La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 7. 7
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A las siete y cuatro de la tarde, Agulló dejó la comisaría, con la sensación de estar abandonando a un chico dentro de una pantalla.

Aunque eso no era del todo cierto.

Costa seguía pegado a la pantalla, desgranando el metraje de Mila Novak, fotograma a fotograma, y cruzando los datos del recorrido de Álex.

En el resto de la oficina, Bernal, Gómez y Molina lidiaban con la burocracia del departamento, blindando la investigación frente a posibles filtraciones a la prensa y agilizando los requerimientos judiciales.

Agulló ya había quemado todos sus cartuchos en esa fase.

Ahora empezaba la parte del trabajo policial que más detestaba: la espera.

Aguardar a que sonara el teléfono, a que llegara un correo, a que un analista encontrara una aguja en el pajar de las cámaras de seguridad.

El reloj de la comisaría seguía avanzando con una indiferencia exasperante, mientras el caso quedaba varado en los pasillos, atrapado en una red de formularios, informes pendientes y despachos cerrados.

Bajó a la calle y condujo hasta casa con el piloto automático puesto.

Aparcó la Vespa cerca de la Rambla, subió al apartamento y dejó el casco en su sitio exacto, sobre el mueble del recibidor.

Un hábito rígido en una vida caótica. Durante unos segundos se quedó inmóvil en mitad del salón vacío, sintiendo esa punzada de culpa que arrastran los de su oficio por el simple hecho de retirarse mientras un caso sigue abierto.

«Basta», se dijo.

Se cambió de ropa sin pasar por la ducha. Se enfundó una camiseta técnica, unas mallas y las zapatillas de correr. Se recogió el pelo con un movimiento rápido de la goma y salió a la calle antes de que la fatiga muscular encontrara una rendija por la que colarse y tumbarla en el sofá.

Correr no era un pasatiempo; era su válvula de escape, el único mecanismo que tenía para poner una barrera física entre los muertos y su propia cabeza.

Bajó hacia el paseo a ritmo constante, cruzó el paso de peatones con el semáforo parpadeando en ámbar y enfiló rumbo al sur.

Alicante empezaba a mudar de piel con la caída de la tarde; la luz del Mediterráneo se volvía densa, pero las terrazas seguían abarrotadas de turistas ajenos a todo y el tráfico de la hora punta ya taponaba las arterias principales del centro.

La inspectora mantuvo un ritmo sordo, constante.

Al principio, el aire marino le raspaba la garganta como lija y las piernas le pesaban como si corriera sobre cemento fresco.

La imagen de Álex, con los nudillos blancos aferrados a la barra metálica del autobús, regresaba a su mente con una nitidez obsesiva, fotograma a fotograma.

Solo cuando el cuerpo encontró por fin su cadencia y la adrenalina empezó a limpiar el sistema, la silueta del chico se desvaneció para dejar paso a Daniel, con esa media sonrisa cargada de secretos que nunca terminaba de descifrar.

Y tras él, los padres. Sus voces desapasionadas, casi mansas, flotando en su memoria mientras justificaban los silencios de su hijo.

«Él es así. Siempre hace esas cosas» .

La eterna ceguera voluntaria de los que prefieren no saber.

El Mediterráneo quedó a su izquierda, transformado en una lámina de zinc oscuro y estático bajo el cielo de la noche.

Al aproximarse al barrio de San Gabriel, la postal turística de Alicante se desmoronó por completo.

El paseo marítimo dio paso a las vías del tren, los solares desiertos y las siluetas angulosas de las naves industriales.

El aire cambió de golpe: ahora olía a gasoil, a salitre rancio y a agua estancada.

Era la otra cara de la ciudad, la que no salía en los folletos de viajes.

Muros devorados por el grafiti, talleres con el cierre metálico echado y descampados de tierra batida donde el polvo en suspensión se aliaba con el sudor, pegándose a la piel como una condena.

De pronto, el estruendo metálico del tren de cercanías procedente de Murcia rasgó el aire y el ruido de los vagones actuó como un detonante. Su cerebro dejó de reproducir el bucle del autobús nocturno y sintonizó una frecuencia mucho más oscura.

Operación Cobalto.

Agustín Agulló García.

No había tenido el valor de abrir esa carpeta desde que regresó de su viaje a Madrid.

Ni una sola vez de forma meticulosa. Se había limitado a hojear páginas sueltas en la penumbra del salón, leyendo líneas inconexas y párrafos arrancados de los informes de asuntos internos.

Migajas de información. Pero habían sido más que suficientes para comprender la magnitud del fango: su padre no se había llevado sus secretos a la tumba.

Esos secretos poseían una vida propia, parasitaria, y habían sobrevivido al viejo.

Es más, Agustín Agulló había muerto sabiendo que lo vigilaban sus propios compañeros.

Llegó al final del sector industrial con los pulmones en llamas y el ritmo cardíaco desbocado.

Se detuvo en seco junto a una barandilla carcomida por el óxido, que delimitaba el acceso a las vías.

Apoyó las palmas de las manos en las rodillas, con la cabeza gacha, obligando al aire a entrar en su pecho a golpes.

El sudor le caía por la frente, nublándole la vista.

Necesitaba quemar ese archivo. Enterrar el dolor de una maldita vez, aceptar que su padre estaba muerto y dejar que los secretos se pudrieran con él. El problema del pasado es que, en el trabajo policial, nunca se queda bajo tierra. Siempre encuentra una rendija para volver a la superficie.

La única persona que podía orientarla era, precisamente, la última a la que quería llamar.

Al otro lado, los coches seguían deslizándose por la carretera en dirección al centro de la ciudad.

Volvió a casa más despacio. Subió las escaleras sin esperar al ascensor, entró, cerró con llave y fue directa al mueble de la televisión.

