18. 18
Agulló llevaba demasiado tiempo de pie.
Lo notó al mirar la pizarra y darse cuenta de que las líneas empezaban a mezclarse.
Muchas piezas.
Y ninguna encajaba todavía.
Necesitaba un respiro.
Costa apareció a su lado.
—Ruiz dice que puede entrar mañana a primera hora con el equipo completo. Nuria y Rafael han firmado el consentimiento, pero Bernal ha pedido que no entremos hasta mañana.
—Qué poca fe.
—Bernal sabe lo que hace.
—Mañana a primera hora. No lleguéis tarde.
La subinspectora salió de la sala uno con la libreta cerrada .
—Tenemos veinte minutos.
—No tenemos veinte minutos —respondió Agulló.
—Sí los tenemos. Ruiz todavía no ha llegado, el consentimiento está firmado y Molina está arriba intentando decidir si llama a Jefatura antes o después de equivocarse. Así que tenemos veinte minutos.
Costa señaló la calle con la barbilla.
—¿Quién se viene al bar?
Agulló negó con la cabeza.
—Id vosotros.
—No, tú te vienes —dijo Bernal.
—Yo me quedo. Quiero darle una vuelta a esto.
—No —replicó su compañera con calma—. Cruzas la calle, te sientas diez minutos y te tomas algo que no haya salido de una máquina. Luego vuelves y sigues fingiendo que eres de acero. ¿Te parece?
Costa no añadió nada.
Eso fue lo que terminó de convencerla.
Bajaron por la escalera lateral y cruzaron hacia el bar de enfrente, un local de barra grasienta que había digerido más confidencias policiales que la mitad de los juzgados de guardia de la ciudad.
El camarero levantó la vista del trapo al verlos entrar.
No hizo preguntas. En ese mostrador, el silencio era la única propina que importaba.
—Una caña —dijo Bernal.
—Café solo —pidió Costa.
El camarero miró a Agulló.
—Lo mismo de siempre.
Ella tardó un segundo en recordar qué era lo de siempre.
—Una cerveza .
Se sentaron a una mesa junto a la ventana.
Desde allí se veía la fachada de la comisaría, la puerta de entrada, los coches patrulla y dos agentes fumando como si el humo pudiera borrarles el turno.
A veces, las jornadas se hacían eternas para todos.
La tarde caía sobre la fachada de cemento y el cristal del bar devolvía sus rostros mezclados con la calle.
Bernal bebió un trago largo.
—Lo necesitaba.
—Se supone que estamos de servicio —respondió Costa.
—Son cervezas sin alcohol, zoquete —dijo Bernal—. Empiezas a parecerte a Gómez.
Agulló soltó una risa breve. No llegó muy lejos, pero salió.
Luego, la subinspectora adoptó un tono más serio.
—Claudia tiene miedo de verdad.
Agulló dejó el botellín sobre la mesa sin tocarlo.
—Sí.
—Y no solo de Rubén Soria.
Costa removió el café.
—¿De quién, entonces?
Agulló observó la espuma de la cerveza, intacta.
—Del padre.
—Puede ser —dijo Costa.
—No te convence mi criterio.
—Soy prudente, nada más.
Bernal apoyó los codos sobre la mesa.
—La chica ha dicho «ellos», no «él». Eso no se le escapa a alguien que esté improvisando.
Agulló lo sabía. También sabía que una palabra podía arruinar una investigación, si se interpretaba antes de tiempo .
—Soria ha traído a su hermano y a Daniel como si fueran dos perros con correa.
—Y tú casi le tiras de la suya —dijo Costa.
Agulló giró la cabeza.
—¿Casi?
—Se te notaba con ganas.
—No me digas.
—Te lo digo.
Bernal dejó el vaso.
—Vale. Ya que estamos todos tan cómodos fingiendo normalidad, ¿vamos a hablar de qué coño pinta Rojo ahora, o seguimos actuando como si hoy no se hubiera colado en mitad de una escena?
