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Nuria Sempere no estaba llorando.
Eso fue lo primero que le llamó la atención a Agulló, al entrar en la sala pequeña de denuncias.
La mujer tendría cuarenta y muchos, quizá cincuenta mal dormidos.
Abrigo ligero pese al calor, bolso grande abrazado contra el vientre, labios secos.
No lloraba. No temblaba. No interpretaba la escena que muchos esperan de una madre a la que le falta un hijo.
Estaba sentada demasiado recta, con las dos manos cerradas sobre un móvil, como si el aparato fuese una prueba y un amuleto al mismo tiempo.
Al otro lado de la mesa, un agente joven había desplegado el formulario, con la prudencia de quien ya ha aprendido a no complicarse demasiado pronto.
—Inspectora —dijo, levantándose.
—Déjenos.
El agente miró a Molina, que había bajado con ellas, pese a que diez segundos antes aquello no era asunto suyo. Molina hizo un gesto de fastidio elegante y el agente salió.
Bernal se quedó junto a la pared, con una libreta abierta. Costa apoyó el hombro en el marco de la puerta, sin invadir el espacio .
Agulló se sentó frente a la mujer.
—Soy la inspectora Agulló. Ella es la subinspectora Bernal. Cuénteme desde el principio.
Nuria Sempere tragó saliva. Miró al comisario un instante, como si hubiera reconocido en él a la clase de hombre que juzga antes de escuchar.
—Mi hijo no ha vuelto a casa.
—¿Nombre?
—Álex Roldán. Alejandro, pero nadie lo llama así. Tiene veinte años.
—¿Desde cuándo no sabe nada de Álex?
—Desde anoche. A las ocho y media salió de casa.
—¿Ha venido sola? —preguntó Agulló.
La mujer bajó la mirada al móvil.
—Sí.
—¿Y el padre de Álex?
—Está en casa.
—¿No ha querido acompañarla?
—Rafa dice que quizá estemos exagerando. Álex ya tiene veinte años y a veces hace estas cosas para llamar la atención.
Molina aprovechó la duda.
—Es una posibilidad razonable.
La mujer lo miró sin rabia.
—Como madre, siento que debía hacerlo.
—¿Álex les dijo adónde iba? —preguntó la inspectora, interviniendo.
—Sí. Dijo que iba a ver a unos amigos.
—¿Sabe qué amigos eran?
—Los de siempre. Claudia, Dani…
—¿Podría decirme los nombres completos?
—Sí, claro. Claudia Vives, Daniel Berenguer, Iker Soria. Creo que había más gente, pero esos seguro que estaban con él.
Bernal anotó los nombres sin levantar la cabeza.
—¿Claudia es su pareja? —preguntó Agulló, siguiendo su intuición.
—Exnovia, más bien. Lo dejaron hace dos meses, más o menos. Son unos críos, ¿sabe?
—¿Habían discutido?
—Álex discutía mucho últimamente. Con ella, con su padre, conmigo, con sus amigos. Pero siempre volvía. Lo siento, pero no creo que sea una riña de exnovios.
Molina intervino desde un lateral.
—Señora Sempere, su hijo es mayor de edad. Si salió voluntariamente y han pasado menos de veinticuatro horas, lo normal es tramitar una comunicación inicial y esperar. Muchas veces estos chicos aparecen en casa de un amigo, sin batería, después de una noche larga.
Nuria giró la cabeza hacia él. No subió la voz.
—Mi hijo no está en casa de un amigo.
—Eso no puede saberlo.
—Sí puedo.
La frase no sonó desafiante.
Detrás del cristal, el vestíbulo seguía con su ruido de lunes. Una mujer protestaba por una denuncia de daños. Un niño golpeaba el suelo con una zapatilla luminosa. El mundo seguía al otro lado de la puerta, ajeno.
Agulló se inclinó apenas hacia delante.
—¿Por qué?
Por primera vez, Nuria pareció descomponerse un milímetro .
—Porque me habría escrito, aunque fuera para pedirme dinero o decirme que no lo agobiara. Álex puede ser un desastre, pero no hace esto. No a nosotros.
—¿Lleva medicación? ¿Tiene antecedentes de depresión, intentos autolíticos, consumo problemático?
—No. ¿Por qué pregunta eso?
—Es importante. ¿Drogas?
Nuria tardó medio segundo de más.
—No sé, porros... Alcohol cuando sale... Lo normal a su edad.
Molina soltó un sonido leve.
Agulló no lo miró.
—Lo normal no existe en una denuncia. Solo dígame lo que sepa.
La mujer asintió, agradecida por la precisión.
—Mi hijo no es un drogata y tampoco digo que sea un santo. No lo es. Últimamente estaba raro, más de lo habitual, ya me entiende. Más encerrado. Más chulo y a la defensiva todo el tiempo. No sé… Maldita edad complicada.
Agulló dejó que el silencio hiciera su trabajo.
—¿Algo concreto?
—Tenía broncas con su amigo Daniel.
—¿Por la chica?
—No solo por Claudia. Dani es... —Pareció buscar la palabra, para no usar a la primera que encontró—.
Tiene mala sombra y un poco de genio. No hace falta ser una lumbrera para darme cuenta de la clase de amigos que tiene.
