La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 6. 6
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A Mila Novak la encontraron en doce minutos.

No fue mérito de TikTok, ni de ningún milagro digital. Fue Costa enlazando la cuenta con un perfil de Instagram, una foto etiquetada en un hostel de la calle Poeta Quintana y un comentario de hacía seis horas: «Leaving Alicante tomorrow, best chaos ever».

La chica no había salido todavía de la ciudad.

En el primero, Álex era una mancha.

En el segundo, un cuerpo.

En el tercero, una posibilidad.

Eso era lo peor. La posibilidad.

Molina seguía en la sala, aunque ahora fingía estar allí por control operativo y no por miedo a equivocarse.

Gómez había pedido a Informática que preservara el enlace y levantara acta de la descarga.

Para la inspectora, eso resultaba demasiado formal para un vídeo de diecisiete segundos.

Demasiado tarde para quien, diez minutos antes, hablaba de un sofá en San Vicente .

Costa imprimió una ampliación de la zapatilla.

—Raya azul. Coincide con lo declarado por Rafael Roldán.

—¿El porcentaje?

—No trabajo en una serie americana.

Agulló lo miró.

—Costa.

Él bajó el tono.

—La coincidencia es fuerte. Pero con esta calidad no me caso ante un juez. Necesito el original, los metadatos y, si es posible, las cámaras del autobús.

Bernal colgó.

—La han localizado. Mila Novak, veintitrés años, checa. Está en el albergue. La patrulla la trae como testigo voluntaria. No le han dado detalles.

—Bien.

Agulló llamó a Nuria. La madre respondió al primer tono.

—¿Es él?

La pregunta llegó desnuda.

Agulló miró el fotograma. Podía decir muchas cosas prudentes: que estaban verificándolo, que no podían confirmarlo, que la calidad del vídeo era baja. Todas eran ciertas, pero ninguna servía para una madre que había visto la misma silueta y ya había llenado de amor los píxeles que faltaban.

—Creemos que puede serlo —explicó—. Necesitamos confirmarlo, y eso nos llevará algo de trabajo y tiempo. Quiero que venga a comisaría, pero no conduzca, por favor. Pida un taxi o a alguien que la traiga.

—¿Está vivo?

Agulló cerró los ojos un instante.

—En el vídeo, el chico camina y baja del autobús por su propio pie. Entiendo que sí.

Al otro lado, Nuria emitió un sonido que no era alivio ni llanto, sino un cuerpo recuperando aire de golpe.

—Entonces está vivo.

Agulló no corrigió la frase. Le faltó crueldad o le sobró esperanza.

—Venga a comisaría, Nuria. Y no hable con nadie. Con nadie.

Cuando colgó, Molina la observaba.

—No juegue a ser Dios. No prometa lo que no puede.

—No lo he hecho.

—Casi.

—Eso no figura en ningún código penal.

Molina se inclinó hacia ella, bajando la voz lo justo para que los demás lo oyeran.

—Si esto se convierte en un circo, la responsabilidad será suya, ¿me oye?

Agulló señaló la pantalla.

—Si ese chico está vivo y no lo buscamos, también.

Mila Novak cruzó el umbral de la sala de entrevistas a las 17:06.

Llevaba una mochila Fjällräven de color amarillo mostaza, sandalias de tiras gastadas y los ojos entornados de quien arrastra un jet lag pesado.

Bajo la capa de fatiga, Agulló detectó el pulso acelerado del miedo contenido, ese que los civiles intentan ocultar endureciendo la mandíbula.

La patrulla de seguridad ciudadana la había dejado en la Sala Dos, el cubículo estrecho sin ventanas, pintado de un gris institucional que absorbía la luz.

Bernal entró primero. Llevaba una botella de agua de plástico fría y esa sonrisa ensayada, a medio camino entre la empatía y el manual de procedimiento, diseñada para rebajar los escudos antes de encender la grabadora.

Agulló esperó exactamente treinta segundos junto a la puerta, antes de girar el pomo.

En el juego de la soga, el segundo policía siempre marca el ritmo.

