28. 28
Claudia Vives reconoció la pulsera en cuanto la imagen parpadeó en la pantalla.
No abrió la boca, pero Agulló cazó el gesto.
Le había bastado con mostrarle el fotograma en el monitor de la Sala Dos: una captura sucia, devorada por el grano, donde solo se distinguían una muñeca, el plástico negro con letras doradas y el reflejo de un neón al fondo.
Claudia parpadeó, desvió la vista hacia su bolso y dejó su propio teléfono boca abajo sobre la mesa. Un acto reflejo.
Bernal se había sentado a un lado, marcando distancias, más cerca de la chica que de la inspectora. Costa observaba desde el otro lado del espejo espía. Rojo ni se presentó. Esta vez Agulló no tuvo que gastar saliva para dejarlo fuera.
—¿Has pisado Los Olivos Club? —preguntó Agulló.
Claudia se humedeció los labios. Un tic de manual.
—Va mucha gente de la ciudad.
—Te he preguntado a ti, Claudia.
—Sí.
—¿Con Álex?
—Alguna vez.
—¿Con Daniel?
—También .
—¿Con Rubén?
Claudia negó con la cabeza. Un segundo tarde para que resultara creíble.
Agulló guardó silencio. Dejó que la imagen congelada en la pantalla siguiera haciendo el trabajo de presión por ella.
—El reservado número dos —soltó al fin—. ¿Te dice algo?
Claudia cerró los ojos, sintiendo el golpe.
Bernal intervino, modulando la voz, jugando al poli blando.
—Claudia, creemos que Álex grabó algo en ese reservado. O que se llevó algo que no le pertenecía. Alguien quiso limpiar el rastro. Y unas horas después, Alex aparece en un autobús. Necesitamos saber qué se coció en esa sala.
—No sé nada de eso...
—No te estoy preguntando si lo sabes todo —la cortó Agulló—. Te estoy preguntando qué viste.
—No vi nada.
—Pero sabes perfectamente de qué hablo.
Claudia abrió los ojos. El brillo del llanto estaba ahí, contenido, al límite. Aguantaba. Como si llevara todo el día ensayando frente al espejo para no desmoronarse.
—Fue una fiesta privada.
—¿De quién?
—Era una fiesta privada.
—¿De quién?
—No lo sé. De Daniel. De socios suyos. Cambian de nombre cada semana.
—¿Estaba tu padre?
—No .
Disparó la respuesta demasiado rápido.
—¿Vicente Vives organiza eventos allí?
—Mi padre conoce a todo el mundo en este negocio.
—Claudia.
—Él no tiene nada que ver con Álex. De verdad.
—Entonces dime qué pasó.
Claudia apretó las manos sobre la mesa, blanqueando la piel de los dedos.
—Ustedes no tienen ni idea de cómo funciona esa gente.
Agulló acortó la distancia, inclinándose hacia delante.
—Cuéntamelo.
La chica soltó una risa breve, seca, sin pizca de gracia.
—Nadie te apunta con una pistola. Ese es el truco. Entras porque te apetece. Bebes porque te invitan. Te ríes porque todos se ríen. Y cuando la cosa deja de tener gracia, ya es tarde para bajarse de la atracción.
Bernal soltó el bolígrafo, que rodó por la mesa.
Agulló fijó la vista en Claudia. La chica no protegía un secreto; protegía a un objetivo.
—¿A quién hicieron daño en esa sala?
Claudia negó con la cabeza, cerrándose en banda.
—No puedo hablar de eso.
—¿Fuiste tú?
—No.
Lo dijo sin dudar. Agulló la creyó.
—¿Otra chica?
Claudia bajó la vista.
—¿Álex?
La reacción fue inmediata.
—Álex tampoco era ningún santo.
—No te he preguntado eso.
—Pues parece que sí. Parece que quieren convertirlo en otra cosa.
—Queremos saber por qué acabó herido, en un autobús.
Claudia tragó saliva.
—Al principio se reía. Igual que los demás. Quería entrar, quería grabar, presumir de que estaba allí con ellos. Luego le cambió la cara.
—¿Por qué?
—Porque dejó de parecerle gracioso.
Agulló mantuvo la voz baja.
—¿Grabó con su móvil?
—Creo que sí.
—¿Quién le dijo que borrara el vídeo?
Claudia miró hacia el espejo. Se quedó allí un segundo, como si al otro lado pudiera estar cualquiera.
—Daniel.
—¿Solo Daniel?
Claudia no contestó.
Bernal empujó el vaso de agua hacia ella.
—Claudia, alguien ha atacado a la inspectora Agulló después de seguir esta pista. No estamos hablando de una fiesta que se fue de las manos.
