Cuatro
Me despertó Alba a las cinco y media de la tarde. Me tocaba la cara con un dedo frío. Como se toca algo para ver si está vivo.
«Mamá. Mamá. ¿Estás muerta?»
«Casi.»
«La abuela Pura me ha traído. Papá dice que hoy viene tarde.»
Me incorporé. Me dolía el cuello. Tenía la marca de la costura del cojín en la mejilla. Alba me miraba con la cabeza ladeada. Llevaba el uniforme del colegio con una mancha de tomate en el pecho y el pelo en una coleta que se le había ido a un lado.
«¿Has comido en el comedor?»
«Macarrones. Asquerosos.»
«Siempre dices que están asquerosos.»
«Porque siempre están asquerosos.»
Le hice la merienda. Pan con aceite y azúcar como me lo hacía mi madre. Dani dice que es una bomba de calorías. Alba lo adora. Se sentó en la encimera con las piernas colgando. No le dejo sentarse en la encimera. Esa tarde la dejé.
«Oye», le dije. «¿El fin de semana pasado te hiciste daño en la ducha?»
Me miró con la boca llena.
«¿Qué ducha?»
«La nuestra. Papá me dijo que se rompió una baldosa y que casi te cortas.»
Alba masticó. Tragó. Se limpió el azúcar de los labios con la manga.
«Yo no me duché aquí. Dormimos en casa de la abuela Pura.»
Hay frases que no hacen ruido cuando caen. Esta no hizo ruido. Cayó despacio. Como cae una hoja en un charco.
«¿Todo el fin de semana?»
«Siempre dormimos allí cuando tú te vas. La abuela tiene la tele grande. Y me deja ver los dibujos hasta las diez.»
«¿Siempre?»
Alba asintió. Luego se dio cuenta de algo. No sé de qué. Los niños se dan cuenta de las cosas por la cara de los mayores. Dejó de masticar.
«No era un secreto», dijo. «¿Era un secreto?»
«No, cariño. No es ningún secreto.»
«Papá dice que tú no quieres que vayamos tanto porque la abuela me da muchas chuches.»
«Bueno. Eso es verdad.»
Se rió. Se quedó tranquila. Le di un beso en la cabeza y le olí el pelo. Cloro y fresa.
Mientras ella veía los dibujos me quedé en la cocina mirando la nevera.
Los dibujos estaban como siempre. O casi.
El sol con gafas abajo a la izquierda. La ballena morada en el centro.
La mujer de los brazos largos arriba en la esquina.
Me acerqué. El imán que sujetaba a la mujer era el de una frutería de Benimaclet.
El de la abuela Pura. Antes era un imán de una pizzería con forma de porción de pizza.
Ese imán estaba ahora sujetando la ballena.
Pequeñas cosas. Cosas que no ves si no buscas.
«Mamá.»
Alba estaba en la puerta.
«Papá siempre me pone los dibujos mal», dijo. «Los cambia de sitio. Yo le digo que no los toque. El de la ballena va arriba.»
«¿Cuándo los cambia?»
Se encogió de hombros.
«Cuando volvemos de casa de la abuela.»
* * *
Dani llegó a las once y diez de la noche. Yo había bañado a Alba. Le había leído un cuento de una bruja que tenía miedo a las escobas. La había acostado. Había recogido la cocina. Había puesto una lavadora. Me había sentado en el sofá verde con un té que se había quedado frío sin que lo tocara.
Lo oí marcar el código. Tres pitidos. La puerta.
«Hola.»
«Hola.»
Dejó la mochila en la entrada. Se quitó la chaqueta. Tenía los antebrazos llenos de pequeñas cicatrices blancas de quemaduras. Son las cicatrices de todos los cocineros. Antes me parecían bonitas. Me parecían la prueba de que era un hombre que trabajaba con las manos.
«¿Qué tal el día?», preguntó.
«Largo.»
«¿Has dormido?»
«Un poco.»
Fue a la cocina. Abrió la nevera. Sacó una cerveza. No miró los dibujos. Se sentó a mi lado en el sofá y apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos.
Lo miré. Su perfil. La barba de dos días.
