12. 12
Estaba sentada en la sala dos, con el abrigo doblado sobre las rodillas y la espalda recta, igual que el primer día. Pero algo en ella había cambiado. Si horas antes sostenía una certeza, ahora sostenía una esperanza, y esa esperanza pesaba todavía más.
Bernal había preparado agua, pañuelos y un espacio limpio sobre la mesa. La madre de Álex no usó nada. Miró el fotograma ampliado del autobús y dijo:
—Es él. Es mi Álex.
El marido estaba de pie detrás de ella, con los brazos cruzados.
Había llegado diez minutos antes, con botas de trabajo limpias y una camiseta gris.
No olía a alcohol, ni a abandono, lo cual era una señal positiva para la policía.
Por el contrario, olía a pintura, sudor y a hombre que preferiría estar cargando sacos, antes que sentado frente a algo que no podía arreglar.
—La imagen es borrosa —dijo Rafael Roldán.
La esposa no se giró.
—Es mi hijo.
—No digo que no.
—Llevas diciendo eso desde que entramos.
Rafael Roldán tensó la mandíbula. Agulló observó el gesto e identificó la forma en que ese hombre se defendía.
Era su coraza. Algunos padres necesitaban un culpable para mantenerse en pie, mientras que otros requerían una explicación que les permitiera respirar.
Rafael parecía pertenecer a este segundo grupo, y eso podía ser igual de peligroso.
Agulló colocó sobre la mesa dos impresiones: una del rostro de Álex en el autobús, otra de una foto familiar.
—Necesitamos que identifiquen y confirmen algunos elementos o pertenencias de Álex: su pendiente, la chaqueta y las zapatillas. También, si es posible, que revisen el vídeo completo, para observar su forma de caminar. Eso nos ayudará a estar más seguros.
Costa reprodujo el archivo original en una pantalla pequeña: veintiséis segundos de grabación del autobús, el ruido, el chico al fondo, su avance torpe hacia la puerta y su descenso.
Nuria se llevó una mano a la boca al verlo tropezar.
—Está herido. ¿Qué le ha pasado?
—¿Es que no lo ves? Está borracho —dijo el marido.
La frase salió demasiado rápido por su boca.
Agulló pausó el vídeo.
—¿Por qué dice usted eso?
—Porque no es la primera vez que lo veo así.
—¡Rafa! Por Dios...
—No empieces, por favor…
Nuria lo miró.
—Entonces no lo digas —le reprochó—. Hablas de él como si fuera un...
Él bajó la voz.
—Déjalo, Nuria, joder .
—¿A qué viene todo esto? —insistió la inspectora—. ¿Me lo explican?
Rafael miró a su mujer y luego a Agulló.
—¡Porque Álex bebía! —exclamó, liberando su pecho de aquella carga. Nuria intentaba aguantar las lágrimas, aunque Agulló no sabía si eran de pena o de vergüenza—. Es verdad, joder, Nuria. El chaval se había puesto así más de una vez, cuando se tomaba dos copas.
—Solo era cuando se juntaba con sus amigos...
—Se ponía dramático, torpe, pasado de rosca. ¿Es que no te acuerdas?
—No siempre.
—No siempre, pero a veces —matizó él, calmándose—. ¡Deja de defenderlo siempre, Nuria! No quieras adornarlo solo porque ahora no está.
La mujer lo miró en ese instante.
—Eres un cretino. No está para que lo critiques.
—No lo critico. Intento entenderlo. Sigue siendo mi hijo.
—No. Estás intentando reducirlo a algo más simple, para no enfrentarte a lo que está pasando.
El silencio dejó al descubierto algo que no pertenecía solo al caso.
Bernal intervino con cuidado.
—Rafael, ayer mencionó que Álex pudo haberse ido por voluntad propia. Necesito que nos diga si hay algo concreto que respalde esa idea.
Él respiró hondo. Agradeció casi físicamente que alguien le abriera esa puerta.
—El sábado dijo que se largaría. Que estaba harto de todos. De su madre, de mí, de esa chica, Claudia, de Alicante y de su entorno. Lo dijo así, con esas palabras.
—¿Eso era habitual en él? —preguntó Agulló—. Lo de amenazar.
—Decir barbaridades, sí. Pero esta vez…
Se detuvo.
—Esta vez, ¿qué?
—Esta vez parecía tener un plan.
Nuria se removió en la silla.
