20. 20
A las cuatro menos veinte, Molina ya había encontrado en el ordenador de Álex la explicación que quería encontrar.
Sobre la mesa de la sala de incidencias se amontonaba el botín: la copia forense del portátil, la tarjeta microSD ya precintada en su bolsa de evidencias y un fajo de impresiones con el historial de navegación del chaval.
Nadie parecía estar leyendo los mismos datos.
El fuego cruzado ya había empezado a subir de tono cuando Agulló echó el freno y pidió prudencia.
Molina, en cambio, iba a lo suyo. El comisario había olfateado algo mucho más jugoso que la verdad; había detectado una narrativa perfecta, una historia golosa que podía empezar a vender a los de arriba mucho antes de que las malditas respuestas se molestaran en aparecer.
—Un chico con búsquedas sobre desapariciones voluntarias, simbología ritual, borrado de metadatos y cámaras de Lo Morant —dijo el comisario—. A ver si ahora resulta que el chaval no era precisamente una víctima inocente.
Bernal, apoyada contra la pared, apretó la mandíbula.
Costa dejó el café sobre la mesa.
—La inocencia no figura en ningún protocolo de búsqueda.
Molina lo ignoró.
—Lo que aparece es contexto. Y esto, nos guste o no, también forma parte del contexto.
Agulló observó el folio donde aparecía la búsqueda sobre las cámaras de Lo Morant. Se había realizado el día anterior, a las 18:42. El usuario activo era Nadie_713. Sesión local. Navegador normal. Nadie había intentado borrar el rastro después.
Todo era demasiado visible.
Esa misma idea le daba vueltas en la cabeza una y otra vez.
—Es contexto contaminado hasta que Ruiz termine —dijo.
—Siempre está contaminado cuando no le gusta lo que hay.
Agulló levantó la vista.
—No me gusta nada de lo que encuentro en este caso.
Molina se acercó a la pizarra. Allí seguían la secuencia del móvil y la zapatilla. Cogió un rotulador y escribió debajo:
«Vida secreta / fuga preparada».
Agulló sintió el impulso de arrancarle el rotulador.
—Borre eso. No tiene gracia.
—No.
—No es una conclusión.
—Es una hipótesis. Una más.
—Es una hipótesis que usted quiere convertir en una conclusión antes de tener pruebas.
El subinspector Gómez, junto a la puerta, intervino con voz suave.
—Inspectora, también debemos contemplar la posibilidad de que Álex estuviera preparando algo por su cuenta. Es posible que la pelea acelerara una decisión que ya había tomado. El móvil, la zapatilla y Lo Morant podrían no ser un montaje externo, sino parte de un plan trazado por él mismo.
Costa soltó una risa sarcástica.
—Claro. El chaval se pega una paliza a sí mismo, después, medio destrozado, baja de un autobús, deja el móvil activo diez segundos y coloca una zapatilla para orientar la búsqueda. Joder, Gómez. Eres el siguiente Harry Bosch.
Gómez no se alteró.
—No he dicho eso. He dicho que no debemos descartar una conducta voluntaria compleja.
—Qué bien suena cuando no sabes qué pasó, ¿eh?
Molina golpeó la mesa con el rotulador.
—Basta ya. Discutir no nos lleva a ninguna parte.
Agulló no apartó la mirada de la pizarra.
Vida secreta. Fuga preparada.
No pensaba darle la razón al comisario.
Las palabras ya estaban haciendo su trabajo. No necesitaban ser ciertas; bastaba con que parecieran más ordenadas que la incertidumbre que se extendía entre ellos.
En ese momento, Ruiz entró con un portátil bajo el brazo y cara de malas noticias.
—Tengo un informe preliminar y no os va a gustar.
—¡Habla! —ordenó Agulló antes de que Molina pudiera hacerse con la sala.
Ruiz conectó el portátil al monitor.
—Primero, la actividad existe. No es una carpeta creada cinco minutos antes de que desapareciera.
Hay un historial de semanas y algunas descargas antiguas.
Álex, o alguien usando su cuenta, como ya sabíamos, visitó foros extraños, páginas sobre simbología y violencia ritual.
También hay contenido propio de internet adolescente. Y algunas cosas que no lo son tanto.
Agulló sabía por dónde iban sus palabras y agradeció esa pequeña misericordia.
—Segundo —siguió Ruiz—, hay actividad reciente que puede servirnos.
Varias búsquedas realizadas antes y después de que Álex saliera de casa encajan demasiado bien con lo que estamos investigando.
Lo Morant, cámaras, rutas nocturnas. Utilizó un mapa de código abierto y dejó rastros que no se molestó en borrar.
Eso puede significar que estaba planificando algo.
También puede significar que alguien conocía su contraseña.
O que alguien se sentó delante de ese ordenador sabiendo exactamente qué quería que encontráramos.
