8. 8 #3
Finalmente, las defensas de la inspectora terminaron por ceder.
El tinto le asentó el estómago y acabó picando de los platos que había ordenado Rojo, más por una capitulación física del cuerpo que por darle la razón a su excompañero.
Durante un tramo de la noche, el peso del caso quedó suspendido en el aire.
La conversación empezó a transitar por canales más fluidos entre las raciones compartidas y las copas que bajaban de nivel, permitiendo que la tensión que Agulló arrastraba desde la comisaría se aflojara de forma gradual, como un cabo que deja de estar en tensión.
Rojo se interesó por sus días de permiso, indagando en lo que había ocupado su tiempo desde la última vez que cruzaron palabra fuera de los pasillos de la Jefatura.
Ella se descubrió respondiendo con una ligereza que la tomó por sorpresa, con la inercia propia de quien habla con alguien que forma parte de su círculo íntimo.
Aunque, en el fondo, sabía de sobra que la geometría entre ellos nunca sería tan limpia.
Con Rojo jamás existían las respuestas simples; el problema radicaba en que era imposible determinar qué porcentaje de la conversación pertenecía a la honestidad y cuánto formaba parte de su inaccesible catálogo de silencios.
Cuando le tocó a él responder, esquivó las preguntas con la habilidad de siempre.
Habló de su hijo, de lo bien que le había sentado disponer de más tiempo para pasar con él, aunque ya estuviera en bachillerato y se hubiera convertido en un hombre al que, según admitió con una media sonrisa, apenas había ayudado a criar.
Sin que mediara un aviso consciente, la loza quedó limpia y la botella de tinto dio su último viaje.
Con el estómago caliente y la cabeza extrañamente despejada, Agulló reunió las copias del dosier de Asuntos Internos, alineó los folios contra la madera y los deslizó de nuevo en el interior de la carpeta. La tregua había terminado .
—Vaya. Menos mal que el estómago se te había cerrado por el caso —dijo él, con una sonrisa ligera que apenas le movió las arrugas de los ojos.
—Me has enredado por completo, Rojo. Sigo de servicio.
—Te has dejado enredar, que no es lo mismo —replicó él. Al notar la fijeza con la que ella lo estudiaba, suavizó el tono—. Niégame que no te ha venido bien salir un rato de esa pecera, inspectora.
—Que sepas que no hemos terminado con lo de mi padre.
—Por supuesto.
—Ni con lo tuyo.
Rojo bajó la vista hacia el cristal de su copa vacía, ensombrecido de golpe.
—Eso último no tengo claro que tenga arreglo ya.
A la hora de saldar la deuda, él tiró de veteranía.
Aprovechó que ella consultaba un mensaje en el teléfono, para aproximarse a la barra de madera y liquidar la cuenta antes de que el camarero imprimiera el tique.
Agulló registró el movimiento, con una mezcla de gratitud y fastidio; detestaba esa vieja costumbre de los policías de la anterior generación, que te hacía sentir inmediatamente en deuda.
No le faltaba nómina para pagar su mitad, pero con Rojo, cuando la mesa mezclaba el trabajo y el pasado, discutir por unos billetes era una pérdida de saliva.
Salieron juntos al exterior. La noche mediterránea era densa y templada, y la calle Labradores hervía de gente que apuraba las terrazas. Junto al umbral del mesón, Rojo rescató de la chaqueta un paquete de tabaco arrugado y un encendedor de plástico.
—Descansa algo —le dijo, antes de encender el cigarrillo.
—¿Has vuelto a fumar?
—A veces .
—No me tomes el pelo.
—No quieras acabar como yo.
Caminaron en silencio la ligera pendiente que moría en la plaza de San Cristóbal.
El apartamento de ella quedaba a escasos cinco minutos de paso ligero.
Se detuvieron frente a frente bajo la luz anaranjada de una farola mítica.
Agulló acortó el espacio para despedirse con el protocolario par de besos, pero el pulso se le aceleró de golpe en cuanto la fragancia de su colonia le inundó las fosas nasales.
El primer beso apenas rozó la piel de la mejilla. El segundo, por un error de cálculo o de resistencia, aterrizó demasiado cerca de la comisura de los labios. Lo suficiente para que una descarga eléctrica le recorriera la espina dorsal.
Agulló rompió el contacto primero, dando un paso atrás hacia la seguridad de la acera.
—Mañana revisa lo del autobús —dijo él, dando por fin la primera calada al cigarrillo. La brasa iluminó sus facciones un segundo.
—Gracias por los consejos.
—No hay de qué.
Agulló asintió con un gesto seco de cabeza.
—¡Buenas noches, Rojo!
—¡Buenas noches, Agulló! Cuídate ahí, fuera.
Volvió andando a casa. Al llegar al apartamento, guardó de nuevo la carpeta detrás de los DVD, pero ya no tuvo la sensación de haber escondido nada. Solo de haber aplazado una explosión.
Antes de deslizarse bajo las sábanas, la mente le devolvió la secuencia del mesón: la fisionomía de Rojo, la tregua, la distancia mal calculada en la plaza y lo cerca que habían estado de cruzar una línea de no retorno, de nuevo.
Intentó buscarle una lógica procedural al asunto, analizarlo como un indicio, pero la fatiga ganó la partida antes de hallar la respuesta.
—Al diablo —murmuró hacia el techo oscuro.
Encendió la pantalla del móvil y abrió el archivo de vídeo. Amplió el último cuadro transitable. Álex, con la suela del zapato suspendida sobre el estribo del autobús nocturno, congelado en el tiempo.
Estaba vivo. Al menos en esa pantalla. Al menos mientras ella siguiera buscando.