La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 8. 8 #2
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—No uses el caso para esquivar mis preguntas —replicó ella, intentando recuperar el control de la mesa—. Deja a mi padre fuera de esto.

—No lo uso para nada —dijo Rojo, clavándole una mirada gris, desprovista de cualquier rastro de afecto—. Te recuerdo que ese chico existe. Y que, a diferencia de tu padre, todavía podría estar vivo. ¿No me vas a contar nada de la investigación?

—No —respondió ella, con la voz helada—. Esta vez no vas a meter las narices en mi caso.

Rojo apuró el último trago de vino y, cuando volvió a hablar, su tono había mudado a una gravedad distinta, más pragmática.

—No he dicho que vaya a hacerlo —aclaró, pillándola con la guardia baja—.

No sé si estás al corriente de mi agenda, pero tengo dos comparecencias judiciales pendientes, una denuncia por resistencia a la autoridad, que un juez de instrucción con muy poco sentido del humor insiste en mantener viva y demasiados ojos en Jefatura esperando a que pise el fango.

—Vaya. Lo siento. Así que la cosa es seria.

—Nada que no pueda manejar, pero si mi nombre aparece merodeando los márgenes de una investigación activa con un chaval de veinte años desaparecido, Molina te cortará las piernas por encima de las rodillas y luego se hará una foto con las muletas, para el gabinete de prensa.

No puedo cubrirte las espaldas esta vez.

Agulló sintió una punzada de ofensa que no supo catalogar de inmediato. Tal vez porque, en algún rincón oscuro de su orgullo, había conducido hasta ese mesón con la secreta esperanza de que él se negara a quedarse al margen. De que fuera el Rojo de siempre.

Dejó a un lado las reticencias y le expuso el esqueleto del caso, limitándose a los hechos probados.

Una madre coraje que se negaba en redondo a aceptar la versión oficial de la fuga voluntaria; un grupo de amigos que recitaba una cronología demasiado perfecta, como si la hubieran ensayado en el espejo; y un vídeo rescatado de las redes sociales demasiado tarde para considerarlo un golpe de suerte.

Al final, toda la línea de investigación moría en el mismo fotograma: Álex desembarcando de la plataforma del autobús, respirando por última vez ante una cámara .

Rojo no metió baza. Escuchó con la cabeza ladeada, procesando la información con la frialdad de un analista, asintiendo apenas cuando los detalles encajaban en su propio mapa mental. Cuando ella guardó silencio, él apartó la copa vacía hacia el centro del mantel.

—El vídeo es auténtico —dictaminó el exinspector—.

Y ahí es exactamente donde reside el peligro.

Los novatos creen que para montar una farsa hay que inventar una mentira de principio a fin, pero el manual no funciona así.

A veces solo necesitas colocar una verdad incontestable en el lugar adecuado.

El resto del trabajo lo hace la inercia de la mente humana.

Agulló pensó en el fotograma de Álex bajando del autobús.

—Estaba vivo, Rojo. Lo he visto con estos ojos.

—Sí.

—Y eso pesa en la balanza.

—Claro que pesa, joder. Pero no te dice hacia dónde caminó en cuanto pisó la acera.

—Nadie podía prever que la turista checa subiría ese bruto a internet. No se puede coreografiar el azar.

—No, pero ya estás cometiendo el error de novata. Le estás construyendo una narrativa al crimen, antes de tener los indicios físicos.

—Eso no es justo. No estoy haciendo eso. —Agulló sintió que los nombres de los sospechosos empezaban a parpadear en su cabeza como luces de emergencia—. Crees que los amigos mienten en la declaración.

—Yo no creo nada. Te recuerdo que no llevo placa.

—Pero si la llevaras, volverías a tomársela.

—Si tres críos me cantan la misma canción con la misma afinación, y el único hecho verificable de la noche ocurre después de que se despidieran de él, yo pasaría esa plantilla por el microscopio. Buscaría las costuras.

Agulló bebió agua y Rojo le sirvió más vino.

La comida seguía casi intacta.

El exinspector se inclinó sobre la madera, reduciendo el espacio vital, entrando en el terreno de las distancias cortas.

—Y apunta esto en tu libreta. La madre busca a su hijo. Los amigos buscan una coartada que los devuelva a sus vidas limpios de polvo y paja. No filtres sus testimonios con el mismo rasero.

Agulló sostuvo el pulso de su mirada gris y reconoció al hombre del dosier de Asuntos Internos.

El sabueso que poseía la desagradable habilidad de llegar a la verdad tres segundos antes que el resto del departamento.

Por mucho que pretendiera vestir de paisano y arrastrar los pies, el instinto policial seguía gobernando su estructura ósea.

—¿Qué piensas del marido? —preguntó ella.

Rojo no pareció sorprendido.

—¿El marido?

—Sí. El padre del chico.

—Es un clásico. Minimiza los hechos porque necesita desesperadamente que el chaval sea el culpable de su propia ausencia. Un inmaduro y descerebrado que se ha ido de juerga.

—¿Por qué aferrarse a eso?

—Porque la alternativa da demasiado miedo, Agulló. Si el chaval no es un irresponsable, significa que el lobo ha entrado en su jardín. Dale unas horas más de presión. El asfalto termina rompiendo a cualquiera, si sabes dónde apretar.