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La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2)

La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2)

Por Pablo Poveda

© inepub.com

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El lunes amaneció con una luz blanca y sucia sobre Alicante.

Agulló aparcó la Vespa azul turquesa en la calle lateral de la Jefatura a las siete y cuarenta y ocho exactas.

Doce minutos antes de que el comité de oficiales abriera la boca.

Doce minutos era un margen higiénico; dos, un síntoma de culpa.

Esa matemática miserable, rígida como un código militar, seguía gobernando los restos de su vida desde hacía demasiados inviernos.

Se quitó el casco y el aire frío de la mañana le golpeó la cara.

Al agacharse para sepultarlo bajo el asiento, la sien derecha le pasó la primera factura del día: un pinchazo seco, rítmico, el aviso de las horas de sueño que le debía al cuerpo.

Había corrido una hora al amanecer, devorando asfalto hasta sentir los pulmones llenos de cristal molido.

Había ahogado el cansancio bajo una ducha de agua helada que no logró enfriarle la cabeza.

Y había dejado el apartamento impecable.

Ni una taza fuera de su sitio en el fregadero, ni una silla desviada un solo milímetro de su eje respecto a la mesa.

Todo en orden. Todo bajo una falsa apariencia de control.

El problema era que el control, últimamente, se parecía demasiado a una coartada para convencerse de que seguía cuerda.

Caminó hacia la entrada principal. Junto a la puerta de metal, dos agentes de la escala básica quemaban el último cartucho de tabaco de la noche, con la mirada perdida y el gesto apático de los que ya daban la mañana por perdida antes incluso de fichar.

Al reconocer a la inspectora, el más joven reaccionó por reflejo y escondió el cigarrillo detrás del muslo, dejando escapar un hilo de humo perezoso entre los dedos.

El otro, más veterano, ni se molestó en disimular; se limitó a clavarle los ojos inyectados en sangre y a soltar un saludo con un leve movimiento de barbilla.

—Inspectora.

Agulló respondió sin detenerse.

Dentro, la comisaría tenía ese olor de siempre. El vestíbulo empezaba a llenarse: denuncias, carteras perdidas, discusiones de tráfico, esa ansiedad de lunes que convertía cualquier mostrador en un confesionario sin absolución.

Subió a Homicidios con la carpeta apretada contra el costado. No había caso nuevo. Eso, en teoría, era una buena noticia. En la práctica, significaba que Molina iba a dedicar la reunión a enseñar músculo.

La sala de incidencias estaba medio encendida. Costa ya ocupaba su mesa, con una camiseta negra bajo la chaqueta y un vaso de café junto al teclado. Parecía llevar allí desde el viernes. Bernal revisaba una lista de citaciones con el pelo recogido y los ojos demasiado despiertos para tan temprano.

—Vaya, has madrugado —dijo Costa.

—Tú también. ¿Qué tal la nueva vida de soltero?

—Muy graciosa.

Agulló dejó la carpeta sobre la mesa y miró la pantalla mural. Denuncias pendientes, seguimientos, un par de robos violentos que no eran suyos y un informe de lesiones que Molina había marcado en rojo, como si el color pudiera convertirlo en prioridad.

—¿Qué quiere hoy? —preguntó.

Costa no necesitó que le explicaran quién.

—Cierre estadístico. Productividad. La palabra «eficiencia» va a salir antes de las ocho y cinco.

Bernal levantó la vista.

—Y la prensa. Ayer hubo una pelea en la zona del puerto. Un turista alemán con la ceja abierta. Nada nuestro, pero el vídeo ya está circulando.

Agulló sintió otro pinchazo en la sien. Siempre alguien grabando el final de algo sin haber visto el principio.

Había un folio doblado en su mesa. Sin membrete ni firma.

Solo una nota pegada encima: «Pendiente de destrucción».

Agulló lo abrió, aunque sabía que no debía hacerlo allí.

Era una copia vieja y de mala calidad, de una solicitud de archivo vinculada a la Operación Gaviota.

Una de esas piezas que, por sí solas no demostraban nada, pero que, colocadas junto a otras, empezaban a dibujar la sombra de su padre y de aquel Grupo 3 que nadie quería nombrar en voz alta.

La volvió a doblar y la guardó en el cajón bajo llave, antes de que Molina entrara. Si la dejaba a la vista, le mordía desde fuera. Si la encerraba, desde dentro.

