11. 11
El parque de Lo Morant no parecía un sitio donde alguien pudiera desaparecer.
Costa apoyó la tableta sobre el capó. El círculo azul del último enganche abarcaba media pantalla: Lo Morant, calles adyacentes, accesos desde la avenida de Novelda, bloques de viviendas, aparcamientos, pequeños solares y zonas ajardinadas. Dentro de aquel círculo cabía demasiada información.
—La operadora no estrecha más —dijo el compañero—. Señal de menos de diez segundos. Terminal encendido o intentando conectarse a la red. No hay llamada ni datos sostenidos.
Agulló observó el mapa.
—¿Altura?
Costa levantó la vista.
—No me hagas eso .
—Solo pregunto.
—No hay altura ni hay milagro. Solo hay un radio de celda, rebotes y ganas de matarnos buscando una aguja en un pajar.
Un agente de la Policía Local, joven, con unas gafas de sol demasiado grandes, se acercó con una libreta en la mano.
—Inspectores, tenemos dos patrullas cerrando accesos principales. Otra viene por la parte de arriba. ¿Buscamos una persona o un teléfono?
Agulló lo miró.
—Las dos cosas. Pero, si tiene que elegir, busque a la persona.
El agente asintió. La orden no le aclaró mucho, pero al menos le dio algo que hacer.
Dividieron la zona en cuatro sectores. Costa se encargó de las cámaras y los comercios.
Agulló asumió el control del eje del parque y los accesos a los bloques.
Una pareja de zetas revisaría contenedores, jardineras, baños públicos y huecos de garaje.
La Policía Local hablaría con jardineros, porteros, dueños de bares y cualquier persona que hubiera visto a un chico de veinte años, desorientado o herido, con una chaqueta vaquera negra y zapatillas blancas con una raya azul.
La descripción empezaba a sonar repetitiva.
Agulló caminó a paso lento hacia la primera marquesina del sector, sosteniendo la funda de plástico transparente con el fotograma como si fuera un escudo contra la indiferencia del barrio.
Aquella estructura metálica no era la parada que había encendido las redes sociales en el vídeo de TikTok, sino otra situada un par de manzanas más arriba, metida de lleno en el epicentro del radio de acción que acababa de escupir el repetidor.
El panel estaba rayado con una navaja y una pegatina de cerrajero cubría parte del horario.
En el banco había una lata aplastada y una colilla reciente.
Nada.
El jardinero municipal, un tipo enjuto con una camiseta reflectante naranja que el sol ya había empezado a decolorar, se limitó a negar con la cabeza sin retirar la vista de la desbrozadora que descansaba entre sus botas.
Le echó una mirada rápida al fotograma plastificado y volvió a negar, esta vez con más fuerza.
Comenzaba su turno a las seis. A esa hora, dijo, solo había corredores, dos hombres bebiendo café de un termo y una mujer que alimentaba a unos gatos detrás de los arbustos.
No había ningún joven herido, ningún móvil tirado ni ninguna chaqueta.
—¿Ha visto algún coche parado donde no debería? —preguntó Agulló.
El jardinero soltó una risa seca.
—Inspectora, aquí todos paran donde no deben. Es el deporte nacional.
Ella le mostró el fotograma. El hombre lo sostuvo durante unos segundos, con una atención que parecía sincera, y volvió a negar.
—A ese no.
Siguieron.
En el umbral de un portal de ladrillo visto de la calle Doctor Jiménez Díaz, un vecino asomó la cabeza aprovechando la rendija que abría el portero automático.
Vestía una camiseta de tirantes blanca, gastada por los lavados, y unas chanclas de goma que chasqueaban contra el terrazo del vestíbulo.
Admitió que el ruido ambiental lo había desvelado durante la madrugada; había oído voces filtrándose por el patio de luces, pero fue incapaz de fijar una aguja en el reloj o de precisar el número de bocas que competían en la oscuridad.
Quizá eran chavales, tal vez una pareja discutiendo, o podía ser la televisión del tercero.
