La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 26. 26
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El golpe le entró en el costado y le arrancó el aire. No vio con qué la habían golpeado; solo notó algo duro, pesado, quizá envuelto en tela. Chocó con una columna, buscó el arma por instinto y el segundo impacto le cayó sobre el antebrazo.

Los dedos se le abrieron.

La pistola golpeó el suelo, rebotó una vez sobre el cemento y se deslizó bajo una estantería cargada de cajas y piezas oxidadas.

Durante un instante, el garaje desapareció.

Solo quedó el fogonazo de una memoria que no había pedido: una hoja de acero brillando demasiado cerca de su cara, el olor agrio del miedo y el peso de un cuerpo desplomándose sobre ella.

El tercer golpe llegó antes de que pudiera apartar aquel recuerdo. Agulló se dejó caer y rodó hacia la derecha.

La barra de hierro pasó por donde había estado su cabeza una fracción de segundo antes.

Una figura encapuchada cruzó junto a ella. Otra cerró la puerta de entrada con un golpe seco que resonó en todo el taller.

Eran dos.

Vidal ya no estaba a la vista .

—Quietecita.

La voz era masculina y joven. No parecía la de Daniel, ni la de Rubén.

Agulló lanzó el talón contra la rodilla del más cercano. El crujido fue seco y el hombre gruñó, tambaleándose lo suficiente para que ella intentara levantarse.

No lo consiguió.

El segundo le golpeó la espalda con la contundencia de un martillo.

Agulló se dobló y cayó de costado contra el suelo.

El impacto descargó todo su peso sobre el hombro.

El aire se le escapó de los pulmones en un siseo.

Solo quedó el polvo arenoso en la boca y un latigazo eléctrico que le subió por las cervicales hasta la base del cráneo.

El móvil saltó de su bolsillo y rebotó contra el suelo. La pantalla se iluminó, dividida por una grieta que recordaba a un rayo. En ese destello, Agulló alcanzó a ver el mapa, su posición exacta y el nombre de Costa parpadeando en una llamada perdida.

Luego la pantalla se apagó.

Uno de los encapuchados se agachó para cogerlo.

Agulló tanteó el suelo a ciegas, con la respiración entrecortada. Sus dedos encontraron algo: una pieza metálica, fría, con el peso denso del acero industrial. No lo pensó. Giró la muñeca y la lanzó con lo poco que le quedaba de energía.

El hombre reaccionó tarde.

El metal impactó contra su antebrazo con un golpe sordo. Su mano se abrió por puro instinto y el móvil salió disparado, golpeó el pavimento con un chasquido y quedó inerte entre la basura.

—¡Hija de puta!

Entonces oyó la voz de Costa desde fuera.

—¡Agulló !

Uno de los encapuchados se volvió hacia la entrada. El otro reaccionó antes: empujó una caja al suelo y la hizo caer en medio del paso. Vidrio, metal, piezas de motor. El ruido rebotó contra las paredes del garaje.

Agulló buscó su arma. La vio al fondo, bajo la estantería: una forma negra y fría, apenas visible entre el polvo acumulado y un puñado de tornillos olvidados.

Estaba demasiado lejos.

El encapuchado también la había visto.

La inspectora no calculó las consecuencias. Se lanzó contra él. Se hundió en su cintura con un esfuerzo desesperado y ambos chocaron con el coche cubierto por la lona vieja. El impacto levantó una nube de polvo gris que quedó suspendida en el aire viciado.

Ella le hundió el codo en la garganta. Él respondió con un jadeo sordo antes de agarrarla del pelo y tirar hacia atrás con una fuerza brutal.

Entonces, la puerta trasera chirrió.

Óscar Vidal apareció desde el patio y se detuvo en seco. Miró a Agulló. Luego a los hombres enmascarados. Llevaba la gorra torcida y el rostro de un tono grisáceo, como si acabara de comprender demasiado tarde qué había puesto en marcha.

Fuera lo que fuese aquello, no era algo que hubiera previsto. Ni siquiera él parecía capaz de contener el caos que acababa de desatarse.

—¡Corre, hostia! —gritó uno de los encapuchados.

Vidal salió disparado.

Agulló intentó apartarse, pero el segundo atacante le alcanzó el muslo con una patada. La pierna cedió y cayó de rodillas, apoyándose en el suelo para no desplomarse del todo.

El hombre se inclinó sobre ella.

—Dile a tu jefe que pare. Ya sabe por qué .

Ella levantó la cabeza. Solo alcanzó a ver la capucha, la sombra de la mandíbula, la mano que venía hacia ella.

Después, el empujón.

Cayó contra el suelo y oyó los pasos que se perdían por la puerta trasera.

Costa entró por la principal con el arma levantada.

—¡Policía! ¡Al suelo!

Ya no quedaba nadie.

Agulló intentó incorporarse. El costado le cobró el precio con una punzada seca que le cortó la respiración a mitad de camino. Se quedó inmóvil un segundo, esperando a que el dolor remitiera.

Costa cruzó el taller con el arma en posición de guardia, echó un vistazo rápido por la salida trasera y regresó sobre sus pasos.

—No te muevas.

—Vidal ha salido por atrás.

—Ya lo sé. Ahora dime dónde te han dado.

—Estoy bien.

Costa repasó la ceja abierta, el labio hinchado, el brazo que mantenía rígido contra el cuerpo y la manera en que dosificaba cada respiración para no castigar más el costado.

