14. 14
Rojo apareció donde no debía, como siempre.
Agulló lo localizó al otro lado de la calzada, apoyado en una farola frente al parque. Costa también reparó en él. Se encajó la tableta bajo el brazo y clavó en Agulló una mirada cargada con una pregunta que ella prefirió ignorar.
Pero el exinspector no hizo amago de saltarse el cordón.
Se limitó a esperar en la acera, con las manos sepultadas en los bolsillos de la chaqueta y los ojos ocultos tras unas gafas oscuras.
Su presencia resultaba incómoda precisamente por su pasividad.
Estaba allí, plantado como una estatua, vigilando.
Con el aire de quien ya se sabe el final de un libro que los demás acaban de abrir.
Agulló se acercó hasta el borde de la zona acordonada.
—Creo que fui bastante clara durante la cena —dijo, bajando la voz—. Los dos sabemos de sobra que no puedes estar merodeando por aquí.
—Eso intento.
—Pues empieza por no entorpecer.
Rojo bajó la vista hacia el barro.
—La zapatilla está demasiado limpia, pero intuyo que ya te has percatado de eso.
Costa levantó la cabeza, aunque no dijo nada.
—¿Cómo te has enterado? —preguntó Agulló.
Rojo señaló el parque.
—Los policías hablan más de la cuenta, sobre todo en las cafeterías.
—¿Molina?
—No. Ni en sus peores sueños.
—¿Quién?
—En el fondo, pasaba por aquí y os he visto —dijo, y carraspeó—. Aunque eso importa menos que el hecho de que esto ya no es solo vuestro.
Agulló barrió los alrededores con la mirada.
Un par de vecinos grababan la escena con el móvil desde una distancia prudencial.
El repartidor de una moto había echado el pie a tierra solo para husmear.
Más allá, una mujer fingía esperar el autobús mientras estiraba el cuello por encima del cordón policial.
Rojo tenía toda la maldita razón, y constatarlo solo sirvió para encenderle más el cuerpo.
—No necesito espectadores.
—Por eso he venido. Pero me puedo largar si me lo pides.
Costa soltó una risa seca.
—Qué detalle. La grada se organiza sola.
Rojo no le siguió el juego. Miró hacia la acequia.
—¿Es suya?
—Eso parece.
—Esa expresión ha mandado a mucha gente al sitio equivocado.
Agulló dio un paso hacia él.
—Si has venido a hacer de vieja guardia, llegas tarde. Hoy no tenemos el día para chistes.
Rojo se quitó las gafas. Tenía los ojos más cansados de lo que ella recordaba, o tal vez su recuerdo no era preciso.
—He venido a decirte que la zapatilla está demasiado nueva.
La frase cayó justo donde Costa llevaba empujando toda la mañana.
Agulló no apartó la mirada.
—Explícate.
—Hasta donde sé, un chico herido baja del autobús a la una y media.
Luego su móvil se apaga —dijo. Respiró hondo y chasqueó la lengua—.
Diez horas después, el teléfono respira en un parque.
Media hora más tarde aparece una zapatilla limpia y reconocible en una acequia.
Es una secuencia lógica para una desaparición.
—O es una cadena real.
—Las cadenas reales suelen tener eslabones desagradables. Cosas que no encajan. Esta encaja demasiado bien. Lo suficiente para que sigas tirando del hilo y tomes una decisión rápida.
Agulló sintió el golpe.
—No sabes lo que tenemos.
—Sé lo que veo. Esa zapatilla no ha estado diez horas en el barro.
—¿Cómo lo sabes?
—Mira los ojales cuando tengáis las fotos buenas —respondió Rojo—. Si ha estado horas en ese barro, debería haber entrado por ahí.
Costa amplió una de las fotos en la tableta.
—El barro no ha entrado en los ojales.
Rojo no sonrió.
—Ese chico puede estar vivo. O puede que alguien necesite que tú actúes como si lo estuviera. Creo que me entiendes, Agulló.
—Estoy actuando como debe actuar una policía ante un desaparecido con prueba de vida reciente. ¿Acaso lo harías de otro modo?
—Estás actuando como si vieras una oportunidad donde quizá no la hay. Tal vez necesites dar un paso atrás y tomar distancia, inspectora.
Agulló habría contestado peor si se hubiera tratado de otro. Rojo no necesitaba reabrir heridas para evidenciarlas. Ese era uno de sus peores talentos.
Bernal rompió el silencio.
—La zapatilla puede estar sembrada, sí. Pero si no seguimos el posible rastro y Álex aparece después…
—Lo sé —dijo Rojo, sin mirarla—. Por eso es una buena trampa.
Costa se cruzó de brazos.
—No sabemos si es una trampa.
—No —respondió Rojo—. No lo sabéis.
La frase dejó la calle sin ruido durante un segundo.