La chica miró la ceja herida de la inspectora y luego desvió la mirada.
—¿Por el vídeo?
—Por acercarnos a él —dijo Agulló.
La chica se pasó las manos por la cara.
—Daniel perdió la cabeza. Álex decía que no iba a borrar nada. Que, si volvían a hacer algo así, lo haría público.
—¿Algo así como qué?
—No puedo contarlo.
Agulló dejó pasar unos segundos. Si apretaba más, Claudia iba a cerrarse del todo.
—¿Rubén Soria estuvo en Los Olivos?
Silencio.
—¿Rubén Soria apareció después de la pelea?
La chica levantó la cabeza.
—Yo no he dicho eso.
—Tampoco has dicho que no.
El móvil de Claudia vibró sobre la mesa.
Esta vez no llegó a taparlo.
Papá.
Agulló miró la pantalla. Claudia también, pero apartó la vista enseguida.
—¿Cuántas veces te ha llamado hoy?
—No lo meta en esto.
—No he sido yo quien ha llamado tres veces durante una declaración.
—Mi padre no sabe nada.
—¿Nada de qué?
Claudia apretó el móvil con los dedos.
—De esto.
—¿De la fiesta? ¿Del vídeo? ¿De Álex? ¿O de lo que pasaría si hablabas?
La chica no contestó. Apagó el teléfono y lo dejó boca abajo, como si así pudiera sacar a su padre de la sala.
Agulló retiró el fotograma de la pantalla.
—Una última pregunta .
Claudia se quedó inmóvil.
—No me contestes rápido. Piénsalo bien. ¿Quién tenía más que perder con ese vídeo? ¿Daniel, Rubén o tu padre?
La chica tardó unos segundos en hablar.
—Daniel es un imbécil y un bruto —susurró—. Pero Daniel no mueve a tanta gente.
Eso fue todo.
Fuera, Costa esperaba junto al cristal, con el gesto cerrado.
—Tenemos algo.
—Lo sé.
—No me refiero a eso —dijo Costa—. Lo del maletero acaba de salir positivo.
Agulló se volvió hacia él.
—¿Sangre?
—Eso parece. Muy poca. Y las fibras azules podrían ser de vaquero.
Agulló miró a través del cristal. Claudia seguía sentada en la sala, con el móvil apagado entre las manos.
—¿ADN?
—Va para largo.
—Ya. ¿Y la zapatilla?
—Están comparando el barro. Todavía nada.
Bernal salió detrás de ella y cerró la puerta con cuidado.
—Claudia está al límite.
—Que descanse por hoy —dijo Agulló, sin mostrar simpatía por la chica—. Mañana volveremos a intentarlo. Con un abogado, si hace falta. Pero pienso sacarle lo que sabe.
Al final del pasillo, Rojo esperaba junto a la máquina de café, con dos vasos de plástico y un montón de documentos bajo el brazo. Le tendió uno que aún estaba caliente.
Agulló lo miró.
—¿Ahora eres el chico de los recados?
—Solo llevo cafés aguados.
—No me fío de los hombres que traen café a cambio de nada.
—Haces bien.
Aun así, lo aceptó. Estaba malo, como todos los que salían de esas máquinas. Demasiado caliente y con un sabor vago a quemado. Así y todo, le vino bien.
—¿Cómo es que todavía sigues por aquí?
—Recordarás lo lenta que es la burocracia… cuando ya no formes parte de ella. —Rojo miró hacia la sala dos—. ¿Ya la has destrozado?
—No destrozo a nadie —corrigió Agulló—. Solo ayudo a descomprimir lo que llevan dentro.
—Ajá. Ahora lo llamáis así. ¿En qué se está convirtiendo esto?
—¿Qué quieres, Rojo?
—No buscaban el teléfono para localizar a Álex.
Agulló sostuvo el vaso entre las manos.
—No.
—Buscaban lo que había dentro.
Costa llegó a tiempo de oírlo.
—El vídeo.
Rojo asintió.
—O la prueba de que existía uno en el dispositivo.
Agulló volvió la vista hacia Claudia. La chica no se movía. Tenía el móvil apagado delante, como si todavía pudiera sonar.
—Por eso dejó de ser una pelea y empezó a ser un problema para alguien con mucho que perder —dijo Agulló y volvió la vista hacia Claudia.
Durante días habían seguido señales, llamadas, vídeos y rastros que parecían decirles que Álex aún podía estar en alguna parte.
Ahora la desaparición empezaba a parecer menos una incógnita y más una consecuencia.
Todo apuntaba hacia aquel reservado.
Lo que había pasado dentro.
Y el móvil con el que Álex, durante unos minutos, había podido demostrarlo.