24. 24
Al día siguiente, después de que Ruiz pasara media mañana limpiando el audio, la voz seguía sin bastar como prueba para detener a nadie, pero sí para poner en marcha a toda la unidad.
El archivo aún arrastraba música baja, golpes de graves, un zumbido de ventilación y voces superpuestas. Pero la frase principal ya no dejaba demasiado margen a la duda.
—Borra eso, Álex.
La habían escuchado tantas veces que había dejado de sonar como una frase aislada. Ahora parecía una amenaza directa.
Agulló permanecía de pie frente a la pantalla de la sala técnica.
Costa, a su lado, tenía los brazos cruzados y la cara de quien ya no distinguía el sueño de la irritación.
Bernal observaba desde una silla, con la libreta abierta sobre las rodillas.
Ruiz, sentado ante el ordenador, parecía más despierto que cualquiera de ellos.
—¡Otra vez, no! —dijo Costa—. La hemos oído hasta en sueños.
Ruiz no le prestó atención y reprodujo el audio completo.
Primero llegó el ruido: música baja, voces mezcladas, una risa breve. Luego algo golpeó una superficie metálica y el audio pareció abrirse durante un instante. Ahí apareció la frase masculina, clara entre el desorden. Después, casi sepultada por el fondo, llegó la respuesta de Álex.
—Ni de coña.
Ruiz lo pausó.
—He sacado tres capas útiles: la voz, el fondo y algo más. El patrón de compresión del vídeo. Ahí es donde el asunto empieza a ponerse raro.
Agulló lo miró.
—Empieza por lo que puedas demostrar.
—El vídeo original no se grabó con el portátil. Llegó al portátil desde un móvil, copiado mal o de forma interrumpida. Los archivos de la carpeta «Sala» no se crearon ahí. Fueron volcados.
Costa se inclinó hacia la pantalla.
—¿Desde el móvil de Álex?
—No puedo afirmarlo —dijo Ruiz—, pero el patrón encaja con un móvil Android y una aplicación de mensajería. No parece una grabación directa de cámara.
—¿Le mandaron los vídeos?
—O los copió él desde otro sitio. O los sacó de un chat.
Ruiz abrió una miniatura recuperada. En la imagen se veía una pared oscura, un sofá bajo y una luz rojiza que apenas dejaba distinguir los detalles.
En un extremo aparecía parte de un cartel cortado; solo se leían dos letras: OS.
Junto a él había una figura borrosa, sin rostro reconocible, pero con una pulsera metálica en la muñeca.
Delante, sobre una mesa, quedaban varios vasos.
—No me digas que esto es todo —dijo Costa.
—No. Esto es todo lo visible. Lo útil está en el sonido.
Ruiz subió un fragmento. En el fondo, antes de la frase, se oía una voz femenina cantando una palabra en inglés. Luego llegaba un golpe seco y, muy por debajo, una especie de anuncio automático.
—...servado dos... acceso privado.
Bernal levantó la cabeza.
—¿Acceso privado?
—Eso he entendido —dijo Ruiz—. Aunque podría ser «reservado dos, acceso privado». El algoritmo no lo tiene claro. Yo tampoco.
Agulló miró la imagen.
—Sala privada.
El nombre de Óscar Vidal no apareció a la primera. Hubo que arrancarlo de chats viejos, contratos menores, multas de tráfico y relaciones que nadie parecía interesado en reconocer.
—He cruzado «reservado dos», «acceso privado», música ambiente y locales con cámaras interiores —dijo Ruiz—. No es concluyente, pero aparece un nombre repetido en dos chats de Álex: Óscar Vidal. Alias Chispa.
Costa hizo memoria.
—Chispa Vidal. Me suena.
—Antiguo relaciones públicas. Ahora hace recados para locales. Tiene una detención por resistencia, varias identificaciones por trapicheos menores y una denuncia por amenazas que acabaron retirando. También trabajó como portero eventual para Soria Control y Eventos.
Agulló fijó la vista en la pantalla.
—Rubén.
—La conexión es indirecta —dijo Ruiz—. No lo metas en una rueda de reconocimiento por mi culpa.
Costa ya buscaba en la tableta.
—Óscar Vidal estuvo contratado en tres eventos en los que también aparece Daniel Berenguer, como invitado o acreditado. Y en una fiesta privada patrocinada por Vicente Vives hace dos meses.
Bernal cerró la libreta.
—Claudia dijo que no podíamos protegerla de ellos. ¿Creéis que se refería a esta gente?
—Cada vez hay más gente en ese «ellos» —comentó Costa.
Agulló no apartaba la vista del nombre.
Óscar «Chispa» Vidal. Un enlace menor. Quizá testigo, quizá cebo. No parecía capaz de organizar un encubrimiento, pero sí de saber demasiado sobre la gente que podía hacerlo.
—¿Dónde está? —preguntó.
Costa amplió una ficha.
