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Agulló se corrigió de inmediato. La apariencia no probaba nada.
La gente se blindaba como podía. Unos lloraban, otros gritaban, otros se planchaban la camisa.
Claudia llevaba vaqueros claros, blusa blanca, uñas cortas sin esmalte y un bolso pequeño cruzado al pecho.
Parecía una estudiante preparada para defender un trabajo ante un tribunal hostil.
Bernal la recibió fuera, le ofreció un vaso de agua y la condujo a la sala dos.
Agulló dejó que pasaran dos minutos antes de entrar.
No por teatro, sino para observar. Claudia no tocó el vaso.
Miró la puerta tres veces y su móvil cinco.
Tenía mensajes entrando, pero no los abría.
El sonido de la notificación se volvía insoportable.
—Claudia —dijo Agulló al sentarse—. ¡Gracias por venir!
—Claro. ¿Se sabe algo de Álex?
La pregunta sonó impecable.
Pese a las compañías que frecuentaba, Agulló intuyó que Claudia venía de una buena educación y había aprendido a moverse con la corrección necesaria para causar una impresión favorable.
Lo había visto en otros casos: chicas que buscaban fuera de su mundo justo aquello que en casa les habían prohibido.
A veces por rebeldía, a veces por hambre de algo distinto.
Casi siempre, sin medir que la factura podía pagarse para siempre.
—Estamos intentando reconstruir la noche. Necesito que seas precisa.
Claudia asintió. Bernal se sentó en un lateral, más cerca de ella que de Agulló.
—¿A qué hora viste a Álex por última vez?
—No sé exactamente. Sobre las doce, tal vez. Un poco más tarde, quizá.
—¿Dónde?
—Cerca de La Musa. Es un bar nuevo que han abierto en el centro. Un rato antes estuvimos dentro y luego salimos a fumar. Él se puso pesado. Discutimos. Se fue.
—¿Quiénes estaban?
—Dani, Iker y yo. Otra gente entrando y saliendo, pero de nuestro grupo, esos.
—¿Qué significa «pesado»?
Claudia bajó la mirada al vaso.
—Celoso. Álex no aceptaba muy bien que lo hubiéramos dejado.
—¿Discutisteis por Daniel?
El parpadeo llegó tarde.
—No.
—Pero Daniel estaba allí.
—Dani es amigo.
—¿De quién?
—De todos .
Agulló no escribió. A veces, escribir permitía al testigo descansar.
—Nuria dice que Álex salió raro de casa. Antes de irse, dijo por teléfono algo de que no pensaba borrar no sé el qué.
El color se le fue de las mejillas.
—No sé a qué se refería.
—No he preguntado si lo sabes. Solo he dicho lo que ha dicho su madre.
Claudia dio un trago de agua por primera vez.
Bernal intervino con suavidad.
—Si Álex tiene algo en el móvil que pueda explicar dónde está o con quién estuvo, necesitamos saberlo cuanto antes.
—Yo no sé nada de su móvil.
—¿Él grabó algo anoche? —preguntó Agulló.
La chica apretó los dedos alrededor del vaso.
—Álex siempre grababa tonterías: historias, vídeos, gente haciendo el idiota. No era raro. Lo hacemos todos, supongo. ¿A qué viene esto?
—Solo son preguntas.
—Un poco raras, ¿no?
—¿Grabó algo que molestara a alguien del grupo?
—No.
Demasiado rápido.
—Por cierto, ¿Daniel y Álex se pelearon?
—Discutieron.
—No es lo mismo.
—Dani levantó la voz. Álex también. Pero no pasó nada. Nunca pasa de ahí.
—¿Lo tocó?
—¿Eh? No.
—¿Estás segura?
La chica levantó la mirada. Había miedo, pero no hacia Agulló, sino hacia algo que estaba fuera de la sala y aun así ocupaba una silla.
—Sí.
Agulló cambió de dirección.
—Después de irse, ¿le escribiste?
—Sí. Le dije que dejara de hacer el imbécil.
—¿Te contestó?
—No.
—¿Lo llamaste?
—No.
—¿Por qué?
—Porque estaba harta.
Era una respuesta humana. También conveniente.
Agulló deslizó una hoja hacia ella y suspiró.
—Escribe la hora aproximada en la que Álex se fue, el lugar exacto, quién estaba a menos de diez metros y qué dijo antes de marcharse.
—¿Cómo?
—Venga, hazlo. Esto puede sernos de ayuda.
Claudia cogió el bolígrafo. Su mano tembló al escribir la hora: 00:15.
Rafael, el padre de Álex, había hablado de medianoche. Nuria había perdido el doble check cerca de las doce. El último mensaje a Dani era de las 00:08. Claudia acababa de regalarles siete minutos, quizá quince, de una noche que todos querían redondear.
Cuando Claudia salió, Bernal se quedó mirando la hoja.
—Tiene miedo.
—Sí.
—¿No de Álex?
—No.
Costa asomó la cabeza.
—Daniel Berenguer acaba de llegar.
—¿Se han cruzado? —preguntó Agulló.
—Es probable que sí —dijo Bernal, lamentando no haber hecho nada al respecto.
—Da igual. No cambiará nada —respondió Agulló y colocó las manos sobre la cintura—. Dile que pase.
***
El muchacho entró con camiseta ajustada, cadena discreta en el cuello y barba recortada. A Agulló le recordó a uno de esos cantantes famosos de reguetón, pero entendió que esa era la imagen que ahora estaba de moda entre la juventud. Daniel se sentó como si los policías le debieran algo.
