La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 15. 15
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A las cuatro y doce de la tarde, la sala de incidencias había dejado de parecer una sala y empezaba a parecer un mapa que respiraba mal.

Agulló colocó tres fotografías sobre la mesa central: Álex en el autobús, la zapatilla dentro de la bolsa de evidencias y la figura con gorra captada por la cámara del portal.

Eran tres imágenes deficientes. Tres verdades incompletas.

Tres maneras distintas de obligarla a elegir una historia antes de tener derecho a hacerlo.

Costa apagó las luces para darle contraste a la pantalla mural. Antes de volver a su silla, dejó una botella de agua junto a la carpeta de Agulló. No dijo nada. Tampoco esperó gratitud.

Esa era su especialidad, aguardar a que ella, algún maldito día, registrara su existencia.

Agulló captó el gesto, pero ni siquiera rozó el plástico.

En la pantalla, la figura de las 11:17 avanzaba por el camino de tierra de Lo Morant, se ocultaba tras las cañas y reaparecía dos minutos después.

La imagen tenía todas las miserias de una cámara de seguridad barata: grano, píxeles rotos y colores apagados.

Suficiente para generar inquietud. Insuficiente para detener a nadie.

—Otra vez —dijo Agulló.

Costa rebobinó sin protestar. Ya era la décima.

La figura entró con la gorra baja y los hombros ligeramente caídos. La mano derecha estaba junto al cuerpo y caminaba sin prisa. Al salir, el pie derecho parecía arrastrarse un poco.

—No es Álex —dijo Bernal desde el fondo.

Agulló no apartó los ojos de la pantalla.

—No lo sabes.

—No. Pero no se mueve como él en el autobús. Álex está lesionado. Este se mueve de manera controlada.

Costa congeló el fotograma.

—Altura aproximada: entre 1,78 y 1,83, dependiendo de la inclinación de la cámara. Complexión media. Puede ser un hombre o una mujer alta con ropa ancha, pero no lo aseguraré.

—Tu nómina tampoco exige tanto —dijo Bernal.

Costa señaló el fotograma, con el bolígrafo.

—Si os fijáis, la cojera no es constante. Aparece de manera leve y luego desaparece. Puede deberse a una lesión, al terreno irregular o a un problema en el calzado.

—Teatro.

La palabra se quedó sobre la mesa, cerca de la zapatilla.

Agulló clavó los ojos en el cronograma que cruzaba la pizarra:

01:34 — Álex baja del N3 en Novelda-Garbinet.

01:58 — Último registro nocturno del móvil.

11:17 — Figura con gorra en Lo Morant.

11:31 — El móvil se conecta a la red durante menos de diez segundos.

13:24 — Aviso por zapatilla en la acequia.

Rojo solía repetir que cuando una prueba hace demasiados esfuerzos por encajar, lo normal es que te esté colando una trola.

Traer de vuelta el consejo le dejó un rastro de irritación sorda en la boca.

Volvió a escuchar aquella voz de lija, a oler el café quemado de la oficina y a recrear su maldita costumbre de poner el dedo sobre el error sin necesidad de abrir los labios.

La irritó incluso sin tenerlo delante.

Costa giró la cabeza, como si hubiera notado algo en ella, pero no le preguntó nada. Simplemente regresó a la pantalla.

—Costa, quiero todo lo que pueda unir el área de Lo Morant con el recorrido de Álex después de bajar del autobús —dijo Agulló—. Cámaras, movimientos de vehículos, accesos a garajes y cualquier matrícula, aunque solo tengamos un fragmento. Si parece poca cosa, tráemelo igual.

—Claro.

—Bernal, ¿estás ahí?

—¿Sí?

—Claudia e Iker deben declarar por separado. Nada de llamadas previas entre ellos, ni de esperas compartidas. Yo me encargaré de Daniel y Rubén Soria.

Bernal levantó la vista.

—Rubén aún no está citado.

—Lo estará en diez minutos.

Costa se giró en la silla.

—¿Como testigo o como qué?

—Como hermano del testigo, que recibió una llamada a las 00:23 y que trabaja en seguridad privada.

—No está mal.

Agulló tomó la carpeta de Iker Soria.

Veinte años .