Quitó primero los DVD de Friends . Luego los de CSI: Miami .

Después, una caja vieja con discos que no escuchaba desde hacía años.

Detrás, en el fondo del mueble, había una tabla suelta.

La levantó con las uñas y sacó la carpeta marrón. La dejó sobre la mesa baja y la abrió.

El primer informe llevaba el encabezado de Operación Cobalto.

Debajo aparecían varias referencias administrativas: Grupo 3, archivo interno, código G3-014-CB.

Era una copia parcialmente desclasificada, recuperada de la caja fuerte 317-B.

Agulló avanzó despacio por las páginas. No necesitaba leerlo todo.

Algunas frases ya las conocía y seguían produciéndole el mismo efecto.

Las diligencias aparecían fragmentadas. Había órdenes verbales de las que no constaba firma alguna.

Se mencionaban contratas municipales, expedientes urbanísticos reclasificados y accesos subterráneos que no figuraban en ningún inventario oficial.

También había referencias a pequeñas obras realizadas entre 1997 y 1998.

A medida que leía, la sensación de desorden resultaba demasiado perfecta para ser casual. Un accidente había quedado reducido a una simple incidencia administrativa. Una víctima aparecía descrita como responsable de su propia desgracia.

En el margen de una página, alguien había escrito a mano una frase breve:

«No remover. Hay acuerdo».

Agulló pasó la hoja.

Su padre no aparecía hasta la tercera copia, como si incluso dentro del expediente alguien hubiera intentado retrasar su entrada en la historia.

El inspector Agustín Agulló García había solicitado acceso al expediente completo el 3 de octubre de 1998.

La petición fue denegada.

Más adelante encontró una anotación todavía más inquietante. Se recomendaba mantener sobre él una vigilancia discreta por posible filtración a la prensa y por una supuesta inestabilidad de criterio operativo.

Ella apoyó la punta de los dedos en el nombre.

Agustín Agulló García.

Durante años había sido su padre muerto. Después, el policía molesto. Ahora empezaba a ser otra cosa: un hombre que había visto una costura en el sistema y había tirado de ella hasta hacerse sangre.

El segundo informe era peor porque ya no hablaba de una operación.

Hablaba de él.

Expediente Agulló García .

No constaba denuncia formal. No constaba imputación judicial.

No constaba resolución administrativa. La respuesta oficial del negociado había sido un «negativo» rotundo.

La respuesta no oficial había sido una vigilancia sistemática y silenciosa.

Agulló leyó la línea transcrita de una libreta de campo que ya no existía en los archivos físicos:

«No han ocultado el cadáver».

No era solo por su padre.

Era por la frase.

No se trataba siempre de esconder el cuerpo.

Siguió leyendo.

Al llegar a las hojas fechadas en 2001, las anotaciones sobre el viejo empezaban a desviarse hacia su entorno más cercano. Hacia ella. El texto aparecía mecanografiado con la misma frialdad funcionarial que el resto del informe:

«La hija muestra interés por el Cuerpo. Perfil disciplinado. Conviene observar la evolución».

Agulló sintió el mismo escalofrío que la había golpeado la primera vez que tuvo el valor de desprecintar aquello. El sudor de la carrera aún se le pegaba a la piel, helado bajo la corriente del apartamento, pero la tiritona le venía de más adentro.

Pasó la página.

El papel, un folio de gramaje antiguo, mostraba los bordes amarillentos por la humedad del almacenamiento. Al pie de la hoja, redactada a mano con un bolígrafo azul de trazo rápido, descubrió una anotación que rompía el tono aséptico del expediente. Parecía escrita deprisa, casi con urgencia:

«Agustín no era el problema. Era el aviso».

«La hija será peor» .

La inspectora cerró la carpeta de golpe, pero los caracteres impresos se quedaron flotando en la penumbra del salón.

El siguiente documento del legajo abría el frente del inspector Vicente Rojo.

No se trataba de un expediente disciplinario al uso.

Era algo mucho peor: una autopsia psicológica y laboral en toda regla.

Una valoración minuciosa de su carácter, de sus puntos de quiebre y de los resortes que lo hacían útil para el departamento.

Lo catalogaban como un activo eficaz pero imprevisible; un lobo estepario que rara vez solicitaba autorización y que solía presentar los informes cuando el sospechoso ya estaba en el calabozo.

Agulló diseccionó cada párrafo.

No le escocía descubrir que en las altas esferas supieran lo que había existido entre ellos.

Tampoco que hubieran deducido que Rojo la había querido, o que había intentado blindarla contra la mierda del oficio a su manera, tosca y expeditiva.

Lo que le revolvía las tripas era el mero hecho de la observación.

Saber que un burócrata sin rostro los había mirado a través de un microscopio.

Que lo había tabulado.

Que la única relación humana que había mantenido en años hubiera terminado reducida a un gráfico de vulnerabilidad dentro de un dosier confidencial.

Agarró el teléfono.

No se lo pensó demasiado. Abrió la conversación de Rojo en Telegram .

Hacía semanas que no intercambiaban nada importante. Algún mensaje práctico. Alguna frase a medias. Nada que se pareciera a una conversación de verdad.

Escribió:

«Necesito hablar de mi padre. Y de mí».

Lo releyó una vez.

Luego lo envió.

Dejó el teléfono sobre la mesa como si quemara.

La respuesta tardó cuatro minutos. Cuatro minutos en los que Agulló se quedó mirando su reflejo oscuro en la pantalla apagada de la televisión.

El móvil vibró.

«Por aquí, no».

Ella respondió:

«Entonces dime dónde».

La contestación llegó casi al instante.

«Mesón de Labradores. En una hora. No llegues tarde».