13. 13
La zapatilla estaba donde no debía.
Esa fue la primera certeza de Agulló al verla desde el borde de la acequia, antes incluso de que la Científica levantara la cinta y antes de que el agente que la había encontrado intentara justificar por qué no la había tocado.
Blanca, con una raya azul en el lateral, hundida a medias en el barro oscuro junto a una mata de cañas secas.
Lo bastante visible como para no haber pasado inadvertida toda la mañana.
Cubierta de barro, pero no tanto como para parecer abandonada desde hacía semanas.
Y, sin embargo, con el talón extrañamente limpio para ser un simple desecho arrastrado hasta allí.
Agulló había aprendido a desconfiar de las cosas que aparecían cuando ya no deberían hacerlo y, además, en el sitio perfecto para ser encontradas. Una prueba no era solo lo que mostraba. También era el momento en que decidía mostrarse. El lugar. La forma. La facilidad con que se dejaba encontrar.
Había objetos inocentes y objetos que parecían pedir a gritos que alguien construyera una historia alrededor de ellos.
Aquella zapatilla tenía algo de eso .
O esa era la impresión que le daba. A pesar de no confiar ciegamente en su intuición, era como si aquel objeto la obligara a mirar en una dirección. A imaginar a un chico herido, embarrado, vivo, avanzando como podía entre las cañas.
—Joder... —murmuró, mordiéndose el labio inferior.
De alguna manera, con una irritación fría, supo que una parte de ella ya había empezado a imaginarlo.
No le gustó.
¿Tenemos esperanza, inspectora? , pensó, imaginando la voz de Molina al teléfono.
La esperanza era una herramienta mala en una escena de búsqueda.
Servía para sostener a una madre, para mantener despiertos a los agentes, para justificar una batida cuando los datos aún no daban para tanto.
Pero, en la cabeza de quien mandaba, la esperanza podía pudrirlo todo.
Podía convertir una posibilidad en un rumbo.
Una mancha en un rastro. Una zapatilla en un mensaje.
Y, aun así, ahí estaba.
La parte más primitiva de su cerebro, la que no llevaba placa ni sabía nada de cadena de custodia, le decía que Álex Roldán podía haber pasado por allí.
Que podía haber perdido la zapatilla al resbalar.
Que podía haberse levantado con el calcetín mojado, con el tobillo torcido, con miedo, y haber seguido hacia alguna parte.
Vivo.
El borde norte de Lo Morant olía a agua estancada.
A pocos metros, el parque seguía con su actividad habitual: perros, carritos de bebé, corredores y niños jugando.
Una mujer sostenía una bolsa de pan, un anciano corregía a su perro y dos adolescentes caminaban mirando sus móviles.
Nadie aminoraba la marcha para notar que, tras la cinta policial, algo había ocurrido.
Allí abajo parecía hacer más frío. La zanja discurría entre cañas secas y barro negro.
Había restos de plástico atrapados entre las ramas y una bolsa que el viento movía apenas, como si respirara.
Era uno de esos lugares que nadie mira dos veces.
Un lugar donde las cosas desaparecen sin hacer ruido.
Una zapatilla. Un teléfono. La huella de una vida reducida a unos pocos detalles.
La inspectora sintió el viejo pulso en la nuca. El mismo que aparecía en cada búsqueda contrarreloj. El de los minutos perdidos, las llamadas que llegaban tarde y los cuerpos que ya no esperaban a nadie.
Agulló se agachó junto a la cinta.
—¿Quién la ha visto primero?
El agente de la Policía Local señaló a un hombre con mono verde.
—El operario. Estaba limpiando la zona de la acequia. Ha llamado al ver la raya azul. Había oído por radio la descripción.
El operario, un tipo de unos cincuenta años, con bigote fino y manos como palas, no parecía impresionado. Estaba cabreado. Le fastidiaba que aquella maldita prueba hubiera aparecido justo cuando estaba a punto de fichar la salida.
—No la he tocado —dijo antes de que le preguntaran—. La vi ahí y llamé.
—¿Desde dónde?
El hombre señaló el camino de tierra.
—Desde arriba. Brillaba un poco. Bueno, no brillaba. Pero el blanco se veía.
Agulló miró a Costa. Él ya estaba fotografiando la posición desde fuera de la cinta.
—¿Cuándo pasó por aquí antes? —preguntó ella.
—Por la mañana, alrededor de las ocho.
—¿Y estaba?
El operario dudó.
—No lo sé.
—No le pregunto si la recuerda, sino si pudo verla.
—Pude verla, sí. Pero no la vi.
Costa se acercó al borde, sin pisar fuera de la zona limpia.
—Si estaba aquí a las ocho, se escapó. Si no estaba, alguien la dejó después.
—O se movió con el agua.
Costa miró la acequia casi seca.
—Con ese Amazonas, seguro.
El sarcasmo no le quitaba razón. La acequia apenas llevaba un hilo de agua oscura y estancada, incapaz de arrastrar una zapatilla ni un par de palmos. Si el calzado estaba allí, había llegado con un pie dentro, en una mano o porque alguien lo había colocado a propósito, esperando el hallazgo.
