La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 22. 22
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Ana Beltrán no se sentó hasta que Agulló se lo pidió dos veces.

Tenía las manos limpias, las uñas cortas, un arañazo pequeño en el dorso de la muñeca y ojeras de turno largo.

Dejó el bolso sobre las rodillas y miró fijamente la pantalla, donde el vídeo del autobús seguía congelado.

En el fotograma, Álex Roldán aparecía de perfil, agarrado a la barra metálica.

Una silueta borrosa atrapada en un recuerdo inolvidable.

Para Ana, sin embargo, no era una figura sin más.

—Es él —dijo—. El chico del bus.

Agulló se sentó frente a ella. Bernal ocupó una silla a su derecha y abrió la libreta.

Costa permaneció junto a la pantalla. Entonces, al alzar la vista, la inspectora vio el reflejo de Rojo en el cristal de la mampara.

Estaba en el pasillo, apoyado contra la pared, inmóvil.

Tenía la quietud de los hombres que han aprendido a no esperar demasiado de nadie.

No había entrado.

Ni siquiera le habían informado de los avances.

—Cuénteme desde el principio —dijo Agulló, centrándose en lo importante.

La testigo respiró hondo.

—Venía del Hospital General. Había doblado turno porque una compañera no se presentó. Hice transbordo y cogí el nocturno en Alfonso el Sabio. Estaba agotada. Me senté dos filas detrás de él y pensé que llegaría a casa sin fijarme en nadie. Pero lo vi enseguida.

—¿Él ya estaba dentro?

—No. Subió en la misma parada que yo, creo. O justo después —dijo, intentando ser precisa—. Había gente y mucho ruido. Lo habitual a esa hora. Pero lo vi porque se quedó parado en el pasillo y casi no dejaba pasar a los que bajaban.

Costa abrió una línea nueva en su libreta.

—Eso confirma la subida en Alfonso el Sabio.

Agulló levantó una mano para que no interrumpiera.

—¿Cómo estaba?

Ana miró el vídeo. Esta vez no parecía buscar la imagen, sino comprobar que seguía allí.

—Mal.

—¿Mal cómo?

Ana tardó un segundo en contestar.

—No como alguien borracho. Eso lo habría reconocido enseguida. Trabajo en urgencias, inspectora. Veo chavales borrachos todos los fines de semana. Hacen ruido, se ríen, se tambalean, montan escándalo. Él no. Él estaba intentando mantenerse entero.

Agulló no la interrumpió.

Ana se tocó la comisura de los labios.

—Tenía el labio partido, aquí. Y estaba muy pálido. Sudaba, pero no por el calor; era ese sudor frío que ves en alguien que no está bien. Caminaba encogido, como si cada movimiento le doliera.

—¿Se sujetaba algo?

—El costado. Todo el rato. Como si le doliera al respirar, ya me entiende.

Bernal levantó la vista de la libreta.

—¿Pudo caerse?

Ana negó despacio.

—Puede. Pero no parecía haber sufrido una caída tonta. No un golpe de borrachera contra una farola.

Volvió a mirar la pantalla.

—Ese chico venía de algún sitio. Y no había salido bien de allí.

Agulló sintió que una pieza encajaba, pero no le dio alivio.

—¿Le dijo algo?

—Le pregunté si necesitaba ayuda.

—¿Y?

—Me dijo que no. Pasó todo muy rápido.

—¿Eso fue todo lo que hablaron?

Ana dudó.

—No.

Agulló esperó.

—Le dije que podía llamar a emergencias.

Agulló levantó un poco la vista.

—¿Y qué hizo él?

Ana se quedó mirando el fotograma congelado. Álex tenía la cabeza baja, una mano en la barra, el cuerpo torcido hacia un lado.

—Me miró.

—¿Cómo?

—Como si acabara de traicionarlo. Como si llamar a una ambulancia fuera, para él, lo peor que podía pasarle.

Bernal dejó de escribir.

—¿Le dijo algo en concreto?

Ana asintió despacio.

—Sí. Y eso sí lo recuerdo palabra por palabra.

Agulló esperó.

Ana tragó saliva.

—«No llames a nadie». Eso fue lo que dijo literalmente.

Durante un segundo, nadie habló.

No era solo un chico herido rechazando ayuda.

Era un chico con miedo a que alguien supiera dónde estaba.

Bernal dejó de escribir durante medio segundo.

—Por lo que nos cuenta, estaba asustado.

La mujer no respondió enseguida. Miró el vídeo, como si allí pudiera comprobarlo una vez más.

—Sí. Mucho.

—¿Mucho?

—Intentaba parecer tranquilo, pero no le salía. O iba bajo los efectos de algo que lo tenía bloqueado… Miraba demasiado a su alrededor y apenas se movía. Como esos chavales que creen que, si pasan desapercibidos, nadie se fijará en ellos.