Expediente limpio. Ningún antecedente penal, ninguna denuncia. Apenas un puñado de notas escolares que retrataban al típico chaval que cruza las aulas de puntillas, sin hacer ruido y sin que el sistema educativo deje la menor marca en él.

Según el padrón, vivía con sus padres y su hermano mayor, Rubén Soria, de treinta y cuatro años.

Agulló pasó la página.

Rubén constaba como administrador de Soria Control y Eventos, una firma menor dedicada a la seguridad privada, el control de accesos y la vigilancia en locales nocturnos, fiestas patronales y bolos de segunda fila.

Trabajos grises, turnos de madrugada y un catálogo interminable de garitos donde siempre pasaban cosas que luego nadie había visto.

Cerró la carpeta un momento.

A veces los informes acumulaban datos, fechas y declaraciones. Otras veces, en cambio, parecían levantados alrededor de sus propios silencios. Y lo que faltaba en el papel solía ser mucho más jodido de descifrar que lo que venía impreso.

Costa se inclinó hacia ella, bajando el tono lo justo para que Bernal pudiera fingir que no estaba escuchando.

—Rubén Soria no va a venir de buenas.

—No lo he citado por su ternura.

—Está bien, pero no lo aprietes tú sola por una cuestión de orgullo.

Agulló levantó los ojos de la carpeta.

—¿Eso es un consejo profesional, Costa?

—Es un intento torpe de mantenerte entera hasta la cena.

—Hoy te estás luciendo.

Bernal siguió concentrada en sus notas, pero dejó escapar una respiración que casi era una risa .

Agulló sostuvo la mirada de Costa. Había algo en él que permanecía siempre a medio camino de las palabras. Una inquietud silenciosa que regresaba una y otra vez sin llegar a mostrarse del todo. Muy persistente para ser simple compañerismo. Tan contenida, que nunca llegaba a exigir una respuesta.

Costa fue el primero en alejarse.

Siempre sabía dónde estaba el límite y elegía quedarse un centímetro atrás.

—Anotado —dijo Agulló.

—Eso tampoco es un sí.

—Soy la jefa. Es lo que hay.

El subinspector aceptó la respuesta, con una inclinación mínima de cabeza.

Bernal se acercó a la mesa.

—Claudia Vives está abajo. Ha venido con su madre.

—¿Y su padre?

—No. Pero ha llamado tres veces mientras esperaban. En la pantalla aparecía «Papá».

Agulló anotó el dato.

—Vicente Vives.

Costa silbó bajo.

—Constructor, eventos, patrocinio cultural, dos fotos al mes con concejales. Ese Vives.

—Sí, ese Vives —dijo Bernal—. La madre ha preguntado si era necesario que Claudia declarara de nuevo.

—Siempre es agradable cuando una familia poderosa reconoce que hay un problema.

Agulló recogió las fotos y salió hacia las salas.

** *

Claudia Vives esperaba sentada, rígida, con el pelo recogido en una coleta y las manos aferradas al bolso. A su lado, su madre mantenía la espalda recta y la mandíbula tensa. No parecía preocupada. Más bien, estaba ofendida por tener que estar allí.

A ojos de la inspectora, parecían dos versiones de la misma defensa: una joven temerosa y una adulta que había aprendido a ocultar el miedo con dinero.

—Claudia —dijo Agulló—. Vamos a hablar a solas.

La madre se levantó.

—Mi hija ya ha declarado.

—Necesitamos profundizar en su declaración. Ha habido novedades.

—Es mayor de edad, pero está nerviosa. Tiene derecho a estar acompañada.

—Tiene derecho a estar acompañada por un abogado si lo desea. También tiene derecho a declarar sin usted.

Claudia miró a su madre.

—Mamá, está bien. No te preocupes.

No estaba bien.

Pero entró.

Bernal tomó asiento a un lado de la mesa, lo bastante cerca para transmitir calma y lo bastante lejos para no resultar intimidante.

Agulló se sentó enfrente. Entre las tres quedó suspendido un silencio incómodo.

La sala olía a plástico de botellas abiertas y a ese aire reciclado que se acumula en los espacios cerrados .

Agulló dejó la botella de Costa sobre la mesa. Solo entonces se dio cuenta de que la había traído consigo.