El nombre cayó sobre la mesa con más peso que las tres bebidas juntas.
Agulló no respondió.
Costa, sí.
—Ese es el problema.
—Ha hecho una observación.
—Hizo tres. Y una de ellas te cambió la cara. Pero el problema no es ese. El problema es cómo demonios sabía que estábamos allí.
—Un soplo.
—¿Tuyo?
Bernal lanzó a Costa una advertencia muda, pero él no frenó.
—No estoy diciendo que se haya equivocado —añadió—. Digo que Rojo no puede aparecer en una escena abierta, dar su opinión y marcharse como si no hubiera pasado nada.
—No se ha marchado —dijo Agulló—. Le he dicho que se fuera. Rojo no puede participar en el caso.
Costa dejó con cuidado la taza sobre el plato.
—Peor me lo pones.
Ella lo miró.
—¿Qué quieres decir ?
—Que es como el perro del hortelano. Siempre está rondando cuando tú estás metida en un caso.
Bernal esbozó un gesto mínimo con la cabeza, como si aquella lectura le pareciera tan acertada como incómoda.
Agulló le dio por fin un trago a la cerveza. Estaba helada, pero no le supo a nada. Le bajó por la garganta como agua con gas, sin limpiar el sabor a fango que arrastraba desde la acequia.
—Rojo ve cosas. Fue un buen inspector. Quizá le falten formas, pero solo intenta ayudar.
—Está en juicios —dijo Costa—. Y eso pone en peligro nuestro trabajo. Y nuestros puestos.
—No os va a entorpecer.
—Por supuesto. Pero ¿y a ti?
Agulló dejó el botellín sobre la mesa.
—Ten cuidado.
—Lo tengo. Por eso te lo digo aquí y no delante de él.
Durante unos segundos solo se oyó la televisión sin voz.
Bernal intervino en voz baja.
—Costa no está diciendo que no hables con Rojo.
—Qué alivio. Ahora, ¿tú también?
—Está diciendo que, cuando aparece Rojo, algo cambia en ti.
Agulló miró a Bernal y luego a Costa.
—¿Y cómo cambia?
Costa guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Como si le debieras algo .
Le debía algo. Y no tenía que ver únicamente con Rojo, ni con ese enredo de cables cruzados que ninguno de los dos sabía muy bien dónde coño colocar. Era algo mucho más primario. Más oscuro.
El hallazgo de la caja fuerte seguía pesándole en el estómago con el mismo lastre que el recuerdo de su padre.
Aquellos informes bajo cuerda y los secretos del padre se alimentaban de la misma sombra, una mancha que todavía no alcanzaba a descifrar del todo.
Había devorado suficiente papel para tener claro que el rompecabezas estaba incompleto, que le faltaban las esquinas de la foto, y sospechaba que más de una de esas piezas esenciales se las guardaba Rojo en el bolsillo de la chaqueta.
—Rojo no forma parte de este caso —dijo Agulló, con una firmeza que sonó a recordatorio para sí misma.
Costa asintió despacio.
—No. Y eso también me preocupa.
Bernal los observó en silencio. Donde los demás veían un muro, ella encontraba una fisura.
—El caso ya es bastante complicado como para mezclarlo con fantasmas personales.
—Gracias por la frase de taza —dijo Agulló.
—De nada.
Costa soltó una risa breve. Agulló no llegó a sonreír, pero algo en la mesa se aflojó un centímetro.
Bernal se recostó en la silla.
—Dicho esto, no quiero hacer de abogada del diablo, pero Rojo tiene razón en una cosa.
Costa la miró.
—Eso no ayuda.
—Es prudente no confundir una señal de vida con una persona viva —dijo ella—. Es una buena advertencia. Dolorosa, pero necesaria.
Agulló tragó saliva.
—Lo sé.
—Pero no la estás teniendo en cuenta, jefa.