La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 3. 3
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La primera hora de comprobación no les dio ningún alivio.

Agulló observó el mapa en la pantalla de Costa y experimentó la sensación de que la mañana se intensificaba.

—¿Margen de error?

—Demasiado como para ponerse poéticos —dijo Costa—. Un par de cientos de metros, quizá más según la carga de red. Pero no estamos hablando de su casa, ni de la zona donde la madre dice que salió.

—¿Batería?

—Sin dato todavía. La operadora no nos va a dar más, hasta que esto tenga otro color.

—Pues vamos a darle color, ¿no te parece?

Costa ladeó la cabeza.

—Eso suena a frase de alguien que va a enfadar a Molina.

—Molina ya venía enfadado de fábrica.

Eran las 10:24. En la mesa de Agulló había una hoja con tres nombres subrayados: Claudia Vives, Daniel Berenguer e Iker Soria. Debajo, Nuria Sempere había añadido a mano los números de teléfono. La letra de la madre era firme al principio y más torcida al final.

Bernal entró con dos cafés y una carpeta azul.

—He hablado otra vez con Nuria. El chico discutió con el padre el sábado. Nada grave, según ella. Rafael Roldán trabaja por su cuenta haciendo reformas, pintura, lo que surja. Dice que el chico últimamente iba muy a la suya.

—¿Y la exnovia?

—Claudia Vives. Veintiún años. Estudia Comunicación. Vive con sus padres en San Blas. La madre de Álex la define como «buena chica, pero de casa muy puesta».

—Traducción, por favor. Creo que me estoy haciendo mayor.

—Dinero. Buena familia.

Costa amplió el mapa.

—Daniel Berenguer tiene antecedentes por una pelea de madrugada. Una denuncia retirada, dos identificaciones por broncas en locales. Es un… buena pieza. Nada a destacar que no hayamos visto, pero el perfil es el de siempre.

—¿Iker Soria?

—Limpio —dijo Bernal—. Estudiante irregular. Amigo de Álex desde bachillerato. Tiene un hermano mayor: Rubén Soria. Treinta y cuatro años. Posee una pequeña empresa de seguridad privada y eventos. Antes fue auxiliar en discotecas.

Agulló levantó la vista.

—¿Por qué me dices eso ?

—Porque Nuria lo mencionó sin querer —respondió Costa, entrando en la pregunta—. Dijo que Iker siempre llamaba a su hermano cuando había líos.

—Has estado ágil, Costa —dijo la inspectora y anotó—. Bernal, llama a Claudia. Que venga voluntariamente. Ya sabes, emplea un tono suave. No quiero que entre a la defensiva.

—Con ella no hace falta empujar al principio.

—Por eso te la doy a ti.

La compañera asintió y salió ya marcando el número.

A continuación, Agulló cogió el móvil de la mesa y llamó a Rafael Roldán. Este respondió al cuarto tono con una voz áspera, llena de ruido de obra, viento o mala cobertura.

—¿Sí?

—Rafael Roldán, soy la inspectora Agulló, de Homicidios. Estoy con la denuncia por la desaparición de su hijo.

Hubo una pausa breve.

—Mierda… Mi mujer se ha asustado demasiado.

Agulló apoyó la espalda en la silla. Costa, que fingía mirar la pantalla, dejó de teclear.

—¿Usted no?

—Claro que me preocupa. Pero Álex hace cosas así. Se cabrea, desaparece unas horas y vuelve cuando se le pasa.

—¿Ha desaparecido una noche entera antes?

—No exactamente.

—¿Qué significa exactamente?

—Que no es un crío fácil, inspectora. Eso es lo que significa.

La frase llegó con un cansancio que podía ser verdad o una defensa improvisada. Agulló abrió un documento nuevo .

—Su mujer dice que discutieron el sábado. Esta podría ser la razón para marcharse.

—Verá, discutimos todas las semanas. Yo quiero que haga algo con su vida, algo que no sea fumar canutos y hacer botellón con sus amigos. Sin embargo, él quiere que lo dejemos en paz. Nada nuevo. Es una edad complicada, y el chico lo hace más difícil todavía.

—¿Sabe con quién salió anoche?

—Con los de siempre. Claudia, Daniel y el otro…

—Iker.

—Ese —aclaró—. Mala compañía algunos, pero a los veinte años todos elegimos mal. ¿Usted, no?

—¿Habló con alguno de ellos?

—Con Iker, no. Con Claudia hablé un momento, poca cosa. Me dijo que Álex se marchó por su cuenta.

—Claudia Vives —repitió Agulló.

Al otro lado hubo una pausa casi imperceptible.

—Sí.

—¿La conoce?

—A ella, poco. De haberla visto con mi hijo. A su padre lo conoce media Alicante.

—Todavía no le he preguntado por su padre.

—Ya. Pero lo iba a hacer, ¿no?

—¿Por qué piensa eso?

—Porque está investigando la desaparición de mi hijo y entiendo que empiece por sus amigos y también por los padres de estos, para averiguar qué relación tenía Álex con ellos.

—Vaya. Es todo un sabueso.

—Me gustan mucho las novelas policíacas. Las devoro.

