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La línea parecía estar limpia, pero eso era lo que inquietaba.
Bernal dejó una carpeta sobre la mesa.
—Rafael Roldán ya ha venido. Está con un agente tomando declaración ampliada. No ayuda mucho.
—¿Sigue con la fuga voluntaria?
—Sigue con lo de que su hijo es un irresponsable, pero no se ha largado.
Costa, sin apartarse del teclado, murmuró:
—Hay padres que necesitan que sus hijos estén equivocados, para no tener que admitir que están en peligro.
Agulló miró el punto rojo. No contestó. La frase era buena y cruel. También podía ser verdad.
En el pasillo se oyeron los pasos de Molina antes de que apareciera. Zapato caro, prisa medida. Entró con una carpeta en la mano y Gómez detrás, como una sombra.
—Necesito una actualización —dijo Molina.
—Nosotros también —respondió Agulló—. Pensaba que esto no era de interés.
Molina ignoró el golpe.
—¿Tenemos delito?
—Tenemos a un chico desaparecido, versiones coordinadas, un móvil que no encaja y una llamada ocultada al hermano mayor de un testigo.
—He preguntado si tenemos delito.
La inspectora se giró despacio.
—La omisión de socorro empieza a ser una posibilidad. Coacciones, otra. Lesiones, si conseguimos que alguno diga la verdad. Y si el chico no aparece, todo eso se queda corto.
Gómez levantó la mirada de la tableta.
—Con lo que hay, Fiscalía no va a comprar una desaparición forzada.
—No estoy vendiendo nada.
Molina se acercó a la pantalla.
—Lo que veo es un veinteañero con una bronca sentimental, amigos inmaduros y un teléfono que se apaga de madrugada. ¿Borrachera? ¿Descuido? ¿Hurto? Se me ocurren más opciones, ¿eh? Si movilizo recursos y el chico aparece mañana en un sofá de San Vicente, la rueda de prensa la doy yo, no usted .
—Qué desgracia.
Costa tosió para esconder una risa. Bernal no se movió.
Molina señaló el mapa.
—Una patrulla puede pasar por la zona del último registro. Sin más. No me convierta esto en un operativo que no es. No estamos para derrochar recursos.
Agulló sintió el calor subirle al cuello. Era esa vieja cuenta pendiente con el tiempo: si no era ahora, sería luego; si era luego, sería tarde; y si era tarde, sería otra cara en una foto que alguien dejaba sobre una mesa fría.
Su móvil vibró.
Era Nuria Sempere.
Agulló contestó sin apartar la mirada de Molina.
—Nuria.
Al otro lado se escuchó una respiración entrecortada.
—Inspectora, me han mandado un vídeo.
—¿Qué vídeo?
—No sé. De TikTok... Un chico del instituto de Álex lo ha visto y me lo ha enviado. Dice que parece él. Yo creo que sí es él. Necesito que lo vea.
Agulló hizo un gesto a Costa, que ya se estaba levantando.
—Envíemelo ahora mismo.
—Ya se lo he mandado por WhatsApp. Se lo acabo de enviar. Por favor...
—Lo estoy mirando.
El archivo entró con un sonido mínimo.
Era un vídeo vertical de diecisiete segundos. La miniatura mostraba el interior de un autobús nocturno, con luces blancas, barras amarillas y dos chicas riéndose en primer plano. El texto superpuesto decía en inglés: «Alicante night bus at 1 AM is a whole movie».
—El autobús nocturno de Alicante a la una de la madrugada es toda una película —murmuró la inspectora.
Costa conectó el móvil de Agulló al ordenador y la imagen se proyectó en la pantalla mural.
Durante los primeros cinco segundos no pasó nada. Música baja, mala compresión, gente joven al fondo, una mano haciendo el signo de victoria. Luego, la cámara se movió hacia la izquierda para enfocar a un grupo que cantaba algo en un idioma que Agulló no entendió.
Y entonces apareció el chico.
Al fondo, junto a la barra vertical, de perfil, con una chaqueta vaquera negra abierta sobre una camiseta clara. Cabeza baja. Una mano agarrada al pasamanos. Pelo oscuro. Pendiente pequeño en la oreja izquierda.
Bernal susurró:
—Joder. Es él, ¿no?