Cuando Agulló le pidió detalles más concretos, el recuerdo se le desvaneció entre los dedos.
—Yo no quiero líos, ¿me entiende?
—Le entiendo, pero un chico puede estar en peligro.
—Ya. Pero yo no vi nada.
Agulló guardó el fotograma.
—No le he preguntado todavía si vio algo. Le he preguntado si oyó voces, ruidos...
El vecino abrió la boca y la cerró.
—Eran chavales.
—Antes ha dicho que podía ser la televisión.
—Pues eso. No sé.
—¿Cuántas voces oyó?
El hombre bajó la mirada al felpudo.
—Dos. Sí, creo que fueron dos.
—¿Varones?
—Una era de hombre. La otra… no sé.
—¿La otra podía ser de un chico joven?
El vecino tardó demasiado.
—Mire, yo no quiero problemas y no quiero declarar.
Siempre llegaban allí. A ese pequeño muro doméstico, construido con miedo, pereza y supervivencia.
A las 12:07 en punto, el silencio del canal policial se rompió con el crujido metálico de un walkie-talkie.
Un agente de la escala básica, con la respiración entrecortada por la estática de la radio, informó de un posible hallazgo en el módulo de los baños públicos, en el cuadrante suroeste del parque.
Agulló echó a andar deprisa y terminó corriendo.
Durante unos segundos dejó de pensar. La experiencia, las hipótesis y las dudas desaparecieron.
Solo quedó espacio para una imagen obstinada y nítida, grabada a fuego tras los párpados: Álex.
Lo visualizó solo, con el cuerpo roto por los golpes y la garganta seca por la deshidratación de diez horas de intemperie, tendido sobre unas baldosas de gres manchadas de abandono urbano, con la pantalla del maldito teléfono apagada definitivamente a unos centímetros de sus dedos rígidos.
Una imagen sencilla y terrible, precisamente por eso difícil de apartar.
Por desgracia, no era él.
Era un chico de diecinueve años. Dormía tirado en el suelo, encogido sobre sí mismo en una posición casi fetal que buscaba retener el último rastro de calor corporal contra el frío húmedo del hormigón.
Llevaba una sudadera azul marino con el logotipo de una marca de skate, empañada por una costra de vómito seco que le subía por toda la bocamanga derecha, y una pulsera de tela de alguna discoteca del puerto todavía ceñida a la muñeca, el último vestigio de una fiesta que se había truncado hacía demasiadas horas.
La resaca parecía adherida a sus facciones, como una segunda piel grisácea y sudorosa, dándole el aspecto demacrado de un superviviente de naufragio.
Al percibir la irrupción de las botas policiales contra el gres, el chaval abrió los ojos de golpe.
Al ver las siluetas recortadas contra la luz del mediodía y el destello de las placas, no gritó ni intentó huir.
Se limitó a levantar las manos muy despacio, cubriéndose el rostro con un reflejo puramente instintivo.
—No he hecho nada.
Agulló sintió una punzada de frustración irracional.
—Joder... ¿Cómo te llamas ?
El chico tartamudeó. Nunca había visto a nadie parecido a Álex, y Agulló intuyó que no compartían ningún lazo.
Según les explicó, había llegado allí después de una fiesta porque su amigo vivía cerca, pero no le abrió la puerta.
Así que la solución había sido dormir en el parque y superar la resaca.
Llevaba el móvil en el bolsillo, encendido y con batería.
—No he visto a nadie —dijo el chico—. Se lo juro...
Agulló se agachó frente a él.
—Piénsalo bien. Era un chico como tú, llevaba una chaqueta negra y zapatillas blancas. Al parecer, le habían dado un puñetazo o se había caído.
—No. Le juro que no...
—¿Y un coche? ¿Te suena haber visto alguno por aquí?
El chico parpadeó.
—¿Cree que me acuerdo de algo?
—Haz un esfuerzo, anda —le dijo ella, sin demasiada esperanza.
—Ahora que lo dice... Sé que había música. De eso sí que me acuerdo.
—¿Qué clase de música? ¿Venía de alguna casa?
