La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 27. 27
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El coche apestaba a algo que la química no había conseguido tapar.

Agulló lo supo antes de que el fotógrafo de la Científica hiciera saltar el primer flash.

Habían volcado la lejía con prisa, a lo bruto, confiando en que una capa sepultara la otra.

Debajo, la moqueta original era una sombra.

En una esquina, junto al paso de rueda, resistía un cerco oscuro que el cloro no había logrado disolver del todo.

Costa se puso de cuclillas al lado del técnico.

—Dime algo que pueda usar sin que luego me lo niegues en un informe.

El técnico no levantó la cabeza.

—Te diré que cierres la boca y me dejes trabajar.

—Gracias por tu simpatía.

Agulló observaba desde dos metros. Le dolía el costado al respirar y el antebrazo derecho le latía con cada movimiento.

La ambulancia había insistido en llevarla al hospital, pero ella aceptó una cura rápida, dos puntos de aproximación en la ceja y la falsa promesa de hacerse una placa si el dolor empeoraba.

Costa no discutió allí.

¿A quién iba a engañar ella ?

Eso era lo que decía su cara.

El compañero se guardó los reproches para más tarde.

—No es el coche de Rubén —le dijo—. Si es el de alguna cámara, lo han dejado irreconocible.

Agulló estudió el vehículo. Compacto, diez o doce años, pintura negra comida por el sol, sin matrícula delantera y con la trasera arrancada de mala manera.

Encajaba con la descripción, pero no era ese.

En el asiento del copiloto había restos de polvo blanco, un ambientador de pino y una brida cortada bajo la alfombrilla.

—Este coche no está para circular —dijo ella.

—Lo han usado para transportar algo —comentó Costa, dejando caer la frase demasiado cerca del maletero.

El técnico de la Científica levantó la vista.

—Hay algunas fibras adheridas al plástico. No muchas. Parecen de una prenda oscura, quizá algodón. También he encontrado dos pelos. Y esto.

Sacó con pinzas un fragmento mínimo de cinta adhesiva pegado al interior del maletero. En la superficie, apenas visible, había una hebra azul.

Agulló pensó en la chaqueta vaquera de Álex.

En la zapatilla.

En el chico de la gasolinera caminando a la 1:41.

No dijo nada.

Costa, sí.

—¿Sangre?

—Todavía no hay presuntivo —dijo el técnico—. Y hasta que el laboratorio lo confirme, eso es solo una mancha.

—Nadie está emocionado.

El técnico lo miró.

—Mejor.

En ese instante, Rojo apareció en su Ford Focus y aparcó lo bastante lejos del cordón policial como para no regalarle a nadie una excusa inmediata. El resto de la unidad lo vio llegar. Bajó del coche y se quedó junto a la cinta, con las manos en los bolsillos.

¿Casualidad?

¿Pasaba por allí?

Agulló no necesitó hacerse demasiadas preguntas. Su presencia ya lo decía todo, con aquella mirada de inspector de la vieja guardia, que no podía evitar seguir el olor de una escena abierta.

Alguien le había dado un soplo.

El móvil roto de Agulló estaba en una bolsa aparte. La pantalla no respondía. Los agresores habían intentado llevárselo y eso le escocía más que los golpes.

—Si hubieran querido matarte —dijo Costa—, lo habrían hecho.

Agulló no apartó la vista del maletero.

—Querían mi teléfono.

—Y ver hasta dónde sabías.

Costa se incorporó despacio.

—Tenemos que centrarnos en el móvil del chico y volver a lo importante.

Durante unos segundos, solo se oyó el plástico moviéndose bajo las manos del técnico.

Agulló miró el maletero y pensó en el teléfono de Álex. Hasta ese momento lo habían tratado como una pista, como una forma de seguirle el rastro. Pero, si allí dentro estaba la grabación de aquella sala, el teléfono era otra cosa .

Era el motivo.

—Si lo tienen —dijo Costa—, ya habrán borrado lo que hubiera en él. No creo que sean tan idiotas.

—Depende —respondió Agulló—. Si Álex lo subió a la nube, si lo mandó a alguien o hizo una copia, borrar el móvil no les sirve de mucho.

—Entonces, por eso siguieron entrando en su cuenta.

—Para saber si había algo más. Y dónde.

—Y por eso alguien se conectó desde la wifi de la cafetería a las seis de la mañana —añadió Costa—. No buscaban al chico. Buscaban lo que el chico había dejado atrás.

El técnico carraspeó.