—No digas estupideces. Álex no tenía ningún plan.
—Tú no lo sabes todo, Nuria.
La madre se quedó quieta. La frase dolió aún más al reconocer una posible verdad en ella.
Agulló esperó.
Rafael sacó el teléfono sin prisas, midiendo cada movimiento.
Deslizó el pulgar por la pantalla, buscando entre las aplicaciones con una calma que parecía fingida.
Cuando dio con lo que quería, dejó el aparato bocarriba sobre la mesa, empujándolo hacia el centro para que hablaran las pruebas.
Era un intercambio de mensajes con Álex.
Breve, cortante. De hacía cuarenta y ocho horas.
Rafa: «Mañana vienes a ayudarme, no me dejes tirado otra vez».
Álex: «Paso. Hazlo tú. Yo ya no voy a estar para tus mierdas».
—Eso no es un plan —dijo Nuria—. Eso es una contestación de crío que no quiere echarle una mano a su padre.
—¡Venga, no me toques la moral! —dijo él—. ¿Y la mochila negra? ¿Dónde está? ¿Eh? Lo tenía preparado.
Agulló levantó la vista.
—¿Cómo dice?
—Sí, una mochila que usaba para el gimnasio. Negra, con un parche rojo. Esta mañana he mirado su cuarto y no estaba allí.
Nuria negó enseguida.
—Esa mochila estaba rota. La tiré hace semanas.
—Pues yo la vi el jueves.
—No la viste.
—Sí la vi.
Agulló anotó dos palabras en la libreta: mochila negra. Al lado, añadió un imperativo: Verificar.
El asunto no le gustaba. No porque fuera un mal indicio, sino porque encajaba con demasiada comodidad.
Sabía que las teorías fáciles tienen una tendencia peligrosa a llenar los huecos de una mala investigación.
Un chaval mayor de edad. Una bronca familiar.
Un portazo con rabia. La exnovia. Algo de efectivo en el bolsillo y una mochila ausente.
Con cuatro retales, cualquiera te montaba un caso cerrado.
Bastaban unos pocos elementos para construir una historia convincente.
Además, la inspectora empezaba a sospechar que la madre ocultaba cosas.
No necesariamente mentiras; a veces bastaba con apartar la mirada de aquello que resultaba insoportable.
Lo había visto otras veces. Padres que protegían a sus hijos incluso cuando ya no podían protegerlos.
Comprendía el impulso, pero sabía que también podía convertirse en otro muro más dentro de la investigación.
La situación le resultaba familiar, muy cercana.
Todos esos elementos, ordenados sobre una mesa, comenzaban a sugerir una decisión premeditada. Separados, podían ser solo el ruido de una familia disfuncional.
—¿Falta ropa? —preguntó.
Nuria contestó antes que nadie.
—No.
—No lo sabemos.
—¿Dinero? —preguntó la inspectora.
—Tenía algo en efectivo —dijo el marido—. Trabajó unos días conmigo. Le pagué lo justo.
—¿Cuánto?
—Doscientos euros.
Nuria lo miró, sorprendida.
—No me dijiste eso.
—Porque no tengo que contártelo todo.
Agulló vio a Bernal bajar la mirada hacia la libreta, un gesto que interpretó como un intento de registrarlo todo. La familia comenzaba a desmoronarse y cada fisura podía ser tanto una pista, como una estrategia de defensa.
Costa asomó por el marco de la puerta y le hizo una seña. Agulló lo siguió al pasillo.
—Dime.
—Nada en el parque de Lo Morant. Nada que sirva de verdad. Hemos pedido una geolocalización más precisa, pero la operadora ya nos ha dicho que no puede afinar más. Seguimos dentro del mismo sector. Si el teléfono se encendió en un coche en marcha, estamos jodidos.
—¿Nuestro coche?
—Es una posibilidad.
—El padre está dejando caer que puede haber sido una fuga voluntaria.
Costa miró hacia la sala.
—¿Con qué?
—Lo típico. Frase de hartazgo, dinero, posible mochila.
—Clásico.
—Eso no lo hace falso.
—Con suerte, cerramos el caso pronto.
Agulló volvió a entrar.
Rafael ya se había sentado, algo más sosegado, aunque Nuria seguía esquivando su mirada. En el monitor, el fotograma congelado mostraba a Álex bajando del autobús por milésima vez. El chaval siempre bajaba del estribo, atrapado en un bucle eterno, pero nunca llegaba a ninguna parte.
