La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 25. 25
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Óscar Vidal no corría como un tipo que huyera de la policía por primera vez.

Salió con ventaja suficiente para obligarlos a quemar suela, pero no tanta como para descolgarlos.

Al cabo de unos metros empezó a medir el esfuerzo.

Miraba atrás con demasiada frecuencia, como si necesitara comprobar algo más que la distancia que los separaba.

Titubeaba en las esquinas. Corría por calles que no parecían escogidas al azar.

Agulló lo siguió por la acera. Esquivó un contenedor volcado y oyó la voz de Costa a su espalda, amortiguada por el tráfico.

No redujo la marcha.

El Zeta no debía de estar lejos. Y Vidal seguía a la vista.

De momento, eso era suficiente.

—¡Policía! —gritó—. ¡Vidal, párate!

Pero el sospechoso no obedeció.

Giró entre dos naves bajas sin volver la cabeza. Agulló se metió tras él y, a los pocos pasos, la calle quedó atrás. El tráfico se apagó, sustituido por el eco de sus pisadas contra el cemento.

Oyó un frenazo a su espalda y la voz de Costa maldiciendo. Una furgoneta salía marcha atrás desde un garaje y le había cortado el paso .

Agulló siguió.

Antes de llegar a la puerta, percibió el olor.

Primero le llegó la grasa vieja. El metal. El aire estancado de un taller cerrado durante demasiado tiempo.

Debajo de todo eso, casi oculto pero inconfundible, estaba el olor reciente de la lejía.

Las persianas estaban bajadas a ambos lados. Al fondo, una puerta mal cerrada dejaba escapar una luz débil sobre la rampa del garaje. En la pared, un piloto permanecía encendido.

Agulló redujo el paso.

La moto había estado demasiado expuesta. Vidal había corrido demasiado tarde. Y aquel sitio no parecía un escondite improvisado, sino una trampa con la boca abierta, esperando a que alguien entrara.

Entonces Vidal cruzó la puerta y se desvaneció.

Agulló llegó a la entrada con la mano rozando la culata de la pistola y clavó los pies. El impulso la empujaba a entrar. Los años en la calle le ordenaron esperar.

Escuchó primero.

El silencio era aterrador.

Luego asomó la cabeza lo justo para hacer una composición de lugar.

Un taller amplio, sumido en una penumbra grasienta. Dos columnas de carga. Cajas apiladas contra la pared. Un coche cubierto por una lona gris. Al fondo, una salida trasera abierta hacia un patio por donde se colaba una luz mortecina.

Nada se movía. Nada sonaba. Óscar Vidal se había esfumado.

Y Costa seguía sin aparecer.

—¡Vidal! —dijo Agulló—. ¡No hagas más tonterías!

Algo se movió a su izquierda .

Pero ella se giró tarde.