—Claro. Estás estupendamente.

—El Zeta tiene que cerrar la calle.

Costa ya hablaba por radio.

—¡Necesito unidades en la parte trasera del taller! Dos encapuchados a la fuga y un varón identificado como Óscar Vidal. ¡Cerrad Tucumán y las salidas hacia Garbinet! ¡Enviad una ambulancia!

Agulló lo miró.

—No hace falta que pidas una ambulancia .

Costa cortó la transmisión y se agachó frente a ella.

—¡No empieces, joder!

—Estoy consciente.

—Y sangrando.

—He estado peor.

—Eso no te arregla el día.

Agulló desvió la mirada y recogió el móvil roto. La pantalla partida parpadeó un segundo y volvió a fundirse a negro.

—Han intentado llevárselo.

Costa siguió la dirección de sus ojos.

—¿El móvil?

—Uno de ellos ha ido directo a por él.

—Querían dejarte sin GPS.

—Qué gracioso eres.

Costa comprobó el teléfono y luego la puerta trasera por donde habían escapado.

—Entonces sabían que ibas a venir.

Agulló miró alrededor y entendió la trampa en la que habían caído.

Contaban con que siguiera a Vidal.

También con que no esperara al Zeta.

Costa se levantó y buscó bajo la estantería. Recuperó la pistola de Agulló con cuidado, comprobó el seguro y la dejó sobre una bandeja metálica, lejos del paso.

—El de la gorra nos ha traído hasta aquí.

—Vidal —corrigió Agulló.

Costa la miró.

—El de la gorra.

Ella tomó aire con cuidado. El dolor le atravesó el costado al hacerlo.

—Sí. Nos ha traído hasta aquí .

—Joder, necesitas un médico.

—Me pondré bien, ¿vale? Ese cabrón conocía el sitio.

Costa miró hacia la puerta trasera.

—Sea como sea, les ha funcionado.

La lona se había desplazado durante el suelo, revelando un armazón metálico bajo la mugre. Agulló se acercó. Había una placa de matrícula vieja en el suelo, costras de barro seco bajo el parachoques y una mancha oscura, demasiado mate para ser aceite de motor.

—Se han dejado un regalo —murmuró la inspectora.

Costa siguió la dirección de su mirada. El taller quedó sepultado en un silencio denso, cargado de motas de polvo en suspensión. Agulló dio un paso al frente y aferró la lona.

—Ni se te ocurra —soltó Costa.

—Solo es la tela.

—Jefa, no.

Agulló ignoró el aviso. Tiró con suavidad. El polvo subió como un espectro antes de disiparse sobre una berlina oscura, oculta bajo aquel sudario.

No era el Seat de Rubén Soria.

El maletero estaba entornado, vacío. El interior aparecía forrado con un plástico transparente, tenso y sellado con una precisión obscena. Excesivamente profesional para ser un apaño de última hora.

La mente de Agulló disparó un recuerdo: Rafael Roldán, la noche anterior, inclinado sobre un coche oscuro. La ventanilla bajando apenas unos dedos, la luz de una farola muriendo contra una matrícula que ella nunca llegó a leer.

El olor le golpeó la nuca antes de que pudiera procesarlo.

«Lejía» .

Un aroma agresivo, químico, demasiado reciente para ser una limpieza rutinaria.

—Joder —susurró Costa.

Agulló se inclinó sobre el maletero. No tocó nada. Sus ojos recorrieron el plástico. Las esquinas estaban selladas con cuidado y el fondo se mostraba impoluto.

—Llama a la Científica.

Costa ya tenía el dedo sobre el botón de la radio, adelantándose a la orden.

—Y a Gómez —añadió ella—. Haz que pase por registro oficial antes de que Molina intente clasificar esto como una «conducta voluntaria compleja» y lo archive en el limbo.

Costa la miró.

—¿Puedes estar dos minutos sin morder a nadie?

—No.

Mientras Costa transmitía las coordenadas por la radio, Agulló se quedó suspendida en el vacío. El brazo le latía, la ceja le ardía y cada bocanada de aire era un compromiso que le costaba esfuerzo. El dolor, sin embargo, se había distanciado; era una vibración ajena, el problema de otra persona.

Lo único real en aquel taller era la lejía, el plástico y la silueta de aquel coche.

La patrulla entró por el acceso principal con las armas en la mano. Costa levantó una palma para frenarlos.

—Llegáis tarde. Pero al menos lo hacéis con estilo —murmuró.

Agulló no sonrió .

Recorrió con la mirada el coche, la puerta trasera abierta, el rastro interrumpido de la huida.

—Esto confirma que no estábamos apuntando en la dirección equivocada.

Costa cortó la transmisión y se acercó a ella.

—Confirma que nos estaban esperando.

Agulló sostuvo su mirada. No podía negarlo. Volvió a observar el forro de plástico, aquel lienzo de polietileno esperando un cadáver.

—Entonces dejaremos de correr —sentenció—. A partir de ahora, seremos nosotros quienes esperemos.

Costa respiró por la nariz, todavía enfadado.

—Qué bonito.

—¿Qué?

—Que lo digas ahora.

Fuera, el eco de las sirenas empezó a morder el silencio de la calle. Dentro, el olor a lejía seguía adueñándose del aire, ganándole la partida a la grasa y a la sangre seca.

Alguien había intentado esterilizar el pasado.