La inspectora tomó aire antes de dirigirse a ellos.
—Miren, si no les importa, vamos a registrar la habitación de Álex, con su consentimiento —explicó, observando sus reacciones—.
Esto implica revisar el dormitorio y todo lo que contenga: ropa, mochila, ordenador, dispositivos y notas personales.
Buscamos cualquier cosa que explique si Álex quería irse o si alguien quería que lo pareciera.
Nuria asintió. Rafael lo hizo un segundo después.
—¿Ha dicho el ordenador?
Agulló clavó en él la mirada.
—Sí.
—¿De veras es eso necesario? —quiso saber Nuria Sempere.
—Su hijo ha desaparecido, señora.
—Ya, pero tiene veinte años. Tendrá cosas privadas, digo yo, ¿no?
—Todos las tenemos.
Rafael se pasó una mano por la boca.
—Hace un mes encontré una carpeta abierta en su ordenador. No miré mucho.
Nuria se giró hacia él.
—¿Qué carpeta?
—Fotos. Capturas. No sé. Cosas de Claudia, supongo. No me metí.
Agulló no apartó la mirada.
—¿Por qué no lo ha dicho antes?
—Porque no sabía si era importante.
—¿Y ahora?
El hombre miró la pantalla congelada.
—Ahora cualquier cosa puede parecer importante.
—Si está vivo, su privacidad puede esperar. Si no lo está, también.
Nuria cerró los ojos.
Rafael se echó hacia atrás, como si aquellas palabras le hubieran asestado una patada en el pecho.
—Solo digo que a veces se encuentra una cosa y se acaba viendo otra. Una fotografía, un mensaje, cualquier estupidez. Luego todo encaja donde no debe. Ya me entienden... No saquen las cosas de contexto.
Lo primero que le vino a la mente a la inspectora fueron fotos comprometidas, vídeos sexuales, la clase de secretos rutinarios de cualquier chaval de veinte años.
Nada que justificara semejante pánico. Los padres descubrían mierda en los ordenadores de sus hijos todos los días y, simplemente, tragaban saliva y aprendían a vivir con ello.
Pero aquello era diferente.
Rafael no parecía avergonzado, ni escandalizado; lo que tenía era el miedo metido en el cuerpo. Y Agulló se conocía de memoria esa clase de terror.
No era el pánico a lo que la policía pudiera desenterrar en el disco duro.
Era el miedo a descubrir que el desaparecido no era el hijo que creías tener, sino un maldito extraño.
La certeza de que existía una vida paralela, levantada a oscuras y fuera del radar de la familia.
Quizá ese era el verdadero pozo de Rafael.
No saber dónde estaba Álex, sino quién demonios era cuando se apagaban las luces.
Agulló bajó la voz.
—Escúchenme bien. No buscamos juzgar a su hijo. Solo queremos encontrarlo, tanto como ustedes.
Rafael no respondió.
Un breve golpe en la puerta interrumpió el silencio de la sala. Era Bernal, con el móvil en la mano y una expresión distinta, más serena de lo habitual.
—Jefa.
La inspectora se levantó.
—¿Qué ocurre?
Bernal observó al matrimonio antes de hablar, deteniéndose lo suficiente para que la tensión se hiciera palpable.
—Ha llamado una patrulla desde una acequia, junto al borde norte de Lo Morant. Un operario de limpieza ha encontrado una zapatilla en el barro.
Nuria se puso de pie demasiado rápido.
—¿Qué zapatilla?
Bernal no respondió a la madre, sino que miró a Agulló.
Rafael solo se lamentó. Hasta ese momento había logrado aparentar enfado, pero ahora solo parecía cansado y avejentado.
—Una deportiva blanca. Con una raya azul.
Durante un segundo nadie dijo nada.
—¿En qué estado? —preguntó Agulló.
La subinspectora tragó saliva.
—Eso es lo raro. Está en el barro, pero casi no tiene barro.
—¿Cómo que casi no tiene barro ?
—Como si alguien la hubiera dejado allí hace poco.
Nuria se llevó una mano al pecho mientras Rafael permanecía mudo. La imagen del autobús seguía congelada en la pantalla, con Álex de pie, descendiendo hacia la noche.
Agulló observó las zapatillas en la imagen y luego dirigió su mirada hacia la puerta.
—En marcha.