21. 21
A las cinco y nueve de la tarde, el portátil empezó a señalar a otra persona.
Ruiz había pedido silencio, café sin azúcar y que nadie se le acercara demasiado. En la unidad tenía fama de raro por cosas así. Solo le concedieron el café.
En la sala técnica de la comisaría, el aire estaba viciado y olía a café recalentado y plástico caliente.
Agulló mantenía la vista clavada en la pantalla principal mientras Costa, con los brazos cruzados y los hombros caídos, se apalancaba contra una mesa lateral.
El cansancio ya no se ocultaba; se les había instalado a todos en las ojeras y en la forma de arrastrar las botas.
El búnker era una maraña de cables cruzados, monitores escupiendo ráfagas de datos y un maldito fluorescente de luz blanca que empezaba a taladrarles las sienes.
Estructuras de carpetas, historiales de navegación, sesiones clonadas, registros de acceso y un goteo sistemático de horas.
El material seguía revolviendo el estómago.
Imágenes de iconografía turbia, hilos de foros activos a las cuatro de la madrugada, comentarios morbosos sobre desvanecimientos y huidas, rastreos de metadatos y vídeos con una violencia explícita descabellada, descargados de rincones de la red paridos para adolescentes con ganas de jugar a pasar miedo y adultos que ya no tenían ninguna excusa para estar allí dentro.
Agulló se frotó la raíz de la nariz, preguntándose qué diablos buscaba Álex en ese pozo de mierda.
Podía ser simple curiosidad, morbo mal digerido, el vacío de la soledad o una rabia sorda que no sabía cómo canalizar.
No tenía la respuesta. A veces el detonante era lo de menos; bastaba un mal día para que cualquiera terminara asomándose a la rendija equivocada.
El cerebro, cebado con la basura adecuada, es capaz de fabricar su propio agujero negro y quedarse atrapado en el fondo mucho más tiempo del que un tipo cuerdo puede soportar.
Sin embargo, había una parte de todo aquel fango que apestaba inequívocamente a Álex.
La inspectora no necesitaba que Ruiz le desglosara el informe pericial para saberlo.
El rastro digital tenía una continuidad torpe, larga y profundamente humana.
Eran las mismas faltas de ortografía que el chaval repetía en sus libretas.
Las mismas descargas absurdas de música.
Búsquedas encadenadas con la lógica errática de una obsesión adolescente, no con la precisión quirúrgica de un plan criminal.
Pero otra parte no encajaba.
Ruiz señaló una columna.
—Aquí empieza lo raro. Estas búsquedas se hicieron la misma tarde en que Álex desapareció: «cámaras Lo Morant», «autobuses nocturnos Alicante», «recuperar ubicación móvil apagado». Salen de su sesión de usuario, sí, pero no se parecen en nada a la forma en que él solía navegar.
Costa se inclinó .
—Explícalo como si Molina fuera a escucharlo y fingir que lo entiende.
—El usuario normal de Álex era caótico. Abría diez pestañas, volvía atrás, dejaba vídeos a medias, escribía deprisa y con errores.
Eso es propio de alguien disperso, impulsivo o simplemente acostumbrado a navegar sin orden.
Estas búsquedas son limpias. Una detrás de otra.
Sin cambios de tema. Sin navegación intermedia. ¿Me sigues?
—Alguien con prisa —dijo Agulló.
—O alguien que sabía exactamente qué quería dejar, por si llegábamos hasta aquí.
La frase quedó entre ellos.
Ruiz abrió un gráfico de actividad.
—Además, hay otra cosa. La última sesión de la noche de la desaparición, a las 23:56, no tiene suficientes movimientos de ratón previos para ser navegación normal. Parece una ventana reabierta desde el historial o una búsqueda pegada. Todavía no puedo jurarlo. Pero no me gusta.
—¿Remoto? —preguntó Costa.
—No veo un acceso remoto clásico. Pero sí hay credenciales guardadas y sincronización abierta con la nube. Si alguien tuvo el portátil delante, cinco minutos bastaban para hacer daño. Si alguien tuvo el móvil de Álex desbloqueado, también podía forzar parte de la sincronización.
Agulló empezó a desgranar la secuencia en su cabeza, repitiéndola como un mantra sucio.
El teléfono del chaval cobrando vida de golpe en el parque de Lo Morant, escupiendo una señal solitaria entre los árboles.
La conexión automática a la wifi de la cafetería a las seis y doce de la madrugada, un rastro digital exacto y frío.
Y luego la imagen del autobús, con ese chico de silueta desdibujada bajando torpemente por la puerta trasera, con la cabeza hundida entre los hombros como si intentara desaparecer dentro de su propia cazadora.
—¿Y el intento de acceso de las seis?
Ruiz abrió otra ventana.
—Wifi pública de una cafetería cerrada a esa hora —explicó, señalando la gráfica—.
El rúter se quedó encendido toda la noche, que es lo que hace el noventa por ciento de los negocios.
Olvídate de tiques de caja y olvídate de consumos.
Para colmo, la cámara de seguridad del interior es un adorno que no graba nada.
Pero ojo al dato: el acceso no se hizo desde un portátil.
Es el rastro de un navegador móvil corriendo bajo Android.
Ahora bien, no me pidas milagros, inspectora; con esto sobre la mesa, no puedo asegurarte si era el teléfono de Álex o el terminal de cualquier otra persona usando sus claves de usuario.
Costa soltó aire.