Agulló no respiró hasta que la imagen volvió a moverse y el chico quedó tapado por un hombro.
—Otra vez —dijo.
Costa rebobinó. Reprodujo a velocidad normal, luego a la mitad y finalmente cuadro a cuadro.
En el fotograma nueve, el rostro era borroso, pero suficiente para que la madre de un desaparecido dejara de dormir.
En el doce, se veía la raya azul de una zapatilla blanca.
En el catorce, el chico levantaba la cara un instante.
Tenía el labio partido o una sombra oscura en la comisura.
No era posible afirmarlo con la calidad del vídeo. Pero Agulló lo vio. O quiso verlo.
—La chaqueta coincide —dijo Bernal.
—Y el pendiente —añadió Costa—. La madre mencionó la oreja izquierda. En la foto también sale.
Molina cruzó los brazos.
—Puede ser cualquiera. No confirmemos a ojo.
Agulló miró a Costa.
—Extrae fotogramas. Mejora lo que puedas sin añadir píxeles. Quiero una comparación con la foto de Nuria. La ropa, las zapatillas y las proporciones.
—Ya.
—Bernal, llama a la madre del chico. Que no suba nada, que no reenvíe nada y, lo más importante, que no conteste a nadie. Díselo dos veces.
Bernal salió con el móvil en la mano.
Gómez se acercó a la pantalla.
—¿Quién subió esto?
Costa abrió el perfil. Era una cuenta pequeña. Nombre: Mila Novak. La biografía estaba en inglés e incluía viajes, Erasmus, vídeos de comida, playas y bares. El vídeo se había subido a las 2:12, con la etiqueta de Alicante y una ubicación genérica cerca del centro.
—Usuaria extranjera —dijo Costa—. Puede ser turista, estudiante, Erasmus... A saber.
—Encontradla —ordenó Agulló.
***
Molina no discutió esta vez, y ese fue el primer indicio de que el caso acababa de cambiar de categoría.
Dejó el ego a un lado y pidió ver el libro de bitácora y las carpetas de pruebas desde el principio.
Su tono carecía del habitual cinismo de despacho; no buscaba pillar a nadie en un renuncio, ni cuestionar el trabajo de campo.
Agulló lo conocía demasiado bien. Sabía que, en los últimos cinco minutos, Molina había estado haciendo un control de daños mental: sopesando el riesgo de mirar hacia otro lado, frente al riesgo de meterse en el fango.
La segunda opción le revolvía el estómago, pero la primera era un suicidio profesional.
Si la madre de la víctima llamaba a la prensa o iba a ver al fiscal antes de que ellos controlaran la narrativa, estaban acabados.
Y en ese departamento, la mierda siempre caía hacia abajo.
—No quiero este vídeo circulando por la comisaría —dijo él—. ¿Queda claro? Ni una captura fuera de la unidad.
—Curioso. Ahora sí tenemos unidad.
Molina le clavó una mirada gélida, de esas que marcan la línea entre el rango y la calle.
—Ahora tenemos un posible avistamiento. Nada más.
Agulló no respondió. Tenía la vista fija en el chico. La pantalla mostraba una imagen deficiente, una silueta pixelada que parpadeaba entre el ruido estático de la grabación, pero su instinto ya se había adelantado a los hechos.
Costa, que permanecía sentado frente al teclado de edición, reprodujo los últimos segundos de la secuencia.
La cámara se giraba hacia la ventana. Fuera, por un segundo, se veía el reflejo de una marquesina y una pantalla luminosa de parada.
Un segundo después, los frenos hidráulicos del autobús suspiraron, las puertas se abrieron y el chico del fondo se despegó del asiento, moviéndose hacia la salida, como una sombra que se desvanece en la noche de Madrid.
Solo dos segundos .
Suficientes para que el cuerpo de Agulló se inclinara hacia delante.
—Ahí —dijo—. Para.
Costa congeló la imagen.
El chico bajaba.
Estaba vivo.
Desorientado, mal enfocado, tal vez herido. Pero de pie. De pie después de la pelea, después de Claudia, después de Daniel, después de la llamada de Iker a Rubén.
Agulló sintió algo peligroso abriéndose dentro de ella.
Tiempo.
El caso acababa de devolverle tiempo.
Fuera, en el pasillo, alguien reía. A ella le pareció una indecencia.