8. 8
Rojo la esperaba sentado a una mesa del fondo, resguardado bajo una fotografía en blanco y negro, donde toreros de otra época y alcaldes de la transición compartían la misma solemnidad amarillenta y polvorienta.
Tenía una copa de vino tinto a medio terminar delante y la chaqueta de cuero, pesada y curtida por los años de servicio, colgada del respaldo de la silla, como si fuera un escudo de repuesto.
El Mesón de Labradores parecía haber firmado una tregua con el tiempo.
No había intentado modernizarse, ni pedir perdón por seguir siendo lo que era.
Las paredes, cubiertas de azulejos gastados y fotografías que llevaban allí más años que algunos clientes, acumulaban capas de humo, conversaciones y vino derramado.
Al cruzar la puerta, a Agulló le golpeó una mezcla familiar de carne chisporroteando en la plancha, arroz al fuego, vino tinto y madera vieja.
En pleno casco histórico de Santa Cruz, el local sobrevivía como una anomalía —o una trinchera— entre restaurantes diseñados para Instagram, pubs temáticos y franquicias intercambiables que clonaban el paisaje urbano de cualquier ciudad europea.
El mesón no parecía interesado en seducir a nadie, aunque poco a poco empezaba a sucumbir al turismo de paso.
Simplemente estaba allí, resistiendo. Manteles de papel rugoso, paredes abarrotadas de marcos torcidos, camareros con chaleco que dejaban el pan sobre la mesa con un golpe seco, sin pedir permiso, y un murmullo constante de platos de loza, vasos de Duralex y voces cruzando el comedor a golpe de pulmón.
Era un sitio con personalidad y memoria, de los que cada año quedaban menos en el mapa de la ciudad. Y, por supuesto, era exactamente la clase de sitio que frecuentaba Rojo.
Cuando lo vio sentado al fondo, Agulló sintió ese golpe seco en el pecho, que llega siempre antes de que la cabeza tenga tiempo de levantar las defensas. La barba de varios días, salpicada de canas duras, le afilaba las facciones y le endurecía aún más la mandíbula bajo la luz mortecina del local.
Atravesó el pasillo y se sentó frente a él. No hizo ademán de acercarse. Los dos besos de cortesía quedaron suspendidos en el aire.
—Tienes mala cara —dijo él.
—Estoy de servicio, pero gracias por ser tan atento.
—Entonces pide agua. Y algo de comer.
—Ya estamos otra vez.
Rojo levantó dos dedos al camarero.
—Agua para ella. Y cuando puedas, nos tomas nota.
—No tengo hambre —dijo Agulló.
—Algo tendrás que cenar.
El camarero se acercó.
—¿Una botella de agua y algo más?
Agulló sostuvo la mirada de Rojo un segundo, antes de contestar.
—Un tinto de Ribera del Duero.
—Marchando, ahora mismo.
—No me trates como si tuviera veinte años —añadió ella cuando el camarero se alejó.
—Cuando tenías veinte años, seguro que eras más razonable.
El camarero dejó una botella de agua, pan, aceitunas y una ración de ensaladilla que Rojo había pedido antes de que ella llegara, para acompañar el vino.
Acto seguido, Rojo pidió calamares a la andaluza, pulpo a la murciana, alcachofas a la plancha y unos montaditos de ternera con queso y de sobrasada.
Para beber, una botella de Ramón Bilbao.
El camarero hizo una recomendación de la casa, pero Rojo decidió que aquella comanda sería suficiente para los dos.
Cuando el camarero se marchó, Agulló sacó una fotocopia doblada de la carpeta y la puso sobre la mesa.
Rojo no la tocó. Se limitó a observarla unos segundos.
—Cobalto —dijo ella.
—Ya.
—No me digas «ya».
—¿Qué quieres que te diga? Ni siquiera me has dejado llegar a los entrantes.
—Esta no es una cita romántica, Rojo.
El expolicía bebió un sorbo corto de vino, manteniendo los ojos fijos en el cristal antes de levantar la vista.
Quizá lo hizo para ganar tiempo. Quizá no.
Con Rojo nunca había sido fácil distinguir los gestos sinceros de las maniobras calculadas; los años en el grupo de Homicidios lo habían convertido en un profesional de las pausas y los silencios.
—Cobalto era un cajón de sastre —dijo Rojo, bajando la voz hasta ese tono sordo que no pasa de los bordes de la mesa—. Un vertedero donde el departamento arrojaba todo lo que no encajaba en los informes oficiales.
—Eso ya lo he leído…
—No —la cortó él, mirándola fijamente—. Has leído la versión administrativa, el envoltorio para el juez de instrucción.
Yo te hablo de lo que era en realidad: un foso oscuro donde terminaba todo aquello que era demasiado peligroso para ver la luz y que, sin embargo, estaba conectado.
Siniestros sospechosos, recalificaciones de suelo, contratas de obras con sobrecostes, chavales con sobredosis encontrados en los portales equivocados, furgonetas camufladas que no figuraban en el inventario de la Jefatura, concejales que jamás firmaban una orden directa, pero que, de alguna manera, siempre conseguían que alguien moviera los hilos por ellos…
Agulló sintió de golpe una profunda desconexión con el entorno. La ensaladilla a medio terminar, el trozo de pan sobre el mantel, el tintineo de los vasos y el rugido del mesón pasaron a formar parte de una realidad ajena, un decorado de fondo que no iba con ella.
—Mi padre pidió ese expediente —soltó, con los dientes apretados.