Agulló dejó pasar un segundo.

—¿Miraba a alguien en particular?

—No lo sé.

—Pero miraba.

Ana asintió.

—El móvil. Luego la puerta. Luego hacia atrás.

—¿Una vez?

—Varias. No paraba de hacer movimientos raros.

—Hacia atrás, ¿dónde?

Ana señaló la parte delantera del autobús.

—Hacia los asientos. Y también hacia la ventana.

Costa reprodujo el vídeo interno facilitado por la empresa de transportes.

Correspondía a la cámara frontal del autobús.

En la esquina superior corría el minutero: 1:25:18.

La imagen tenía la calidad mugrienta de las grabaciones nocturnas, granulada y rácana en detalles, pero suficiente para seguir los movimientos de Álex.

Se veía subir, validar la tarjeta casi sin mirar, quedarse inmóvil un segundo junto al conductor y, después, enfilar el pasillo.

No caminaba bien. Apenas cojeaba, pero avanzaba con el cuerpo ladeado, protegiéndose instintivamente el costado. Cada movimiento parecía arrancarle una punzada de dolor.

Agulló sintió un alivio tan breve como involuntario.

Álex había subido al autobús por su propio pie. Había hablado. Había rechazado ayuda. Había tenido miedo.

Nada de eso significaba que estuviera a salvo, pero volaba por los aires una parte importante de la historia que otros habían construido para él.

No encajaba con la versión de Molina, ni con la de su padre.

No parecía un chaval huyendo de las consecuencias de una gamberrada, ni preparando una espantada voluntaria.

Era alguien herido, agotado y acojonado, empeñado en llegar a algún sitio o en poner distancia con alguien que le pisaba los talones.

—¿Bajó solo? —preguntó.

Ana miró otra vez el vídeo.

—Sí. Yo bajaba más tarde. Lo vi moverse cuando el autobús paró. Pensé que se iba a caer.

Costa cambió a la cámara trasera. Álex avanzaba hacia la puerta con una mano en la barra horizontal, la cabeza baja y el paso corto .

Estaba concentrado en no caerse.

Al llegar junto a la puerta, se detuvo un instante y giró la cabeza hacia el interior del autobús. La imagen se deformó, pero el gesto era claro.

Había mirado atrás.

—Ahí —dijo Ana.

Costa detuvo el vídeo.

—¿Dónde?

Ana señaló la pantalla sin tocarla.

—Ahí. Justo antes de bajar. Mira hacia dentro.

Costa retrocedió unos segundos y volvió a reproducirlo. Álex llegaba a la puerta, se agarraba a la barra y giraba la cabeza.

—Como si hubiera oído algo —dijo Ana.

Agulló no apartó la vista del fotograma.

—¿Lo oyó usted?

—No. Había demasiado ruido. Unos chicos cantaban al fondo, alguien hablaba por teléfono y el motor apenas dejaba oír nada más. No sabría decirlo.

—Pero él reaccionó.

Ana asintió.

—Sí. Eso sí. Reaccionó.

—¿Alguien bajó detrás de él?

Costa reprodujo los veinte segundos posteriores.

Nadie bajó por la puerta trasera. Por la delantera, una figura se levantó tarde, quedó a medio camino y volvió a sentarse.

Un hombre con sudadera gris.

La cara era una mancha.

—Ese —dijo Agulló—. ¿Lo recuerda?

Ana frunció el ceño. Se inclinó un poco hacia la pantalla.

—No.

—Mírelo bien.

—No lo recuerdo, inspectora. Lo siento.

Costa congeló la imagen.

—Pudo pagar en efectivo o con una tarjeta no registrada.

—Identifícalo.

Costa miró la pantalla.

—Con esta calidad, lo añadiré a mi lista de milagros.

Agulló no le siguió la ironía. Volvió a Ana.

—Cuando Álex bajó, ¿vio algo fuera?

Ana tardó un instante en responder.

—Un coche.

La palabra dejó quieta la sala.

—¿Qué coche?

—No sé. Oscuro. No puedo decirle más. Lo vi por la ventana, solo un momento. Estaba un poco más adelante, con las luces encendidas.

Agulló sintió que la misma pieza volvía a aparecer.

—¿Álex fue hacia ese coche?

—No lo vi. El autobús arrancó enseguida.

—Pero antes de arrancar…

Ana tragó saliva.

—Antes de arrancar, él se quedó mirando hacia allí.

Agulló la miró a la cara e insistió:

—Necesito que esté segura.

Ana sostuvo su mirada.

—Lo estoy.

La sala quedó en silencio.

** *

Costa salió a la carrera para pedir ampliaciones de la cámara frontal y rastrear los cruces de tráfico.

Bernal acompañó a Ana a firmar la declaración.

