La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 23. 23
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Era la tercera noche que el trabajo se le echaba encima sin que apenas se diera cuenta, y el estómago empezaba a recordárselo a base de latigazos. Cuando abrió la nevera, la inspectora comprendió que llevaba días viviendo como un fantasma en su propia casa.

Dentro había medio limón momificado en un plato, dos yogures caducados, los restos resecos de una comida china que había pedido a domicilio, un par de latas de cerveza, una bolsa de ensalada mustia y una botella de agua con menos de tres dedos.

En la puerta, un bote de mostaza y una lata de aceitunas que no recordaba haber comprado jamás.

Pedir comida a domicilio a estas horas ya no era una opción viable.

Cerró la puerta de un golpe.

La cocina estaba limpia. No por orden, sino por puro abandono. El fregadero vacío, la encimera despejada, los vasos alineados en el armario como si nadie los hubiera tocado en meses.

Durante un minuto pensó en ducharse, lavarse el cansancio y meterse en la cama, aunque no pudiera dormir. Luego miró otra vez la nevera y salió sin cambiarse .

Lo más cercano a esas horas era el Supercor que había junto a la parada del tranvía, si no quería acabar pagando los precios desorbitados de las tiendas de alimentación que nunca cerraban.

Con los auriculares inalámbricos puestos, escuchaba «Wish You Were Here», de Incubus, mientras cruzaba la Rambla y se mezclaba con el bullicio de los viandantes que emergían por las escaleras del tranvía como una corriente incesante.

Cuando las puertas automáticas se abrieron, entró en el supermercado y cogió una cesta de plástico.

Se detuvo en mitad de un pasillo y dejó que la mirada recorriera los estantes. Pan de molde, latas de atún, fruta cortada, huevos, café. Productos alineados con una lógica sencilla. Durante unos segundos tuvo la sensación de estar observando objetos pertenecientes a la vida de otra persona.

Aun así, fue llenando la cesta: un paquete de café, media docena de huevos, una bandeja de jamón de pavo, dos yogures, una barra de pan y una bolsa de mandarinas. Pensó que podría hacerse una tortilla francesa al llegar a casa.

Después añadió una pizza congelada, porque las noches largas siempre terminaban exigiendo algún tipo de previsión.

En el pasillo de bebidas, al fondo del reflejo de una nevera, vio a alguien observándola.

No volvió la cabeza. Cogió una botella de agua y utilizó el cristal para mirar mejor.

Entre el movimiento disperso de los clientes distinguió una figura inmóvil.

Un hombre con cazadora gris, ligeramente girado hacia ella, una cesta colgando de una mano.

Permanecía quieto, como si estuviera esperando algo .

Ella no se volvió de inmediato y, cuando lo hizo, el hombre ya no estaba.

—Mierda.

La nuca se le tensó.

Caminó hacia el pasillo central con la cesta colgándole del brazo. Un reponedor abría cajas de leche. Una mujer mayor discutía con el lector de precios. El cajero consultaba el móvil, con la expresión cansada de quien ya había terminado la jornada mucho antes de que cerraran las puertas.

Todo parecía normal.

La figura había desaparecido.

Agulló dejó la cesta junto a las galletas y avanzó despacio.

Entonces oyó una voz.

No reconoció las palabras al principio. Solo el tono. Algo en aquella forma de hablar le resultó familiar.

—No. Mañana no puedo. Que no, joder. Tengo otro encargo...

Se detuvo.

La voz venía del pasillo de productos de limpieza. Agulló se acercó lo justo para observar sin exponerse.

Rafael Roldán estaba junto a los detergentes, de espaldas a ella, con el teléfono pegado a la oreja.

Gesticulaba apenas, pero había tensión en sus hombros.

Llevaba unos vaqueros, una camisa arrugada y una bolsa de supermercado en la mano libre.

Parecía más viejo que aquella mañana. La desaparición de su hijo había dejado otra capa de desgaste sobre su rostro.

—Te he dicho que no —murmuró.

Agulló no respiró .

Roldán escuchó unos segundos. Su mano se cerró sobre el asa de la bolsa.

—No. Ella no sabe nada.

Lo dijo en voz baja. Después giró ligeramente la cabeza.

Agulló reaccionó tarde. Dio un paso atrás y se agachó junto a un estante, fingiendo examinar unos paquetes de detergente. Cuando levantó la vista, Roldán ya la estaba mirando.