—Antes de que os montéis otro caso encima del caso, hay otra cosa.

Señaló el lateral del maletero. En el plástico, casi en el borde, había una marca de barro seco con un dibujo parcial de suela.

—No es una huella completa —dijo—. Pero el patrón puede compararse con un calzado. Si tenemos la zapatilla del parque de Lo Morant, quizá podamos ver si comparten barro o superficie.

Costa se quedó quieto.

—¿La zapatilla pudo viajar en el maletero?

—He dicho comparar. No escribir una novela.

Agulló sintió un frío incómodo.

Si la zapatilla había pasado por aquel maletero, entonces no era un rastro de huida.

Alguien la había colocado donde quería que la encontraran.

—Mierda… —murmuró al darse cuenta de que casi había mordido el cebo.

El comisario Molina llegó diez minutos después, con Gómez detrás y cara de haber venido a levantar acta antes que a entender nada. Miró el garaje, la cinta, el coche, la sangre seca en la ceja de Agulló y empezó por lo de siempre.

—¿Quién ha autorizado esto sin esperar refuerzos?

Costa dio un paso.

Agulló habló antes.

—Yo.

—Claro. —Molina miró a Rojo—. ¿Y él qué pinta aquí?

Agulló notó la pregunta como una trampa pequeña, de las que Molina disfrutaba más de la cuenta.

—Nada —dijo—. Está fuera del cordón.

—Claro. Qué sorpresa.

—Y va a seguir ahí.

Molina soltó una risa seca.

—Muy bien.

Gómez se acercó al maletero sin cruzar la cinta.

—¿El coche tiene relación directa con Álex?

—Todavía no —dijo Agulló.

—Entonces, por ahora, tenemos una agresión a una inspectora y un coche abandonado que alguien ha intentado limpiar.

—Y una advertencia sobre la sala privada —dijo Costa.

Molina lo miró.

—Subinspector, lo que diga un encapuchado mientras golpea a una policía no nos va a sostener nada delante de un juez.

Agulló dio un paso hacia él. El costado le respondió con una punzada.

—No hace falta un juez para saber que nos estaban esperando.

—Lo que yo sé es que ha vuelto a meterse donde no debía, sin cubrirse las espaldas —respondió Molina, fijándose en cómo se protegía el costado—. ¿Qué hace aquí y no con un médico?

Rojo soltó una risa baja.

Molina giró la cabeza.

—Usted mejor no hable. Su presencia no es grata.

—Me lo dicen mucho.

—Gómez, anote la presencia del señor Rojo en la escena.

Gómez bajó la vista a la tableta.

Agulló sintió que el cansancio empezaba a convertirse en rabia.

—Anote también que, mientras discutíamos si podíamos movernos o no, alguien tuvo tiempo de preparar esto.

Molina se acercó un poco más.

—No me cargue a mí su imprudencia.

—No. La suya ya pesa bastante.

El silencio fue breve.

Costa recibió una llamada y se apartó dos pasos de la disputa.

—Es Ruiz —dijo, tapando el micrófono—. Ha sacado otra miniatura del archivo de la carpeta «Sala».

Agulló levantó la mirada.

—Ponlo en altavoz.

Costa activó el manos libres.

La voz de Ruiz llegó con ruido de teclado de fondo.

—Os aviso. Esto no mejora el día.

—Eso ya lo teníamos asumido —dijo Costa.

—He rascado tres fotogramas más del archivo de anteayer.

Siguen muy pixelados, pero en uno se distingue una pared con un tubo de neón.

Solo se leen las dos últimas letras: OS.

Debajo hay un logo; puede ser una corona o un trébol, no lo tengo claro.

Y asoma una muñeca con una pulsera VIP negra y letras doradas.

He cruzado la pulsera con fotos públicas de garitos y encaja en varias imágenes de Los Olivos Club, en la zona del puerto. Reservados privados.

Gómez levantó la vista.

Agulló captó el gesto.

Los chavales habían mentido. Nunca habían estado en La Musa, como habían afirmado en la declaración oficial.

—Repite el nombre —dijo la inspectora.

—Los Olivos Club —contestó Ruiz—. Tiene reservados. El dos se alquila para cumpleaños, afters, cenas de empresa... ese tipo de cosas.

Costa miró a Agulló.

—Reservado dos.

Rojo ya no sonreía.

Molina recuperó la voz.

—Eso no prueba nada.

Agulló miró a Gómez.

Luego al maletero plastificado.

—No —dijo—. Pero ya nos dice por dónde no querían que miráramos.