Bernal apareció desde la parte alta de la zanja, escoltada por dos zetas. Traía la mandíbula tensa y la libreta en la mano.
—Nuria pregunta si puede venir.
—No.
—Ya le he dicho que no.
—Díselo otra vez.
—Rafael también lo ha pedido.
Agulló miró la zapatilla.
—Menos todavía .
Los de la Científica descendieron con cuidado.
Dos técnicos, con fundas en los zapatos, llevaban una cámara, marcadores y bolsas.
La escena era pequeña, pero Agulló notó cómo su cuerpo reaccionaba como si fuera enorme.
El barro alrededor de la zapatilla tenía marcas: algunas eran pisadas antiguas; otras, huellas de animales.
Una marca más profunda, a la izquierda, parecía la de una suela que había resbalado.
—Ahí —dijo ella.
El técnico fotografió.
—Podría ser una huella parcial.
—¿Tamaño?
—A simple vista, compatible con la zapatilla. Pero prefiero analizarla antes de sacar conclusiones precipitadas.
Costa soltó un ruido leve.
—Me cae bien.
Agulló no respondió. Se inclinó un poco más. En la puntera había una línea marrón oscura, insuficiente para identificarla como sangre sin pruebas. El cordón estaba desatado y la lengüeta, torcida hacia fuera.
Era una zapatilla perdida por alguien que corría o caminaba con dificultad, posiblemente arrancada por el barro. O colocada allí por alguien.
Tres historias.
Una sola prenda.
—Si es suya —dijo Bernal—, pudo bajar desde la parada, cruzar el parque, perderla aquí y seguir.
Costa la miró.
—¿Con una sola zapatilla?
—Herido, desorientado y asustado, no sería el primer desaparecido en actuar de forma absurda.
—Tampoco sería la primera pista falsa.
Agulló escuchó a los dos y se dio cuenta de que necesitaba que Bernal tuviera razón.
Eso la irritó.
—Ya lo sabéis. La decisión no se toma aquí —dijo—.
Se levanta la prueba, se coteja talla, desgaste, ADN y restos.
Después decidiremos qué vía tomar. Quiero un rastreo amplio, en abanico, desde este punto.
Si perdió la zapatilla aquí, tuvo que apoyar el pie descalzo o con calcetín en algún sitio.
Buscad barro, sangre, marcas y revisad las cámaras de seguridad en los accesos. Buscad cualquier maldita cosa.
Costa la miró un segundo más de la cuenta.
—¿En abanico hacia dónde?
Agulló señaló la acequia, el camino, los bloques al norte y la salida hacia Virgen del Remedio.
—Adónde iría alguien que no quiere ser encontrado.
—O adónde quiere llevarnos quien dejó esto.
Ella se volvió hacia él.
—No estamos descartando eso.
—Lo sé, pero asumes que se fue caminando.
—Estoy cubriendo una posibilidad.
—Estás cubriendo la que quieres.
—Entonces no me lo repitas como si fuera idiota.
Costa bajó la vista hacia el mapa. No se dio por aludido. Esa era otra de sus virtudes con ella: encajar el golpe cuando sabía que la frustración no iba dirigida a él.
Los de la Científica recogieron la zapatilla. Al despegarla del fondo, el lodo soltó un chasquido húmedo, como una succión. Debajo solo quedó la huella del hueco, agua estancada y una lombriz retorciéndose bajo el sol.
Agulló se quedó mirando la bolsa de evidencias. El calzado, ahí dentro, parecía mucho más pequeño.
—Quiero que Nuria confirme marca y talla, pero sin ver la zapatilla todavía —dijo, observando detenidamente la prenda—. Necesito fotos de zapatillas similares de Álex.
Bernal asintió.
—Estoy con ella.
Costa recibió un aviso y se apartó unos pasos. Cuando volvió, tenía la boca torcida.
—La cámara de un portal cercano captó imágenes del camino de tierra. Mala calidad. Se detectó movimiento a las 11:17.
—¿Qué movimiento?
—Una silueta con gorra. Podría ser un hombre. O un arbusto en movimiento. Es difícil distinguirlo. Entra por el camino y sale dos minutos después.
—¿Antes del enganche del móvil?
—Catorce minutos antes.
Agulló intentó conectar la prenda, el barro, el móvil y el parque en una secuencia lógica.
Persona en el camino. 11:17.
Móvil activo. 11:31.
Zapatilla encontrada. Mediodía.
—Necesito ese vídeo —dijo.
—Ya viene.
Agulló no apartó los ojos de la bolsa de evidencias mientras el técnico estiraba la cinta de precinto, sellándola con un chasquido seco.
El calzado quedó flotando tras el plástico translúcido.
No le decía si el chaval seguía vivo. Tampoco si estaba muerto.
Solo inyectaba más incertidumbre al caso, y la inspectora sabía de sobra que, en una investigación, la incertidumbre es lo que hace que todo salte por los aires.
Entonces llegó una voz desde el otro lado de la cinta policial.
—No estás buscando lo que dejó el chico.
Conocía esa voz.
Costa también la reconoció al instante.