19. 19
Había una estela de desodorante en el ambiente, sudor seco y una desorganización juvenil que aportaba normalidad.
Agulló se quedó en el umbral unos segundos antes de entrar.
Los cuartos de los desaparecidos siempre destilaban una atmósfera engañosa. Parecían congelados en el tiempo, porque nadie se atrevía a mover un solo mueble, pero la mirada de los que entraban a buscar respuestas ya lo había contaminado todo.
Una camiseta tirada sobre el respaldo de una silla dejaba de ser simple desorden adolescente para transformarse en un indicio.
Un cajón a medio cerrar ya no era una muestra de pereza; pasaba a interpretarse como el rastro urgente de una huida.
Una cama deshecha podía significar que el chaval era un desastre, o que esa noche ya sabía de sobra que no pensaba regresar.
La madre del chico estaba detrás de ella, con las manos cruzadas sobre el pecho.
—No he tocado nada desde ayer .
Rafael, que se apoyaba contra el marco del pasillo con los hombros hundidos, intervino:
—Yo sí eché un ojo la otra noche
La inspectora se volvió hacia él.
—¿Qué es «un ojo»?
—A la mochila. Ya lo dije.
—¿Ha abierto los cajones?
—Uno.
—¿Y el armario?
—Solo comprobé si faltaba ropa.
—¿Y debajo de la cama?
El hombre tardó un segundo, confundido por no haber pensado en ello.
—No.
Agulló registró mentalmente el desfase de tiempo.
Costa entró en el cuarto calzándose los guantes de nitrilo, con una cámara compacta colgada del cuello.
Se movía con pies de plomo, midiendo cada pisada para no contaminar el suelo.
Bernal se plantó cerca de Nuria. No buscaba reconfortarla; su lenguaje corporal delataba que solo pretendía ejercer de barrera, evitando que un cañonazo de dolor empujara a la mujer a tocar lo que no debía o a reventar el frágil equilibrio de la escena.
Un paso por detrás, Ruiz soltó una maleta rígida de polímero sobre el escritorio.
Escaneó el cubículo en silencio, con una frialdad corporativa.
Tenía la pinta de esos tipos que devoran tantas horas de código y pantallas, que acaban fiándose antes de una máquina que de cualquiera que respire.
El cuarto era un nicho. La cama encajonada contra el tabique y un escritorio donde morían un monitor externo, un portátil cerrado y una silla de oficina, con el tapizado gastado.
En la estantería se apilaban manuales de formación profesional que daban la impresión de llevar meses criando polvo, flanqueados por dos novelas negras de Pierre Lemaitre, una figura de Darth Vader, una camiseta del Hércules en el respaldo y una bolsa de deporte vacía, tirada en el suelo como un pellejo muerto.
—Esa no es la mochila —soltó Rafael.
Agulló apuntó a la bolsa vacía con la punta del bolígrafo.
—¿Cuál falta exactamente?
—Una negra, de nailon, con un parche rojo cosido delante. Tiene la cremallera del bolsillo lateral jodida, enganchada en un lado.
—¿Tiene alguna foto donde se vea?
El tipo torció el gesto, soltando un resoplido amargo.
—No me dedico a hacerle fotos a las mochilas de la familia, inspectora, como comprenderá.
—La tiré —murmuró la esposa.
—No la tiraste —dijo él.
—¡Rafael, por Dios!
—Dime que no la tiraste.
La bronca no subió de tono. Los inspectores captaron de inmediato ese runrún extraño en el ambiente, ese compás demasiado medido, como si aquellos reproches domésticos formaran parte de un guion ensayado mil veces de puertas para adentro.
Agulló abrió el armario con la yema de los dedos, despacio.
La ropa se amontonaba doblada de mala manera: sudaderas gastadas, vaqueros, un par de cazadoras, unas zapatillas viejas que pedían el retiro y una caja de cartón desbordada de cables y cargadores.
No asomaba nada que delatara una espantada a la desesperada, pero tampoco había rastro de esa normalidad cotidiana que te deja respirar.
Abajo, en el fondo del mueble, quedaba un hueco limpio.
—¿Falta ropa? —preguntó.
Nuria negó con la cabeza. Rafael no respondió.
Costa fotografió el interior.
—Si se fue con una mochila y algo de dinero, no parece que haya hecho una mudanza.
—A lo mejor no necesitaba más —dijo el padre.
Agulló lo observó.
—¿Qué insinúa?
—Nada.
—¿Quiere que su hijo se haya ido de verdad?
La pregunta le golpeó en la cara.
—Quiero que esté vivo. Solo eso.
—No es lo mismo, señor Roldán.
Él bajó la mirada y Ruiz se sentó frente al escritorio.
—Tenemos consentimiento firmado, ¿verdad? No quiero meter la mano antes de estar seguro.
Bernal levantó la carpeta.
—Que sí, pesado.
—Voy a comprobar si hay sincronizaciones activas antes de seguir. Si existe algún acceso remoto, sesiones abiertas en la nube o alguien intentando entrar, prefiero detectarlo cuanto antes.