—O sea, alguien estuvo cerca de donde bajó del bus, de madrugada o a primera hora, intentando entrar en su nube.
—Exacto.
—Joder... Y Molina quería vender una fuga con rito satánico.
—Molina vendería cualquier cosa si le sirviera —dijo Ruiz, sin levantar la vista.
Agulló no sonrió. Estaba mirando la carpeta Sala .
—¿Eso qué es?
El técnico tardó un segundo.
—Malas noticias, jefa. Los vídeos están dañados.
—Genial.
—Pero tengo una buena noticia: no todos están igual. He recuperado miniaturas parciales .
—Quiero verlas ya.
Ruiz pinchó en una carpeta temporal, haciendo restallar el ratón.
En la pantalla brotaron cuatro archivos bautizados a secas con fechas correlativas.
Escogió el más reciente, registrado apenas dos días antes de que el chaval se esfumara.
La miniatura se tomó su tiempo, parpadeando un instante antes de escupir una imagen mutilada por la corrupción del código: un lienzo de pared oscura, un fogonazo de luz rojiza que lo teñía todo con un tinte de matadero y varias formas abstractas que lo mismo podían ser el contorno de una mesa, un grupo de personas quietas o simples sombras mal paridas por los píxeles rotos.
No servía para ponerle cara a nadie ante un juez, ni de coña, pero traía el peso suficiente para que a Agulló se le helara la sangre al comprender que aquella carpeta no estaba allí por un maldito capricho.
—¿Qué coño es eso? ¿Un local? —preguntó.
—Puede ser una sala privada o un trastero con luces horteras. Puede ser cualquier sitio cutre usado para algo peor. No puedo asegurarlo.
Costa señaló una esquina de la miniatura.
—Eso parece un logotipo.
Ruiz amplió la imagen. Píxeles rotos. Una forma blanca sobre fondo negro. Imposible.
—Lo siento. Esto no da para más.
Agulló recordó a Claudia evitando el contacto visual. A Daniel insistiendo en que Álex salió vivo. A Iker justificando que Rubén solo buscaba arreglarlo. A Rubén, quieto, contenido, sospechosamente calmado para alguien que empezaba a perder terreno.
—Clona la microSD completa y prioriza esos archivos.
—Ya está en marcha.
—¿Cuánto tardas?
—Lo que tarde en no estropearse más.
Costa miró a Agulló.
—Esto nos ayuda. No limpia a Álex, pero impide que lo entierren con el portátil.
Ese era el problema.
Le ayudaba demasiado.
El ordenador era una respuesta a medias, un cabo suelto. Mitad verdad, mitad posible montaje. Estaba diseñado para despistar. Sabía que aquello reanimaba el caso y también inyectaba esperanza. Pero la esperanza, justo ahora, era un arma de doble filo en sus manos.
Su móvil vibró.
Era Bernal.
—Dime.
—Tenemos a una pasajera del autobús nocturno. Ana Beltrán, cuarenta y ocho años, auxiliar de enfermería. La empresa ha cruzado las validaciones y ha llamado al ver el aviso interno. Iba en el autobús. Dice que habló con Álex.
Agulló se incorporó.
—¿Dónde está?
—Viene hacia la comisaría. Llegará en unos diez minutos.
—¿Ha dicho algo más?
Bernal bajó la voz.
—Que el chico estaba vivo, consciente y asustado.
Agulló cerró los ojos un instante.
Costa la miró como si también la hubiera oído, aunque no estuviera en la llamada.
—Voy para la sala dos —dijo Agulló.
Ruiz habló antes de que saliera.
—Inspectora.
Ella se volvió.
—Qué.
El técnico señaló la pantalla.
—No dejes que lo demás tape esto. Ese chaval miraba cosas muy turbias. No debería quedar fuera de la ecuación.
—No busco santos. Busco a un desaparecido. Después, ya veremos. ¿Entendido?
Ruiz asintió.
—Bien. Porque, si alguien quiso manipular lo que vemos, no necesitó inventar nada. Le bastó con usar lo que ya había en el disco duro. Es la mejor forma de que una mentira cuele como verdad.
Agulló le sostuvo la mirada un segundo.
—Y la más cruel.
Salió al pasillo con Costa pegado detrás. Al fondo, la máquina de café escupió un vaso de plástico con un golpe seco. Un agente cruzó con un fajo de folios. Alguien soltó una carcajada en un despacho cercano.
La comisaría seguía a su ritmo, indiferente, como si las palabras ”vivo, consciente y acojonado” no acabaran de reventar el suelo bajo sus pies.
Costa vino a su lado.
—No arranques todavía.
—No estoy arrancando.
—Sí.
Agulló no contestó.
La sala dos estaba vacía.
Sobre la mesa habían dejado dos botellas de agua, una caja de pañuelos y el monitor listo para reproducir el vídeo del autobús .
Bernal apareció al fondo del pasillo escoltando a una mujer menuda. Llevaba el pelo recogido y aún se adivinaba el uniforme sanitario bajo una cazadora vaquera demasiado fina para la hora que era. Caminaba despacio, con los hombros ligeramente encogidos y parecía agotada.
Agulló sintió un leve chasquido, casi físico, en las tripas del caso. Como si una pieza encallada hubiera empezado a desplazarse después de días en punto muerto.
No se permitió llamarlo esperanza.
Pero, por primera vez en muchas horas, aquello no apestaba a trampa.
Parecía una posibilidad.