Y Álex, cuando se pone gallito, no mide lo que dice. Se le va la fuerza por la boca.
Bernal levantó la vista.
—¿Habló usted con alguno de ellos?
—Esta mañana. Con Claudia primero. Me dijo que Álex se fue anoche, que estaba enfadado, pero que se fue bien, ya me entiende. Luego llamé a Iker. Me dijo casi lo mismo.
Agulló había escuchado esa clase de frase demasiadas veces en salas iguales: «se fue», «estaba bien», «no pasó nada», «luego hablamos».
La mayoría eran exactamente lo que parecían: excusas pobres para noches vulgares.
Pero a veces la frase venía pulida y fácil de repetir.
Cuando dos personas distintas recordaban el mismo final con la misma limpieza, Agulló pensaba en coartadas.
No obstante, solo fue un pensamiento. Una madre no necesitaba hipótesis prematuras.
—¿Y con Daniel? ¿Ha llegado a hablar?
—No me ha cogido el teléfono.
Costa sacó el móvil del bolsillo y empezó a escribir.
—¿A qué hora fue la última comunicación con su hijo? —preguntó Agulló.
Nuria desbloqueó el teléfono con dedos torpes y se lo giró. Había una conversación abierta.
El último mensaje de Álex era de las 20:27.
«No me esperes. Ceno fuera».
Debajo, varios mensajes de Nuria Sempere. Uno a las 23:12. Otro a las 00:06. Otro a la 1:18. Llamadas perdidas. Más llamadas. Un audio no escuchado por nadie. A partir de las 2:03, los mensajes ya no eran reproches. Eran súplicas.
Agulló leyó sin tocar el móvil.
—¿La doble marca azul?
—No. Desde el de las doce, ya no. Al principio pensé que estaba con ellos y pasaba de mí. Luego llamé. Daba tono. Después estaba apagado.
—¿A qué hora dejó de dar tono?
—No lo sé exactamente. Sobre las dos. Quizá antes.
Costa alzó la mirada.
—Puedo pedir la localización del último registro de red si autorizan diligencias preliminares.
Molina chasqueó la lengua.
—Para eso necesitamos fundamentos. No vamos a activar recursos por cada universitario que alarga una noche.
Nuria Sempere abrió el bolso con un movimiento brusco y sacó una fotografía doblada. La puso sobre la mesa.
El chico de la imagen tendría veinte años recién estrenados y una sonrisa oblicua, algo insolente. Pelo oscuro, pendiente pequeño en la oreja izquierda, sudadera azul. No parecía una víctima. Nadie lo parecía en las fotos que las madres llevaban a comisaría.
—No le estoy pidiendo que busque a un universitario borracho —dijo Nuria—. Le estoy diciendo que mi hijo estaba asustado y me preocupa que haya cometido alguna estupidez.
Agulló miró la foto.
—¿Asustado de quién?
—No lo sé. Pero ayer, antes de salir, discutió por teléfono en su habitación. Creía que no lo oía. Dijo algo como: «No pienso borrarlo». Luego salió de su cuarto como si nada.
—¿Se lo contó a su marido?
Nuria se tomó un instante antes de responder. Lo justo para que Agulló lo anotara mentalmente.
—Sí.
—¿Y qué dijo?
—Que no me metiera en sus tonterías. Él no quiere que sea una madre sobreprotectora y me culpa de que Álex tenga ese carácter de niño mimado.
Agulló siguió escribiendo.
—¿Eso fue exactamente lo que dijo?
Nuria negó con la cabeza.
—No. Solo dijo que era otra mierda de críos.
La frase quedó suspendida unos segundos en el despacho.
—Rafa habla así cuando quiere quitarle importancia a algo —añadió ella.
Agulló frunció el ceño por primera vez en toda la conversación.
—¿Y suele funcionar?
El aire de la sala cambió.
Molina también lo notó. Por eso se adelantó.
—Eso puede significar cualquier cosa, señora.
—Sí —dijo Agulló—. Por eso vamos a averiguar cuál. Señora Sempere, una última pregunta. ¿Conoce a la familia de Claudia Vives?
Nuria parpadeó, sorprendida por el cambio.
—A su madre, de vista. Al padre, no. Bueno… Creo que hemos coincidido con él en alguna ocasión, pero nada más. Sé que es empresario y se mueve por todas partes en esta ciudad, si es lo que quiere saber.
Molina miró a Agulló con advertencia.
—Inspectora.
Agulló cerró la carpeta que el agente había dejado a medias y se levantó.
—Bernal, declaración completa a la madre. Sin prisa. Ropa, amistades, rutas habituales, cuentas, posibles lugares de refugio. Costa, último registro del móvil, llamadas, antenas si conseguimos autorización. También quiero comprobar cámaras cercanas al portal y a las zonas donde estuvieron anoche.
—Hecho, jefa —dijo Costa.
Nuria respiró como si hasta ese momento hubiera estado bajo el agua.
Molina se acercó lo justo para bajar la voz.
—¿De qué va? No convierta una ausencia en un caso porque le guste llegar antes que nadie.
Agulló guardó la fotografía de Álex en una funda transparente.
—No me gusta llegar la primera.
Miró el reloj. Ocho y cuarenta y uno.
—Me gusta no llegar tarde.
Y salió de la sala.