La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 17. 17
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Rubén Soria estaba sentado con las manos juntas, sin tocar el vaso de agua. Observaba la cámara de la esquina, la posición de la mesa, la puerta y el espejo.

« ¿Costumbre o cálculo? » , se preguntó Agulló al verlo.

—Gracias por esperar —le dijo.

—Entiendo que hacen su trabajo.

—Qué alivio. Uno que colabora.

Rubén sonrió muy poco.

—Mi hermano es un buen chico. Se asusta. Dice tonterías cuando se asusta.

—Anoche se asustó a las 00:23.

La sonrisa desapareció.

—Me llamó.

—Eso ya lo sabemos. Ahora me interesa por qué lo hizo, porque ninguno de los dos nos lo ha contado.

—Me dijo que Álex se había puesto agresivo, que había discutido con Dani y Claudia, sus amigos... y que luego se había ido solo por ahí.

—¿Para eso llama a su hermano mayor de madrugada? Parece un poco ilógico, ¿no cree?

—Iker me llama por muchas tonterías. Soy su hermano mayor y también su apoyo. Todos necesitamos uno a esa edad.

—¿Dónde estaba usted, Rubén?

—En casa. Ya lo saben.

—¿Puede acreditarlo?

—Vivo solo, pero tengo vecinos. Seguro que algo oyeron.

Qué cómodo para dormir. Qué incómodo para declarar.

—Seguro.

Rubén bajó la mirada al vaso.

—No fui al bar. No vi a Álex esa noche. No lo toqué. No sé dónde está, si eso es lo que les preocupa.

Cuatro negativas limpias.

—¿Y esta mañana? —preguntó Agulló.

—Trabajando.

—¿Dónde?

—En una nave de la empresa, preparando material para un evento.

—¿Solo?

—Con un empleado. Puede confirmarlo.

—Lo hará.

Agulló dejó sobre la mesa la captura de la figura con gorra.

Rubén la miró con más cuidado que el amigo de su hermano.

—No sé quién es, la verdad. Tampoco es que se vea muy bien.

—No he preguntado todavía.

—Ya, pero imagino que lo iba a hacer. Se ve poco.

—Pero suficiente para negar o afirmar.

Rubén levantó los ojos.

—Inspectora, si quiere insinuar algo, insinúelo. Si quiere preguntarme, pregunte. Le estoy diciendo que no sé quién es esa persona.

Era bueno. No era brillante, pero tenía intuición y sabía mantenerse al margen, sin ponerse nervioso, ni volverse violento. La diferencia era peligrosa, los brillantes se enamoraban de su propia inteligencia y los buenos simplemente se dedicaban a gestionar la mentira.

—¿Por qué Claudia dice que vosotras no podéis protegerla de ellos?

Por primera vez, algo le cruzó la cara.

—¿Cómo? ¿De quién?

—De ellos. Eso ha dicho.

—Claudia es una chica muy dramática, diga lo que diga o se refiera a lo que se refiera.

—Qué curioso. Su amigo Daniel dice lo mismo de Álex.

—Serán tal para cual.

—¿Claudia y Álex?

—Los niños de familias adineradas se aburren y suelen tener carencias afectivas. O eso dicen los psicólogos.

—Usted no viene de una familia con dinero.

—No. Por eso trabajo desde los dieciséis años.

—¿Para familias con dinero?

Rubén sostuvo la mirada.

—Para quien paga. ¿Qué más da eso?

Agulló sintió que aquella frase arrastraba un mundo entero detrás, un territorio hecho de favores, accesos discretos y zonas grises donde las normas parecían doblarse sin llegar a romperse.

La puerta se abrió. Costa asomó la cabeza.

—¿Tienes un segundo?

Agulló resopló y salió al pasillo.

—¿Es importante?

Costa le mostró la tableta. La imagen procedía de otra cámara, situada en una salida hacia Virgen del Remedio. A las 11:21, un automóvil oscuro pasaba lentamente durante cuatro segundos. La matrícula mostraba los números 7381, aunque las letras se veían borrosas.

