10. 10
La parada de Novelda-Garbinet ofrecía, a media mañana, un aspecto insultantemente normal. El sol caía con fuerza sobre la acera, dándole al escenario una cotidianidad que chocaba de frente con la naturaleza de la investigación.
Era el retrato estándar del mobiliario urbano castigado por el tiempo: una marquesina de metacrilato cubierta de restos de adhesivos industriales medio arrancados, un banco de plástico perforado por quemaduras de cigarrillos y el cartel descolorido de una academia de inglés, que prometía un futuro mejor en algún lugar muy lejano de allí.
A los pies de la estructura, una papelera metálica rebosaba de vasos de cartón de café para llevar y servilletas arrugadas.
Tráfico espeso, persianas subiendo y motos deslizándose entre los coches como peces en un acuario.
Costa señaló la marquesina.
—O salvo que el teléfono se moviera sin él.
—Eso no te lo compro todavía.
Agulló lo miró. Detestaba esa expresión. No entendía en qué momento el mundo había empezado a reducirlo todo a comprar o no comprar argumentos.
—Yo tampoco. Pero, a saber… Ya has oído al conductor. A esas horas y en su estado, existe la probabilidad de que perdiera o le robaran el móvil. De momento, lo dejamos en la mesa.
—En la mesa sí, pero ambos sabemos que la probabilidad es muy baja.
Agulló giró la cabeza.
—¿Desde cuándo eres tan pesimista?
—Llámame lo que quieras. Soy realista.
—¿Todavía sigues con el corazón roto?
—Las heridas tardan en cicatrizar, inspectora.
Ella no sonrió, pero la frase le aflojó un poco la mandíbula.
Bernal llamó desde comisaría.
—Hospital General, San Juan, Vistahermosa, centros de salud de la zona: nada a nombre de Álex Roldán, ni otro varón sin identificar que encaje con su descripción.
Emergencias recibió tres avisos entre la una y las tres de la madrugada en el área, pero ninguno relacionado con un chico herido.
Una pelea doméstica, un contenedor ardiendo y molestias por ruido en un portal.
—No está mal. Dame las direcciones.
Bernal se las dictó y Costa las metió en el mapa.
—Ninguna cae limpia en la ventana de veinticuatro minutos —aclaró él—. Pero el contenedor está a siete minutos andando.
Agulló miró la calle. Siete minutos andando para una persona sana. Para Álex, quizá doce. Quizá nunca hubiera llegado al contenedor.
—Que lo revisen. No nos queda otra.
—Ya va una patrulla.
Empezaron por la farmacia. A la hora del vídeo estaba cerrada, pero tenía una cámara exterior.
El dueño apareció con cara de inspección fiscal y los pasó al cuartito del fondo, entre cajas de medicamentos y un calendario de santos.
La cámara apuntaba a la acera, aunque una furgoneta aparcada tapaba media marquesina.
A la 1:34 se veía el autobús deteniéndose. Puertas abiertas. Un bulto que bajaba. Nada más. La furgoneta ocupaba el resto del mundo.
—Mierda —dijo Costa.
El farmacéutico hizo como si no hubiera oído.
Agulló se inclinó hacia la pantalla.
—Avanza un poco.
A la 1:35, el autobús arrancó. La furgoneta seguía allí y tapaba el bulto. Un minuto después, un coche oscuro pasó despacio por el carril derecho y salió de plano. No se veía la matrícula. Tampoco el conductor. Apenas el techo, los faros y el movimiento.
Costa congeló la imagen.
—Podría ser el coche que dijo Vidal.
—O uno de los veinte vehículos oscuros que pasan por aquí cada minuto.
—También.
—Guárdalo.
El siguiente comercio era un kebab cerrado de madrugada, con una cámara falsa. El dueño lo reconoció como si fuera lo más normal del mundo.
—La puse para que no me pintaran la puerta. No graba, pero ayuda.
Agulló miró la cúpula de plástico vacía.
—Creo que genera la sensación opuesta.
—¿Cómo?
—Dan ganas de romperla.
Después vino la procesión de siempre: portales que no grababan, cámaras apuntando al cielo, un cajero con mejor memoria para los recibos que para las personas, un bar que había cerrado diez minutos antes de que todo importara. La ciudad había visto pasar a Álex y se negaba a declarar.
Nadie recordaba a un chico herido. Nadie recordaba nada útil. A esa hora, en una ciudad como Alicante, la memoria no estaba donde hacía falta.
