La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 16. 16
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Agulló lo observó avanzar por el pasillo.

Llevaba una camisa azul oscuro y la barba cuidadosamente recortada.

En la muñeca brillaba un reloj barato. Nada llamaba la atención por separado.

Era el conjunto lo que le producía desconfianza: aquella serenidad medida, aquella forma de ocupar el espacio sin imponerse.

El tipo se había pasado años perfeccionando el arte de no dejar un solo cabo suelto.

No venía solo.

Iker caminaba pegado a él. Arrastraba unas ojeras densas y una película de sudor frío le brillaba sobre el labio superior.

Mantenía los ojos clavados en las baldosas, como si cruzar la mirada con cualquiera supusiera una condena.

Un par de pasos por detrás, Daniel Berenguer cerraba la marcha en silencio.

Conservaba la misma chulería que el día anterior, solo que ahora la arrogancia se le había calcificado en la mandíbula y en la rigidez de los hombros.

Entraron los tres en bloque, aunque nadie les había dado permiso para hacerlo.

Agulló estudió el cuadro unos segundos. Había algo revelador en ese pequeño movimiento.

Cuando la gente siente el aliento del lobo en el cuello, se atrinchera junta, buscando refugio en el único rincón donde cree que todavía pincha y corta algo.

—Inspectora Agulló —dijo el mayor de los tres—. Soy Rubén Soria. Iker me ha avisado de que querían hablar conmigo.

—A Iker llevábamos tiempo queriendo verlo. A usted queremos verlo hoy.

Rubén aceptó el matiz sin pestañear.

—Lo que pueda ayudar.

Costa, apoyado en el mostrador del pasillo, miró la tableta. Bernal salió de la sala contigua y observó a Iker, que desvió la mirada.

—Lo haremos por separado —dijo Agulló.

Rubén puso una mano breve sobre el hombro de su hermano.

—Está nervioso.

—Entonces lo hará mejor sin público.

Daniel soltó una risotada burlona.

—Vais fuerte para no tener nada.

Agulló lo miró.

—Tú vienes conmigo, por listo.

La risa se le quedó a medio camino.

Bernal se llevó a Iker. Costa pidió a Rubén que esperara en la sala tres. Agulló entró con Daniel en la sala dos.

***

Daniel Berenguer se sentó como la primera vez, con los hombros relajados, la mandíbula en alto y el móvil boca abajo sobre la mesa.

Intentaba ganar espacio, demostrar confianza y masculinidad.

El problema era que Agulló había tratado con suficientes tipos como él para saber cuándo alguien era peligroso y cuándo solo necesitaba parecerlo.

Además, se dio cuenta de que repetía algunos gestos del día anterior, lo que también era una forma de no salirse del personaje que lo protegía.

—¿Has hablado con Rubén antes de venir? —preguntó la inspectora.

—No.

—Habéis llegado juntos.

—Pura coincidencia.

—No me insultes tan pronto, que la tarde es larga.

El chico se inclinó hacia delante.

—Mira, Álex se fue con vida. Lo habéis visto en el vídeo. Punto. Se acabó. Si luego se metió en alguna bronca, no es mi culpa, ni mi problema. ¿Me entiendes o no?

—Te entiendo. Tal vez seas tú el que no entiende de qué va esto.

—Esto va así porque es la verdad.

—También puede ser una verdad a medias. Tú y tus amigos tendéis mucho a contar solo la parte que os conviene.

—Que no, joder. Es la verdad y punto.

—Suenas como un disco rayado.

El chico apretó los dientes. Agulló tomó una fotografía borrosa de la figura con gorra y la dejó sobre la mesa sin soltarla del todo.

—¿Quién es?

Daniel miró medio segundo. Suficiente para ella.

—Ni idea.

—Si no has mirado.

—Porque no se ve una mierda.

—Pero te ha dado tiempo a saber que no eres tú.

—Es que no soy yo.

—¿Rubén?

Hizo una pausa mínima.

—Tampoco.

—¿Iker?

—Menos.

—Por lo menos reconoces lo que no se ve.

Daniel apartó la cara.

En la sala contigua, Bernal hablaba con Iker.

A través del cristal esmerilado solo se distinguían sombras, pero Agulló imaginaba la escena: Bernal guardando silencios mientras Iker los llenaba torpemente.

Esa era su especialidad. No rompía a las personas; les permitía experimentar por sí mismas el peso de lo que llevaban encima.

Daniel golpeó la mesa con dos dedos.

—¿Puedo largarme ya o qué?

—Vamos a esperar un poco.

—¿A qué?

—A que tu memoria mejore. ¿Agua?

Agulló dejó a Daniel en la sala dos, con un agente en la puerta y el móvil boca abajo sobre la mesa y entró en la sala tres.