—Y se lo denegaron antes de que terminara de rellenar la solicitud.
—Lo vigilaron, Rojo. Sus propios compañeros.
—Sí.
La confirmación llegó seca, sin rodeos ni paliativos. Una fría verdad policial.
Aquella falta de filtros, en lugar de calmarla, encendió una mecha de rabia en su estómago.
—¿Lo sabías?
—No entonces.
—¡No me jodas, Rojo!
Él dejó la copa sobre la mesa.
—En el noventa y ocho yo era un inspector que pensaba que la mitad de los jefes eran inútiles y la otra mitad unos hijos de puta. Con el tiempo, descubrí que el reparto estaba mal hecho.
—Ah, ¿sí?
—La mayoría encajaban en las dos categorías a la vez.
—Qué poético.
—Es lo que hay.
—Explícame cómo te enteraste de que vigilaron a mi padre.
—Lo supe después.
—¿Cuándo?
Rojo echó un vistazo hacia la barra. Un camarero discutía con un cliente sobre una cuenta. Nadie los miraba, pero Rojo siempre hablaba como si alguien pudiera hacerlo.
—Antes del caso de Emily Green, después de lo tuyo con la familia Coves en Elche. La verdad es que no tengo una fecha exacta.
—Claro.
—No te he llamado para que me creas.
—Tú no me has llamado.
—Me has entendido.
Agulló sacó otra fotocopia de la carpeta. Era el informe sobre Rojo. La dejó sobre la mesa y la empujó hacia él con dos dedos.
—También te perfilaron.
Rojo ni siquiera bajó la mirada.
—Claro. ¿Qué esperabas? Pasé los últimos años con una psicóloga y la supervisión de Asuntos Internos.
—Te llamaban activo inestable.
—Se mostraron sorprendentemente generosos.
—Decían que tu vínculo conmigo era un punto de influencia .
Ahí sí la miró.
—Eso no era mentira.
Agulló sintió una punzada de rabia. Le hubiese gustado clavarle el tenedor en la mano.
—¿Y qué hiciste con eso?
—Intentar que no pudieran usarlo... contra ti, claro.
—¿Ocultándome cosas?
—A veces.
La respuesta fue tan directa que la dejó sin réplica durante un segundo.
Rojo aprovechó para partir un trozo de pan.
—No pongas esa cara. Mi carrera estaba acabada y la tuya no había hecho más que empezar.
—Eso ya lo veo.
—Te estoy diciendo que sí. Que oculté cosas —confesó sin que ella insistiera—.
Pensé que, si empezabas a tirar de ciertos hilos demasiado pronto, acabarían haciéndote lo mismo que a tu padre.
Primero te aislarían. Después pondrían en duda tu criterio.
Luego dirían que estabas obsesionada, que confundías intuiciones con pruebas, que ya no eras capaz de obedecer una cadena de mando.
—Esa historia me resulta familiar.
Las primeras raciones llegaron a la mesa y ambos se sirvieron un poco.
—Siempre usan las mismas palabras cuando alguien se acerca demasiado a una verdad que no quieren ver escrita.
Agulló bajó la vista al plato de loza, hundiendo el tenedor en la ensaladilla sin intención de probar bocado, solo para fijar la atención en algo que no fueran los ojos de su interlocutor.
Rojo estaba más hablador de lo habitual, una anomalía tan flagrante que, por un segundo, estuvo a punto de atribuirla al grado alcohólico del tinto.
Apoyó los antebrazos en el borde de la mesa, acortando la distancia física entre los dos, obligando a Rojo a sostenerle el pulso en mitad del murmullo del mesón.
—Mi padre no estaba loco.
—Nadie ha dicho que lo estuviera.
—¿Lo conociste?
—Poco.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo. Coincidí dos veces con él. Una en un pasillo. Otra en un bar cerca de la comisaría. Me preguntó por un nombre. No se lo di.
—¿Por qué?
—Porque entonces no sabía si él era el problema o el cebo.
Agulló soltó una risa sin humor.
—Qué bien. A eso lo llamo camaradería.
—No lo era —dijo Rojo—. Tu padre no era el cebo.
—Vaya.
Rojo la miró.
—Has leído la última página.
—La hija será peor.
—Tenían razón en algo, ¿no crees?
—No me hagas un cumplido ahora.
—No lo era.
—Si mi padre no era el problema, sino el aviso —dijo, midiendo cada sílaba—, ¿quién coño firmó la orden para empezar a vigilarme a mí?
—Ni idea.
Agulló apartó los papeles .
—Háblame de Tabula Rasa, del Grupo 3…
Rojo se quedó completamente inmóvil, con la copa a medio camino de los labios. Por primera vez en toda la noche, ella vio el muro. El límite exacto donde el viejo inspector echaba el cierre perimetral.
—No.
—Rojo, ¡por favor!
—No esta noche —repitió él, dejando la copa sobre el mantel de papel con una firmeza que no admitía réplicas—. Ya te he dicho suficiente.
—¡No me protejas! —le espetó ella, inclinándose hacia delante, con la voz templada por la rabia—. No necesito que nadie me proteja, y menos tú.
—¡No estoy protegiéndote, joder! —Rojo soltó un bufido amargo y la señaló con el dedo índice—. Ahora mismo tienes a un chico desaparecido en tu demarcación. Céntrate en lo importante.
El golpe dolió porque dio en el centro de su ética profesional. La desarmó por completo, simplemente porque tenía toda la maldita razón.