La chica chapurreaba un español de supervivencia, el justo para manejarse en la hostelería y pedir disculpas, pero las costuras de su vocabulario se rompieron en cuanto el interrogatorio exigió precisión legal.

Bernal, con el tono pausado del que no quiere asustar a la presa, empezó a hacer de puente idiomático cuando las frases de ella encallaban.

Al otro lado del espejo bidireccional, en la penumbra del cuarto técnico, Costa observaba la escena, con las manos sobre el teclado del portátil, listo para volcar cada nombre, hora y matrícula en la base de datos central. La maquinaria del departamento se había puesto en marcha.

—Mila, no estás en problemas —dijo Agulló—. Necesitamos saber cuándo y dónde grabaste este vídeo.

Mila miró la pantalla y se llevó una mano a la boca.

—Is he the missing boy?

Bernal tradujo. Agulló no apartó la vista de la chica.

—Eso intentamos confirmar.

—Oh, God. Lo vi en línea. La gente comentaba. No lo sabía.

—Empieza por la noche.

El relato de Mila siguió el patrón habitual de cualquier noche de turismo y alcohol en la ciudad.

Había salido con dos amigas belgas y un chico italiano que habían reclutado en las zonas comunes del albergue.

Una ruta de cañas y copas baratas por los garitos del centro.

Luego vino la confusión de la madrugada: el error de cálculo con los horarios del tranvía —o la simple incapacidad de leer un mapa de líneas a esas horas— y el consejo de un extraño que los empujó hacia el autobús nocturno.

La grabación del teléfono —explicó—, no había sido más que un impulso de turista ebria.

Un grupo de jóvenes cantaba al fondo del autobús, rompiendo la monotonía del trayecto, y a ella le pareció divertido registrar el momento.

No hubo una mala intención. Subió el archivo a sus redes sociales un par de horas más tarde, ya de madrugada, sentada en la litera del hostal después de quitarse el olor a humo de la ducha.

Lo hizo sin revisar los márgenes de la pantalla, sin fijarse en el chico que viajaba al fondo, ajena por completo a que acababa de registrar el último rastro de una línea de investigación.

—¿Recuerdas al chico? —preguntó Agulló.

Mila dudó.

—Un poco. Se veía enfermo.

—¿Enfermo… cómo?

Bernal tradujo. La chica buscó las palabras más adecuadas.

—Borracho tal vez. O herido. No sé... Estaba muy pálido. Se agarraba a la barra del bus como... como si lo necesitara.

Agulló sintió que la espina se le tensaba.

—¿Iba solo?

—Sí. Creo. Nadie habló con él.

—¿Subió contigo?

—No. Ya estaba allí cuando subimos. O tal vez entró justo antes que nosotros. No lo recuerdo.

—¿Dónde subisteis?

Mila sacó su móvil, abrió una aplicación de mapas y mostró una ruta guardada. Costa pidió permiso desde la puerta y entró para fotografiar la pantalla.

—Subieron en Alfonso el Sabio —dijo él—. Parada junto al mercado. Línea N3, dirección norte.

—¿Hora?

La chica enseñó las propiedades del archivo original, no el vídeo comprimido de TikTok. El bueno, grabado a la 1:29:43.

Costa levantó la vista.

—Eso ya me gusta más.

—¿Y dónde baja el chico?

Mila deslizó el dedo por la pantalla de su teléfono y reprodujo el archivo original.

La versión que manejaban hasta ahora era el corte comprimido para TikTok, pero el metraje bruto guardaba un extra de veintiséis segundos que nadie en el departamento había visto todavía.

Oro puro para la investigación. La cámara había seguido rodando después de que el temporizador de la red social cortara la emisión.

En el margen derecho de la imagen, el chico se despegó de la última fila de asientos y avanzó hacia la puerta trasera del autobús.

Llevaba el paso inestable del que arrastra demasiado cansancio o tensión; tropezó levemente con el escalón de la plataforma y, para equilibrarse, apoyó la palma de la mano derecha sobre la superficie plástica de la máquina validadora de billetes.