Agulló se acercó.
—Haz lo que tengas que hacer. ¿Crees que puede haber un acceso remoto?
Ruiz conectó un dispositivo de bloqueo y abrió el portátil .
—Puede haber casi cualquier cosa. Lo raro es que la gente todavía se sorprenda.
La pantalla solicitó una contraseña. Nuria dijo una fecha al azar: 1409, pero no funcionó. Rafael sugirió el nombre del perro que habían tenido cuando Álex era pequeño. Tampoco sirvió. Finalmente, Ruiz sacó una unidad externa.
—Lo siento, pero no tenemos tiempo para jugar a las adivinanzas.
Mientras él seguía a lo suyo, Agulló fue abriendo los cajones uno a uno, deslizando las guías con cuidado.
El primero guardaba la cochambre habitual de una vida a medio hacer: tiques arrugados, bolígrafos mordidos, la pulsera de tela de un festival, calderilla y un mechero sin gas.
En el segundo dio con un fajo de folios doblados y una libreta emborronada de frases inconexas, títulos de canciones y garabatos geométricos repetidos hasta la náusea.
El tercero hizo que se le afilaran las pupilas.
Había una navaja multiusos, un cargador obsoleto y una tarjeta microSD suelta, sin funda de plástico.
—Costa, mira esto.
Él se acercó.
Agulló señaló la tarjeta.
—Ponla en una bolsa aparte. Que Ruiz la clone.
Nuria dio un paso.
—¿Eso qué es?
—No lo sabemos todavía.
Rafael se pasó una mano por la nuca.
—Álex guardaba todo tipo de chatarra tecnológica. Cables, tarjetas, móviles viejos... Le gustaba coleccionar esas cosas. No todo tiene por qué significar algo.
—Eso espero —dijo Agulló .
Pero no era así.
Ruiz logró acceder al sistema sin alterar nada. La pantalla se llenó de carpetas e iconos. Durante unos minutos nadie habló. Ruiz trabajó en silencio, comprobando datos, registrando horas y copiando información. Era un trabajo lento y meticuloso, de esos que apenas dejan huella mientras se hacen.
Entonces, en la pantalla del portátil que Ruiz acababa de pinchar, saltó la primera carpeta con un nombre que desentonaba por completo.
SANTOS.
Dentro no asomaba ni un solo rastro que tuviera que ver con la religión tradicional.
Eran imágenes de cruces invertidas, grabados medievales y símbolos arcanos trazados en círculos imperfectos.
También se amontonaban capturas de pantalla de foros clandestinos de internet, madrigueras llenas de alias absurdos e hilos de conversación cifrados, jodidamente difíciles de seguir.
No era la escena de un crimen propiamente dicha.
Para una madre aquello era mucho peor: era tropezar de frente con una parcela de su propio hijo de la que jamás había tenido la menor sospecha.
Nuria se tapó la boca con las dos manos, ahogando un grito de puro horror.
—¡Virgen Santa! Eso no es suyo.
—No lo sabes —respondió Rafael.
La frase quebró algo entre los dos.
Agulló miró al informático.
—¿Los archivos tienen fechas de modificación?
—Descargas de las últimas tres semanas. Algunas son de hace meses. Hay accesos a foros. Se identificaba con el alias «Nadie_713».
Costa se inclinó hacia la pantalla.
—Original.
Ruiz abrió el historial. Encontró registros de búsquedas sobre desapariciones voluntarias, ritos de purificación, cómo borrar metadatos, autobuses nocturnos en Alicante, cámaras en Lo Morant y símbolos para cerrar pactos.
La tensión se instaló en la habitación.
—No —dijo Nuria—. Eso no, por favor...
Rafael estaba pálido, pero Agulló detectó también algo más.
Alivio. Apenas una luz en la expresión, suficiente para verla.
Aquello le daba una explicación. Horrible, sí, pero una explicación, al fin.
Un hijo extraño, hermético, tal vez metido en algo que no comprendían.
Tal vez simplemente desaparecido por voluntad propia.
—Ruiz —dijo Agulló—. Necesito distinguir entre actividad real y actividad plantada.
El técnico no apartó los ojos de la pantalla.
—Dame tiempo y quizá pueda darte algo. Pero no vendas nada seguro a Molina.
Costa señaló una línea del historial.
—«Cámaras Lo Morant», buscado la tarde en que Álex desapareció, a las 18:42.
Agulló se quedó quieta.
La búsqueda se había efectuado antes de la desaparición.
Antes del TikTok.
Antes de la zapatilla.
Rafael habló desde la puerta sin que nadie lo esperara.
—Entonces él ya pensaba ir allí.
Nuria se giró hacia él como si acabara de traicionarla .
Agulló mantuvo la boca cerrada y miró la pantalla. Sabía que aquel era el cortocircuito natural de una madre al comprender el giro más sucio del juego: ver cómo, a ojos de la policía, su hijo pasaba en un parpadeo de ser la víctima desamparada a convertirse en el verdugo.
Hasta entonces habían buscado a un chico desaparecido.
Ahora tenían que preguntarse quién era realmente.