—Tengo curro luego —dijo, sin presentarse—. ¿Esto va a tardar?
Agulló dejó la hoja de Claudia boca abajo.
—Depende de cuánto mientas.
Daniel sonrió con una esquina de la boca.
—Hostia. Directa a la cara.
—¿Cuándo fue la última vez que viste a Álex?
—Anoche. Salió rebotado y se fue.
—¿Hora?
—No sé. Doce, doce y algo.
—Tu amiga Claudia dice doce y cuarto.
—Pues eso. Doce y algo.
—¿Discutisteis?
—Él discutió. Yo paso de dramas.
—¿Le pegaste?
La sonrisa se le borró.
—No.
—¿Lo empujaste?
—No.
—¿Lo amenazaste?
—Mire, inspectora, Álex iba borracho y se puso chulo. Conmigo, con Claudia, con todos. Le dije que se fuera a casa a dormir. Fin de la historia. Si hubiera sido por mí…
—¿Sí?
—Nada.
—No, sigue. No dejes la frase a medias.
—He dicho que nada.
—¿Qué quería borrar?
Daniel no pudo evitarlo. Miró su propio móvil, colocado boca abajo sobre la mesa.
—Ni idea. No sé de qué me habla.
—Te escribió a las 00:08.
—Puede ser.
—¿Qué decía?
—No me acuerdo.
—Un amigo desaparece después de escribirte y no te acuerdas.
—Borro los chats.
—Qué limpio.
—Nunca se sabe.
Agulló sostuvo su mirada. El chico aguantaba bien.
—¿Te importa enseñarnos el móvil?
—¿Tengo que hacerlo?
—No, por ahora.
Daniel se inclinó hacia delante.
—Álex está haciendo el numerito. Siempre quiere llamar la atención y que hablen de él. He leído por ahí que es falta de amor materno. Si no me cree, pregunte en casa.
—¿En casa de quién?
El muchacho se encogió de hombros.
—Su padre, su madre… Yo qué sé. Todo el mundo, ya me entiende.
Agulló se quedó mirándolo. Él evitó su mirada con cara de bobo. Luego la inspectora chasqueó la lengua y dejó escapar un suspiro de agotamiento.
—Puedes irte, pero no salgas de Alicante sin avisar.
—¿Estoy acusado de algo?
—De momento, de tener mala memoria.
En la puerta se cruzó con Iker Soria, que entraba pálido, sudado, con la mochila colgada de un hombro. Daniel no dijo nada. Solo lo miró. El otro bajó los ojos.
A Agulló le interesó más ese gesto que todo lo que Daniel había dicho. Al fin y al cabo, se había mostrado como un chulo de discoteca acorralado.
Iker pidió agua antes de que nadie se la ofreciera.
—Yo no hice nada —dijo, mirando a las dos inspectoras.
Bernal acercó el vaso.
—Tranquilízate, hombre. Nadie ha dicho que hicieras nada.
—Ya, pero Dani ha salido con cara de que aquí todo va de eso.
Agulló apoyó los antebrazos en la mesa .
—Olvídate de él y cuéntame la noche. Cuanto antes acabemos, antes te marcharás.
Iker contó la misma historia: el bar, la copa y la discusión. Álex estaba celoso, Dani se mostraba cabreado y Claudia parecía incómoda. Álex se iba y ahí se acababa todo.
Sin embargo, contó el relato peor que los dos anteriores. Se equivocó dos veces con la hora. Situó a Claudia dentro cuando ella había dicho que estaban fuera. Dijo que Álex llevaba chaqueta negra y luego dudó. Bebió agua como si tuviera arena en la boca.
—¿Llamaste a tu hermano? —le preguntó Agulló, a bocajarro.
Iker se quedó inmóvil.
—¿A Rubén?
—¿Tienes otro?
—No. ¿Por qué iba a llamarlo?
—Porque Nuria dice que lo haces cuando hay líos.
—Nuria no sabe nada.
—Eso no es una respuesta.
—No lo llamé.
Agulló miró a Costa a través del cristal. Costa ya estaba comprobando algo.
—¿Dónde fuiste después?
—A casa.
—¿Solo?
—Sí. Como siempre.
—¿Puede confirmarlo alguien?
—Mi madre dormía.
—¿Y Rubén?
—No vive conmigo.
—No he preguntado dónde vive. He preguntado si puede confirmarlo.
Iker se secó las palmas en los vaqueros.
—No.
Agulló dejó pasar tres segundos.
—Álex estaba bien cuando se fue.
Iker asintió demasiado rápido.
—Sí.
—Mírame. ¿Estaba bien?
La nuez le subió y le bajó.
—Estaba vivo, si es lo que quiere oír.
Bernal dejó de escribir.
Iker pareció darse cuenta de lo que acababa de decir.
—Quiero decir… que se fue. Que caminaba. Todo eso.
Cuando se quedaron solos, Costa entró con el móvil en la mano.
—Tenemos un problema, jefa.
—Uno solo ya sería un avance. ¿Qué pasa?
—Iker llamó a Rubén a las 00:23. La duración de la llamada fue de cuarenta y un segundos.
Agulló miró la hoja donde Claudia había escrito 00:15.
La versión común acababa de abrirse.
—Y Álex —dijo Costa—, le mandó el mensaje a Daniel a las 00:08. Luego, a la 1:58, su móvil aparece en la avenida de Novelda. Nadie ha mencionado nada entre medias.
Bernal cerró su libreta.
—Todos dicen que se fue por su propio pie.
Agulló miró el pasillo por donde los tres habían salido.
—Y todos esperan que con eso baste.