Agulló miró la acequia. El técnico de la Científica se quitaba los guantes. La bolsa con la zapatilla entraba en una caja. Un agente marcaba el borde del camino con pintura en aerosol. Todo seguía igual, pero la percepción era distinta.
Costa recibió el vídeo del portal y lo puso en la tableta. Agulló y Bernal se acercaron. Rojo se quedó al otro lado de la cinta, quieto, observando sus caras más que la pantalla.
La imagen estaba pixelada, con ese granulado grueso de las cámaras baratas, apenas el mínimo para distinguir un camino de tierra y una silueta con gorra que entraba en el plano por el flanco izquierdo a las 11:17:08.
Estatura media, ropa oscura. Avanzaba sin prisa hasta que la maleza de las cañas se la tragaba.
Dos minutos más tarde, a las 11:19:12, reaparecía por el mismo sitio y enfilaba hacia la avenida.
Con aquella resolución era imposible sacarle las manos, y el rostro no pasaba de ser una mancha borrosa.
—Atrás —pidió Agulló.
Una vez.
Otra.
A la tercera, Costa estiró el dedo hacia el borde inferior del monitor. En la repetición, la silueta vencía el hombro derecho justo antes de perderse entre las cañas. El defecto en la pisada ya estaba ahí.
—Mira el pie derecho. Cojea un poco.
Rojo entornó los ojos.
—O finge cojear.
Agulló apretó la mandíbula.
—¿Siempre vas a elegir la opción que me deja sin aire?
—Elijo la opción que mantiene vivo el caso, aunque el chico no lo esté. La persona del vídeo no cojea a causa de la zapatilla perdida. Ya cojeaba antes de llegar a la acequia.
Bernal miró a Agulló, preocupada. Costa no apartó la vista de la tableta.
—Podemos pedir cámaras de salida hacia Virgen del Remedio y avenida de Novelda —dijo él—. Si es quien dejó la zapatilla, vino y se fue. Si es Álex, tenemos un avistamiento once horas después.
Agulló se agarró a esa posibilidad. Lo supo mientras lo hacía.
—Entonces lo trataremos como un posible avistamiento.
Rojo volvió a ponerse las gafas.
—Trátalo como doble hipótesis. Siempre. Si apuestas por una sola, estás acabada.
—No trabajo para ti.
—Ya lo sé.
—Ni necesito tu permiso.
—Eso también lo sé.
Durante un instante, ambos se comprendieron. No fue ternura ni romance, sino algo más inquietante. Rojo la observaba demasiado y Costa también lo notó, pero fue el primero en apartar la mirada.
Agulló hizo un gesto para que Costa guardara la tableta.
—Costa, tira de las cámaras de salida. Bernal, habla con Nuria: dile que hemos encontrado una prenda compatible, pero nada sobre posibles avistamientos hasta que lo confirmemos.
Mientras tanto, quiero presencia en Virgen del Remedio y que peinen el camino de tierra, los solares y los portales de la zona.
Y esta misma tarde, revisad la habitación de Álex.
—A tus órdenes —dijo Bernal.
Costa tardó medio segundo.
—Hecho.
Rojo se quedó quieto.
—Tú no vienes —dijo Agulló—. Eso ya está decidido.
—No pensaba hacerlo. Solo estaba echando un cable.
—Estás aquí. Para mí, es suficiente.
Él se quitó las gafas de sol una vez más. Tenía los ojos cargados de fatiga.
—Te lo advertí —dijo—. No confundas un rastro de vida con un tipo vivo.
—¿Quieres saber qué pienso?
—No leo la mente.
—Que no puedes andar apareciendo y desapareciendo cuando te dé la real gana.
—Estoy mirando desde una acera, Agulló. Es lo máximo que puedo hacer, sin regalarle a Molina una soga para colgarte.
—No conviertas una advertencia en una entrada al caso, Rojo.
La frase flotó entre ambos, densa.
Agulló guardó silencio. La mirada de Rojo arrastraba demasiado plomo, y lo jodido era que tenía razón. Si el fango le llegaba al cuello, tal vez acabara necesitándolo. En el fondo, tampoco le interesaba terminar de reventar una relación que nunca sabía muy bien dónde encajar.
Él esbozó una mueca. Una sonrisa desvaída, a medias, que no llegó a los ojos.
—En fin —dijo ella—. Será mejor que no estorbes.
—Recibido.
Agulló caminó hacia el coche sin mirar atrás, cortando en seco antes de soltar otra sandez de la que arrepentirse.
Al encajarse en el asiento del conductor, el retrovisor le devolvió la estampa de la acequia. Una zanja de lodo, el cordón policial y media docena de uniformados pululando de un lado a otro.
La zapatilla podía ser del chaval.
La silueta del vídeo podía ser el chaval.
Los mensajes del móvil podían ser el chaval.
Tres anzuelos idénticos.
Agulló metió primera y arrancó. Sabiendo de sobra que lo más probable era que estuviera tragándose el primero, pisó el acelerador.