—¿Desde dónde? —preguntó Costa.
—De momento, la sesión es local.
Molina sonrió.
—Entonces estaba en su habitación.
Ruiz lo miró con cansancio.
—He dicho sesión local. No he dicho que Álex estuviera sentado en la silla escuchando la banda sonora de Star Wars.
Costa esbozó una mueca divertida.
Agulló señaló el registro.
—¿Hora exacta de la última actividad?
—A las 23:56, casi medianoche. Hay una búsqueda sobre cómo recuperar la ubicación de un móvil apagado. Después no aparece ninguna actividad hasta las 6:12 de esta mañana, cuando se registra un intento fallido de sincronización con una cuenta en la nube.
Cada uno trataba de encajar la pieza en un puzle que acababa de transformarse.
—¿Hoy? —preguntó Bernal.
—Sí. A las 6:12. El portátil estaba apagado, pero la cuenta asociada registró un intento de acceso desde un navegador móvil. Aún no tengo la IP exacta. Puede ser el propio teléfono de Álex intentando sincronizarse. También puede ser otro dispositivo utilizando sus credenciales.
Molina perdió parte de la sonrisa. Parecía no entender ni la mitad de los términos que usaba el informático.
Agulló sintió que el caso volvía a moverse.
—¿Qué hay en la microSD?
Ruiz abrió otra ventana.
—Imágenes y vídeos. Nada concluyente aún. Mucha basura. Capturas de chats. Dos vídeos dañados. Y una carpeta oculta llamada «Sala».
Costa se enderezó.
—¿Sala?
—Todavía no puedo abrirla del todo. Los archivos están corruptos o se copiaron mal. Pero los nombres corresponden a fechas. Tres son de hace una semana y uno, de anteayer.
Agulló recordó la frase de Álex.
«No pienso borrarlo».
La sala.
Daniel.
Claudia.
Rubén.
Algo que no debía verse.
Se guardó la sospecha para sí, blindando el rostro para no reflejar nada.
Si abría la boca, Molina se encargaría de empaquetar aquello como una línea oficial de investigación, antes de haber entendido una sola palabra, o peor aún, lo transformaría en un arma arrojadiza, si veía que el movimiento servía para arrimar el ascua a su propia sardina.
—Trabaja esa carpeta primero —dijo.
Molina señaló la pizarra.
—Eso es estupendo, pero no vamos a ignorar lo demás.
Este ordenador nos da motivos para explorar una fuga voluntaria, una conducta errática, una posible autolesión o incluso una puesta en escena por parte del propio desaparecido —apuntó, elevando la voz—.
No olvidemos que estamos investigando la desaparición de ese chico.
Bernal se separó de la pared.
—También nos da motivos para pensar que alguien está utilizando su vida privada para desacreditarlo.
Molina la miró como si acabara de reparar en su presencia.
—Subinspectora, las vidas privadas se complican solas con bastante frecuencia. No hace falta desaparecer.
Agulló cerró la carpeta del historial y recorrió la sala con la mirada.
—No habrá ninguna nota, filtración ni comentario fuera de esta sala sobre el contenido del ordenador.
Gómez bajó la mirada.
Molina sonrió.
—¿Me está dando órdenes, inspectora?
—Estoy protegiendo una investigación, comisario.
—Está protegiendo una idea de víctima.
Agulló se acercó a la pizarra y borró con la mano las palabras que Molina había escrito. El rotulador dejó un borrón gris .
—Estoy protegiendo la diferencia entre lo que sabemos y lo que usted necesita contar a los medios. Haga bien su trabajo y nosotros haremos el nuestro.
Durante un segundo, la sala se quedó quieta.
El móvil de Costa vibró. Miró la pantalla.
—La operadora acaba de enviar un primer dato sobre el intento de acceso a la nube de las 6:12. No procede de la conexión de la casa de Álex Roldán.
—Entonces, ¿de dónde?
Costa frunció el ceño al leer la pantalla.
—Una red wifi de una cafetería situada junto a la avenida de Novelda, a nueve minutos a pie de la parada donde bajó del autobús.
Nadie comentó nada al respecto.
En la pizarra, donde Molina había escrito «fuga preparada», solo quedaba un borrón gris. Debajo continuaba la línea temporal: Álex bajaba del N3 a la 1:34, su móvil se silenciaba a la 1:58 y alguien intentaba acceder a su cuenta en la nube a las 6:12, desde una red wifi pública cercana a la zona.
Agulló miró a Molina.
—¿También estaba fugándose a las seis de la mañana, intentando acceder a la nube desde una cafetería cerrada?
Molina no contestó.
Costa amplió el mapa. El punto apareció en azul.
A nueve minutos de la parada.
A cuatro horas de la desaparición.
Y demasiado lejos de casa para ser casualidad.