A las 11:22, el primer barrido de la zona no había dado nada. Ni sangre, ni cartera, ni chaqueta, ni móvil. Nada que demostrara que Álex había estado allí, salvo diecisiete segundos de vídeo y lo que recordaba un conductor.
El comisario Molina llamó justo cuando Agulló salía de un garaje comunitario.
—Dígame que tiene algo presentable.
—Tengo cámaras parciales, un coche oscuro sin matrícula y un conductor que dice que Álex bajó mal. ¿Le vale?
—¿Eso confirma que era Álex Roldán?
—Confirma que era el chico del vídeo. La madre vendrá a reconocerlo con una imagen mejor.
—Eso no responde a mi pregunta, inspectora.
—Es la respuesta que hay, Molina.
Al otro lado, el comisario soltó aire por la nariz.
—La familia empieza a hablar con los vecinos. Esto va a correr como la pólvora.
—¿Y eso es lo que le preocupa?
—Me preocupa que esto se convierta en otra cosa. Si trasciende, Agulló, quiero un único mensaje: posible avistamiento, búsqueda preventiva y ningún indicio confirmado de criminalidad.
—Qué obsesión con no confirmar indicios.
—No. Es obsesión por no fabricar un culpable antes de saber siquiera si hay una víctima. La diferencia parece pequeña hasta que te toca firmarla.
Agulló se quedó quieta junto a la entrada del garaje. El suelo olía a aceite y polvo húmedo. Junto al bordillo, una fila de hormigas trabajaba con más orden que media comisaría.
—Comisario, si el chico aparece muerto, esta conversación va a envejecer mal.
—Y si aparece vivo después de una fiesta, envejecerá mal la suya.
Colgó.
Costa apareció desde la acera con el móvil en la mano.
—La empresa del bus acaba de enviar una primera exportación. La versión completa tardará un poco más, pero esta ya nos sirve para ubicarlo. En la cámara frontal se ve que el coche oscuro estaba estacionado antes de que llegara el autobús, con las luces encendidas. Después se pone en marcha.
—¿Después de que Álex bajara?
—Treinta y siete segundos después.
Agulló sintió que el ruido del tráfico se alejaba medio metro.
—¿Matrícula?
—Hay un reflejo quemado. Nada de momento.
—¿Y el modelo?
—El conductor tenía razón. Es un compacto oscuro. Podría ser un León, un Golf, un A3 viejo… Lo que conduce media provincia, vaya.
—Joder, Costa. O es un Golf, o es un Audi A3.
—No se ve, jefa.
—Ya. ¿Qué dirección toma?
—Hacia el norte. Desaparece por Pintor Baeza.
Agulló abrió el mapa. Avenida de Novelda. Garbinet. Las vías que trepaban hacia el norte. Lo Morant. Virgen del Remedio. Salidas rápidas hacia media provincia. Una maraña de calles, cruces y rincones donde un coche podía tragarse a un chico y hacerlo desaparecer en menos de un minuto.
—Pues nada, ya sabes. Pide las cámaras de tráfico.
—Marchando.
—Y matrículas de coches oscuros que pasen por ese eje entre la 1:30 y las 2:05.
—Eso les va a llevar un buen rato. Y a mí también cuando me lo manden.
—Hazte la idea.
Costa iba a contestar cuando su teléfono soltó un aviso distinto. Miró la pantalla y se le borró el sarcasmo.
—Jefa.
Ella supo que algo había cambiado por cómo lo dijo.
—¿Qué pasa?
—El móvil de Álex Roldán acaba de volver a conectarse a la red.
La calle siguió su curso, inmune al despliegue, aunque a Agulló le pareció por un instante que el tiempo sufría una deceleración súbita, congelando el entorno en un plano secuencia. Un autobús frenó junto a ellos. Una mujer cruzó empujando un carrito.
—¿Dónde?
Costa giró el móvil hacia ella.
—Zona del parque de Lo Morant. Un enganche muy breve. Menos de diez segundos. Sin llamadas ni tráfico de datos. De momento, nada útil.
—¿Movimiento?
Costa tragó saliva.
—Eso es lo raro. No estaba quieto.
—¿Hora?
—Once treinta y uno.
Agulló clavó la mirada hacia el norte de la avenida, con los ojos entornados contra el reflejo del sol, como si a través del laberinto de hormigón y cables de alta tensión pudiera divisar el terminal físico.