—No me sirve —dijo Agulló.

—Espera.

Costa abrió otra pantalla con el primer cruce de matrículas parciales obtenido a través de cámaras municipales, registros de tráfico y consultas a la DGT.

De pronto aparecieron tres posibles coincidencias.

Una de ellas correspondía a un Seat León oscuro con matrícula 7381 LMF.

El vehículo figuraba a nombre de Soria Control y Eventos, S. L.

Agulló miró hacia la sala tres. Rubén seguía sentado, quieto, de espaldas al cristal y con una postura relajada.

—Esto está mejor. ¿A qué hora?

—A las 11:21. Cuatro minutos después de que apareciera la figura con gorra. Diez minutos antes de que el móvil volviera a conectarse a la red.

Bernal salió de la sala uno, con gesto serio.

—Iker acaba de decir que Rubén «solo quería arreglarlo». Luego ha rectificado y se ha mordido la lengua.

Agulló se dio cuenta de que las piezas aún no encajaban del todo, pero ya comenzaban a rozarse por los bordes. Regresó a la sala tres con la tableta apagada en la mano.

Rubén la miró entrar.

—¿Todo bien, inspectora? ¿Alguna novedad?

Ella se sentó despacio.

—Eso iba a preguntarle.

Él no respondió.

—¿Esta mañana estaba trabajando en la nave?

—Sí.

—¿Dónde estaba su coche ?

Rubén tardó una fracción de segundo en responder.

—En la nave.

—¿Seguro?

—Sí.

Agulló encendió la pantalla del dispositivo y la giró hacia él.

El Seat León oscuro apareció congelado en la imagen.

El interrogado no se movió. Ese fue su primer error. La inspectora sabía que la mayoría de los inocentes se acercaban para ver mejor y buscaban explicaciones inmediatas. Él se quedó inmóvil para no ceder nada.

—Ese coche pertenece a su empresa —dijo Agulló—. Sale del parque Lo Morant cuatro minutos después de que una figura con gorra entre en la zona donde aparece la zapatilla. Diez minutos antes de que el móvil de Álex vuelva a conectarse a la red.

Rubén miró la imagen. Luego a ella.

—Tenemos tres coches.

—Entonces empezaremos por los tres.

—Los usa el personal.

—Entonces empezaremos por el personal.

—Inspectora, está construyendo mucho con muy poco.

Agulló guardó la tableta.

—No. Todavía estoy poniendo un poco de orden —dijo, mirándolo fijamente—. Construir vendrá después.

Fuera, Daniel elevó la voz en el pasillo. Iker respondió con algo inaudible. Bernal les pidió calma mientras Costa se acercaba a ellos.

Rubén giró la cabeza apenas, como si quisiera controlar la escena sin levantarse.

Agulló lo notó.

—Su hermano le tiene miedo —dijo.

El interrogado volvió a mirarla.

—Mi hermano le tiene miedo a todo.

—¿Y Claudia Vives?

—Claudia tiene un padre y no soy yo. Pregúntele a él, que la conocerá mejor.

—Le preguntaré cuando proceda.

Rubén sonrió entonces, pero la sonrisa ya no era gentil. Algo se había terminado en esa conversación.

—Tenga cuidado con lo que cree que sabe.

Agulló se levantó.

—Eso también me lo dicen mucho. ¿Es una amenaza?

—En absoluto. Pero puede causar mucho daño a las familias.

—Sobre todo a la que no encuentra a su hijo.

Al salir, Costa la esperaba con el semblante serio.

—¿Lo tenemos?

Agulló miró a través del cristal. Rubén Soria seguía sentado donde lo había dejado, inmóvil, con las manos entrelazadas y la espalda recta.

Parecía tranquilo. Pero ella ya había visto ese brillo antes: una tensión mínima en la mandíbula, una rigidez apenas perceptible en los hombros.

Señales de alguien que empezaba a comprender que ya no controlaba la partida.

—No, no lo tenemos —dijo—. Pero estamos acercándonos.