Durante un segundo, su rostro quedó inmóvil. Luego parpadeó. La expresión regresó despacio, mal encajada.

—Inspectora.

Agulló salió al pasillo con calma, fingiendo no haber escuchado una sola palabra.

—Vaya... Roldán.

Rafael bajó el móvil.

—Qué cosas, ¿eh?

—Ya.

La escena se tiñó de una tensión rara, difícil de catalogar. Durante unos segundos, ninguno de los dos supo muy bien qué hacer. Rafael bajó los ojos hacia la cesta que ella había plantado junto al expositor de las galletas.

—También compra, entonces.

—Cuando me acuerdo.

Rafael esbozó un amago de sonrisa que se quedó en nada.

—Nosotros… Nuria se ha negado a cenar. He bajado a por cuatro cosas.

En la bolsa de plástico asomaban pan, cerveza, un bloque de tortilla precocinada y cápsulas de café. Una compra rutinaria, casi banal.

—¿Cómo están?

El tipo la midió con evidente recelo.

—¿Eso es cortesía o es parte del interrogatorio?

—Es una pregunta humana. Estoy fuera de servicio.

Por primera vez, un destello de pura rabia le crispó las facciones al hombre.

—Mi hijo lleva tres días desaparecido. ¿Cómo coño cree que estoy?

Agulló le sostuvo el pulso con la mirada.

—No lo sé. Por eso pregunto.

Rafael tragó saliva. Desvió los ojos hacia la salida del súper y luego hacia la línea de cajas.

—Estamos reventados, si le sirve de algo.

—Todos lo estamos.

—No. Usted curra. Nosotros simplemente... esperamos.

En boca de cualquiera, la frase habría sonado lógica. En la de Rafael, en cambio, dejó un regusto extraño. Agulló no logró descifrarlo.

El móvil vibró entre los dedos de Rafael.

Él bajó la vista hacia la pantalla. Durante una fracción de segundo, algo le cruzó el rostro antes de bloquearla y guardar el teléfono.

—¿No contesta?

—No es importante.

—Cójalo si es necesario.

Rafael volvió a mirarla. Esta vez no intentó sonreír.

—Inspectora, ¿me está siguiendo?

Agulló pensó en la imagen de Álex alejándose por el encuadre borroso de la gasolinera.

Pensó en Costa pidiéndole que no se precipitara.

En Bernal recordándole que estaba ignorando una advertencia que aún no entendían del todo.

Y en Rojo, repitiéndole que una señal de vida no era lo mismo que una persona viva.

—No. Esto ha sido una casualidad.

—¡Entonces, déjeme en paz!

Pasó junto a ella sin rozarla.

Agulló permaneció inmóvil hasta verlo llegar a la caja. El cajero pasó los productos por el lector, con desgana. Rafael guardó la compra en la bolsa, pagó en efectivo y salió a la calle sin volver la cabeza.

Ella esperó.

Después dejó la cesta junto a una columna y salió tras él.

Sabía que no debía hacerlo. No tenía nada que justificara una vigilancia. Ni una orden judicial, ni una sospecha sólida. Solo una sensación incómoda que se le había instalado en algún lugar entre el estómago y la nuca.

Algo en Rafael Roldán no encajaba.

No era una cuestión de palabras. Era otra cosa. Los silencios. Las pausas. La forma en que había apagado el teléfono. La manera en que le había mentido.

Lo siguió desde la acera de enfrente.

La noche se había vuelto más fría. Rafael caminaba deprisa, con la bolsa en una mano y el móvil en la otra.

El teléfono le vibró.

Esta vez contestó.

Agulló cruzó cuando el semáforo ya estaba cambiando.

Oyó una sola palabra antes de que el ruido del tráfico la borrara.

Después, nada.

Aceleró el paso.

El hombre dobló por una calle lateral. Cuando ella llegó a la esquina, lo vio detenerse junto a un coche oscuro estacionado en doble fila. La ventanilla del conductor bajó unos centímetros. Solo alcanzó a distinguir una mano apoyada en el volante.

Rafael se inclinó hacia el interior.

Habló unos segundos.

Diez, quizá menos.

Luego el coche arrancó.

Agulló intentó acercarse, pero una furgoneta de reparto se interpuso entre ella y la calzada. Para cuando recuperó la visión de la calle, el coche había desaparecido.

Y Rafael también.

Agulló permaneció en mitad de la acera, inmóvil, mientras la ciudad seguía moviéndose a su alrededor como si no hubiera pasado nada.