—Hemos encontrado una prenda compatible con Álex —dijo—. Necesitamos que nos ayudes con esto.

Claudia palideció.

—¿Está…?

—Es una zapatilla. Nada más.

La chica exhaló lentamente.

Rojo habría interpretado aquel alivio como una confesión incompleta. Agulló lo sabía. También sabía que le habría advertido que tuviera cuidado con la esperanza, porque a veces no era más que otra forma de manipulación.

Apartó la idea.

Él no estaba allí.

—Necesito que volvamos a la noche en que Álex desapareció —dijo Agulló—. No a la versión edulcorada que me habéis intentado colar hasta ahora, sino a la verdadera. A lo que realmente ocurrió.

—Ya se lo he dicho.

—No. Me has dado la versión que habéis acordado.

Claudia apretó el bolso.

—No hemos acordado nada.

Agulló le entregó una hoja con la línea temporal. No incluyó la foto de la zapatilla.

—Mira. Álex envía un mensaje a Dani a las 00:08. Tú dices que se marcha a las 00:15 —explicó Agulló, repasando la secuencia mientras Bernal observaba a la chica sin apartar la vista—. Hasta aquí, todo correcto, ¿verdad?

—Sí. Eso fue lo que dije.

—Bien. Luego Iker llama a Rubén a las 00:23. Álex llega en autobús a la 1:34 y su móvil pierde la señal a la 1:58.

—Pero...

—A las 11:17 se ve a alguien con gorra en la zona de Lo Morant.

El móvil se activa a las 11:31 y encontramos una zapatilla.

—Agulló apartó la hoja y miró a Claudia fijamente—.

Si quieres seguir insistiendo en que solo fue una discusión, hazlo.

Pero ten en cuenta que cada minuto que falta en esta hoja lo acabará llenando alguien peor que tú.

Claudia miró la línea temporal.

—Rubén no hizo nada.

Bernal dejó de escribir.

Agulló no se movió.

—Yo no he mencionado a Rubén.

La chica abrió la boca, pero se contuvo.

—No fue como Dani lo está contando.

Las dos inspectoras intercambiaron una mirada.

—¿Por qué llamasteis a Rubén?

—Yo no lo llamé.

—He dicho que llamasteis.

—Fue Iker. Porque Dani se puso… Porque Álex estaba muy pesado.

—Define pesado.

—No quería irse.

—¿De dónde?

Claudia tragó saliva.

—Del bar.

—Del bar —repitió Agulló—. ¿Rubén llegó al bar?

—No.

—¿Lo viste esa noche?

—No.

—¿Hablaste con él?

—No me acuerdo.

Bernal intervino.

—Claudia, tienes miedo, y lo entiendo. Pero si ese miedo te lleva a proteger a alguien que hirió o agredió a Álex, también te está haciendo daño a ti.

—Como si Álex hubiera sido el problema.

—¿Y no lo fue?

—Álex era un bocazas. Nada más.

La pantalla del móvil de Claudia se iluminó sobre la mesa. Era una llamada de su padre. Claudia cubrió el teléfono con la mano sin siquiera mirarlo.

Agulló señaló el móvil.

—¿Tu padre sabe qué pasó?

—Mi padre no tiene nada que ver.

—Otra respuesta a una pregunta que no he hecho.

Claudia se levantó de golpe.

—Eso es todo lo que tengo que decir. Quiero irme.

La inspectora no se lo impidió.

—Puedes. Pero antes escucha esto —dijo, apretando los labios—.

Álex estaba vivo después de vuestra pelea.

Herido y algo desorientado, tal vez, pero vivo.

Si alguien pudo ayudarlo y no lo hizo, la diferencia entre la cobardía y el delito es muy pequeña.

Y créeme: cargar con la idea de no haber ayudado cuando aún se podía pesa toda la vida.

Claudia tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no lloró.

—Vosotras no podéis protegerme de ellos.

Bernal habló muy bajo.

—¿De quiénes?

La chica cogió el bolso de un tirón.

—De nadie. No he dicho nada.

Salió sin despedirse.

Agulló se quedó mirando la puerta cerrada.

No había confesado.

Había hecho algo más útil.