—Ya veo. Entonces hábleme de qué conoce a Vicente Vives .

—¿Conocerlo? No, no se equivoque. Sé quién es y cómo se llama. Ya está. He coincidido con él alguna vez por trabajo, en encargos puntuales y asuntos menores. Nada importante.

«Nada importante». Agulló subrayó la expresión.

—¿A qué hora le dijeron que Álex se marchó?

—No me acuerdo. Tarde.

Agulló cerró los ojos un segundo.

—Necesito horas, no monosílabos.

El hombre soltó aire.

—¿Qué quiere que le diga? Sobre la medianoche. No lo sé, la verdad. Mi mujer lo está convirtiendo en una película.

—Su hijo no contesta al teléfono desde la madrugada y su mujer está preocupada. Eso es lo que sucede.

—Igual se le acabó la batería.

—El último registro no coincide con su ruta habitual.

De pronto, otro silencio. Esta vez sí hubo algo en su pausa.

—¿Qué último registro? ¿De qué está hablando?

—De momento es solo una comprobación preliminar.

—Entonces todavía no tienen nada —respondió, desanimado.

Agulló escribió: padre minimiza / pide prueba / no pregunta ubicación exacta.

—Tenemos a una madre que no ha dormido, un teléfono apagado y tres amigos con una versión que conviene comprobar.

—Mire, yo no quiero quitarle importancia ni entorpecer su trabajo… Entiendo perfectamente lo que están haciendo. Pero si Álex vuelve dentro de dos horas y se entera de que hemos montado un numerito policial, me va a mandar a la mierda a mí y a su madre .

—No sé por qué piensa eso.

—Porque soy su padre. ¿Le parece poco? Ese chico tiene un carácter deplorable. La verdad es que no sé qué hemos hecho mal para que nos trate así. Se lo hemos dado todo…

—¿Qué cree que pasó para que se fuera así, sin más?

—Que se emborrachó, discutió con la novia y se fue a dormir por ahí.

—Su madre afirma que Claudia es su exnovia.

—Para él nunca lo fue del todo. Lo tiene amargado.

—¿Álex seguía enganchado a Claudia?

—Demasiado.

—¿Y ella?

—Ella es de esas chicas que no sueltan del todo, aunque digan que sí, ya me entiende, que va de liana en liana —dijo, y pareció darse cuenta de que estaba hablando con la inspectora—. Perdón, no debería hablar así.

Agulló entendió que se disculpaba porque sabía cómo sonaba aquello.

—¿Daniel Berenguer tenía algo con Claudia?

La respiración de Rafa cambió al otro lado.

—Eso tendrá que preguntárselo a ellos.

—Se lo pregunto a usted.

—Dani siempre está donde hay problemas. A veces, él los genera.

—¿Y anoche había algún problema?

—Con mi hijo, últimamente, siempre había alguno.

Agulló dejó de escribir.

—¿Qué llevaba encima Álex? ¿Puede decírmelo?

—No lo sé. Móvil, cartera, llaves. Una chaqueta vaquera negra, creo. Zapatillas blancas con una raya azul. ¿Qué más lleva un chico de su edad? Nuria lo sabrá mejor que yo, ella se fija más en esas cosas.

—¿Un ordenador portátil?

—¿Eh? No, que yo sepa.

—¿Cámara? ¿Segundo teléfono?

—No.

—¿Seguro?

—Y tanto. Inspectora, mi hijo se cree más listo de lo que es, pero no es un terrorista.

Costa la miró. Agulló no presionó más. Decidió esperar un poco.

—Necesitamos que venga a comisaría esta tarde, si no le importa.

—Estoy trabajando.

—Su hijo sigue desaparecido.

La respuesta tardó un segundo.

—Está bien, iré.

Cuando colgó, Costa giró la pantalla hacia ella. En una columna había listado las llamadas salientes y entrantes del número de Álex entre las ocho de la tarde y las dos de la madrugada. Aún estaba incompleto, pero era suficiente.

—Tres llamadas a Claudia antes de las once —dijo Costa—. Dos a Iker. Ninguna contestada a partir de las 00:12. Y esto.

Señaló una línea.

—Mensaje enviado a Daniel Berenguer a las 00:08. No tenemos el contenido todavía.

Agulló miró la hora.

—Nuria dijo que a las doce ya no le entraban dobles marcas.

—Eso encaja.

—No. Encaja más bien poco.

Costa esperó.

—Si Álex se fue enfadado, pero bien cabreado, ¿por qué deja de leer a su madre, escribe a Daniel y el móvil aparece casi dos horas después en una zona que nadie ha mencionado?

Bernal volvió a entrar.

—Claudia viene de camino. Dice que puede estar aquí en media hora.

—¿Cómo la has notado?

Bernal cerró la puerta.

—Como si llevara toda la mañana ensayando para sonar tranquila.

Agulló volvió a mirar los tres nombres en la hoja: Claudia, Daniel, Iker. También miró la fotografía de Álex dentro de la funda. El pendiente pequeño, la sonrisa torcida, esa arrogancia blanda de quien todavía cree que el mundo avisa antes de destrozarte.

—Empezamos por ella. Y sin enseñarles todavía lo que sabemos del móvil.