Cuando la puerta se cerró tras ellos, Agulló permaneció inmóvil frente a la pantalla.

En el fotograma congelado, Álex estaba detenido en el escalón del autobús, suspendido entre bajar o quedarse, entre el miedo y algo peor.

Una imagen borrosa. Y, aun así, lo bastante nítida para que la inspectora sintiera que el chaval se le escapaba entre los dedos.

En ese momento, Rojo dio un paso hacia la puerta.

Agulló salió antes de que pudiera cruzarla.

—Ni se te ocurra entrar.

—No estoy aquí por eso.

—¿Qué demonios haces entonces?

—Papeleo. Debo preparar mi defensa. ¿Ya has encontrado al chico?

Agulló no se giró.

—Lo siento, pero tenemos trabajo que hacer.

Rojo se acercó a la pantalla, indiferente.

—¿Iba colocado?

—Pero consciente —respondió ella.

—Y huyendo de alguien.

—Eso también es útil.

—Al menos, su padre estará más tranquilo.

Agulló lo miró entonces.

—Gracias por decirnos tantas obviedades.

Rojo no sonrió.

—No lo serían si me hubieras escuchado a tiempo .

Costa volvió con una carpeta y se detuvo al verlos. Miró primero a Rojo y luego a Agulló. No dijo nada, pero la frase del bar volvió a estar entre los dos.

—Tenemos otra cosa, jefa.

Agulló agradeció la interrupción más de lo que quiso admitir.

—Tú dirás.

La primera era el fotograma del tipo de la sudadera gris, dentro del autobús.

La cara seguía siendo un borrón. Solo se distinguían los hombros, la postura tensa y el gesto congelado a medio levantar.

La segunda era una captura de la cámara exterior de una gasolinera situada a tres calles de la parada.

Hora: 1:41.

Agulló la cazó al vuelo antes de preguntar. En la imagen se veía un compacto oscuro avanzando despacio por el margen derecho del encuadre. La matrícula era un chiste ilegible y los faros apenas arrancaban destellos del asfalto húmedo.

Y en la esquina inferior, casi fuera de plano, aparecía un peatón.

El cuerpo vencido hacia delante.

Paso irregular.

Cabeza baja.

—¿Es Álex? —preguntó la inspectora.

Costa no contestó enseguida. Se inclinó sobre la captura, intentando arrancarle más detalle a la imagen.

—No puedo certificarlo. Pero la ropa encaja y la hora también. Siete minutos después de bajar.

Rojo miró la fotografía.

—Sigue andando.

La frase cayó en la sala con un peso incómodo. No era una buena noticia. Al menos, no todavía.

—¿En qué dirección? —preguntó Agulló.

Costa señaló el mapa.

—Por lo que parece, hacia Virgen del Remedio. O hacia los solares de detrás de la avenida. La cámara lo pierde aquí.

—¿Y el coche?

—Pasa treinta segundos antes en la misma dirección.

Agulló miró los dos puntos. Un posible Álex avanzando a pie y, unos metros por delante, un coche oscuro. Era una línea corta, imperfecta, pero al fin una línea.

Bernal volvió a entrar.

—La testigo ya ha firmado. Dice que, si recuerda algo más, llamará. Y Andrés Vidal, el conductor del autobús, ha ampliado su declaración. Confirma que el chico estaba vivo al bajar y que el coche seguía con las luces encendidas.

Agulló asentía mientras su cabeza ya corría por calles, cámaras, radios, patrullas, solares y matrículas.

Rojo la observaba con preocupación.

—No te hagas falsas esperanzas.

Esta vez no la enfadó.

—No sabes en qué estoy pensando.

Costa la miró. Bernal también.

Agulló recogió la captura de la gasolinera. El chico borroso caminaba hacia el borde de la imagen, a punto de desaparecer del encuadre.

—Pero mientras el chico respire en una cámara, seguimos detrás —concluyó.

Costa miró el móvil. La expresión le cambió apenas, pero Agulló lo vio.

—¿Qué diablos pasa ahora?

—Es Ruiz. Ha sacado un audio parcial de uno de los vídeos dañados de la carpeta «Sala».

Agulló dejó la fotografía sobre la mesa.

—Ponlo.

Costa activó el altavoz.

Primero llegó el ruido.

Música baja.

Voces mezcladas.

Un golpe seco, quizá una puerta, quizá algo contra una mesa.

Luego una voz masculina, joven, distorsionada, pero inteligible:

—Borra eso, Álex.

Costa no se movió.

Bernal dejó de respirar un instante.

Después brotó otra voz. Más baja. La de un chaval. Pegada al micrófono.

—Ni de coña.

La sala quedó en absoluto silencio.

El chico de la pantalla seguía caminando.

Agulló levantó la vista.

Por fin, empezaba a comprender por qué alguien quería detenerlo.