—Último domicilio conocido, calle Teulada. Pero una patrulla pasó hace una hora por otro asunto y no lo localizó. Tiene una moto a su nombre. Multas recientes cerca de unos talleres en Carolinas Bajas. Calle Garbinet, trasteros, garajes, locales cerrados...
Agulló miró el mapa.
Garbinet.
Novelda.
Lo Morant.
Virgen del Remedio.
La misma zona de la ciudad aparecía una y otra vez.
—Vamos para allá.
Bernal se levantó.
—Voy contigo .
—No. Tú localiza a Claudia Vives otra vez. Quiero saber si reconoce el nombre de Chispa, sin enseñarle ninguna ficha. Costa viene conmigo.
Costa alzó las cejas sorprendido y con cierta alegría cogió las llaves.
La puerta se abrió antes de que salieran. Molina entró primero, con el gesto tenso. Detrás apareció Gómez, la tableta contra el pecho y la mirada prudente de quien ya sabía que llegaba en mal momento.
—¿Dónde van? —preguntó Molina.
—A hablar con un posible testigo.
—¿Otro? Demonios, inspectora...
—Es lo que tienen las investigaciones, comisario. Nunca se quedan en una sola persona.
Gómez miró la pantalla.
—¿Ese nombre viene de los vídeos dañados?
Agulló se volvió hacia él. No era una mala pregunta, pero Gómez la había hecho demasiado pronto.
—Viene de varias piezas —respondió.
Molina se acercó a la mesa.
—Necesito que entiendan algo. Desde Jefatura quieren que paremos un poco. No podemos ir detrás de cada nombre que aparece. Tenemos a un desaparecido adulto, un ordenador con material preocupante, una posible fuga voluntaria y demasiadas líneas abiertas.
—Tenemos a un chico vivo y herido en un autobús.
—Hace tres noches.
Costa levantó la mirada.
—No lo dé por perdido por eso.
—No lo doy por perdido —respondió Molina—. Intento que no movamos media unidad cada vez que aparece un nombre nuevo. Vidal puede ser una pista o puede no ser nada .
—Alguien está tocando las pruebas —dijo Agulló—. Y cada vez que nos acercamos, alguien intenta frenarnos.
Gómez intervino con cautela.
—Inspectora, si Vidal tiene algo que contar, quizá sea mejor citarlo formalmente. Ir a buscarlo por los talleres puede asustarlo.
—Si está en Garbinet y no en su casa, ya está asustado, ¿no te parece?
Agulló cogió la carpeta y salió.
***
Costa la alcanzó en el pasillo.
—Menudo gilipollas... Otro lamebotas de Molina.
—A mí tampoco me cae bien.
—Ha preguntado por los vídeos demasiado rápido, ¿no crees?
—Sí.
—No sé si es torpeza o alguien le ha pedido que mida lo que sabemos… Y Molina ha aparecido justo cuando teníamos un nombre. Dime que es otra casualidad.
—También lo sé.
—Y vamos solo nosotros dos.
Agulló se paró en seco.
—¿Qué te da miedo?
—¿A mí? Nada.
Agulló visualizó a Rafael Roldán evaporándose junto a ese coche negro la noche anterior. No le apetecía volver a contemplar una calle desierta.
—¿Quieres pedir refuerzos?
—Eres tú quien manda, jefa. No quiero entrar a ciegas, eso es todo.
Ella lo miró .
Costa no lo decía por protocolo. Era un cóctel de compañerismo, amistad y algo más que le tapaba la boca. Pero, sobre todo, le agobiaba que Agulló se aferrara a cualquier pista que mantuviera con vida a Álex.
—Pedimos un zeta de apoyo y no entramos sin visual.
Costa aceptó porque era lo único que podía conseguir.
***
A las 18:16, Costa recibió el aviso.
—Han localizado la moto de Óscar Vidal junto a unos talleres de la calle Tucumán —dijo—. El zeta está a seis minutos.
—Nosotros a dos.
Costa la miró.
—No entremos hasta que lleguen.
—Primero miramos desde fuera.
—Jefa...
—Desde fuera, Costa. Te lo prometo.
Llegaron a una calle estrecha, flanqueada por talleres cerrados, persianas pintadas y garajes bajos. La moto estaba aparcada junto a la acera: negra, con un adhesivo amarillo en el guardabarros.
Agulló reconoció a Óscar Vidal antes de que él reparara en ellos. Delgado, con barba corta y una gorra baja sobre la frente. Hablaba por el móvil, distraído, hasta que levantó la vista y se cruzó con ellos.
Se quedó quieto al verlos.
Durante un segundo no hizo nada. Solo bajó el teléfono despacio, como si estuviera calculando la distancia hasta la esquina.
Luego echó a correr .
Costa soltó un insulto.
La inspectora salió detrás de Vidal sin esperar refuerzos. No pensó en Molina, ni en Rojo, ni en la advertencia de Costa.
Solo vio a Álex bajando herido de aquel autobús.
Y corrió.