareja de peatones se apartó insultando. Agulló mantuvo la carrera por mitad de la calzada, con los dedos rozando la culata y el aire quemándole los pulmones.

—¡Alto! ¡Policía!

El coche no aflojó, ni siquiera al intuir el semáforo de la intersección.

De pronto, el aire se llenó de un chirrido de neumáticos.

Al fondo, un vehículo camuflado irrumpió desde una bocacalle.

Costa iba al volante y Bernal en el asiento del copiloto, con una mano apuntalada en el salpicadero y la otra aferrando la radio.

El coche cruzó el morro en diagonal justo antes de la línea de parada, bloqueando media calzada.

El hombre pisó el freno demasiado tarde.

Las gomas patinaron sobre el asfalto.

El coche quedó encajonado, atrapado entre el vehículo de Costa, una furgoneta de reparto y la acera. Dentro, la chica soltó un grito.

Agulló llegó a la altura de la ventanilla del conductor, desabrochando la funda.

—¡Las manos donde pueda verlas! ¡Ahora mismo!

El conductor descargó un puñetazo contra el volante.

—¡Quita de ahí, puta loca de mierda!

—Las manos arriba.

Él abrió la puerta de golpe, saliendo como un resorte, encendido en rabia.

—Pero tú, ¿quién coño te crees que eres ?

Agulló leyó la intención antes de que el cuerpo se moviera. No iba armado, pero iba sobrado de gimnasio, con esa suficiencia del que está acostumbrado a embestir para que el resto se aparte.

Se abalanzó sobre ella, con una mano arriba y las facciones deformadas por el odio.

Agulló midió las distancias, esquivó el primer viaje con un paso lateral y le cazó la muñeca.

Antes de que el tipo asimilara el agarre, le torció el brazo, metió la cadera y lo proyectó contra el suelo, aprovechando su propia inercia.

El hombre mordió el polvo; primero de rodillas y luego de pecho contra el asfalto.

Agulló le hundió una rodilla entre los omóplatos, el peso justo para anular la palanca, y le aseguró la articulación

—¡Policía! ¡Cállate la boca!

—¡Me estás partiendo el brazo, hija de puta!

—¡No te muevas si no quieres que empeore!

Costa apareció a su altura, respirando fuerte.

—¿Lo tienes?

—Asegurado —dijo ella, cargando un poco más el peso cuando el tipo amagó con revolverse—. Saca los grilletes y espósalo.

El agresor giró el cuello, pegando la mejilla al suelo.

—¡No sabéis con quién os estáis metiendo, zorra!

Costa se arrodilló y le cerró la segunda anilla con un chasquido más seco de lo estrictamente necesario, pero impecable según los manuales.

—Suelta otra lindeza y te recito el Código Penal a capela hasta que llegue el indicativo.

Bernal ya estaba junto a la puerta del copiloto. La abrió despacio.

La chica seguía encogida en el asiento, con el cinturón cruzado de mala manera y la mano pegada al pómulo.

No tendría más de veinticinco años; una muñeca de porcelana con el rostro encendido, los ojos vidriosos y la respiración a mil revoluciones.

Miraba a Bernal, con el pánico del que no sabe si aquello era el rescate o el inicio de un problema mayor.

—Soy policía —dijo Bernal, enseñando la placa—. Estás a salvo. ¿Puedes salir del coche?

La chica desvió la vista hacia el tipo que bufaba en el suelo.

—Estoy bien, de verdad... No ha sido nada.

Bernal no retiró la mano.

—Ya.

—¿Se lo van a llevar? Él no ha hecho nada malo, en serio...

Agulló levantó la cabeza desde su posición y se mordió el labio inferior, tragándose el sabor amargo de la impotencia. Comprendía el mecanismo. Negar la evidencia era la única forma que tenía la joven de no declarar una guerra que aún no se sentía con fuerzas para librar.

Bernal rebajó el tono, haciéndolo más humano.

—Eso lo aclararemos luego. Ahora sal del coche y toma aire.

Ella dudó unos instantes, pero luego asintió, vencida.

Costa cantó la posición por radio solicitando el furgón. Agulló se incorporó despacio, conteniendo los músculos para que el dolor del costado no se le reflejara en las facciones. El tipo seguía boca abajo, encadenado, escupiendo insultos contra el alquitrán.

—¿Estás entera? —preguntó Costa de reojo.

—Sí.

—Ya, y yo soy el comisario.

—Es superior a mis fuerzas. Me saca de quicio que los justifiquen... —soltó ella, resoplando por la nariz, cargada de bilis—. ¿Es que no ve lo que tiene delante?

—Hay barrizales que solo se entienden cuando estás metido en ellos.

Agulló guardó la pistola en la funda.

—Me importa un carajo. No hay contexto que valga. Es un puto maltratador de manual.

El Zeta asomó al final de la calle, tiñendo las fachadas de destellos azules intermitentes.

Durante un segundo, el vecindario pareció contener el aliento.

Luego, como si un director de orquesta invisible hubiera dado la entrada, las persianas empezaron a moverse y las cabezas a asomarse.

La gente miraba ya sin tapujos, con ese morbo blandengue que florece cuando el peligro está bajo control.

Bernal guio a la chica hasta la acera y le ofreció un botellín de agua.

Evitó tocarle el hombro. Sabía de sobra que el contacto físico, a veces, se percibe como otra forma de invasión.

Se limitó a quedarse ahí, inmóvil, lo bastante cerca para ofrecer un punto de apoyo, pero respetando el perímetro que la joven necesitaba para no ahogarse.

Agulló contempló la estampa a unos metros.

La patrulla de uniforme se hizo cargo del detenido.

Uno de los agentes se emparejó con Bernal para tomar nota de las identidades y los detalles del acta.

La chica repitió el mantra: que estaba bien, que solo era una discusión de pareja, pero esta vez, el final de la frase se le rompió en un hilo de voz.

Agulló respiró hondo, sintiendo más rabia que compasión.

La presión en el pecho seguía firme, instalada en el mismo sitio, como si tuviera intención de echar raíces.

Ya no le venía de nuevas. Pensó en Claudia Vives, en el interrogatorio que le aguardaba a primera hora del día siguiente en el despacho y en que el cuerpo siempre aprende las lecciones antes de que la cabeza sea capaz de procesarlas .

A veces, la única opción disponible era mantener el tipo y esperar a que la víctima encontrara la fuerza para escupir la verdad.

Y estar allí para recogerla cuando cayera.

Si es que caía.