11:31.
La cronología del caso bailaba en su cabeza.
Álex había desembarcado de la plataforma del autobús a la 1:34 de la madrugada.
El repetidor de la zona registró la última pulsación de su móvil a la 1:58, justo antes de que la línea se volviera un desierto analógico.
Y ahora, casi diez horas de silencio después, el maldito aparato volvía a morder la red, emitiendo un pulso intermitente durante una ventana de menos de diez segundos.
Aquella anomalía en el registro de llamadas podía significar cualquier cosa en el espectro del crimen.
Un terminal que se encendía por un fallo en el circuito.
Una celda de litio moribunda que reaccionaba al ser enchufada a la corriente en algún piso franco.
Alguien con las manos manchadas de grasa manipulando el teclado para borrar el rastro.
Álex respirando en un sótano. Álex convertido en un bulto inerte en un maletero.
El teléfono arrojado a una cuneta por un yonqui.
El teléfono todavía en el bolsillo de su cazadora.
Todas las variables de la ecuación entraron en tropel en su cabeza, colapsando el pasillo de las suposiciones. Pero solo una de las hipótesis logró abrirse paso hasta la primera línea.
—¡Activa la geolocalización de urgencia!
—ordenó, con esa voz seca que usaba cuando la adrenalina empezaba a dictar las normas—.
Que la operadora reduzca al máximo el área de búsqueda y estreche celdas con los últimos repetidores.
Quiero a la Policía Local en la zona de Lo Morant ya mismo.
Dos patrullas cubriendo los accesos de la avenida y otra controlando las salidas traseras.
Que revisen contenedores, descampados, portales, baños públicos y el perímetro del parque.
Y si hay cámaras en gasolineras, colegios o supermercados, las quiero todas en mi mesa lo antes posible. No me importa el protocolo.
Costa ya estaba escribiendo.
—Esto va a poner contento a Molina.
—Molina puede presentar una queja al teléfono.
Bernal llamó otra vez. Esta vez habló más bajo:
—La madre del chico ya está aquí. La tengo esperando en sala dos para ver el vídeo.
—Genial…
—El marido está con ella —añadió Bernal—, aunque no ha dicho gran cosa.
—¿Nada?
—Ha preguntado si en el vídeo se veía a alguien esperando fuera.
Agulló miró el círculo azul.
—¿Antes o después de preguntar por su hijo?
Bernal tardó un segundo.
—Antes.
Costa levantó la vista de la pantalla del móvil, con los ojos fijos en ella, pero se guardó el comentario.
—¡Que la madre no sepa nada de este nuevo enganche a la red! ¡Todavía no! —ordenó Agulló, bajando el tono para que la frecuencia de radio no captara el nombre de Nuria Sempere.
—Tú mandas, jefa —asintió Costa, guardándose el terminal en el bolsillo del uniforme.
—No sabemos qué significa ese pulso de diez segundos, Costa. Podría ser ruido de fondo. Podría ser cualquier cosa.
—No, no lo sabemos —admitió él, dando un paso hacia el vehículo camuflado—. Pero vas a patear el parque de Lo Morant como si ese teléfono significara que el chaval sigue respirando.
Agulló soltó un suspiro largo, dejando que la tensión acumulada saliera de sus pulmones en una bocanada de aire caliente. Costa la miraba de hito en hito, esperando la orden de arrancar, mientras al otro lado de la línea, Bernal aguardaba en un silencio estático que empezaba a costar dinero.
—Sí —dijo—. Exactamente por eso.
Colgó y fue hacia el coche .
Mientras se deslizaba en el asiento del copiloto, Costa estiró el brazo y le pasó la tableta táctil con el mapa satelital de la zona norte activado.
El sector de Lo Morant aparecía acotado por un radio de búsqueda que parpadeaba en un azul eléctrico e impersonal.
Una diana virtual dibujada sobre el laberinto de calles que ahora tenían que morder.
—No te obsesiones con el punto —dijo él.
Agulló se abrochó el cinturón.
—No me caso con nadie.
Costa metió primera y el coche camuflado se incorporó al tráfico, devorando los metros en dirección al norte.
A través del parabrisas, Alicante parecía una ciudad cualquiera a media mañana. Una ciudad capaz de esconder una tragedia a plena luz.
La inspectora miró el círculo azul hasta que le dolieron los ojos.
—Solo pido que no vuelva a desaparecer.