La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 9. 9
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A Álex Roldán lo perdió la ciudad en veinticuatro minutos.

La noche no había devuelto nada.

Ya no llevaba pasajeros. Llevaba la última imagen de Álex Roldán.

Al cruzar el umbral, el habitáculo la recibió con su propia atmósfera. Olía a goma recalentada por los motores, a desinfectante barato de contrata municipal y a esa densidad rancia que deja la madrugada vieja. Era el olor universal del transporte nocturno.

Costa subió detrás con una memoria externa, dos carpetas y la cara de quien había dormido dentro de una impresora.

—Bernal sigue con hospitales y emergencias —dijo el subinspector—. Nada.

—¿Y Molina?

—Ha firmado la ampliación. Parecía que le estaban arrancando el hígado, pero ha firmado.

—Vaya.

—Qué glamour, ¿eh? Homicidios, sección transporte público.

Agulló avanzó hasta la barra vertical donde Álex aparecía en el vídeo.

—Aquí.

Costa levantó el móvil, comparó el fotograma congelado y asintió.

—Sí. Grabado desde tres filas más atrás. Mila iba sentada a la derecha, mirando al pasillo. Él iba de pie, apoyado en este lugar exacto.

La inspectora agarró la barra con la mano enguantada.

Estaba fría y un poco pegajosa. Forzó a su mente a fijar la imagen de los dedos de Álex cerrándose en ese mismo punto, pero despojó la escena de cualquier adorno melodramático; lo analizó puramente como parte del trabajo.

Geometría y física forense. El peso del cuerpo al inclinarse, la orientación de los hombros, la distancia exacta que lo separaba de la puerta de salida trasera.

Si el chaval iba herido, si el alcohol le nublaba los reflejos o si el miedo le había hecho acelerar el paso, cada pequeña variable mecánica importaba para calcular el tiempo de reacción.

Se giró y bajó las escaleras neumáticas.

El conductor aguardaba en el asfalto del depósito, junto a un encargado de la empresa municipal que no dejaba de consultar el reloj.

El chófer se llamaba Andrés Vidal. Cincuenta y seis años bien grabados en las líneas de expresión.

Llevaba la camisa reglamentaria de color azul claro abrochada hasta el cuello, bajo un chaleco reflectante que había visto mejores días.

Arrastraba las ojeras plomizas de quien se pasa media vida conduciendo a extraños que jamás se molestarán en recordarle la cara.

Había cortado el motor al finalizar su turno a las 3:20 de la madrugada.

El teléfono de Jefatura lo había sacado de la cama a las seis en punto.

No mostraba la indignación típica del trabajador interrumpido en su descanso.

Agulló pisó la grava del patio y detuvo sus pasos frente a él.

—Señor Vidal, necesito que me cuente exactamente qué recuerda del chico.

El conductor miró el fotograma impreso. La imagen era de mala calidad, pero lo reconoció sin hacer teatro.

—Ese chico… Sí. Lo recuerdo.

Costa dejó de revisar la cámara frontal y alzó la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque casi se cae al bajar.

A Agulló se le cerró algo en el estómago.

—Desde el principio, por favor.

El conductor se frotó la frente con dos dedos.

—No hay mucho que contar. Lo de siempre, ya saben…

La noche iba normal. Gente saliendo de bares, chavales cantando, alguno pasado de copas.

Este subió… —dudó, buscando el momento preciso en su memoria—.

No sé si en Alfonso el Sabio o una parada antes.

Yo diría que en Alfonso el Sabio. No validó tarjeta, o yo no lo vi.

Entró por delante, pero había jaleo y uno de atrás me estaba preguntando si el bus pasaba por el hospital.

Las noches así se pueden convertir en un auténtico coñazo.

—¿Iba solo?

—Eso diría.

—Necesito más que eso.

El conductor apretó la mandíbula. La frase le molestó, pero siguió .

—No lo vi hablar con nadie, ni recuerdo que fuera acompañado. Tampoco venía con ningún grupo. De eso estoy convencido. El chaval se quedó de pie, aunque había asientos libres. Eso sí que me llamó un poco la atención.

—¿Por qué cree que no se sentó?

—Hay gente que va bebida y prefiere agarrarse. O que no quiere dormirse.

—¿Le vio sangre o magulladuras en el rostro?

—No. Sangre no. Pero estaba mal.

—Defina mal.

Andrés miró el autobús, como si el asiento delantero pudiera devolverle la escena.

—Pálido. Muy pálido. Lo vi jodido… Llevaba una mano aquí… —se tocó el costado y enseguida la bajó, como si acabara de delatarse—. No sé. Igual era la borrachera o que estaba a punto de vomitar en el autobús.

Costa anotó aquello.

—¿Avisó a alguien?

El conductor tragó saliva.

—¿Yo? No.

Agulló no lo golpeó con la mirada.

—¿Por qué?

—Porque si avisáramos cada vez que sube un chaval como una cuba a un nocturno, no terminaríamos ninguna ruta. Ya sé cómo suena, pero la vida es así y yo tengo que hacer mi trabajo. Mire, a esa hora… A esa hora todo el mundo parece medio muerto. Es mejor no tentar al diablo.

La frase cayó entre ellos con una precisión desagradable.

Agulló volvió a mirar el fotograma.

—Bajó en Novelda-Garbinet.