Las canas nuevas en las sienes. La nuez que subía y bajaba cuando bebía.
Llevaba once años con aquel hombre. Habíamos tenido una hija.
Habíamos enterrado a mi madre. Habíamos cerrado un restaurante.
Habíamos discutido por el dinero y por su madre y por quién sacaba la basura.
Habíamos hecho el amor en aquel mismo sofá la noche que nos dieron las llaves del piso cuando todavía olía a pintura.
No lo reconocía.
Eso fue lo raro. No estaba enfadada. Todavía no. Estaba en un sitio anterior al enfado. Un sitio frío y limpio. Como una sala de espera a las cinco de la mañana.
«Alba dice que el fin de semana dormisteis en casa de tu madre», le dije.
Abrió los ojos. No se movió.
«El sábado. Se fue la luz en el edificio. No había ni ascensor. Nos fuimos a dormir allí.»
«Ah.»
«No te lo dije para no preocuparte. Bastante tenías con tu padre.»
«Ya.»
«Volvimos el domingo por la mañana.»
«¿Y la baldosa?»
«El domingo por la mañana. Al volver. Alba entró en la ducha.»
Alba no se había duchado aquí. Alba me lo había dicho con la boca llena de pan y azúcar. Pero no se lo dije. Asentí. Bebí un sorbo de té frío.
Dani se levantó. Fue a ducharse. Lo oí en el baño. Abrió el grifo. Lo oí moverse. Tardó mucho en salir. Mucho más que de costumbre.
Mientras se duchaba saqué mi móvil y abrí la aplicación de la cerradura.
Dani me la había instalado el mismo día que puso la cerradura. Me había creado un usuario. Me había enseñado cómo funcionaba. Puedes abrir desde el móvil. Puedes ver si la puerta está cerrada. Puedes ver tu historial.
Mi historial.
Solo el mío. Lo comprobé. Mis entradas. Mis salidas. El domingo a las 22:21. El jueves a las 08:39. Nada más. No aparecía Dani. No aparecía Alba con su código. No aparecía nadie.
Busqué en los ajustes. Había un apartado que decía Usuarios y permisos. Al tocarlo salía un mensaje en gris. Solo el administrador puede gestionar los usuarios de esta cerradura.
El administrador era Dani.
* * *
Dani tiene una tableta. Una tableta vieja con la funda llena de manchas de aceite.
La usa para las recetas. La lleva al hotel algunos días.
Otros días la deja en el cajón de la cocina debajo de los paños.
Cuando Brasa estaba abierto la usaba para todo.
Para los pedidos. Para las reservas. Para las cuentas.
Desde que cerró solo la usa para recetas y para ver el fútbol en la cama cuando no puede dormir.
El código de la tableta es el cumpleaños de Alba.
Uno, cuatro, cero, cinco. Lo sé porque es el código de todo lo que tiene Dani.
Del móvil. De la tarjeta. Del ordenador viejo.
Una vez le dije que era una imprudencia.
Me dijo que nadie lo iba a adivinar porque nadie sabe cuándo nació Alba salvo nosotros.
Esa noche Dani se durmió a la una menos veinte. Lo supe por los ronquidos.
Esperé veinte minutos más. Me levanté. Fui a la cocina descalza. Abrí el cajón de los paños.
La tableta estaba allí.
La saqué. La encendí con el brillo al mínimo. Me senté en el suelo de la cocina con la espalda contra la nevera. Uno, cuatro, cero, cinco.
Se desbloqueó.
En la pantalla de inicio había pocas aplicaciones. El navegador. Una de recetas. Una de fútbol. El banco. La aplicación de la cerradura con su icono de llave naranja.
Y en la última fila, sola, la aplicación de la plataforma.
La toqué con un dedo que no parecía mío.
Se abrió directamente en una pantalla con un título en negrita.
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Me quedé mirando el nombre de mi marido.
Daniel Ferrer. Coanfitrión.
Detrás de mí la nevera zumbaba. Sentía la vibración en la espalda. Arriba sobre mi cabeza una mujer de pelo naranja con los brazos muy largos estaba sujeta con un imán de una frutería de Benimaclet.