Justo antes de que las hojas neumáticas de la puerta se abrieran, el chico giró la cabeza hacia el interior del vehículo, con un movimiento rápido, espasmódico, como si temiera haber olvidado algo en el asiento o comprobará si alguien lo seguía.

La luz de la marquesina exterior le dio de lleno en el rostro durante una fracción de segundo, revelando sus facciones antes de que bajara los tres peldaños y se fundiera en la oscuridad de la acera.

Agulló sintió un latigazo de adrenalina. Tenían un perfil limpio de la cara y, mejor aún, una huella dactilar fresca sobre el lector de tarjetas del autobús.

Costa congeló la imagen.

—Parada Novelda-Garbinet —dijo, confiado—. O muy cerca. Mira el cartel de la farmacia y ese paso elevado.

Agulló miró la hora del vídeo: 1:34:11.

Veinticuatro minutos antes del último registro del móvil.

No era una prueba de que Álex estuviera vivo en ese momento, ni de que no hubiera muerto después. Pero era una línea. Una cuerda tendida sobre el vacío. Agulló la agarró antes de decidir si resistiera a su peso.

—¿Cómo estaba al bajar? —preguntó.

Mila tragó saliva.

—Mal. Casi se cae. Pensé que quizás sus amigos estaban afuera. Fui estúpida. No pregunté.

—No eras responsable de él.

La frase salió automática. Agulló supo, en cuanto la dijo, que también se la estaba diciendo a sí misma y que no se creía del todo.

Bernal la miró un segundo.

Costa ya estaba enviando capturas.

—Necesito las cámaras de seguridad del propio autobús y las de tráfico en el cruce de Novelda con Garbinet —soltó Agulló, rompiendo el silencio de la sala—.

También los comercios que abran veinticuatro horas en ese radio, gasolineras, cajeros, cámaras de portales privados y la identidad del conductor de la línea N3 de esa noche.

Si la empresa municipal de transportes aún no ha grabado encima del disco duro del circuito cerrado del vehículo, quiero ese volcado hoy mismo.

Molina abrió la puerta sin llamar. Tenía el teléfono en la mano y la cara seria, estirada.

—He hablado con Jefatura. Autorizan una búsqueda preventiva ampliada, sin nota de prensa por el momento.

—Qué generosos.

—No me toque las narices, inspectora. Tiene hasta medianoche para demostrar que esto no es una persecución de fantasmas.

Agulló se levantó.

—No necesito hasta medianoche. Necesito gente ya.

Salió al pasillo, con el fotograma en la mano: Álex bajando del autobús. Un chico partido en píxeles, pero todavía de pie.

A las 17:22, Agulló reunió a Costa, Bernal y los dos agentes disponibles junto al mapa.

—Último punto fiable con imagen: 1:34, parada Novelda-Garbinet.

Último registro del móvil: 1:58 en el mismo entorno amplio.

Ventana crítica: veinticuatro minutos —señaló con firmeza—.

Solicito recorrido a pie desde la parada en todas las direcciones posibles: hospitales, centros de salud, portales, solares y cámaras privadas. ¿Entendido?

Sonó un sí al unísono.

—Costa, localiza al conductor y tráeme el disco de las cámaras del autobús.

Bernal, mueve tus hilos con la Local: quiero patrullas peinando la zona, necesitamos saber quién vio a Álex en cuanto pisó el asfalto —ordenó, con esa voz baja y áspera que usaba cuando el caso empezaba a correr—.

Revisad el registro de incidencias de la madrugada, llamadas al 112, disputas vecinales...

cualquier puta cosa que rompiera la rutina del barrio.

Una pelea de borrachos, un chaval desorientado o herido, un vehículo con los cuatro intermitentes parado donde no debía.

Lo que sea. Si ocurrió a menos de tres manzanas de esa parada, quiero el informe encima de mi mesa antes de que termine el turno.

Nadie preguntó si buscaban a un vivo o a un muerto.

Agulló clavó el dedo en el mapa.

—Y, por lo que más queráis... buscadlo como si siguiera vivo.

Agulló tampoco quiso hacerse esa pregunta.

Todavía no.