Costa vio el gesto. Una de sus virtudes más útiles era la de no hacer demasiadas preguntas, pero esta vez le preguntó:

—¿Otra reliquia del pasado? —dijo solo.

—Papeles viejos.

—Los papeles viejos te manchan las manos...

Agulló cerró el cajón .

—Sigue con lo tuyo, ¿quieres?

Costa aceptó el límite con una inclinación mínima de cabeza.

Bernal fingió no haber oído. La sala recuperó su ruido de teclados y respiraciones contenidas.

La mañana ya se había torcido. No por la nota en sí, sino por lo que esta demostraba: que incluso en los días sin cadáver, el pasado encontraba la manera de dejar algo en su escritorio.

A las ocho en punto, Molina entró, con su nudo Windsor perfecto y el reloj asomando medio centímetro bajo el puño de la camisa.

Lo acompañaba Gómez, el nuevo subinspector de la comisaría y sustituto de Palacios.

Llevaba una tableta digital y una sonrisa que no era para nadie.

Agulló la conocía: era la de alguien que espera ver a otro equivocarse.

—¡Buenos días! —dijo Molina, sin esperar respuesta—. Vamos a ser breves.

Costa murmuró algo que pudo ser una plegaria o una blasfemia.

Molina pulsó la tableta y en el mural apareció un gráfico de barras.

—Tenemos demasiadas diligencias abiertas que no van a ningún sitio. La Delegación quiere números limpios este mes.

Agulló mantuvo la mirada en la pantalla.

—Los números limpios suelen salir de investigaciones sucias.

El silencio bajó medio grado la temperatura de la sala. Molina la miró.

—Inspectora, no empiece el lunes dándome titulares.

—No sabía que ahora trabajáramos para los diarios.

Gómez bajó los ojos a la tableta. Bernal dejó el bolígrafo muy despacio. Costa sonrió sin enseñar los dientes.

Molina se acercó un paso.

—Trabajamos para obtener resultados. Hay que distinguir entre lo investigable y lo que solo satisface la ansiedad profesional de algunos .

Agulló notó el impulso de contestar. Lo contuvo. Con Molina, cada réplica era una moneda que él luego cobraba en despacho, expediente o rueda de prensa. No darle sangre. El problema era que a veces la sangre ya estaba allí.

—¿Algo concreto? —preguntó.

—Sí. Los informes antiguos. Todo eso queda fuera de prioridad. Me llegan rumores de que se siguen pidiendo copias, accesos…

La sala se volvió más pequeña.

Agulló no movió un músculo.

—Si me está acusando de algo, póngalo por escrito.

—Le estoy recordando que la Brigada no es un archivo emocional. Ni personal.

Costa dejó el vaso en la mesa con un golpe mínimo, pero audible.

—Hay familias a las que quizá les habría gustado que alguien revisara ciertos archivos, antes de enterrar a sus muertos —dijo.

Molina giró apenas la cabeza.

—Subinspector, cuando quiera dirigir una unidad, apruebe la oposición correspondiente.

Costa levantó las cejas.

—Me lo apunto para cuando me canse de resolver marrones de otros.

Bernal intervino antes de que aquello se abriera del todo.

—Comisario, tenemos citaciones a las nueve. Si quiere, priorizamos el listado y cerramos los asuntos administrativos antes del mediodía.

Molina aceptó la salida, porque le permitía fingir que había ganado.

—Eso es exactamente lo que quiero. Un poco de orden, maldita sea.

Agulló miró el gráfico de la pantalla. Barras de colores. La realidad convertida en un Excel para que nadie tuviera que tocarla.

El teléfono de la sala sonó.

Una vez. Dos.

Nadie se movió durante el primer segundo, como si el ruido hubiera entrado desde otra comisaría. Después, Bernal cogió la llamada.

—Homicidios.

Escuchó. Su rostro cambió muy poco. Lo suficiente.

—Sí. Ahora bajamos.

Colgó y miró a Agulló.

—Hay una mujer en denuncias. Dice que su hijo no volvió anoche. El chaval tiene veinte años y la madre no quiere esperar a las veinticuatro horas.

Molina soltó aire por la nariz.

—Entonces no es Homicidios. Es Atención al Ciudadano.

Bernal no apartó los ojos de Agulló.

—La madre insiste en hablar con alguien de arriba. Dice que los amigos no están preocupados. Ella sí.

Agulló miró el reloj de la pared. Ocho y diecisiete.

—Vamos —dijo.