—No sé. Vieja. Como de feria.
Costa miró a Agulló.
—¿De feria?
—Una melodía. La escuché cuando estaba potando ahí arriba. Joder, eso sí que lo recuerdo. Se me clavó en la cabeza como un taladro. Venía de una furgoneta o de algo parecido, una música vieja, repetitiva... y cada nota me golpeaba las sienes de la hostia.
—¿La llegaste a ver?
—No. Solo las luces rojas... Como las de freno.
Agulló se quedó quieta .
—¿Dónde, exactamente?
El chico señaló con una mano temblorosa hacia la parte norte del parque.
Costa llegó cuando ya lo sacaban fuera.
—Falso positivo.
—Para nosotros. Para Tráfico habría sido otra cosa.
—¿Y este?
—Positivo con creces, de haber conducido.
Pero Costa no pilló el chiste. No era momento para bromas. El tiempo apremiaba para todos y en cualquier momento podía sonar el teléfono.
—Tenemos más cámaras —dijo el subinspector, observando las letrinas—: un supermercado, una gasolinera y un colegio infantil. Sin embargo, ninguna está enfocada al lugar que necesitamos.
—Qué suerte, ¿eh?
—Ya...
Agulló se quitó un guante y se frotó la frente. Tenía polvo en la piel. El sol rebotaba en las fachadas y regresaba convertido en una luz blanca y sucia.
—¿Y el móvil?
—Nada. No ha vuelto a enganchar.
—¿Puede haber sido alguien que lo encendió y lo apagó al ver que no tenía batería?
—Puede.
—¿Puede haber sido Álex?
Costa tardó medio segundo.
—También puede, jefa.
Era justo lo que ella necesitaba oír. Y quizá justo lo que él no debería haber dicho tan claro .
Siguieron hasta los contenedores de una calle lateral.
Dos agentes removían las bolsas, con pinzas y expresiones de desaprobación.
Sacaron comida podrida, una chaqueta de mujer, cristales rotos, un cargador barato y una carcasa de móvil que no parecía encajar con nada.
No encontraron documentación, zapatillas ni sangre visible.
Nada que les indicara hacia dónde dirigirse.
A las 12:39, la búsqueda inicial había generado mucho movimiento, pero ninguna dirección clara.
Molina llamó por teléfono.
—Dígame que ha encontrado algo en ese parque.
—De momento, no.
—Eso no me sirve para Jefatura.
—A mí tampoco para encontrar al chico.
Al fondo, un niño lanzó una pelota que golpeó una papelera. Dos agentes se giraron a la vez.
—Inspectora, me están preguntando si mantenemos medios por la tarde.
—Sí.
—¿Con qué argumento?
Agulló dejó que la vista recorriera el parque y las fachadas cercanas, consciente de las miradas que los seguían desde algunas ventanas, ocultas tras las cortinas.
—Un individuo desaparecido fue avistado con vida a la 1:34, y su móvil estuvo activo en este lugar a las 11:31.
—O su teléfono.
—He dicho su móvil.
—Exacto. No se ha referido al desaparecido.
La precisión le entró como una astilla.
—Comisario, mantenga medios hasta que yo diga lo contrario.
—Esto no funciona así, inspectora.
—Hoy sí, si quiere que le cuente algo que valga la pena escuchar.
Cortó la comunicación antes de tener que escuchar la réplica o las previsibles advertencias burocráticas. Costa no articuló una sola palabra; mantuvo la vista fija en el tráfico de la avenida, con las manos firmes sobre el volante. Era su manera de mantenerse al margen.
La inspectora inclinó la cabeza hacia la tableta y volvió a fijar los ojos en el perímetro parpadeante.
Con el zum del mapa digital ajustado, el círculo azul parecía haber cobrado un volumen desproporcionado sobre la pantalla.
Se veía más grande, más limpio en sus contornos vectoriales y, por encima de todo, exasperantemente inútil.
En algún punto de aquel parque, un teléfono había vuelto a la vida durante menos de diez segundos.
Y allí abajo, de momento, no tenían absolutamente nada.