—Sí.

—¿Alguien bajó con él?

—No lo sé.

—Señor Vidal.

—He dicho que no estoy seguro —respondió, esta vez más duro, y dio un largo suspiro, agotado—.

Había dos chicas detrás haciendo ruido, un hombre mayor que se quejaba del aire acondicionado y un muchacho que me preguntó por una parada.

El chico de la fotografía bajó por la puerta trasera.

Lo vi en el espejo, porque tardó demasiado.

—¿Cuánto es demasiado para usted?

—Segundos, ¿le vale?

—Relájese, ¿quiere? Nosotros también hacemos nuestro trabajo.

—Lo sé… —dijo y carraspeó, bajando un poco la guardia—. Me pareció raro que tardara tanto porque abrió la puerta, puso un pie fuera y se quedó parado. Como si no supiera si era ahí o no. A mí eso me hizo estar alerta. Nunca sabes en qué están pensando.

—¿Vio si alguien lo esperaba fuera?

Andrés frunció el ceño.

—Había un coche. Eso es todo lo que sé.

Costa levantó la vista.

Agulló no se movió.

—¿Recuerda qué tipo de coche?

El conductor resopló de nuevo.

—Oscuro. Gris o negro, pero oscuro… No sabría decirle. Tenía una luz fundida. La derecha, creo. La delantera. Me llamó la atención porque parecía un ojo cerrado.

—¿Recuerda el modelo?

—Ni idea. Un compacto, no muy grande, ni familiar.

—Al menos se fijaría en el fabricante… —co mentó Costa, un poco desesperado por su tono de voz.

—Yo conduzco autobuses, inspectores, y estoy en lo que estoy.

—No vio la matrícula, ¿verdad?

—No.

—¿El chico fue hacia el coche?

—No lo vi. Cerré puertas y seguí la marcha.

Agulló dejó pasar un segundo para controlar sus impulsos. A ella también la estaba poniendo de los nervios.

—¿Miró por el retrovisor al arrancar?

—Sí.

—¿Y?

Andrés Vidal se quedó callado.

—¿Y? —repitió Agulló.

—El chico seguía de pie junto a la marquesina. O eso creo. Me pareció que se apoyaba en el cristal. El coche estaba más adelante.

Costa escribió algo y luego se acercó al encargado.

—Necesito las cámaras internas y externas de ese vehículo. Los originales. Nada de exportaciones raras, nada de vídeos pasados por WhatsApp. Sin tocar nada, en bruto.

El encargado puso una expresión de fastidio inmediato.

—Tenemos que pedir autorización a la central.

Agulló se giró hacia él.

—La tiene.

—No sé si por protección de datos…

—Tiene a un chico desaparecido, visto con vida por última vez en este autobús, probablemente herido, y apenas veinticuatro minutos antes de que su móvil dejara de emitir señal. Si quiere hablar de protección, empiece por proteger ese archivo antes de que se sobrescriba.

El hombre bajó los ojos al móvil.

—Está bien. Voy a llamar, a ver qué dicen...

Costa se acercó a Agulló mientras el encargado se alejaba.

—Cámara frontal, puerta delantera, pasillo y trasera. Si todo ha grabado bien, de ahí podemos sacar algo útil.

—Si es que funcionan.

—Recemos para que lo hagan.

El conductor seguía mirando el autobús.

—Entonces, ¿qué, está vivo?

La pregunta sonó sincera.

Agulló pensó en Nuria Sempere. En sus años pateando el asfalto, había aprendido una lección fundamental del manual no escrito de homicidios: para una familia, un desaparecido nunca se marcha del todo.

No hay un funeral que clausure el duelo ni una lápida donde dejar caer el peso de las lágrimas; solo existe un purgatorio cruel, una suspensión temporal donde el ausente sigue habitando los rincones de la casa, atrapado entre la esperanza más ciega y el terror más absoluto.

Cada tic-tac del reloj no es simplemente tiempo transcurrido; es un ácido lento que va consumiendo la resistencia de los que se quedan atrás, esperando un coche en el vado o un paso en la escalera.

Recordó la respiración contenida de Nuria al teléfono, cuando le dijo que el chico caminaba. Y volvió a pensar en esa línea tan fina que siempre tenía que recorrer: no mentir, pero tampoco arrebatar la esperanza antes de tiempo.

—Lo estamos buscando como si lo estuviera.

El conductor asintió, pero no pareció aliviado .

Costa recibió un aviso en el portátil.

—La cámara trasera graba.

—Te escucho.

—Tengo una buena noticia y otra mala.

—Al grano, joder.

—La mala es que el ángulo no coge la acera completa —dijo, y su expresión se volvió más optimista—. La buena, que la frontal puede haber pillado el coche al salir.

—Pues ya sabes. Descárgalo todo.

—Ya estoy.

Agulló volvió a subir al autobús. Caminó hasta la puerta trasera y se colocó donde Álex había estado al bajar.

Desde allí, la calle ya no era una calle.

Era solo el hueco de la puerta. Un chico de veinte años, tocado, solo, quizá con el móvil en el bolsillo, quizá con alguien buscándolo ya sin saber por dónde empezar.

Puso un pie en el primer escalón.

Si Álex bajó vivo, no se había esfumado, pensó.

Había desaparecido desde un sitio concreto.

Y un sitio concreto se podía rastrear.